domingo, 12 de febrero de 2017

"La casa de un poeta" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (11/02/17)

El vate Stanley Vega Requejo había perdido hace muy poco tiempo a su abuelo, un robusto señor cuya actividad diaria le agigantaba la fuerza que trajo desde lejanas tierras, y cuya nostalgia aplacaba con un bello huayno que conducía su tarde en el ocaso. Nunca se guardaba una sonrisa, y nosotros, los amigos de su nieto, lo veíamos de lejos con esa curiosidad que despiertan las actividades de las personas de “la tercera edad” (como ahora las llaman) hacia los jovenzuelos que aún no viven la rudeza implacable que dan los largos años.

Entre esa constante actividad, perdió la vida súbitamente. Pero no se fue solo. La poeta Matilde Granados —prima hermana de Stanley Vega, y también miembro de ese hogar— escribiría el tres de febrero un verso en su red social cuyo contenido me punzó el pecho: “La casa se ha ido. Nos dejó como el abuelo”. No podía ser otra casa más que aquella a la que llegábamos a visitar a propósito de vastas reuniones de tertulia literaria y brindis infinitos; no podía ser otra que el acogedor ambiente donde emergieron cientos de conversaciones airadas y músicas del romanticismo más feroz; no podía ser otra más que en la que compartimos los cumpleaños que terminaban en salvajes versos y menciones a Shakespeare o a la divinidad.

Las lluvias no perdonaron a la antigua casa de los poetas Matilde y Stanley. Fueron dos días de intenso aguacero y, mientras se veía el cielo oscuro y cargado de fiereza, las personas de Lambayeque nos preguntábamos a qué se debía semejante catástrofe sin fin. ¿Por qué el cielo se caía? ¿Acaso los inteligentes meteorólogos no habían dicho hace un par de meses que habría sequía en la región? ¿Acaso no se adelantaron estas mentes maestras a predecir la falta de agua, tal como predijeron el año pasado el Fenómeno, tanto es así que mandaron a su casa a los escolares solamente en noviembre y, sin duda, sin terminar el colegio como debe ser?

Pero estas mentes no son ni maestras ni los gobiernos se anticipan. Sucedió lo de siempre: improvisación por todas partes, buenos deseos a la población, rezos continuos ofreciendo la vida y repitiendo algo que pareciera que un monje hindú o un chamán best seller —esos que abundan— hablara: “¡Prevención! ¡Prevención!”. En cualquier contexto, esta palabra la puede decir cualquiera, no es un resultado científico ni un acto que salga espontáneamente de una población. Más parece un buen deseo, una alabanza al cielo, una lavada de manos; como responsabilizando a los ciudadanos de hechos que el propio gobierno debe liderar, promover, realizar, es decir, hacer concretizaciones de una obra, y no solo en un río o acequia, sino en los hogares más vulnerables y humildes.
 
Ahora la casa que nos sirvió de tantas reuniones e inspiraciones se ha ido. Felizmente, no hubo daños físicos de los familiares ni sustos mayores que tengan que ver con la integridad de las personas. Stanley y Matilde, dentro de lo posible, están aceptando algo que desmoronaría al más plantado. La fuerza literaria muchas veces tiene que ver con estas presiones que pone el destino. El grito del poeta diciendo que la palabra no vale nada es entendible y obvio en cualquier circunstancia, porque el verbo tiene que hacerse carne, tiene que formar un abrazo y maquinar una ayuda. Hacia esa ayuda vamos.

domingo, 5 de febrero de 2017

"Tatta Torres, después de la miastenia y el mundo" - Por: César Boyd Brenis

Carmen Gladys Torres Tello partió como quisieran partir la gran mayoría de artistas: escribiendo hasta el último día de su vida, con una publicación en la imprenta, un libro inédito en su escritorio y una fe por la literatura que, a pesar de los obstáculos, nunca decaería. Si preguntaban por “Carmen”, pocos la conocían; si era por “Gladys”, absolutamente nadie; pero si decían “Tatta”, era indudable su ubicación en el mundo.

Con esa referencia vivencial, “Mi pequeño lugar en el mundo” fue el título que dio vida a su libro de memorias, publicado en el 2013, cuyo subtítulo no podría ser menos sugerente: “Viviendo con Miastenia Gravis”. Tuve el agrado de ir leyendo el borrador mientras ella iba escribiendo el libro. Mucho antes de su impresión, nos reuníamos en el Real Plaza cada mes, a pesar de mi rechazo visceral por los centros comerciales, pero la grata compañía de Tatta daba un giro a mi percepción de la realidad consumista. En esas horas que pasábamos juntos, las conversaciones sobre literatura fluían con naturalidad. Había un olvido momentáneo de los alrededores, y su generosa invitación de un café o unas papas fritas, sellaban las mañanas más memorables.

El poeta Vladimir Holan alguna vez escribió: “Solamente el arte no tiene excusa”. Para Tatta no existía día que su enfermedad la mermara para ejecutar su trabajo de lectura, escritura o corrección. Podría haber estado con los párpados pesados y casi sin movimiento en el cuerpo, pero ya estaba ideando un texto, una lección de vida, un comentario generoso en nombre de ese padecimiento, pues quién mejor que ella para darnos clases de cómo resistir, quién mejor para, con autoridad, nos diga para qué sirve el dolor de todos los días; quién mejor para increparnos, muchas veces con rudeza o fina lección, por los absurdos pesares que sufríamos.

A lo largo de los años, Tatta publicó “Un mensaje para ti” en dos ediciones (1996 y 2001), “Desde el amor” (2005), “Creciendo en el dolor” (2007), “Entre risas y lágrimas” (2011) y “Mi pequeño lugar en el mundo: viviendo con miastenia gravis” (2013). Es en este último libro donde se condensa la parte más dramática de su vida, y en donde trae a tema las etapas más alegres cuanto las más difíciles.

En sus primeros años de existencia, viviendo en Trujillo, tuvo como fuente de amor a su abuela Pitty, de quien diría Tatta: “Fue la persona con la que más compartí en mis primeros años y, por ende, la más importante para mí”. Es por eso que tres meses antes de cumplir once años conoció el primer dolor de su corta edad: la muerte de aquella mujer que le había dado todo lo que una niña sana y consentida necesitaba. Tatta agregaría: “Tengo grabado el momento en que recibí la dolorosa noticia. Estaba en clase y la Madre (la monja) entró, habló mucho y pidió una oración por mi Pitty. Siempre me pregunto por qué no lloré. Me veo, a lo lejos, de pie junto a mis compañeras, sin atinar a nada”.

Esa pregunta de la autora por la ausencia de lágrimas, puede explicarse con una sola razón: la inocencia. Tatta aún no reconocía los avatares del mundo. Pues a los diez años se puede escuchar de la muerte como un concepto abstracto, o de la guerra o de la cárcel o de las calles, pero todavía no podrá entenderse la magnitud y la complejidad que esas realidades traen; más aún con un detalle que ella escribiría así: “…haber tenido una infancia y adolescencia plenas de amor, protección, más bien sobreprotección”.

Es por esa etapa (once a doce años) en que empiezan ciertos síntomas que al comienzo no encajaban con esa vida plena de juegos, brincos y risas. Aunque ella no le daba tanta importancia porque la lectura y la escritura la alejaban de experiencias que podrían llevar a grandes esfuerzos físicos. De esa forma, se concentraba haciendo acrósticos (sus primeras creaciones), y luego escritos diversos que desembocarían en una actitud para el periodismo, tan bien alimentada por su padre, también dedicado a esa noble labor.

Fue con su padre, que ahora ya la acompaña en el Más Allá, con quien tuvo las primeras conversaciones profundas de la existencia, la madurez, la vida plena. Tatta, muchos años después, recordaría en su último libro aquella notable decisión de quedarse soltera, cuando a los trece años (cuando “todo era una fiesta”), un impulso metafísico hizo que dijera con firmeza: “Papi, yo nunca me voy a casar”. Él, creyendo que eran cuestiones de jovencitos, le respondería, un tanto condescendiente, con los argumentos —muchas veces arriesgados— de la temprana edad, la falta de experiencia, el poco entendimiento de la idea de matrimonio, entre otros criterios que podrían salir de un padre culto. Sin embargo, su hija fue más clara y contundente, y con el arma de la palabra, la que siempre la acompañaría, le dijo: "Voy a ser más clara: yo sé lo que quiero hacer en mi vida. Tres cosas: vivir sola, viajar por el mundo y escribir un libro”. Al señor Jorge Torres no le quedó más que dar una carcajada, en señal de asentimiento.

Gracias al tiempo y a su férrea voluntad, no solo escribió un libro, sino muchos más, y emprendió el proyecto de una revista que la llevaría a ser la única persona que por diecisiete años ha mantenido vigente un nombre, con recursos limitados y tiempos reducidos: “Ahora y siempre”. De esa manera, no solamente pudo cumplir los viajes por tantos hermosos parajes, sino también los más difíciles y perfectos de la vida: los viajes de la imaginación. Con el transcurrir del tiempo, iba demostrando a todos sus familiares que aquella jovencita decidida y desafiante, podía cumplir sus metas con extrema responsabilidad. Así fue cuando con una muy corta edad la nombraron funcionaria del Banco Popular, y su mundo se fue ampliando y miraba el futuro con optimismo y esperanza.

Los síntomas de la miastenia fueron aumentando poco a poco, pero no podían dar con el diagnóstico. Así que, en un viaje a Buenos Aires, se puso a disposición de una eminencia de la medicina. El doctor al ver todo su historial, le dijo: “A ti te ha visto la crema y nata del Perú; dime: ¿cómo te sientes?”. Cuando Tatta le empezó a contar, el médico le respondió: “Vos tenés Miastenia Gravis y Polimiositis; que empiecen los análisis para confirmar”. Para sorpresa de la escritora, días después se ratificó lo dicho. Ella escribiría: “Cuando pensé que con el diagnóstico terminaba todo, todo comenzaba”.

Un tiempo después, Tatta relataría aquel día del 21 de diciembre de 2005, un momento crucial para su estado de salud. Ella esperaba sentada en una banca del hospital hasta que la llamaran (en el área de Rehabilitación). Y cuando gritaron: “¡Torres Tello!”, intentó levantarse una vez, y nada. Insistió una segunda vez, pero Tatta ya no volvería a caminar. Fue el día de un mensaje trascendental para ella, fue el mensaje a sí misma desde las lecciones más indeseables que da el mismo cuerpo. Su salud iría desfalleciendo, pero su mente y su fe llegarían a alcanzar estados elevados. Esos picos del espíritu que solo llegan, como dirían los poetas malditos franceses, con el desarreglo de los sentidos.


Así pasó Tatta por este mundo de sueños y memorias, de materialidades concretas que ningún idilio puede torcer, ningún destino puede evitar, ningún augurio puede negar. Alguna vez, un poeta hizo decir a su personaje Menipo: “Bueno, muéstrame a Helena, que yo no la reconocería”. Y Hermes, el otro personaje, contestaría: “Este cráneo es Helena”. Así, todos los seres humanos nos iremos del cuerpo, pero quedará el cráneo, símbolo de la mente, de la más alta perfección de la materia; y en Tatta, su mente estará en sus libros, en los mensajes de su pluma, y en un tiempo no muy lejano, su mente se hará más grande, sus lectores la revivirán y el sufrimiento tan intenso no habrá sido en vano.

jueves, 2 de febrero de 2017

"Tatta Torres: La magia de buscar el equilibrio" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria de Trujillo (28/09/14)

En cuanto escuché por vez primera la voz de Tatta a través del teléfono de un buen amigo —embajador hace un tiempo—, pude captar el mensaje no verbal que transmitían sus palabras: la absoluta sinceridad. En aquel tiempo yo contaba con 19 años y el arte poético era para mí lo que para Tatta es la cultura entera: la máxima razón de vivir.  

Doce años después, en este 2014, el tiempo no ha cambiado constitutivamente. Aunque para la percepción de mucha gente este año está pasando tan rápido entre tanto trabajo y tensión. Pero no para Tatta. Para ella cada día transcurre como el último, como el más importante, como el más largo en la faena cultural de la revista y el rezo diurno/nocturno de agradecimiento; y su mirada al sol de cada día se muestra con una esperanza que no he conocido ni conoceré tal vez en mucho tiempo o quizá nunca.

Desde aquellas veces que escuchaba su nombre en muchas bocas, con una referencia de su personalidad, referencia llegada con un aura ostentosa aunque inexacta, pude recurrir a mi gallardía de joven buscador de vitrinas culturales y visitarla en su casa con un poema en la mano. En esa primera ocasión que me abrió la puerta de su domicilio y escuchó mi discurso cuasi convincente, gustosa aceptó abrirme un espacio en “Ahora y siempre”. Desde aquella vez mi mano no ha parado de escribir y de acompañar a la revista que le ha traído tantos frutos.  

Mi caso es similar al de muchos compañeros y colegas de las letras. Tatta Torres ha brindado oportunidades de publicación en una revista cultural que posee 14 años de circulación, y que con el tiempo ha ido modificando su formato y contenido, perfeccionándose en cada edición, mostrando un marcado espacio familiar en donde las sonrisas de las personas en las fotografías se revelan como la trasmisión de alegría, reflexión y moral que se pretende.

Esa línea que ha seguido Tatta desde que llegó a Chiclayo proveniente de Trujillo, ha marcado sus actividades artísticas que fueron fiestas de la palabra y la cultura, con auditorios rebosantes y activos, con una exquisita y formal manera de llevar el rumbo de las ceremonias que asumía, con  documentos oficiales de invitación y documentos de agradecimiento después del evento, con una proyección de respeto por todos los invitados y ponentes. Así fueron aquellos tiempos en que Tatta y su selecto equipo de apoyo lograron levantar una edificación sólida, que grupos posteriores pudieron seguir con una nueva tónica y estilo, con una nueva y eficaz identidad, y con el ejemplo de un antecedente feliz.

Desde que ella adoptó esta ciudad como una nueva patria, y cantó su himno con la camiseta chiclayana que le asentaba, y recorrió las calles respirando en ellas los nuevos aires que serían eternos, se rodeó de todas los personajes que alimentaban su sed incontrolable de escritura; de esa forma conoció a Nicanor de la Fuente, “Nixa”, y bebió de su alegría y de su experiencia, visitó su casa cada semana y compartió con el poeta sus secretos, sus proyectos y sus cuitas; como aquella vez cuando Tatta, triste por un suceso que la hirió, obtuvo la sabia respuesta del longevo vate: “A mí me han dicho todos los insultos posibles, pero todos los que me insultaron ya no están, y yo sigo siendo premiado por la vida. Levántate y anda”.

La búsqueda de personas interesantes fue para Tatta un oficio y una obligación en esta nueva patria que estaba conquistando, y eso no era extraño pues provenía de una familia de intelectuales. Así, su tío fue un renombrado poeta trujillano; su padre, un reconocido periodista que tenía la chispa incansable del buen humor, y que alguna vez le refirió: “En Trujillo yo era el señor Torres Ortega, pero aquí sólo soy el papá de Tatta”.

Es difícil imaginar los motivos por los cuales una mujer tan bella físicamente como Tatta haya decidido quedarse soltera, asumiendo una decisión trascendental que pinta de cuerpo entero su figura y su carácter. Pero esa posición no aparta el hecho de que ella se haya enamorado, tal vez perdidamente, como se enamora una escritora con la lozanía y la entrega de una mujer sincera. Hablar de los amores de Tatta, como la forma constituyente de su yo, mas no como ejecución del morbo, puede contener una maravillosa forma de acercarse a su interior y conocerla como ser humano, como un individuo que se ha planteado un camino y debe seguirlo con una moral insoslayable.

Quizá el amor ya lejano se ha quedado en aquel rubio motociclista trujillano, que con sus ojos azules y su postura rebelde, enamoró a la escritora, que en su estado de ilusión se creó un bello sueño del cual tuvo que despertar. Sin embargo, hablar de los pretendientes de Tatta sería una investigación aparte, pretendientes que fueron amagados con la elegancia oportuna de una dama o fueron ignorados por sus insistencias aburridas o sus retóricas humildes.

Tatta, una ejecutiva bancaria de los tiempos de la abundancia, recibió los regalos más costosos que tenían impregnados el ruego para una respuesta positiva, pero que fueron rechazados uno a uno para que la ilusión no se abultara en las mentes de los hombres de buen gusto pero de mala suerte.

No obstante, Tatta ya había tomado como suya aquella libertad romántica que poseen las vidas independientes; no había un sitio para el hombre ideal, tal vez por no aceptar la idea de una vida esclavizada en una casa o al cuidado de los hijos que dan el amor pero también la preocupación y el agotamiento que envejece. Nadie sabe con exactitud lo que el corazón de Tatta siente al respecto, sólo ahora trata de ayudar —como ha ayudado siempre dentro de sus posibilidades— a muchos niños que han esperado de ella un amoroso regalo.

De los obsequios que ha brindado trata de no hablar, con la excepción de aquella vez que donó toda su biblioteca a un humilde colegio, por el pedido de un director que después de un tiempo la volvió a llamar para rogarle que haga otra donación de libros porque se habían extraviado todos sospechosamente. Luego se supo dónde habían terminado esos libros que por desgracia no se recuperaron jamás.

Yo he visto a Tatta sacar de su cartera algún producto intacto y regalarlo a alguna madre vendedora o a una repartidora de diarios. Yo he visto a Tatta regalar un consejo a través de un mensaje de texto o de un texto en el muro de Facebook. La he visto obsequiar sonrisas entre personas tristes y llorar por las desgracias que consumen la vida humana. La he visto regalar halagos sin ninguna mezquindad a sus condiscípulos y a la juventud que nace prematuramente. La he visto repartir el abrazo fraterno a amigas que nunca esperaron menos de la escritora. La he visto repartir helados a los cuidadores de las colas de los supermercados. La he visto proteger y pedir protección. La he visto vivir en la generosidad.

Su estancia en Palermo, la zona más exclusiva de la capital de Argentina, la nutrió para escribir su conocido cuento “Buenos Aires sin ti”, el cual es una muestra de la fluida psicología femenina que, en el caso de la protagonista del relato, se dibuja como imperiosa y nostálgica. La cultura bonaerense la impactó desde que su empleada doméstica, en una fecha histórica, vestida con un abrigo de pieles elegantísimo, se apareció emocionada gritando que el Muro de Berlín había caído y que la libertad ya era una realidad para los pueblos del mundo. Ese hecho inicial, gratamente sorprendente, fue el comienzo de una relación especial con la Capital de la Cultura en Latinoamérica, como es considerada hasta ahora la ciudad de Buenos Aires, relación que no ha cambiado en el corazón de la escritora a pesar de su lejanía física, sino más bien prevalece por la constante comunicación con sus amigos argentinos, que caminaron con ella en esa tierra de gloriosa historia e impactante literatura.

El lado más penoso de su vida se encuentra en la enfermedad irreversible y macabra que padece. Ella todavía tiene presente aquella vez cuando —sentada en una banca pública— quiso ponerse de pie y no pudo. Desde ese día la vida empezó a sonreírle menos. Su libertad supeditada a su voluntad fue cambiando el rumbo. Ahora las largas caminatas y el antojo natural por un paseo o una fiesta fueron quedando atrás; pues sólo le quedaba ir con cuidado, generalmente acompañada, entre las calles que alguna vez la vieron correr, entre las arenas del mar en las que se tendió a tomar sol, entre el parque ilustre y el restaurante de moda, entre un cigarrillo y una charla amena. Todo ese mundo cerró sus puertas para no abrirlas más, para instalar lo ido en la memoria como un sueño inoportuno pero existente; de esta manera, Tatta llegó a un extremo vivencial: quedar postrada en una silla de ruedas.

La silla de la escritora ha sido tomada en relatos tan amenos como filosóficos, como aquel del escritor Eduardo González Viaña, cuando le daba una vida paralela y trascendente a ese asiento movible en la tierra y el cielo. Ante estas nuevas luces referenciales, Tatta empezó a amar su silla como aquel instrumento de apoyo necesario para continuar con su vida; instrumento que pide su compañía también y que espera ser útil siempre con la fidelidad de una preciosa materia inanimada.

Y en esa silla amada, ha paseado por los lugares que ella nunca pensó, sumando condecoraciones, homenajes y premios que trata de evitar, jamás por soberbia, sino porque cree en su fuero interno algo no menos irónico, pero llegado de la hija del señor Torres Ortega es perfecto cuando lo dice: “De tantos premios que me dan voy a empezar a creer que estoy a punto de morir”.

La Antigua Escuela de Periodismo "Carlos Uceda Meza" de Trujillo, su Alma Mater, le otorgó la Medalla Periodista José Faustino Sánchez Carrión en el Congreso de la República; asimismo, el Gobierno Regional de La Libertad, la Universidad Señor de Sipán e innumerables instituciones, empresas, agrupaciones, clubes, etc. han mostrado el cariño y el justo reconocimiento a su labor periodística y vivencial.

Tatta lleva tras de sí una historia condensada en poesía, porque el acto de brindarse al mundo con firmeza, defendiendo “su pequeño lugar en el mundo”, su lágrima de alegría y de pena ahora y siempre, su cultivo pasional por el arte que representa para ella el universo y el orden por el cual camina Dios; es el viaje que vale la pena ser vivido, aquel boleto que se compró sin tratamientos ni reclamos, aquella puerta por la que sólo entran los valientes, como Tatta: la gloria.

"Tatta ya es un ángel" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (02/02/17)

¿Qué sentirás, amiga, en ese Más Allá que en ocasiones mencionabas? ¿Se sentirá como en un instante paralizado infinitamente en una sonrisa? ¿Tal vez como cuando te embelesabas sin descanso, a pesar de todo, escribiendo tus mensajes de vida, tan comentados y aplaudidos? ¿Se sentirá como un eterno abrazo de todos tus amigos que mencionabas con bello recelo porque te querían demasiado? ¿Qué se sentirá, amiga? Ya no podrás contestarme, Tatta Torres.

Esas preguntas son inevitables en un mundo finito, con personas que dejan de serlo, con cuerpos que se acaban, con historias que no merecen un punto final pero que igual terminan. El primer día del Mes del Amor nos deja una amante de las letras como pocas. La sorpresa de todos los que nos quedamos nos ha invadido. Apenas hace más de una semana hablé con Tatta, porque ella ya estaba preparando la última edición de su revista “Ahora y siempre”, un espacio cultural que cada tres meses traía expectativas en el público local, y que ya llevaba heroicamente diecisiete años de circulación.

Partió cerca de la una de la mañana, en una madrugada con olor a lluvia y humedad. Partió antes de clarear el día, tal vez pensando en los que quedaban, tal vez viendo a su padre que la llamaba con la voz cariñosa y amena de sus mejores tiempos, para así calmar esa terrible condena que la tenía postrada en una silla de ruedas: la miastenia gravis.

Su vida estuvo rodeada de premios y condecoraciones. La Antigua Escuela de Periodismo "Carlos Uceda Meza" de Trujillo, su Alma Mater, le otorgó la Medalla Periodista José Faustino Sánchez Carrión en el Congreso de la República; asimismo, el Gobierno Regional de La Libertad, la Universidad Señor de Sipán e innumerables instituciones, empresas, agrupaciones, clubes, etc. han mostrado el cariño y el justo reconocimiento a su labor periodística y vivencial.

Tuve el alto honor de representar a Tatta en la condecoración que una universidad local le otorgó hace algunos años. Ella, lamentablemente, no pudo trasladarse al auditorio de esa casa de estudios y me envió como su mensajero. Fue una grata experiencia por la solemnidad y trascendencia del evento, dado el poco interés que la universidad en general brinda a sus artistas y gestores culturales.  

Una persona que apostó su tiempo y su dinero para perennizar una revista cultural, solamente con el ánimo de hacerle un bien a la comunidad, no es decir poco. Tatta daba sus escasas energías que le quedaban para editar, revisar, diagramar, enviar, las más de veinte páginas de “Ahora y siempre” con el afán romántico y arriesgado de vivir de ello, es decir, vivir de la cultura, que es algo absolutamente increíble e irreal.

Tatta se ha ido y su ejemplo quedará en la memoria de los lambayecanos. Se ha ido a reunirse con su gran amigo Nicanor de la Fuente, de quien valoraba sus más bellos consejos; con Alfredo José Delgado Bravo quien le hizo tantos sonetos que alguna vez me enseñó sonrojada; con su padre, de quien recordaba aquella anécdota tan chispeante y entretenida, cuando este le dijo: “Yo en Trujillo era el señor Torres Ortega, pero aquí en Chiclayo solamente soy el papá de Tatta”; ahí se va Carmen “Tatta” Torres Tello, con las personas que le pertenecen, porque ya es un ángel.

domingo, 29 de enero de 2017

"Predicción de lluvias" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (28/01/17)

La predicción es un principio positivista que, al menos en el campo de las Letras, ha sido olvidado por tildarlo de decimonónico y alejado de los principios posmodernos de destrucción o separación de las cosas, negando la causalidad como uno de los ejes que guía un análisis científico.

Por los meses de noviembre y diciembre, leí en las redes sociales a varios ingenieros expertos que PREDECÍAN una sequía para este verano. Tuve la osadía de preguntarles acerca de si dicha falta de lluvias afectaría también a los valles de Motupe y alrededores. Me afirmaron que sí, que iba a ser duro.

De más está decir que nada de eso ha sucedido. Las lluvias se han desatado en el Perú trayendo huaicos, destrucción, ríos desbordados o con peligro de hacerlo, poblaciones inundadas, más de seis mil afectados e incluso una vertiente en Ica que, hace cincuenta años no veía el agua, ha revivido milagrosamente como el ave fénix para imponer su fuerza natural.  

¿Recuerdan el año antepasado (2015)? Los ingenieros expertos habían predicho que llegaría contundente, como siempre cuando ha venido, un fenómeno El Niño que arrasaría con todo a su paso si es que no se prevenía. Entonces los estudiantes de todos los colegios debieron abandonar las aulas en noviembre pues podrían verse afectados por tan apocalíptica predicción. Para evitar los riesgos, el gobierno desembolsó una interesante cantidad de dinero cuyo fin fue asegurar cada canal, río o riachuelo que pudiera ser una amenaza contra las poblaciones vulnerables.

Pero ¡oh sorpresa! El Niño malcriado se negó a venir pero, aun así, decían los expertos, el dinero sirvió para mejorar algo de las infraestructuras dañadas por los años. ¿Sirvió? Ya lejos de ese panorama, nos encontramos ahora con unas desgarradoras escenas que dan crédito a que la supuesta sequía de este año solamente ha sido un engaño más de un antiguo dios griego, caprichoso y juguetón.

¿La ciencia de la Meteorología se ha convertido en un Oráculo? Recordemos que el “oráculo” es la respuesta que da una deidad por medio de los sacerdotes de su orden, es decir, por los ingenieros expertos. Los pobladores comunes y corrientes, como yo, nos preguntamos por qué existe tanto error a la hora de afirmar ciertos acontecimientos en torno al estado del tiempo, el medio atmosférico, los fenómenos producidos y las leyes que lo rigen.

¿Qué pasa con esta ciencia? ¿Falta de tecnología avanzada? ¿Pocas capacitaciones de los expertos para estar a la vanguardia de los conocimientos del mundo? ¿Sirve para algo dar siempre las conclusiones de PREVENCIÓN para esto o para lo contrario cuando esas palabras las pueden decir hasta los chamanes de La India que en el cosmos ven visiones espectaculares? ¿O acaso las ciencias meteorológicas ya cayeron en el mismo hoyo de las Letras, es decir, hacen rituales espiritistas para decir lo que se siente frente a un fenómeno de la realidad de su campo de acción? ¿O acaso el clima ya es una metáfora (“un texto”, como dicen los necios) que se tiene que resolver filológicamente?

lunes, 23 de enero de 2017

"Con olor a periodismo y literatura" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (22-01-17)

Sonando las campanadas de las ocho, llegadas desde la Catedral de Chiclayo que frente al auditorio se levantaba íntegra, comenzó con exactitud inglesa la presentación del libro “Con olor a papel y tinta” de Larcery Díaz Suárez. El evento del mes abría sus puertas.

Todos los días no tenemos el privilegio de apreciar auditorios abarrotados, en donde ya comenzada la ceremonia, tenían que seguir cargando las sillas para las personas que no terminaban de llegar, agitadas y calurosas, a este recinto del Club Unión; por ello, sentía que ingresaba a una rotunda misa de Acción de Gracias.

Cuando me asomé, ya se divisaban personalidades del quehacer cultural de la región. Tres filas delante de mí, se apreciaba al decano de la facultad en donde estudié (FACHSE), Néstor Tenorio, acompañado de su elegantísima esposa, una dama pelirroja que le hablaba al oído por breves momentos. Más adelante, se notaba la cabeza brillante de Raúl Ramírez Soto, cabeza que ya tal vez había improvisado una décima. La poeta Matilde Granados, quien me brindó a lo lejos una sonrisa y un saludo con la mano, también se daba cita en nombre de la amistad que le profesa al autor. El escritor Rully Falla llegó acompañado de Nicolás Hidrogo; y sorpresivamente y muy aplaudido llegó el hijo de Nixa, don Nicanor de la Fuente Silva.

Minutos antes de que comience el evento, me acerqué para presentarme. Era la primera vez que al señor Larcery le estrechaba la mano. Su serenidad y sencillez me dieron buena impresión. “Ya te llegará tu libro; regalaremos toda la edición”, esas fueron sus palabras ante mi curiosidad de saber cómo conseguiría un ejemplar. Me dejó; pues un canal de televisión ya tenía la cámara prendida para comenzar una entrevista. Mientras el tímido joven le hacía las preguntas de rigor, preguntas que se les hacen a todos los escritores del mundo cuando aún no han leído sus libros, las fotografías llovían alrededor de la luz del reflector que iluminaba las respuestas.
 
Sentados a la mesa de honor estaba el autor, la señora Cecilia Cabrejos y el representante de los hijos de Larcery, el señor L. Díaz Barrantes. Los valses “A ti Chiclayo” y “Zenobia” abrieron la noche desde la mano prodigiosa de los maestros de la peña Amistad Norteña de Ciudad Eten, siendo uno de ellos, suegro del anfitrión. Con ese ambiente chiclayanísimo, la abogada Cecilia Cabrejos dio sus primeras palabras de amistad y respeto ante la nueva obra de su gran amigo. Posteriormente, se dio lectura al prólogo, realizado por la periodista Jesús León Ángeles, esposa del homenajeado. En esas sentidas palabras nos pudimos enterar un poco más de la vida de Larcery Díaz.

Nacido en la tórrida Sullana, arribó a Chiclayo a los cinco años para quedarse a hacer historia. Periodista, poeta, cuentista, abogado, profesor, cronista, premiado en nueve oportunidades por su labor periodística y en tres por su actividad literaria, Larcery se convierte en un referente importante para las letras lambayecanas. Con esta voluminosa obra de casi cuatrocientas páginas, el autor nos comparte sus crónicas y cuentos realizados a lo largo de los años. Su obra constituye también un homenaje a los periodistas que hicieron de esta loable labor un estilo de vida y pusieron una valla muy alta para todo aquel que pretenda incursionar en esa actividad.

El libro también comprende una galería variada de fotografías con personalidades de todos los ámbitos. Se puede apreciar a Larcery con el Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa; además, con Javier Pérez de Cuéllar, Alan García, Morales Bermúdez, y personalidades nacionales del periodismo, la iglesia, el arte, la literatura, el folclore, la política, entre otras variadas ramas de la cultura.

Casi a mitad de la ceremonia, las palabras del autor fueron una muestra de su sensibilidad inquebrantable. Durante años buscó un auspicio para la publicación de su obra y le cerraron todas las puertas, hasta que, como él dice, “llegó el ángel que me envió la virgen de Guadalupe”. Larcery se refería a Cecilia Cabrejos, quien a través de las muchas instituciones que ella precede en México y Perú, pudo darle la oportunidad para que “Con olor a papel y tinta” vea la luz, y por si fuera poco, también para que el libro sea repartido gratuitamente a todo aquel que quiera acercarse a la producción de Díaz Suárez.  

Su discurso también hizo remembranza al casi medio siglo que él tiene en la labor periodística y del respeto a todos los entrevistados que han pasado por sus micrófonos y grabadoras. Una actitud muy particular al ver que existen hombres de prensa cuya consideración y respeto al entrevistado es casi nulo, sobretodo en un contexto político, asumiendo la frase popular: “¿Se merece respeto un corrupto?”. Pero Larcery lleva sus principios, para bien o para mal, al máximo nivel.

“Siempre he querido que mis escritos lleguen a las masas”, dijo el autor, engrandeciendo su responsabilidad social y criticando a los periodistas que hablan “en difícil”, para que no los entienda la gente. Citó a Gabriel García Márquez a propósito de la ética en el periodismo, considerando que el Nobel colombiano estuvo muchos años trabajando en ello, y tenía como máxima “La ética es la calidad”.

Larcery es el que cree que el lenguaje bien expresado en los medios escritos puede superar a la imagen televisiva; esa actitud romántica me hizo estremecer y me llevó a pensar en la poca fortuna que han tenido los diarios en las últimas décadas a partir de la televisión y, posteriormente, la Internet. Pero de esto último tampoco está distante, pues Díaz Suárez tiene un espacio en una conocida página web. Él es de las personas que se han ido adecuando al paso del tiempo y a las nuevas tecnologías.

El brindis de honor fue hecho por su hijo. Él recordaba que desde niño lo veía a su padre en un rincón de su biblioteca, pegado a la máquina de escribir, y así fue creciendo, escuchando sus historias, pegado a los libros que lo hacían mejor. Entonces después de libar el pisco sour, para no olvidar que estábamos en Chiclayo, la peña Amistad Norteña nos conmovía con la marinera “El huaquero”, y todos empezamos a entonar “cova, cova, cova al amanecer; cova, cova, cova al anochecer”; y en la ciudad anochecía más, para covar (excavar) una amistad con un nuevo libro.

martes, 3 de enero de 2017

"El ojo indubitable" - Por: Ernesto Facho Rojas - Diario La Industria (01/01/17)

 Cuando conocí a César Boyd, me encontraba observando los últimos minutos de un recital poético. Yo tenía 18 años y en ese momento, quien dirigía la velada llamó a un joven talento con cierto aire de reverencia, mencionando que se trataba del líder de Signos, agrupación literaria que yo había rastreado en mi inquietud juvenil para preguntarles qué es la poesía. Cuando lo invitaron a la mesa de honor, él apareció al final del salón. Vestía una chompa beige y tenía puesta una bufanda guinda oscuro cruzada en el cuello. Se le veía delgado y el aire intelectual, esa aureola de poeta me quedó muy clara; por ello, decidí abordarlo.

 Se presentó muy amable. Ese año había muerto Luciano Pavarotti y trataba de explicarle que había escrito un poema de pie quebrado con tercetos alejandrinos para dicho artista y él me respondió: “Has sido muy técnico para expresarte, amigo”.

Nueve años después, casi por esas mismas fechas y salteándome varios días y experiencias, recibo la noticia de que, aquel personaje halagado aquella lejana noche de noviembre, ha publicado su último libro “El ojo indubitable”.  Lo reviso, lo hojeo y me doy cuenta de que es un trabajo de gran trascendencia, puesto que aquí se concentra lo mejor de todos sus asaltos poéticos.


 El poemario es un suculento monstruo que ha logrado digerir a títulos como “Heterónimos frente al espejo”, “Persistencia del alarido”, “La misa del yo insaciable” y “Dos mil doce y otros poemas terminales”, en ese orden.

El libro empieza con una figura que se diferencia del resto, por ser más rica en imágenes. Me atrevo a decir que es la creación más joven de la muestra, no por el tiempo en que se escribió, sino porque allí se evocan aún las alucinaciones de los amores juveniles, sometidos a la honda reflexión del poeta, a quien considero un artista sumamente cuidadoso con los detalles en la expresión de sus ideas. El protagonista de este poema- relato- reflexión es Romeo y allí se pueden leer las siguientes frases: “Lo artificial perdura nítidamente”, “alteración del ser”, “falsos monstruos”, “diluyendo espectros” “confusión con los ojos” “trastorno contenido de un bostezo”, lo cual nos da una clarísima noción de que se trata de un ensueño, un ensueño que cubre como una aparición a todas las líneas del poema. Ni Romeo ni Julieta ni el amor son reales, porque todo es producto de la fantasmagoría. Y, a pesar de tratarse del género lírico, el final de aquel “relato” me parece magistral y para colgar en la Casa de la Literatura:
La estridencia, el desplomo de la madrugada, lo nebuloso
confunden que frente a la mesa casi vacía
está Julieta, hermosa, no debilitada,
articulando: ya vamos, ya vamos
con una actitud de amor que Romeo suele extrañar
cuando amanece.

Se insiste hasta el final en lo nebuloso, lo abstracto, lo cual manifiesta la ilusión que se va disolviendo con la luz de día. ¿Un sueño? “Ya vamos, ya vamos” dice ella con un toque tan femenino y uno se la puede imaginar jalando del brazo a Romeo, en el ambiente descrito en el texto.
También me parece oportuno mencionar otras frases como “Sus palabras se han encendido con la lámpara”. El verbo es luz, amanecer. Posiblemente el poeta se proyecta sobre el personaje de aquel fragmento, porque para un bardo las palabras son las portadoras del conocimiento y la verdad, así como la fuerza que mueve todo el mecanismo abstracto de la literatura, el carbón y la chispa de ese arte. Incluso nos dice: “Romeo ha vuelto al bar”.

En el apartado de “Persistencia del alarido” hay un poema del mismo nombre donde nos dice:
Me ha costado volver a las palabras
como me lo han predicho los oráculos:
acertaron
cuando mis dominios iban pereciendo
y vulneraban mis cultivos.

Se establece pues, un paralelo entre la noción de “cultivos” y “poesía”. El poeta es un labrador de la palabra, que trabaja y se esfuerza tanto como un campesino. Sin embargo allí nos habla de los “oráculos”. Y escribe “Me condicionaron la parálisis/ en un lugar de intolerancia”. Y agrega “la incoherencia de coincidir con la vida”. Ahora explico: Puede aludirse que el oráculo le predijo “coincidir con la vida”, la existencia común y corriente de un hombre con obligaciones, lo cual lo devuelve a “un lugar de intolerancia”. Sucede que los artistas muchas veces vivimos mejor en un ambiente donde se puede reflexionar, leer, escribir. Se necesita tiempo para dedicarse a la literatura. Pero cuando no hay espacio ni aliento y las obligaciones nos absorben, pues, ¡cómo cuesta volver a las palabras! Allí se manifiesta la parálisis creativa.

En el poema “Poesía” nos dice: “Eres más ajena que las palabras complejas”, en un monólogo dirigido a la misma poesía. Entonces entendemos, después de leer todo el texto, que el poeta no es el dueño de esta fuerza, sino una simple antena, al modo platónico, que se encarga de trasmitir la señal del universo a través de las palabras: “Eres más ajena/ que los alientos de otras respiraciones”, insiste César.
Pero mi libro favorito es… ¡”La misa del yo insaciable”! Desde el título, nos sugiere una idea de lo profano que me encanta, pues, personalmente pienso que el Catolicismo es más artificial que la noche de Romeo narrada en el poema de Boyd. Lo insaciable son los excesos, tal vez los instintos. Además, este apartado de “El ojo indubitable” tiene un lenguaje muy sencillo. Y creo que el comentario de este título va a terminar tragándose a las apreciaciones del libro entero.
Este segmento comprende ocho poemas. Y estos breves y concentrados textos poseen un aliento a vida y de vida que puede percibirse en otros autores contemporáneos, pero que no cae en el prosaísmo de una crónica, sino, arremete con sentencias contundentes. Aquí observamos al Boyd viejo, con sus veredictos poéticos pues, “La misa del yo insaciable”, es su libro en carne viva, valioso tanto para el lector común y corriente, como para el cultísimo vate fabricado en los laboratorios de las tertulias y los cafés artísticos.
Quiero citar uno de sus poemas:

Memoria de un cuento

Yo he tendido a la cosificación de las personas.
Y he tendido
a la personificación de las cosas.
Los motivos fueron simples:
muchos viejos trajes que estimaba a muerte,
muchos enemigos que fueron mi familia (…)

A través de este retruécano impecable, nos muestra cierto aspecto decadente de la sociedad, donde el ser humano busca el “ser” a través del “tener”. La prioridad de los bienes materiales, la deshumanización de los sentimientos hacia las mismas personas, todo eso, paradójicamente, muy humano y común en estos tiempos. Por ello, estos son los poemas que aterrizan, lejos de metáforas y estridencias metafísicas, en el sentir de un hombre que se ha hecho padre. Aparece, pues, la figura del hijo para inocular una sangre nueva en el cerebro del yo poético, donde se abre un espacio para otra dimensión más humana de su verbo:

Hijo mío,
tienes casi un año.
Yo a tu edad rompía libros de Cervantes.

Incluso las travesuras del vate están relacionadas con la literatura. El poeta se proyecta sobre su hijo y le habla orientándolo, fijándose en la etapa del pequeño:

Tú rompe lo que te plazca.
Pero necesítame
para romper las hierbas del camino.

Y es que escribir poemas sencillos es uno de los oficios más difíciles. Una mujer bella no necesita de muchos accesorios. De la misma forma, si el contenido posee fuerza por sí mismo no necesita de adminículos, aretes o sortijas que deban impresionar con un boato retórico y filudo. La sencillez, por ello, es la cúpula de los espíritus antiguos y la forma de manifestar el mundo interno de los artistas veteranos. 

Y así como no creo en religiones de templos carísimos, paradójicamente con intenciones caritativas, no creo en el arte de las fórmulas químicas, de frases hechas. Y yendo al otro extremo, tampoco en el afán de la nueva poesía, similar a los artículos periodísticos, a las narraciones simples y antiestéticas.

Finalmente, en medio de este ambiente insincero, aparece “El ojo indubitable”. Termino de leerlo y pienso en César Boyd, en los temas que tratamos esa noche, en la poesía y en que el señor que dirigía el recital fue un buen oráculo que bien pudo haber hecho una predicción sobre la maestría  de su último libro.
He aquí el arte con los ojos abiertos.