sábado, 16 de abril de 2016

"2015: Crónica de libros y oficios" - Por: César Boyd Brenis - Diario "La Industria" (24/01/16)

El 2015, profético y violento, ha sido especialmente duro. Para un lector casi patológico, era una necesidad imperativa abrir espacios forzados para poder acalorarme con las páginas de un libro. Desde las seis y treinta de la mañana cuando salía de casa, hasta las siete de la noche cuando regresaba a ella, los espacios no eran muchos: la combi de ida, la hora del Plan lector, la caminata al trabajo, la sobremesa del almuerzo, las dos combis de vuelta, el merecido receso, la espera de la siguiente clase en el instituto, la noche del brindis, etc. Todo era válido para la nutrición libresca.

El año comenzó con un reto que no cumplí para no volverme loco: leer un libro diario en las vacaciones. El primer día del año devoré de un tirón “Otra vuelta de tuerca” de Henry James, y descubrí cómo una historia se enlaza a otra historia de tal manera que pasa desapercibida. Salí a la calle a ver la juramentación del alcalde con una expectativa casi nula, portando “Israel-Palestina” de Vargas Llosa, libro que terminaría dos días después para rescatar en él la idea de que los islámicos suicidas son un sector reducidísimo, cuya explicación hay que buscarla no tanto en la religión sino en la desesperación de gente atrapada en el hambre o en el dolor de la orfandad.

El cuatro de enero terminé en casa de mamá “El hombre que fue Jueves” de Chesterton, una novela de intriga perfecta, en donde se busca con denuedo una conspiración que no existe, y que en medio de esos trances está el poeta, del cual se dice: “tiene que andar descontento aun por las calles del cielo: el poeta es el sublevado sempiterno”. Un día después, terminé “El gran Gatsby” de Fitzgerald mientras hacía cola en el Banco de la Nación. Esas largas filas de centenares de personas me producen una alegría sin igual, pues me dan tiempo para leer. En la obra de Fitzgerald puede notarse el divorcio entre la riqueza extravagante y la verdadera amistad. Gatsby, con fortuna dudosa, muere acompañado por una o dos personas; y aquella gente que compartió tantas “noches de febril desvelo” e incansable juerga, desaparecen totalmente en su velorio y entierro.

Al finalizar una obra siempre queda una sensación extraña de nostalgia. Todavía en la cola del banco, comencé con “Trópico de cáncer” de Henry Miller, que solo en las primeras páginas me dejó hecho trizas y la nostalgia mencionada se fue de inmediato. Lo concluí el ocho de enero en la Biblioteca Municipal. Hace tanto tiempo que no había subrayado y sumillado tanto. Las ocurrencias de Miller daban en el blanco casi siempre: “No tengo dinero, ni recursos, ni esperanza. Soy el hombre más feliz del mundo. Hace un año, hace seis meses, creía que era un artista. Ya no lo pienso, lo soy”.  

El 18 de enero concluí “Un mundo feliz” de Huxley y daba pie a completar esa trilogía de las sociedades perfectas que hube comenzado a leer en diciembre de 2008 con la novela “1984” de George Orwell, en donde se mostraban las terroríficas instituciones como la Policía del Pensamiento o el Ministerio de la Verdad. “Rebelión en la granja” de Orwell completa esa serie de libros que nos proyectan a los totalitarimos del siglo XX; al leer el párrafo final, me brotó una lágrima por saber cuán “cerdos” (personajes que gobernaban la granja) pueden ser los hombres con sus semejantes. Todo ello me llevó a pensar que es preferible una democracia colmada de mentiras que una tiranía llena de certezas.

En febrero mi viaje a Piura por estudios me arrinconó a dos libros. El “Diario de Irak” de Vargas Llosa fue terminado en la soledad de un hotel. El Nobel dejó clara su astucia al decir que no es justificable la invasión a los países, aunque después afirma que Irak era un caso especial. El otro libro fue “Reflexiones sobre los ismos”, que tuve la buena suerte de encontrar en la Universidad de Piura. El texto estaba basado en la tendencia “enfermiza” de la utilización del “-ismo” en el arte y en la filosofía, cuya explicación al parecer se encuentra en la sectarización o en la parcialización de la realidad, todo ello avalado por el positivismo del siglo XIX.

El mes de marzo fue un mes de silencio. El comienzo de clases impidió mi secuencia de lecturas. Pero parecía necesario un descanso. En abril me sumergí a dos novelas de Ribeyro, “Crónica de San Gabriel”, cuyo protagonista, un alter ego del autor, exclamaría: “Me di cuenta de que el trabajo podía asumir la forma de un vicio, de una espantosa droga”; además me obnubilé con “Los geniecillos dominicales”, cuya explicación de por qué “geniecillos” aparece exactamente en la mitad de la novela (página 100) cuando Segismundo afirma: “Quiero conocer a los geniecillos”, refiriéndose a los estudiantes de San Marcos, quienes llevaban en la boca los nombres de Heidegger, Camus, Moravia, Ortega; era “el desván de las ideas hechas y de las inquietudes atrofiadas”. En mayo hice una pausa que solo consistía en leer periódicos los días domingos y artículos de escritores.

El mes de junio me llevó a Trujillo. Fue un martes de encargos institucionales, aunque al final de esa tarde me enrolé con mis amigos poetas en un conversatorio descomunal, y leí de un tirón en el ómnibus de regreso a Chiclayo el poemario, obsequiado, de Carlos Santa María, titulado “El libro de las gestas”, cuyo primer poema me mató: “Me recuerdo a los diez años intentando/ leer Ivanhoe// mi hermana escuchaba música/ mi padre observaba televisión…// —¡Hijo!—se oyó entonces la voz del destino// tú que no estás haciendo nada/ ven ayúdame a cargar estas cosas”. El mes concluyó con “Los extraordinarios casos de Monsieur Dupin” de Poe, para bendecir con razones perfectas mi odio por el ajedrez.

“Orgullo y prejuicio” de Austen fue la novela del mes de julio. La fotografía de esa alta sociedad y del surgimiento de sus amores, se me reveló en la respuesta de Isabel al ser interrogada por su hermana Juana (“¿desde cuándo le quieres?”): “Creo que data de la primera vez que vi sus hermosas posesiones de Pemberley”. El amor y el dinero jamás podrán separarse. En agosto, leí el Nuevo Testamento y “El superhombre y la voluntad de poder (Nietzsche)” de Toni Llácer, e hice un equilibrio que luego rompí, pues me sumergí en una incontrolable oración durante varias semanas, que no podía detener. Creo que en ese mes he tenido el acercamiento más infinito a ese Dios que todo lo puede. Fueron las semanas que menos le fallé en toda mi vida y serán tal vez los días que menos le fallaré en el futuro.

Los meses fueron llegando con Séneca (“De la brevedad de la vida”), Dal Maschio (“Platón”), Umberto Eco (“El nombre de la rosa”), Tolstoi (“Ana Karenina”), Kundera (“La ignorancia”), Frankl (“El hombre en busca de sentido”), Salinger (“El guardián entre el centeno”). Todos estos títulos fueron llenando la hambruna de libros que padezco. El año no termina y aún tengo tres libros por la mitad. Al respecto, Borges tiene una ética estupenda: “Que otros se jacten de lo que han escrito, yo me enorgullezco de lo que he leído”.

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