domingo, 4 de junio de 2017

"El poeta, la literatura y la academia" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (04/06/17)

Juan Ramón Jiménez decía que meter a un poeta en la academia era como meter un árbol en el Ministerio de Agricultura. Este poeta español tal vez quiso manifestar dos situaciones: el deseo de que ojalá nunca pueda suceder aquel traslado (aquella intromisión), o la convicción de que es imposible que ocurra. Hermoso verso que, como acción concreta, niega lo evidente: los intelectuales y los poetas de estos tiempos hace rato que ya son “ministeriales”.  

El ministerio es la institucionalidad de un poder efímero, la base imperante y modificable según convenga, la polis griega que mata a Sócrates (“la poesía es filosofía en verso”, afirmaba un inteligente filólogo). Por lo tanto, si hay poetas en los “ministerios” (ya ni decir “intelectuales”) no serán ellos los que desafíen las propuestas triviales de la educación, y mucho menos señalen la caída atroz en la enseñanza de la literatura.  

Se viven tiempos literarios de best sellers, de librillos sin fondo, de rapsodias de superficie (tan es así que se llegó a la falsa noticia de que Pablo Coelho había ganado el Premio Nobel de Literatura 2016, y lo peor: hubieron muchos que lo creyeron). Esta literatura se ha colado en instituciones mostrando su rostro más demacrado y más tísico, y la escuela es una de estas organizaciones donde el problema es tan transparente que no se ve. Los profesores se han olvidado de los clásicos. Han penetrado —en los Planes de Lectura— las historias de la fantasía absurda (que luego se trivializa hasta el infinito en el cine), la magia de lo tonto, el refrito del éxito, los juegos del hambre y del hombre. La institucionalidad ha establecido una libertad para elegir lo pernicioso según convenga a las billeteras. ¿Y el poeta? ¿Y el intelectual?
 
Para las editoriales todopoderosas, el alto número de ventas importa más que el mínimo número de aciertos. Los clásicos han sido cortados y resumidos (“para que el alumno lo entienda mejor”) hasta la desaparición del impulso que les dio vida. Las obras han sido mutiladas con el afán de aminorar el esfuerzo, y para que la sola recreación sea el fondo de la lectura. Las biografías reemplazan ahora el sitio que nunca debió dejar la consonancia entre vida, obra y lector (y ahora con una nueva teoría del intérprete o transductor). Y, en la sorpresa más apabullante, un colegio que se jacta de ser el principal forjador de ingresantes a las universidades nacionales, da a sus adolescentes folletines e historietas para que los dibujitos y los colorines reemplacen el legítimo arte literario. ¿Y el poeta? ¿Y el intelectual? Bien, gracias.

¿Es que el intelectual ha muerto? Afirmación de Terry Eagleton (Inglaterra) en su trabajo “La muerte del intelectual”, ensayo que debe enfrentarse críticamente. El intelectual en realidad no ha muerto, sino que se ha vendido, y de él no se puede esperar nada que no sea políticamente correcto, sistemáticamente acrítico y ridículamente ideológico. El filósofo Gustavo Bueno realiza un mejor enfoque del tema en su trabajo “Los intelectuales, los nuevos impostores” (obligatorio dejar de leerlo si se quiere ser “normal”).

La desaparición (o muerte) del intelectual llega a ser solo una impostura más de la posmodernidad, que está en la línea del “fin de la historia”, el “fin de la ciencia”, “la universidad liquidada”, “el hombre ha muerto” y, todo ello llegado desde la famosa frase de Nietzsche (abuelo de la Posmodernidad): “Dios ha muerto”. Esta sucesión de terminaciones y hechos escatológicos podrían estar acompañados forzadamente (ingenuamente) por uno más: “la muerte de la literatura”, o en su variante, “la muerte de la enseñanza de la literatura”.

Con este último deceso violento, los sistemas educativos funcionan en el área de letras con una orfandad inverosímil y asumen a la literatura como un simple apoyo para la alfabetización primaria y, posteriormente, un fuerte apoyo para el analfabetismo funcional. En este penoso panorama, la educación no necesitaría nada más que sencillos textos, o ya ni siquiera eso sino más bien argumentillos de obras para desprender de ellos “valores” o “antivalores” tan evidentes como infundados. Pues, por ejemplo, en El Quijote, supuestamente una obra donde se rescata la idea de ir a favor de los ideales supremos, no se aprecia que la más grande obra de la literatura universal es una crítica escamoteada de los idealismos absurdos, y en donde el principal narrador es un cínico —según lo comprueba de manera brillante el filólogo español Jesús G. Maestro—. Y es más: la literatura es, o debe ser, justamente, un cínico y estético manejo de las ideas para esconder la realidad que resulta “políticamente incorrecta”, y su develamiento y análisis debe de estar regido por una medida de obligatoriedad científica y crítica. ¿Se enterará de esto el Ministerio cuyas preocupaciones actuales están centradas más en la defensa de ideologías? ¿Se enterará de eso el intelectual o el poeta que cobra sueldos revisando tesis o fomentando la “buena onda” o el espejismo de la bondad?  

Chesterton hacía decir a un personaje —en su novela “El hombre que fue Jueves”— una frase que se ajusta a este momento: “El poeta es el sublevado sempiterno”. Casi en esa línea de actitud se dirige el artículo “Poesía y universidad” del colombiano Carlos Fajardo Fajardo, quien demuele la idea de un equilibrio entre academia y poesía, porque “la universidad actual, prestadora de servicios, se vuelve déspota contra las actividades poético-creativas, ya que éstas no se proyectan como una inversión rentable. Entonces, a los poetas y artistas se les margina, se le excluye e invisibiliza a través del silencio y el ninguneo. Por su condición libertaria, la poesía, peligro de peligros para las instituciones, nada a contra corriente de las cajas registradoras de los mercaderes de la educación”.

Por su parte, en “Diatriba contra la Universidad actual”, el profesor Jesús G. Maestro inyecta una cuota de realismo al tener la siguiente tesis con argumentos sumamente sólidos: “Sin endogamia y sin prevaricación el actual sistema académico sería imposible de sostener”. Pues “un sistema así se mantiene con la complicidad de quienes no están de acuerdo con él pero colaboran con él, por dinero, por cortesía, por cobardía, por amistad, por esperanza, por interés, por incapacidad para hacer otra cosa”.

Entramos a este mundo de las letras por pasiones de adolescente (¿el mito de la vocación?); seguimos la juvenil manera de pensar que la literatura podría ser un buen trabajo (“ganar dinero con lo que te apasiona”, se decía); continuamos viviendo una realidad pueril de afirmar con convicción que la literatura puede reemplazarlo todo; afrontamos los problemas que iban descubriendo una dura materialidad (pensar en el pan nuestro de cada día); y ahora que el poeta y el intelectual se han vendido, queda caminar los senderos críticos y difíciles, que muestran la contundente develación de la verdadera poesía.

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