lunes, 20 de enero de 2014

"La educación del hogar y la TV" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (26/05/13)

De la antigua educación, se ha tenido opiniones de distinta índole, más aún venidas de aquellas personas que, ahora excelentes profesionales y ejemplares padres, intentan validar los regímenes que a ellos los convirtieron en los hombres que son. Una valoración común y recurrente, aunque también tímida y discreta, está en comentarios acerca del uso que antaño se hacía de la palmeta —vieja protagonista del salón de clases— o en el recuerdo con no menos orgullo del gran maestro que le enseñó los valores que ahora, como reiteran, han olvidado la gran mayoría de jóvenes y adolescentes. Lo de la palmeta puede ser discutible, pero lo segundo es indudable.  

Renegar del mundo actual y, por asociación, de la educación que se imparte en esta era de los cien nombres (del conocimiento, de la información, de la comunicación, de la posmodernidad, etc.), es un denominador común que las noticias ejemplifican de forma simple: el imparable crecimiento del pandillaje, las fiestas eróticas y orgiásticas de los adolescentes, los índices terribles de sicarios menores de dieciocho años, el Facebook como instrumento para lo abyecto y lo repugnante, los suicidios de niños, etc. ¿Qué ha pasado con nuestro mundo y con sus principios?

En estos meses en donde se rinde homenaje a las madres (segundo Domingo de Mayo) o a los padres (tercer Domingo de Junio), creo pertinente recordar sus enseñanzas que habían de dejar en frases recurrentes y que quizá alguna vez nos parecieron molestosas o insufribles, y a su vez mostrar la parte contraria de aquellos proverbios que con constancia y amor nos repetían, pero que ahora se deforman en comerciales de televisión con coloquial desparpajo. En este mundo actual, tan venido a menos, estoy convencido que lo que nos decían los sabios padres era verdad.

Una frase maternal que nos llegaba al oído cuando ya habíamos desatado la ira en una injuria, era: “¡No maldigas!, es malo maldecir”. La maldición como instrumento de destrucción era frenada inmediatamente por un consejo que la madre brindaba a un hijo equivocado, porque ella sentía que al hacer estragos de las cosas, así sea de manera oral (muchas veces es la peor), podría convertirnos en sediciosos. Sin embargo, ahora maldecir se muestra natural, como así lo indica un comercial de una marca de pastillas para el dolor de cabeza. Ahí aparece la popular “Charito”, personaje de una conocida serie de televisión, diciendo con una voz por lo demás suave —que hace más coloquial la expresión—: “Gracias, por aliviarme esta maldita migraña”. Sin ser yo experto en asuntos de marketing, tal vez no quedaría nada mal si el dichoso adjetivo se hubiese remplazado por “insoportable”, pues haría más exacto el contexto y, por otro lado, haría menos dolorosa la asimilación para aquellos oídos escuchadores de viejos consejos maternales. Tal vez un padre preguntaría ante ese comercial: “¿Era necesario maldecir para promocionar algo?”.  

Otra frase que no quedará en el olvido, y que nos asoma a lo ociosos que hemos sido en muchas oportunidades de adolescentes, es: “¡No lances las cosas!”, y a veces la expresión era complementada por otra si el objeto que habíamos arrojado se salía de su trayectoria e iba a parar lejos de su verdadero objetivo: “¡El ocioso trabaja dos veces!”. Ahora, no con menos soltura, se muestra en un comercial de una bebida —en realidad, en varios— un joven que lanza una botella o una lata a otro joven. La gran destreza para recibir el objeto lanzado quizá es un indicio de la costumbre de dicho acto. Pero ¿por qué la sabiduría de los abuelos decía que era de mala educación arrojar las cosas? Pienso en la utilidad de hacerlo y me viene a la mente varios obreros de construcción lanzándose ladrillos de un lugar a otro para apurar el levantamiento de un inmueble. La rapidez del mundo actual, en donde los horarios y el tránsito son los principales enemigos, ha hecho creer que tenemos la puerta abierta para hacer todo lo que sea más práctico, incluso lanzarnos la comida o la bebida. ¿Será eso cierto?

Quién no recuerda que siempre nos corregían cuando la familia estaba sentada a la mesa. Hay varios ejemplos que resaltan: “Baja los codos”, “No pongas tus juguetes aquí”, “Saca los zapatos de la mesa”, “Este no es el lugar de la ropa”, etc. Sin embargo, un comercial filmado por la bebida gaseosa —según dicen— más famosa del mundo, muestra diferentes momentos de una madre abnegada que invita a almorzar a cuanto grupo social tenga su hijo, uno de éstos es el círculo de muchachos del fútbol, quienes mientras disfrutan de un delicioso almuerzo —todos uniformados y alegres—, tienen la pelota encima de la mesa como acompañante del banquete. ¿La madre abnegada se volvió condescendiente? Y si se puede poner la pelota, ¿por qué no los codos y los zapatos?

De la televisión basura o de la “caja boba” se ha hablado en demasía, tanto o más que de la buena educación que heredamos de nuestros padres. Así que, se nos hace sencillo descalificar sin reparo un alto porcentaje de programas de televisión; sin embargo, en mi opinión, el peor de todos es un programa cómico de los sábados por la noche, en donde los insultos —de los que me entero por sus avances comerciales— son el pan que se vende. Al parecer, son concursos (estamos en el mundo de los concursos) que promocionan la crítica destructiva, la observación llena de odio, el debate de pacotilla, el culto a la misantropía, e incluye a personas más o menos hábiles, profesionales de universidades prestigiosas, que nunca sacan conclusiones de un asunto particular, porque para ellos (como para tantos seudoprofesionales) el asunto no es discutir para sacar conclusiones o ideas base, sino para restregar una fingida superioridad, embaucar con una torpe erudición, mostrar una pedantería de cantina, mendigar tácitamente una admiración o sentir en la pobreza de espíritu que se ha vencido, pues —como dije— es el mundo de los concursos, en otras palabras, es el cosmos de la egolatría y el envanecimiento. ¿Qué dirían nuestros padres al respecto? Es un hecho: “¡Ponte a hacer tu tarea y apaga la televisión!”.  

Hay una ingenua creencia que se ha ido asimilando como una invitación a la inactividad en el debate de la moral: que como todos cometemos errores, entonces nadie tiene la autoridad de hablar de la buena conducta o de los modales que deseamos para nuestros jóvenes y ciudadanos en general, pues —continúa la creencia— si se hace, entonces se cae en una cavidad de hipocresía y descaro. En otros tiempos, se dejaba al cura o al pastor esos debates morales; pero como en la actualidad menos gente cree en ellos (en la mayoría de casos con justa razón), entonces nadie se arriesga a proferir una idea al respecto, con el miedo de ser tildado de “moralista” o “santurrón”. Digo yo: ¿Qué consejos podemos dar a nuestros hijos y alumnos? ¿Nos quedaríamos callados para siempre? Para los que creemos en un Ser Supremo, es sencillo contestar; pues las reglas no las damos nosotros, sino Él. Su moral es eterna y nosotros somos seres de paso. Acepto esto con tanto énfasis que pareciese que no sólo heredé de mi madre muchas de sus facciones, sino también sus palabras, hasta se siente (y en parte es cierto) que ella escribió este artículo por mí.  

Seguramente, nuestros padres cometieron tantos errores como pudieron, y aún así nos aconsejaron con amor; de la misma forma, las equivocaciones que cometemos nosotros nunca impedirán los buenos consejos para nuestros hijos (aunque es necesario tomar conciencia del buen ejemplo que debemos darles); ni tampoco que estos últimos den las pautas de vida cuando les toque ser padres o madres, cuando sientan que ellos también están de paso, y que su función la tienen que cumplir con las mismas fuerzas que tuvieron sus padres cuando los ayudaron a crecer.

jueves, 12 de abril de 2012

“Huellas dactilares”: El prólogo perdido - Por: César Boyd Brenis (Diario La Industria - 07/04/12)



La relación entre editores y escritores siempre ha tenido, a lo largo de la historia, sus toques especiales. En el capitalismo más orgánico, ambas partes han contribuido a la industria del libro, a la masificación de las obras, a una ganancia muchas veces desbordante a favor de las trasnacionales, o por otro lado, han dado pie a editoriales que reciben una modesta remuneración por su trabajo, pues, valientemente, están destinadas para un mercado local.


Sin embargo, tanto en las grandes empresas como en las de menor producción, surgen esas diferencias entre ambos actores, que muchas veces el tiempo se encarga de volverlas anecdóticas. De esa manera, las descoordinaciones, los encargos mal recibidos, el aviso de última hora, el cambio de planes, la tardanza obligatoria, la queja, la corrección, la diagramación y demás; todo ello pasa a ser parte de una lucha que tanto el editor como el escritor no quieren perder.


Mi último poemario, “Dos mil doce y otros poemas terminales”, estuvo a cargo de Ediciones Prometeo Desencadenado, quienes caminaron cordialmente al ritmo que les pedí: el paso más ligero y marcial de todos. Esta presión de mi parte, “desencadenó” (¡qué mejor verbo para Prometeo!) una aceleración poco antes vista, no dándome cuenta que era yo el más inactivo dentro de la parte que me tocaba trabajar, pues casi no corregí el borrador enviado por la editorial, y dije: “¡listo!, ¡el libro ya está!”. Grande fue mi sorpresa cuando el mismo día de la presentación del poemario, no encontraba el prólogo por ninguna parte del texto.


Lo primero que alguien desesperado hace en esos casos es buscar culpables, y con ellos uno vacía toda su cacerina para, supuestamente, sentirse mejor. Pero, de inmediato, increpé al único responsable de todo: yo mismo. Esa actitud me dio serenidad, y me recordó que los asuntos que uno cree importantísimos, si los reflexionásemos un poco, no lo serían tanto. Siempre existe algo más sustancial en que preocuparse.


El libro “Dos mil doce y otros poemas terminales” no tiene prólogo; por ello, sólo queda recibirlo incompleto y, tal vez, aplicar los consejos de uno de mis parteros (Augusto Rubio): “incendiar mis libros en la plazuela y apedrearme a la salida de los auditorios para entenderme un poco”. Sin embargo, para que el incendio sea completo y el apedreamiento más feroz, los dejo con las palabras que vienen desde el Más Allá en un poemario ya fenecido y terminal.

Huellas dactilares

Este libro consta de textos que creí perdidos en un laberinto de archivos. Junté todo un bloque de concreto y comencé a darle forma mientras iba encontrando a mi paso la materia prima que ahora se condensa aquí, y no me quedó ni un solo poema inédito. Hice lo que un padre haría con sus hijos: mostrarles la libertad poco a poco, hasta acostumbrar a cada poema a la independencia. Los resultados fueron las manifestaciones de estilos de distintos tiempos que se han confundido en mi sola corta vida.


El título del libro se relaciona con su designio, que es un poco también el mío. Por ello, estos poemas sucumben como el año misterioso del Calendario Maya: el 2012. Sus muertes han estado contenidas, pues corresponden a una etapa final de mi existencia como poeta. Y aunque pueda resultar polémico el tratar de explicar si se puede dejar de ser lo que se ha sido, lo que sí es un hecho, es que escribir poesía para mí ha terminado, lo que será sin duda un alivio para el mundo. Sin embargo, a propósito del apocalíptico título, cabe mencionar qué ha sido para mi experiencia este arte inmovilizador.


Nunca fue un placer idílico escribir poesía. Desde mi adolescencia, en la búsqueda de una rima más o menos decente o, ya en la juventud, hallando musicalidades o aforismos, siempre me ha resultado angustiante el enfrentarme con ese extraño arte. Los motivos de esa desdicha los he buscado en mi interior sin éxito; por lo que no podría confiar en una hipótesis emitida, pero sí podría describir con detalle cuáles han sido las sensaciones más cercanas de esa angustia.


A la poesía la he sentido absolutamente asfixiante. Incluso antes de publicar mi primer libro en el 2002, me había llegado su imagen de una manera poco probable. Desde mis primeros años de poeta, siempre la he visto con desmesura, como algo exclusivo y excluyente. La he percibido con esa carga emocional paranoica. Es decir, desde el primer momento en que decidí seguir esta carrera sin título, escribir poesía ha sido presión pura, ¡presión pura!


Para mí nunca la poesía fue un desahogo, una catarsis, una utilidad, nunca fue un elemento con el cual se puede vivir con tranquilidad, nunca. Vivir como poeta era leer a cada instante (en los buses, en la calle, en mi cuarto), era encerrarse días escribiendo desenfrenadamente, sin ducharme, sin salir de casa, sin comunicarme con nadie, comiendo poco; vivir como poeta era también reunirme con mis amigos hablando de literatura por horas hasta el amanecer, con una potente euforia que el alcohol a veces elevaba; vivir como poeta era nunca comprar nada que no sean libros, decenas, cientos, sin reparar en gastos (en diez años nunca compré algo que no se relacionara a la poesía como ente de angustia, lo que a veces me merecía el rechazo de algunos familiares, quienes aconsejaban a mi madre mi inmediato internamiento en un centro de reposo); vivir como poeta era creer saber de todos los temas, buscar nuevos tópicos, existir en la filosofía más compleja o más simple; vivir como poeta era llorar a cada instante por mis fracasos, por mis delirios, por mis lecturas, y escribir de eso, o no escribir nada de eso, sino solamente presionarme y presionarme para conseguir un poema, un solo poema, y luego otro, y otro, hasta el infinito; vivir como poeta era no creer en un Dios que interfiriera con la escritura y la desmesura; vivir como poeta era patear todos los tableros, menos el de la poesía porque en ella estaba la salvación más absoluta. En conclusión, la poesía jamás para mí ha sido un arte, como se le conoce al “arte”, sino una forma de vida, un cuerpo compacto con venas y testículos.


El número diez siempre me resultó enigmático. Y fueron diez años en los que le di todo a la poesía, todo: las noches de insomnio, las amanecidas de lectura, las correcciones enfermizas, las conversaciones insufribles. Y aunque sé que lo que he escrito no tiene mucho valor, mi decisión va por el lado de mi sosiego; pues el arte es respiración, guerra, sangre, y a mis treinta años, tengo una vida en la cual otras experiencias se me abren. Y Dos mil doce y otros poemas terminales es el fin de esa otra vida aventurera.

jueves, 22 de marzo de 2012

Algunos poemas de "Dos mil doce y otros poemas terminales" (2012) - Último poemario de César Boyd

DOS MIL DOCE Y OTROS POEMAS TERMINALES


César Boyd Brenis



Huellas dactilares

(Prólogo no aparecido en el libro por motivos de descoordinación)


Este libro consta de textos que creí perdidos en un laberinto de archivos. Junté todo un bloque de concreto y comencé a darle forma mientras iba encontrando a mi paso la materia prima que ahora se condensa aquí. Hice lo que un padre haría con sus hijos: mostrarles la libertad poco a poco, hasta acostumbrar a cada poema a la independencia. Los resultados han sido las manifestaciones de estilos de distintos tiempos que se han confundido en mi sola corta vida.


El título del libro se relaciona con su designio, que es un poco también el mío. Por ello, estos poemas sucumben como el año misterioso del Calendario Maya: el 2012. Sus muertes han estado contenidas, pues corresponden a una etapa final de mi existencia como poeta. Y aunque pueda resultar polémico el tratar de explicar si se puede dejar de ser lo que se ha sido, lo que sí es un hecho, es que escribir poesía para mí ha terminado, lo que será sin duda un alivio para el mundo. Sin embargo, a propósito del apocalíptico título, cabe mencionar qué ha sido para mi experiencia este arte inmovilizador.


Nunca fue un placer idílico escribir poesía. Desde mi adolescencia, en la búsqueda de una rima más o menos decente o, ya en la juventud, hallando musicalidades o aforismos, siempre me ha resultado angustiante el enfrentarme con ese extraño arte. Los motivos de esa desdicha los he buscado en mi interior sin éxito; por lo que no podría confiar en una hipótesis emitida, pero sí podría describir con detalle cuáles han sido las sensaciones más cercanas de esa angustia.


A la poesía la he sentido absolutamente asfixiante. Incluso antes de publicar mi primer libro en el 2002, me había llegado su imagen de una manera poco probable. Desde mis primeros años de poeta, siempre la he visto con desmesura, como algo exclusivo y excluyente. La he percibido con esa carga emocional paranoica. Es decir, desde el primer momento en que decidí seguir esta carrera sin título, escribir poesía ha sido presión pura, ¡presión pura!


Para mí nunca la poesía fue un desahogo, una catarsis, una utilidad, nunca fue un elemento con el cual se puede vivir con tranquilidad, nunca. Vivir como poeta era leer a cada instante (en los buses, en la calle, en mi cuarto), era encerrarse días escribiendo desenfrenadamente, sin ducharme, sin salir de casa, sin comunicarme con nadie, comiendo poco; vivir como poeta era también reunirme con mis amigos hablando de literatura por horas hasta el amanecer, con una potente euforia que el alcohol a veces elevaba; vivir como poeta era nunca comprar nada que no sean libros, decenas, cientos, sin reparar en gastos (en diez años nunca compré algo que no se relacionara a la poesía como ente de angustia, lo que a veces me merecía el rechazo de algunos familiares, que aconsejaban a mi madre mi inmediato internamiento en un centro de reposo); vivir como poeta era saber de todos los temas, buscar nuevos tópicos, existir en la filosofía más compleja; vivir como poeta era llorar a cada instante por mis fracasos, por mis delirios, por mis lecturas, y escribir de eso, o no escribir nada de eso, sino solamente presionarme y presionarme para conseguir un poema, un solo poema, y luego otro, y otro, hasta el infinito; vivir como poeta era no creer en un Dios que interfiriera con la escritura y la desmesura; vivir como poeta era patear todos los tableros, menos el de la poesía porque en ella estaba la salvación más absoluta. En conclusión, la poesía jamás para mí ha sido un arte, como se le conoce al “arte”, sino una forma de vida, un cuerpo compacto con venas y testículos.El número diez siempre me resultó enigmático. Y fueron diez años en los que le di todo a la poesía, todo: las noches de insomnio, las amanecidas de lectura, las correcciones enfermizas, las conversaciones insufribles. Y aunque sé que lo que he escrito no tiene mucho valor, mi decisión va por el lado de mi sosiego; pues el arte es respiración, guerra, sangre, y a mis treinta años, tengo una vida en la cual otras experiencias se me abren. Ya me siento realizado, y Dos mil doce y otros poemas terminales es el fin de esa otra vida aventurera.


Profecías

1
¿Recuerdo quién soy sobre el barro húmedo? ¿Recuerdo, yo, que me olvidaba de limpiar los puertos, el embarque del pensamiento, el silencio de los libros? ¿Recuerdo, ahora que soy feliz, que dicen que lo soy, “Las elegías de Duino”, “Una temporada en el Infierno”, “Cantos de Maldoror”? ¿Recuerdo que me untaba de barro para refugiarme en mi sombra? ¿En mi sombra del ayer? ¿En mi peligrosa y lúcida razón?

¿Tuve una razón en mi conformidad?

¿Tuve razón de tolerar las decepciones que enfriaban? ¿Tuve que abrazar los límites? ¿Tuve que competir con el cieno? ¿Tuve que cantar de pie en la ventana? ¿Tuve que celebrar mi propia misa sin invitados? ¿Tuve que callar un recuerdo que se volvió reliquia? ¿Tuve que romper al enemigo para quedarme con su mente? ¿Tuve que crearme enemigos sacados de las cantinas del saber?
¿En verdad recuerdo quién soy en esta felicidad piadosa? ¿Recuerdo que me reventé la tapa de los sesos antes de ser firme?

Poema del militante

Nos han suplicado la creencia
y me ampararon las fuerzas de un nuevo fuego.
Nos han besado en serio, junto a la chimenea.
Pero nos han cortado la trocha del mejor romance.
Contraje la epidemia.
Cientos de mundos fracasaban, cientos de cánticos
y un solo aliado: yo mismo
en medio de la fogata, a punto de quemarme
sin sentir las poderosas razones del fuego,
y de otra fracción del yo-temblando,
del yo-creyente.

Algunos poemas de "La misa del yo insaciable" (2011) - Penúltimo poemario de César Boyd

LA MISA DEL YO INSACIABLE


César Boyd Brenis




Despegue y cortesía

(Prólogo)


Cada vez que termino un nuevo libro, con cierto aplacamiento, rememoro el final de la novela La Náusea de Sartre. Y lo evidencio porque, como señala el personaje Roquetin, al principio sólo el trabajo fatigoso hace posible el libro, aunque en el fondo el esfuerzo perseverante sólo tiene un propósito: la contemplación de un pasado sin repugnancia.

Lejos de esa visión inmediata, mantengo el vuelo ya emprendido. Y, con plena humildad, me regocijo con las muestras de afecto hacia alguno de mis poemas; los cuales con el tiempo siguen teniendo constantes cambios en tanto las licencias me lo permitan.

En ese contexto, la poesía encuentra los caminos en dos partes inseparables. Una de éstas, se hace fuerte en la vida misma, en las experiencias que nutren los sentidos, en el enfrentamiento sin cuartel contra el mundo y sus terribilidades, en la sombra y la luz del universo en contacto con lo más humano. La otra parte se mueve en las expresiones de lo abstracto, de lo conceptual, de lo que se adquiere con las teorías o las formas críticas, los supuestos, el estudio de lo común y lo diferente, de lo que los oídos asimilan con lentitud de bestia racional.

Por lo tanto, la poesía se construye con los libros leídos y con la vida a veces invivible o insanable, y con una potente carga eléctrica que viene desde los inmemorables poemas homéricos o, tal vez, de la experiencia más próxima con un amor o un odio. En ese plano, se reta a la vida escribiendo y, a los libros, destrozándolos. He ahí el yo insaciable.

Ahora ya, sartrianamente, con el trabajo fatigoso concluido, con la tranquilidad de un presente sustentado, agradezco la lectura de estos seres vivos que llegan a sus manos. Lo que encontrarán no será un libro genial, sino quizás entretenido. Tal vez para leerlo de una sola pasada, y quedarse con algo de lo que lo inspiró. La misa del yo insaciable es la desembocadura de lo que siempre quise presentar: un poemario sencillo y fluido. Y al ofrecerse en un formato simple, refleja el ser interno del libro que es mi propio ser interno. De esta manera, dejo el testimonio en manos del que lo reciba. Yo ya me detuve a tomar aire.



Chiclayo, agosto de 2011.



Memoria de un cuento

Yo he tendido a la cosificación de las personas.
Y he tendido
a la personificación de las cosas.
Los motivos fueron simples:
muchos viejos trajes que estimaba a muerte,
muchos enemigos que fueron mi familia.
Por eso, yo he tendido
a no lavarme el rostro con frecuencia,
a coser mis prendas hasta lo último de vida
y seguir con ellas sobre mi cuerpo.
Yo he tendido
a acostarme con decenas de mujeres
sin mirarlas a los ojos,
a observar mis baratijas con ahínco.
Yo he tendido a la cosificación de las personas.
Yo he tendido
a la personificación de las cosas.
Y sólo me arrepiento de contarlo.


Versión desfigurada

Yo soy el amor
y propongo un fortín para el vacío,
una aceptación y un acierto.
Yo soy el amor sin manos, sin pies
y sin mirada. Por ello,
tendremos que coser la noche
sin abrir la puerta
ni encender la luz. Propongo
ese encierro eternamente,
sólo para hablarte
de que yo soy el amor

y fuera de mí hay sólo un cuerpo.


Gratitud

Y cuando me amanecí por primera vez
mirando las nubes,
tuve la sensación de haber muerto.
Estaba sólo borracho
pero seguía muerto.
Y cuando el cuerpo ya no pudo,
no cambiaron las paredes de mi cuarto
ni el alma de las cosas personales,
sino sólo parecía que la luz no bastaba
para alumbrar las ruinas del espejo,
las fotografías y el llanto de mi conciencia
cuando mi madre me apuntaba con el dedo,
cuando mi madre, por primera vez,
se había amanecido

esperando que regrese.


Danzante

Hay borrachos anónimos que bailan
para darse un respiro,
espontáneamente.
Y los hay como Bukowski:
danzantes de tiempo completo
que escriben de pie en las noches
y aparecen en los diarios de la mejor mañana.
No son para imitar.
Pero hay gente que aspira redimirlos,
entregándoles sus bailes
en madrugadas prometidas.
No entienden su profundidad
ni su mensaje. Y lo retuercen
como un paso de salsa en el huaino.
Les queda fundamentarse en él
mencionándolo en un muro de piedra
que la piedra borra.
Bukowski no lo hubiese deseado.
El genio jamás quiere regresar

encarnado en quien pierde el paso.


Abandono

Adiós, Poesía.
Voy por el camino de los muertos.
Y ya no extraño las rarezas
de la retórica. Ni la escarcha.
Ni el pleito con otros demonios
que no sean yo: el yo insaciable.
Adiós, Poesía.
Ahora soy ausencia pura
para la lejanía de un poema

que escribí vilmente.

martes, 10 de enero de 2012

"La inversión de causa" - Por: César Boyd Brenis - Diario "La Industria" (27/12/11)



La sociedad ha hecho una lectura invertida de la Navidad. El motivo de esa alteración (de ese día puesto de cabeza) puede tener orígenes consumistas y/o paganos. Pues se debe saber que...
1. La Navidad no es el día de la familia.
2. La Navidad no es el día del niño.
3. La Navidad no es el día de la cena pascual.
4. La Navidad no es el día de la amistad.
5. La Navidad no es el día de la paz mundial, etc.


Muchas de esas celebraciones ya tienen otras fechas del año que las recuerdan, y no cabe duda que sean importantes. Pero entonces ¿qué es la Navidad? Sencillamente, es el cumpleaños formal de Jesucristo, y a través de este hecho —de este acontecimiento fundamental en la historia humana— es que viene todo lo demás: familia, amistad, paz, etc. He ahí la inversión de causa que la sociedad ha establecido.


Si tendríamos que hacer una lectura no consumista de la Navidad (¡consume amigos!, ¡consume "amores"!, ¡consume bailes!), tendríamos que empezar por acordarnos en primer lugar del cumpleañero y, seguidamente, de nuestra relación con Él. Pues cabe añadir que esa relación acarrea, sin pensarlo, nuestro contacto con el prójimo. Es decir, cuando alguien le dice a otra persona “¡Feliz Navidad!”, debería estar diciendo en su corazón: “¡Acuérdate que hoy nació Jesús!”; pero si no es así, entonces ha comenzado mal. Pues es preferible el silencio que una felicitación sin fundamento real, sin causa apropiada y sin explicación de fondo.


Cuando las personas no tienen en claro esto, entonces suplen ese vacío con tantas actividades “navideñas” que está demás mencionarlas, porque se conocen de memoria. Pero cuando sucede lo contrario, nace algo imperecedero y absoluto; y el compartir en la mesa, la tarjeta de Navidad, el abrazo, el regalo, tienen otro significado, otro propósito y otra fuente: Celebrar al niño Jesús.


He conversado con tantos amigos desde hace semanas, incluso con mi esposa, y decíamos todos —me incluyo— que este tiempo de Navidad es triste, por el motivo principal que uno rememora la niñez ya perdida o la inocencia que sólo ahora es un recuerdo. Y después de este 25 de diciembre me di cuenta, en realidad, qué estaba faltando y en qué estábamos fallando. Y es que todos nosotros partíamos del ego, del “yo” como principio de un espectáculo, como protagonista de un festín de obsequios y abrazos; y no partíamos —porque así hemos crecido, así nos han enseñado— de que ese día el ser humano ya no es el ser humano de siempre, sino que alguien vino a rescatarnos del hundimiento del pecado. Y ese Ser que no nació el 25 de diciembre —pero que ese día se recuerda formalmente que “habitó entre nosotros”— es la más grande invitación a la paz interna, a la unión familiar, a la esperanza muchas veces perdida, a la felicidad destruida por el ego, al rompimiento con una costumbre sólo mercantil.



Los 25 de diciembre próximos no serán los mismos para mí. Y espero que tampoco sean los mismos para todos los creyentes, pues cuando el centro de todo se ubica, las periferias se alinean y las voces internas ya no son de nostalgia, sino es futuro, designio, esperanza y resplandor en el nombre de un Salvador por antonomasia: Cristo.

viernes, 16 de diciembre de 2011

"La Internet versus la biblioteca" - Por César Boyd Brenis - Diario "La Industria" (15/12/11)



Padres, no se engañen: no es lo mismo. Desde la aparición de Internet —como supuesto instrumento omnisciente— lo que ha sucedido en la educación no es un hecho de “reemplazo”, ni un cambio de variable algebraica (Internet por biblioteca); sino más bien, se ha llevado a cabo la institución de un conjunto de creencias que la tecnología ayuda a imponer y las expectativas humanas quieren agudizar.

La creencia que la tecnología mejora el aprendizaje no es cierta en su totalidad. Si Internet facilita los negocios —incluido el triste negocio de la educación—, no está siendo efectivo tal como se había esperado con la labor de enseñanza-aprendizaje, sino más bien está llevando a los estudiantes a senderos peligrosos: el plagio (la actividad de copiar-pegar tal cual se encuentra un texto), el escamoteo (extraer varios párrafos de diferentes trabajos intelectuales y presentarlos como suyos), el vicio tecnológico y, por último, el acto de “hacer el mayor esfuerzo en no hacer ningún esfuerzo”, como lo describiría el polígrafo Marco Aurelio Denegri.

No hay dicho popular más aplicado a este problema como el siguiente: “Internet te facilita todo” (otra creencia arraigada). Pero la educación no debe “facilitar” tan abiertamente en el sentido ocioso de la palabra. Pues el proceso de aprender es un camino arduo, agotador, donde se necesita concentración, entrega e inclusive amor. El fin último de la educación es crear ideas, superar complicaciones, formar personas de bien; y esto se consigue con esfuerzo y pasión, no con rapidez y embotamiento.

Las bibliotecas dan, hasta ahora y sin reemplazo, una mejor idea de lo que es la “dificultad” del aprendizaje, que conlleva al estudiante a la satisfacción de haber hecho un buen trabajo, a sentirse orgulloso de él mismo por haber superado un agotamiento que, en el fondo, es también un aprendizaje del buen carácter y de su función como ser humano en camino a su madurez, en tanto ayude a fortalecer el ideal de vida, de aquella vida dura pero susceptible de ser asumida y superada.

¿Por qué la biblioteca supera a Internet? A parte de agotar las vistas —al pasar horas frente a los dañinos rayos de la computadora—, este instrumento de la modernidad está plagado de errores ortográficos, de sintaxis terroríficas, de anzuelos peligrosos. Estos últimos podrían justificar, indiscutiblemente, la supervisión imperecedera de algún tutor que siempre acompañe a los alumnos a utilizar los beneficios de este instrumento, como lo es el correo electrónico para el envío de trabajos, el Facebook para compartir intereses y pensamientos, el Wikipedia, entre otros.

La biblioteca es y será siempre el lugar que representa el estudio por excelencia, es un ambiente de silencio, es un reducto colectivo donde uno hace de la investigación un ritual compartido con todos los que la pisan; pues, implícitamente, se sabe que las personas que se dan cita a esas casas del saber, son seres sociales que desean compartir el interés por los libros, por la cultura, por la buena “dieta” diaria de lectura.

La manipulación de los libros, el abrirlos, deshojarlos, olerlos, remarcarlos, ficharlos, saborearlos, todo ello es una misa divina de la paz y el estudio, no comparada jamás con la abundancia escalofriante de Internet, que promueve el empacho informativo y genera la falta del esfuerzo necesario para saberse estudiante eficiente.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Algunos textos del poemario "Persistencia del alarido" (2010) - De César Boyd Brenis

Utopía del vuelo

En el bosque
y en otras atmósferas de ansia,
pero especialmente en el bosque,
el aleteo del ave se ha vuelto dócil
como una garúa naciente:
ella desciende sin gorjeos,
sin distinciones, como otra garúa del ser.

La sangre gotea sin el fulgor de las ofrendas
desde sus alas entorpecidas
y su voltereta máxima de muerte.

El aleteo del ave es necio
entre las ramas que sueltan latigazos,
entre los vientos
que matan el honor.

Luego, no se ve más a la redonda
que una simple estela imaginaria
y un pensamiento regresivo.

Nunca se sabe de dónde viene la bala
que la derriba,
que la reconstruye en el aire
como un poema difícil,
sólo entre agujeros clandestinos, un poeta
arregla la muerte
cuando la sangre de diferentes tiempos
señala predilectos condenados.


Último aliento de un gigante

Ah, nunca me gustó el sol,
quiero decir
que así imagino al sol condenado
a un trecho final:
un gas tortuoso se le desgaja
como la epidermis de los magos negros
y apunta a las legiones de sequedad
y brillo
como la partida de una aventura de globo
hacia su descomunal cementerio.

Mas sigue intacto.
Sigue horrible.

Ah, el sol
Con su mitad de ruina y su mitad de reino
arderá prolífico
como el tiempo que cumple en un conjuro solitario,
su fuego indiferente de sí mismo;
y para mí que concierto la jugada,
que imagino la fecha de las posibilidades,
sólo es un linaje cósmico que no se resuelve
porque la perfección consiste
en tumbarse el equilibrio.


Autopacto

Lo contrario de arreglármelas solo
es estar más solo
en el indudable cuerpo de un nombre propio.

El fracaso fue pactar cerrar los ojos,
llegar al cuerpo,
adherirme.

Ahora, para justificar mi marcha,
ausculto un remoto favor de ser de alguien
y una identidad me es permitida.

Tengo que buscarme en las preferencias ajenas,
en mis soledades restantes
para permanecer en algún lado

(en cualquier paz muy intentada)

con la ceguera de estar detenido,
con la visión de llamarme algo.


Crimen concedido

Tu ventaja es que no estás en mis sueños
para poder matarte:
apareces siempre tan cerca de lo permitido.

Mi búsqueda se basa en soñarme solo,
en no ensuciar mi mano que te espera.

Ah, no puedo fracasar despierto
ni despertar sin nada:

Debo asignarte una pesadilla
y deslizarme insomne hasta pasar los ojos
por lo desangrado
y quedarme inmóvil como en el peor sueño,
donde mi ira te inventa,
te mantiene lista,
para que tu perdición purifique
estas paredes de nada y de tiempo,
esta cortina de sangre y ausencia.