jueves, 28 de octubre de 2010

"Las designaciones a los que enseñan" - POR César Boyd Brenis - DIARIO "LA INDUSTRIA" (27 DE OCTUBRE DE 2010)

Por una razón clásica, al que transmite un conocimiento, al que forma, al que instruye, le rodea un aire misterioso y señorial. Quizá por ese motivo, nombrar o designar a este noble personaje tenga una dificultad innegable; así, hacerlo depende de la costumbre, el ánimo o hasta cuán majestuoso se le quiera ver. Para muestra, he contado seis formas de etiquetas: profesor, maestro, docente, pedagogo, educador y facilitador. Muchos de estos términos han devenido, no cabe duda, de los vocablos que las corrientes pedagógicas han sugerido. Describámoslos.

Profesor: Término bastante genérico. En casi toda Latinoamérica, este sustantivo se ha empleado tanto en el uso técnico como en el coloquial. Hace varias décadas, en las escuelas de educación se utilizaba para hacer referencia al título académico, sino recordemos lo dicho por Julio Cortázar en una entrevista de 1977, en el contexto argentino de la época: “Terminada la escuela primaria, luego hacías la escuela secundaria. Y en mi caso, yo entré en una Escuela Normal, que a los 18 años me dio un título de Maestro Normal, y luego tres años más de profesorado, que me dio un título de Profesor”. En la actualidad se ha perdido dicho sentido.

Maestro: En ocasiones, esta palabra tiene un romanticismo adherido, ya que se suele enfatizar con agudeza: “cualquiera es profesor, pero pocos son maestros”. En algunos países, caso Venezuela, se le llama así al que labora sólo en el nivel primario. Para los otros niveles es “profesor” el término utilizado. Por el contrario, en México, “maestro” se usa para generalizar a todo aquel que enseña, no importando el nivel escolar. Algunas veces en ese país centroamericano, también se le suele llamar “licenciado”. En el Perú y en otros países, la palabra posee una simbología sentimental, un ejemplo de ello es estipular un día del año especialmente para ellos, llamado el Día del Maestro. Antiguamente, “Maestro” también era un título que lo podías obtener a los 18 años al egresar de una Escuela Normal, tal como lo refirió anteriormente el autor de “Rayuela”.

Docente: A pesar que el diccionario lo toma como meramente un adjetivo (por ejemplo, “plana docente”), el uso lo ha impuesto como un sustantivo. Esta designación es altamente técnica. El sentido que también posee tiene que ver con la idea de un profesor en actividad; es decir, que un recién egresado de la facultad de educación, que aún no consigue trabajo, no puede ser un “docente”.

Pedagogo: Es aquel que está inmiscuido en las ciencias de la educación. Es decir, un pedagogo es netamente un científico. Este término tiene un sentido de realce y magnificencia académica.

Educador: De un tiempo a esta parte, este término ha ido estableciéndose tal vez con la idea de acabar con la dificultad de designación. Por un lado, tiene un sentido abarcativo, o sea se refiere sencillamente al maestro con título profesional y punto, no importando que labore o no, que se especialice o no, o que sea bueno o malo. Además, tiene una acepción técnica, y posee un sabor a solemnidad posmoderna, muy de este tiempo.

Facilitador: Esta palabra fue instituida por el constructivismo (corriente pedagógica que tiene como principio fundamental la idea de que son los estudiantes los que elaboran o construyen su propio conocimiento, donde el profesor sólo les facilita los recursos o los textos que serán asimilados subjetivamente). Casi nadie emplea esta palabra.

A pesar que hay una línea transversal que une a todos estos términos, el contexto se encarga de guiar las intenciones. Así, puedo decir: fui educado por profesores estrictos, por maestros apostólicos, por docentes humildes, por pedagogos eruditos, por educadores titulados y por facilitadores inocentes. Y también, fui educado en las calles y en las bibliotecas por amautas invisibles y divinos, y el producto fue un maestro.

jueves, 14 de octubre de 2010

“El grupo Signos y la Universidad” – POR César Boyd Brenis – DIARIO LA INDUSTRIA (14 DE OCTUBRE DE 2010)


En general, se pueden distinguir dos tipos de estudiantes universitarios. Están aquellos que realizan actividades diversas, ya sean artísticas, académicas, políticas, o la combinación de éstas, según sean las inclinaciones. Y por otro lado, están aquellos cuya inactividad tiene sólo como resultado –después de cinco años—un título, para todos cada vez más devaluado. Entre tanto, en las aulas de la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo, el 17 de febrero de 2006, desde los pabellones de la facultad de Ciencias Histórico-Sociales y Educación, nació un colectivo de los del primer bloque de estudiantes: el Grupo Literario “Signos”.

Me honra ser uno de sus fundadores. En aquel año, éramos cinco integrantes (Cromwell Castillo, Luis Sánchez, José Abad, Ronald Calle y yo). Sin embargo, los dos primeros partieron por motivos de aquella incompatibilidad que condena a muchos grupos al fracaso y, posteriormente, a su desaparición y olvido. Mas la tarea literaria nunca se detuvo. Recitales, publicaciones de libros grupales, de manifiestos literarios, y viajes llevando nuestra poesía a muchos lugares del Perú, eran algunas de nuestras tareas constantes.

El día 18 del mes recién pasado, en el auditorio de un conocido hotel chiclayano, hubo un relanzamiento formal del grupo, con nueve integrantes más: Ricardo Musse (Piura), Erika Madrid (Argentina), Ronal Pérez (Tarapoto), Hazzel Yen (México), Anita Ramos (Lambayeque), Wilfredo Gonzáles (Lambayeque), Gisella Limo (Lambayeque), Mario Morquencho (Lima) y Harold Castillo (Lambayeque).

La propuesta de esta nueva etapa en “Signos” puede simplificarse en la Introducción de nuestro manifiesto literario: “El lenguaje como instrumento de vida nos facilita los efectos de todo cuanto hacemos o deshacemos. Por ello es la hora de ser fulminante en todo momento. No hay tiempo para la lástima de sí mismo: Signos sueña con todos sus ojos abiertos, para que el idioma latinoamericano que nos define, se una en la misma respiración. La Literatura no salva al mundo pero puede animarlo, perseguirlo, enfrentarlo. Signos acopla la contundencia de las voces donde el español, como lengua de nuestro mundo latino, es el eje del habitar estético”.

El grupo ha entendido la importancia de aquella clásica idea de unión de nuestros países, pero con un nuevo remezón literario: “El reducto de nuestra entrega total está en esa masa que se ha constituido en Signos. Nos hemos juntado para que nuestra voz se asocie al grito, y Latinoamérica sea el espacio donde retumben los sonidos más armónicos”.

“Despiertos todo el tiempo, repudiando la tragedia de nuestros países, las dictaduras y la corrupción, la historia que siempre es de sangre como una maldición de Dios, perturbadora e injusta; así nos unimos al contrato social indisoluble, así nos ponemos de pie sobre la mesa del planeta, sintiendo que la Literatura es otro de sus pulmones, donde el género humano descansa y se deleita. Por eso cantemos a Latinoamérica en todos sus dialectos: la potencia de nuestro grito intentará alegrarla”.

En este orden, la universidad fue el comienzo. Mas el movimiento que Signos plantea está regido por esa transmisión de fuerza que trasciende a cualquier casa superior, a cualquier etnia, nacionalidad o creencia, pues ya se comienza a dimensionar la vida futura, que cubrirá el ámbito cultural definitivo. La universidad es la vida en acto firme.

No se termina de ser estudiante recibiendo un título. No se deja un círculo intelectual sólo por concluir una etapa. Si existe sinceridad y empeño, tanto uno como otro sólo terminan en la muerte. Y todo eso, en nombre de la existencia y de su sentido más franco para nosotros: la literatura.

sábado, 9 de octubre de 2010

"El pesimismo y la educación" - POR César Boyd Brenis - DIARIO "LA INDUSTRIA" (8 DE JULIO DE 2010)

En honor al 6 de julio ya pasado, Día del Maestro, quise reflexionar sobre dos temas que generalmente, dentro de una realidad de análisis, permanecen disjuntos, pues la “educación” y el “pesimismo”, y aún más las finalidades de dichas nociones, son dos extremos que no pueden y no deben juntarse ni en la acción ni en la idea, y todo esto por el bien del más débil entre ambos, como lo es, la educación.

Profundizar en el tema del pesimismo, en el cual muchos de los seres humanos se ven reflejados, y aún más, muchos de los profesores, es dar algo de luz para evitar actitudes y conductas, y sobre todo ideologías, que no hacen bien a la labor docente en acto.

El pesimismo es una reacción que cualquier ser humano puede llegar a tener en condiciones normales, y cuyo derecho a sentirlo y expresarlo podría ser totalmente legítimo. Sin embargo en la profesión de maestro, al parecer el asunto toma otro sendero, pues si el maestro cae, entonces el mundo cae con él. Y en consecuencia, se cierran las puertas y los ojos de la libertad, del análisis y del progreso, entendido este último como fortalecimiento de las finalidades de cada entidad social.

Pero no se puede olvidar que los batalladores de las aulas son seres humanos de carne y hueso, es decir, hombres y mujeres de conflictos, de decepciones, de miedos, de interioridades sensibles. Por ello los maestros también caemos en contrariedades y disgustos catastrofistas cuando vemos que el mundo nos traiciona, en pocas palabras, caemos en pesimismo ante la vida.

Ser pesimista es concretamente no encontrar ninguna salida para un problema; o es, extensamente, encontrar salidas ineficientes, ralas o inútiles, desde donde parten las concepciones casi entendibles de “patear el tablero”, de maldecir a todos los gobiernos, de reclamarle a Dios por su inercia.

En general, creo que el pesimismo en los maestros puede manifestarse en dos ramas. Una de ellas más vivencial, concreta y personal, y otra rama, más ideológica, intelectual y cultural.

La primera de ellas, se puede identificar y simplificar en la frase: “no puedo pensar en enseñar bien porque mi sueldo ni siquiera me alcanza para comer”. Aquí, el pesimismo está manifestado en la realidad de la vida de un maestro de bajos recursos, que podría ser un profesor de escuela rural (difícil y digna tarea) o alguien que tiene que viajar muchos kilómetros de distancia asumiendo su propio pasaje, y cuya fuerza para el trabajo está debilitada por el trajín. En esas condiciones, el maestro no le queda más remedio que sobrevivir con lo que el estado le ofrece, y con justa razón, quejarse.

La segunda rama es el pesimismo de tipo ideológico, en donde caen muchos maestros. Ellos ven el mundo en pleno, lo analizan, hacen cálculos estadísticos, y sacan conclusiones al estilo sartreano (recordemos que Jean-Paul Sartre fue el pesimista más grande del siglo pasado).

Estas conclusiones están sometidas a la frase: “el mundo es un desastre”. Entonces, descubren todos los males irreversibles que aquejan a la humanidad, es decir, descubren que las ventas y el consumo de drogas en el mundo van en un aumento exponencial; descubren que el ser humano tiene cada vez más enfermedades llamadas “mentales” y serios problemas genéticos; descubren que el sistema es manejado por un grupo de súper poderosos desalmados, inhumanos e invencibles; descubren que la súper población alguna vez nos hará matarnos por comida y por agua; descubren que es posible que Dios no exista (como está escrito en los autobuses londinenses) y que no habrá más justicia que la nuestra, que es la del más fuerte (absurdo descrédito).

Con toda esa masa de pesimismo, a los maestros nos toca gritar a causa de la desesperación y la angustia. Ser expectantes de la desvalorización de absolutamente todo, y junto a ello, rendirnos a los problemas cotidianos.

En estos casos, es cuando traemos nuestras antiguas ideas románticas, nos empapamos de la herencia de pensamientos que nos han dejado los escritores no realistas, encontramos en el acto de enseñar un valor absoluto, disfrutamos de las ideas de libertad, de patria y de amor, que la literatura de Bécquer o de Goethe nos ha dejado, para justo en momentos como estos, en tiempos de Apocalipsis, emerjan como lo único que nos salva en este mundo de guerras y mercado.

En el Día del maestro, recordemos lo que nos hablaba Aristóteles sobre la “Teoría del justo medio”, donde planteaba el peligro de los extremos. Por eso el sueño diurno del amor ensimismado podría ser tan terrible como ver la realidad tan radicalmente exacta para maldecirla. Aún así, quedan en el aire tantas incógnitas. Educación, ¿quo vadis?

"Elogio a la coincidencia" - POR César Boyd Brenis - DIARIO "LA INDUSTRIA" (30 DE JUNIO DE 2010)

El 29 de junio de este año se conmemoran 110 años del nacimiento del francés Antoine de Saint-Exupery, autor de “El Principito”, un clásico de la literatura universal.
Este relato posee como uno de sus mayores logros ser el segundo libro más leído del mundo después de La Biblia. Y se corresponde con su autor, por haber creado una de las leyendas urbanas más bellas y románticas de la literatura y de la vida, pues tanto el autor como el personaje fueron dos aviadores perdidos que nunca regresaron a casa después de un accidente aéreo.

Pero no es la primera vez que la obra (realidad ficticia) y la vida (realidad real) se encuentran en una extraña coexistencia.

En la novela de Edgar Allan Poe titulada “Las aventuras de Arthur Gordon Pym” (1837), cuatro náufragos practicaron actos de canibalismo después de pasar necesidades de hambre en medio del océano; devoraron al de menor edad, llamado en la novela Richard Parker. Medio siglo después en el Atlántico Sur, en la vida real, en las mismas circunstancias de naufragio, cuatro hombres desesperados devoran al menor entre ellos, el cual tenía como nombre Richard Parker.

Las coincidencias de la obra de Poe como la de Saint-Exupery, no son las únicas, pero tal vez sí las más sorprendentes dentro del ámbito de la literatura.
Sin embargo, “El Principito” no tiene como valía tan sólo este raro detalle de la interconexión de sucesos.

A pesar que parte de la crítica ha nombrado la obra como perteneciente a la “literatura infantil”, no tendría por qué quedarse en ese sector tan limitado, en el sentido de la designación de un público. Tanto jóvenes como adultos pueden encontrar con fascinación en sus páginas diálogos contundentes, ironías finas, persecuciones bien puestas, ideas profundas que pueden llevar a plantear filosofías de la existencia.

Además en el análisis, tampoco sólo nos podríamos abocar al universo construido dentro de la novela, sino ampliar los móviles y las categorías a la fuerte amenaza que vivía la sociedad en esa época y en la que el autor fue partícipe.

Parte de esa vida, la constituye la pasión incontrolada de Saint-Exupery: los aviones. Y tuvo con ellos varias anécdotas en las cuales la vida se exponía al peligro, en el extremo justo donde los apasionados disfrutan. Una de ellas, sucedió en el desierto del Sahara, donde un aterrizaje forzoso hizo que su copiloto y él sufrieran de una fuerte deshidratación por cuatro días. Un hombre en camello los salvó.

Otra de las anécdotas, y la más triste de todas, por ser la última y la que lo llevó a ser una leyenda, sucedió en 1944 en una misión al sur de Francia. De súbito mientras volaba, los radares dejaron de detectar su avión. Fue un gran misterio durante décadas, no obstante este al parecer hace pocos años fue resuelto, cuando un anciano alemán confesó haber derribado un aparato de las mismas descripciones del de Saint-Exupery. El hombre lo dijo absolutamente arrepentido pues admiraba grandemente al escritor.

Tal vez después de su desaparición, en el mar o donde el destino lo haya colocado, Antoine de Saint-Exupery se habrá encontrado con el principito para contestarle las preguntas que jamás pudo en la obra como aviador perdido, aquellas que los niños hacen pero que ni los más sabios pueden contestar con plenitud: ¿Para qué existimos? ¿O acaso somos sólo una coincidencia?

"Sartre, un simpático enrevesado" - POR César Boyd Brenis - DIARIO "LA INDUSTRIA" (23 DE JUNIO DE 2010)

Cuando al filósofo Bernard-Henri Lévy le preguntaron en una entrevista televisiva quién era Sartre para él, indicó sin detenerse a pensar: “¡El siglo XX!”. Para este estudioso, todos los caminos del siglo pasado conducían a Jean-Paul Sartre (Francia, 21 de junio de 1905 – 15 abril de 1980), y no se equivocó.

De niño, geniecillo en evolución y huérfano de padre. Este simbólico episodio de muerte a su corta edad, hizo cumplir la idea que algunos teólogos tienen: “si no ha tenido un padre, es probable que nunca vea a Dios como tal”. Y así fue. Sartre se convirtió en un no creyente famoso, el más conocido ateo de su época. Tal vez la ausencia de la imagen paternal, adherido a su complejo de fealdad, hayan hecho de él, el gran pesimista que fue.

Él planteó una filosofía donde más precauciones hay que tener al leérsela. Para él no funcionaba la frase platónica: “La verdad es bella y sencilla”. Su verdad tenía enredos que llevaban a reflexiones de gran fortaleza filosófica y no pocas contradicciones.

Un ejemplo de ello es la idea de la imposibilidad de deducir la libertad del otro, contrapuesta con la libertad planteada por el comunismo, al que él se adscribió y también defendía. ¿Cómo se entienden estas contrapartes?

En su frase “el hombre está condenado a ser libre”, Sartre establece que el ser humano al ser absolutamente conciente de todos sus actos, tiene la responsabilidad directa de lo que hace y dice. Cada uno de los seres concientes, tendrá que vérselas consigo mismo en las fronteras de su libertad. Es decir, nadie puede saber cómo el otro define su libertad en el mundo. Así lo apuntó en su novela La Náusea: “Un existente no puede deducir a otro existente”.

No obstante, renueva sus conceptos cuando se hace parte del marxismo, pues como se sabe, esta corriente tiene una idea distinta sobre el acto libre. Este último, se puede concebir en dos partes generales.

La primera, cuando el ser humano se encuentra en una fase de alienación, que es un estado de inconciencia pura, de acciones impuestas por los medios de producción. La segunda fase, es el estado de conciencia, donde se adquiere la legítima libertad y donde se ha vencido al sistema. En conclusión, Sartre acepta la libertad individual y la libertad colectiva, sabiendo de su absoluto antagonismo.

Para Bernard-Henri Lévy, Sartre era el siglo XX justamente por ser la unión de dos contrarios. Era todo lo bueno y todo lo malo, donde a pesar de que la tecnología iba en aumento y la ciencia alcanzaba fortaleza, llegaron las dos catástrofes mundiales de 1914 y 1936, el holocausto, la bomba atómica y la desacreditación del llamado progreso, que daría paso a la discutible postmodernidad.

En 1964, rechaza el Premio Nobel de Literatura por considerarlo burgués. Contra esta clase social pelearía el resto de su vida (siendo él parte de ella), apoyando causas históricas como el Mayo del 68 o la independencia argelina. Hasta ahora, Sartre aún tiene adeptos, tanto en la Web como en la vida, tanto ateos como creyentes.

"El hombre que imaginó la ceguera blanca" - POR César Boyd Brenis - DIARIO "LA INDUSTRIA" (20 DE JUNIO DE 2010)

Ayer, en medio de un partido mundialista madrugador y aburrido, llegó a mis oídos la lamentable noticia de la muerte del Premio Nobel de Literatura José Saramago.

Fueron 87 años de fervor social y pronunciamientos lúcidos. Falleció en su casa de Lanzarote (España) acompañado de su familia, de la cual se despidió con la pasividad que lo caracterizaba.

Al enterarme, y correr a deshojar un libro suyo, una lágrima rodó por mi mejilla hasta humedecer una de las páginas de “Ensayo sobre la ceguera”, su novela maestra.

Se fue dejando el ardid de los que siempre hacen lo que dicen, asunto difícil para las mayorías. Nunca quiso congraciarse con nadie. Su forma pertinaz de defender su ideología lo mantuvo en enfrentamientos constantes; acaso intuyendo que después de la muerte siempre se recuerdan sólo las palabras actuadas.

Siempre escuchó atento lo que su anciano abuelo, por allá en la niñez, le aconsejaba. Por ello afirmaría, en señal al profundo respeto que le prodigaba: “El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía ni leer ni escribir”.

Estas últimas palabras fueron el despegue de su discurso de la aceptación del Premio Nobel, en 1998. Palabras que, saboreándolas en el análisis, sólo dejan en sus fuegos la idea que el verdadero valor está en la sabiduría, mas no en la cantidad de conocimientos rimbombantes que el ser humano pueda llegar a tener.

Y es en ese ser humano en el que pensaba Saramago cada día, y en toda su obra siempre su cauce lo llevaba al recurso de la parábola, es decir, la mejor manera de sensibilizar al hombre, explicando todo con “la sencillez de las verdades eternas”, como sentenciaría un griego.

Su mejor, digámosle, parábola, la desarrolló en su novela fundamental “Ensayo sobre la ceguera”, donde trata una epidemia de ceguera blanca, la cual se apodera de todos los pobladores de un lugar. Esta tenía la particularidad de ser contagiosa, tal como las pérdidas de la vista de casi todos los seres humanos ante el desparpajo tiránico del mundo.

Pero no se le piense a Saramago como un hombre de carácter cáustico. Él enviaba su mensaje para quitarles a los seres humanos su adormecimiento, su desinterés, su ceguera blanca, todo ello, más contagioso que el sida.

Hacia el cielo más limpio ha partido su alma. Aquí en la tierra, deja un diagnóstico crucial, una esperanza permitida y un sitio vacío.

"Las personalidades múltiples de Pessoa" - POR César Boyd Brenis - DIARIO "LA INDUSTRIA" (14 DE JUNIO DE 2010)

El 13 de junio de 1888, se alumbró al mejor poeta que ha tenido Portugal en el siglo XX. Su verso posee una dinamita de razonamientos y conjuga silogismos e inferencias que ramifican la mente del lector.

Fernando Pessoa nació cinco veces el mismo día. Ingeniosamente, junto con él (y dentro de él) surgieron Ricardo Reis, Álvaro de Campos, Alberto Caeiro y Bernardo Soares, todos ellos los distintos heterónimos de su variado espíritu.

Los heterónimos daban la idea de posicionamientos, de personalidades dentro de un solo cuerpo, y junto a todas esas variantes, existían distintos nombres, filosofías, estéticas y éticas.
La heteronimia de Pessoa está de acuerdo con una frase feliz que afirma: “sólo las grandes inteligencias se contradicen mucho”. En ese camino, el poeta desde muy niño fue creando personalidades que en sus juegos infantiles iban colocando la base para lo que sería su extraordinaria obra poética.

Sin embargo, el nacimiento de sus heterónimos lo dio concientemente en el transcurrir de sus años. Empezó a darles nombres, actividades laborales, gestos y ritos.

A los cinco años perdió a su padre. Su madre contrajo segundas nupcias con un cónsul de Sudáfrica, a donde se trasladó el poeta. Ahí aprendió el inglés como segunda lengua, lo cual le ayudaría más adelante a trabajar como traductor; oficio que le daba el tiempo suficiente para la escritura, la lectura y la bohemia.

Las personas cercanas a él, contaban de sus transformaciones súbitas de personalidad, que eran como el primer paso para escribir. Asumía el aura de un determinado heterónimo, y posteriormente, le daba un estilo, un espíritu, un sentido de la vida, y escribía. Tenía en sí un sistema caótico de personalidades que avalaban su creación.

Pessoa era un fingidor. Así lo representa en los versos: “El poeta es un fingidor. /Finge tan completamente /que hasta finge que es dolor /el dolor que en verdad siente”.

Sin embargo, sus versos geniales sin duda los hizo en el extraordinario poema “Tabaquería”, el cual pertenecía al heterónimo Álvaro de Campos. En esa obra maestra del estilo y el razonamiento, se explota el absurdo, el existencialismo más recalcitrante, la duda destinada a ser eterna, por ello dice: “Hoy estoy vencido, como si supiera la verdad. /Hoy estoy lúcido, como si estuviese a punto de morirme, /y no tuviese otra fraternidad con las cosas /que una despedida”.
Todos sus heterónimos murieron con él en noviembre de 1935, sin embargo uno de ellos, Bernardo Soares (Pessoa lo llamó su semi-heterónimo), publicaría una obra póstuma: “El libro del desasosiego”. Según los expertos, es la mejor obra que se ha escrito en habla portuguesa.

"El poeta español más popular del Siglo XX" - POR César Boyd Brenis - DIARIO "LA INDUSTRIA" (5 de junio de 2010)

El cinco de junio es un día de remembranzas: las hay ecológicas, conflictivas, patrióticas, y entre una normal diversidad, las hay también poéticas. Por un lado, es Día del Medio Ambiente Humano, por otro (y tal vez en el “mismo” lado), se cumple un año exactamente de los acontecimientos de Bagua, y por coincidencia el cinco de este mes fue cuando el Coronel Bolognesi afirmaba enérgico (1880): “Tengo deberes sagrados y los cumpliré hasta quemar el último cartucho”. También es un día de letras eternas, cuando en 1898 nace el poeta y dramaturgo más compenetrado con la España del siglo recién pasado: Federico García Lorca.

Sea por su asesinato a manos de una cuadrilla franquista, sea por su abertura inverosímil para la época, o por cualquier drama expuesto a la indignación de los moralistas, su popularidad es indiscutible en la Península y sus versos son memorizados a carta cabal por toda mente que alguna vez sintió el dolor de la tragedia.

Su más conocido biógrafo, Edwin Honig, lo retrata delineadamente con un lápiz filoso y limpio de toda transgresión. Es difícil pensar que la potencia de la pluma lorquiana pudo salir de un cuerpo cuya fragilidad la traía desde la infancia. Pues fue hasta los cuatro años cuando el poeta pudo dar sus primeros pasos: la fuerza de sus piernas era inversamente proporcional a su inteligencia. Sin embrago, fue desde los dos años cuando demostró amplia habilidad para memorizar versos, especialmente canciones populares que formaban su espíritu desde sus años en Granada.

Este compatriota de Cervantes y uno de los más asiduos lectores de El Manco de Lepanto, estudió algo que jamás iba a ejercer: la abogacía. Su vocación literaria lo llevó a conducir una compañía estatal de teatro y dejar las leyes judiciales para dedicarse a las leyes pasionales. Fueron estas últimas las promotoras de las más grandes obras de teatro escritas en español en el siglo XX.

Definía a la poesía entre la metáfora y el símil, muy certero y rotundo: “es la unión de dos palabras que uno nunca supuso que pudieran juntarse, y que forman algo así como un misterio”. Al igual que toda su generación, mantuvo un equilibrio entre intelecto y sentimiento; el mencionado misterio estaba contenido en esto último, que lo moderaba de las redes de la razón y la lógica de los pensadores natos.

La poesía lo llevó a ser el máximo representante de la Generación del 27. Los críticos hablan de una época de juventud y una de plenitud, es en esta última donde aparecerían sus dos grandes monumentos artísticos: Romancero gitano y Poeta en Nueva York.

El primero toca temas tan universales como la muerte y la vida, y también se pasea por el mundo de lo bucólico, en mención a la luna, el cielo y la noche; mezcla en su estilo dotes cultos y un sabor popular.

El segundo de sus libros, es la constatación de un profundo dolor que lo venía arrastrando desde España, y en su llegada a Nueva York en 1929, se concentraría en el libro revelador de su intimismo y su penuria. Su homosexualidad lo llevaba por los rumbos del desencanto, adherido eso a la profunda decepción que sentiría al ver una modernidad explotadora e inhumana.

En el Perú, en la asignatura de Literatura Española de la secundaria, se nos presenta formalmente un Lorca que recuerdan muchos, pero que otros olvidan, tal vez porque como diría él en una sentencia que cae como un meteorito sobre las cabezas: “La poesía no quiere adeptos, quiere amantes”. ¡Feliz día, poeta!

viernes, 8 de octubre de 2010

"Como pez en el agua blanquirroja" - POR César Boyd Brenis - DIARIO "LA INDUSTRIA" (9 DE OCTUBRE DE 2010)


De los escombros de un país convulsionado por las protestas, del fondo de las gargantas que transportan las voces inseguras, de los grupos llenos de esperanzas casi perdidas, resplandeció la vida: “el fuego de la literatura”. Frase aquella que acuñara Vargas Llosa sin saber que, años después, él sería la misma literatura: las letras de un continente, el fuego de un país, la reputación de un Perú creciendo.

No hay mejor momento como este --como decía el poeta Jorge Donayre-- “para tirar un carajo por mi patria”. Pareciera que toda la historia literaria de este suelo se concentrara en nuestro recipiente del tiempo, en este minúsculo tramo de alegría insurrecta. Pareciera que Macchu Pichu y la gastronomía peruana hubiesen puesto el pie de apoyo para el salto que sería un premio de este orden. Y con ello se ha dado, espero, el comienzo de una secuencia creciente de “autoestima literaria”.

Ahora, Perú entra al listado de los pocos países, de este lado del mundo, con representantes ganadores de dicho galardón literario. No hay todavía tiempo ni para emocionarse mejor. La noticia llegó de golpe, como llegan sonando las campanas de todas las catedrales de nuestro suelo patrio. El siete de octubre, muy temprano, se anunció el rompimiento de esa mala racha que año a año acompañaba a Varquitas. Si no era por sus opiniones políticas medio complacientes, era por las metidas de pata en temas de economía; sin embargo, le cayó excelente la renuncia pública en rechazo a ese extraño decreto ministerial que a cualquiera llenaría de duda. Él fue sincero con lo que predicaba.

Cuando visitó la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo, para brindar la Conferencia Magistral “La Literatura y la Vida”, sentimos la fortuna de aquellos pocos privilegiados del mundo que tienen al frente a un verdadero ejemplo de dedicación. Aquel día diría: “La literatura es una vocación, una pasión; también una disciplina y un trabajo. Pero antes que nada, primeramente, la literatura es un placer”.

Según los académicos encargados de la designación, Vargas Llosa es galardonado “por su cartografía de las estructuras del poder y sus imágenes mordaces de la resistencia del individuo, su rebelión y su derrota”. En efecto, el tópico del dictador fue brillantemente desarrollado con una seguridad grandilocuente. Experimentó con sus personajes en un hondo desafío de vida, y la manera cómo iban siendo derrotados después de una lid de esperanza. Reprodujo el lado oscuro de los militares, sus angustias, sus delirios y sus perradas (recuerdo aquella gran frase: “Más fácil sería resucitar al cadete Arana que convencer al ejército de que ha cometido un error”). El colegio, el cafetín, la celda, la cama, el estrado, el mancebillo, todos fueron sus espacios tocados por el poder de su pluma, ahora legendaria y mística.

Llorar de alegría. Llorar con un poder de las entrañas y el espasmo. Llorar por el Perú que acelera la justicia, o que la contradice, o que la ignora. El premio es de esta tierra en todas sus significaciones y definiciones. ¿En qué momento mejoró el Perú?