lunes, 10 de febrero de 2020

"María Rosa Macedo: El descubrimiento de su novela" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (9-2-2020)

Un hallazgo memorable, entre otros muchos, al vivir por un año en el departamento de Ica ha sido la novela “Rastrojo” (1943) de María Rosa Macedo (1909-1991). Cuando ahora escucho su nombre de mi propia boca —o lo escribo con mi mano— se desprende un respeto absoluto e inconfundible, como solo se les puede tener a los grandes maestros.

El mismo respeto percibí que brotaba del promotor y poeta iqueño más representativo de la actualidad: César Panduro Astorga. Lo conocí en Pisco a propósito de un evento por el centenario del fallecimiento de Valdelomar. Al preguntarle por los novelistas de su región, me contestó: “¡No hay mejor que ella!”, mostrándome “Rastrojo” con reverencia.


Mi duda fue natural por lo que se dice de los nombres desconocidos, enredándome en un prejuicio innombrable. Semanas después, en un recorrido por Ica, adquirí varias obras de escritores locales, mientras que la dichosa novela solo pude conseguirla, previa cita, en la biblioteca “Abraham Valdelomar” de la Huacachina, un oasis de libros entre la arena.

La edición que compré contenía un prólogo contundente de Bryce Echenique, un retrato de la autora a partir de una entrevista que le hizo Mario Vargas Llosa, y las entrevistas de Panduro Astorga a Bryce y al hijo de María Rosa, el señor Federico Camino Macedo. Era una edición completamente rica para mis fines de profundización de las obras locales.



La vida de la autora hasta los diez años en la hacienda Montesierpe (lugar donde cuentan los expertos se fermentó el primer pisco de la historia) contribuyó a que sus personajes se desarrollen con una espontánea naturalidad. Las voces de los actantes se ajustan a su procedencia, producto de un estudio minucioso.

María Rosa partió a Lima y la sedujo la lectura como el hábito de las elegidas. En todos sus años de estudio en el colegio San Pedro, no hubo calificación ni reconocimiento mejor que los de ella. Ella era la Coco, como recuerda Bryce, una mujer tan unida al acto de pensar que ni las modas ni los trajes la sedujeron. Incluso su ornamento más destacado fue un bello gabán que con las décadas se iba destiñendo, gabán que la acompañó hasta el último día de su vida.

Mientras cursaba su carrera en Bellas Artes, dedicaba su tiempo libre también a destacadas actividades. El tenis, el básquet y la natación eran rutinas que sementaban su fortaleza femenina. Nada le impidió formar también clubes deportivos de mujeres, en los que ningún complejo o anacronía la contuvo.

Después de sus cuentos, nació “Rastrojo”. Bastó una sola novela para abrir “tanto y tan bien las puertas y ventanas del campo costeño y sureño del Perú”, como afirma Bryce en su prólogo. Fueron esas puertas y ventanas que pude recorrer en mis viajes por los distritos de Pisco, con los que entablé una relación tan imperecedera como intensa.

María Rosa Macedo fue una lectora total. Repasaba a William Faulkner como su mejor horizonte, incluso este autor le autografió un ejemplar de “Absalón, Absalón” cuando llegó al Perú por única vez. “Rastrojo” posee estas pinceladas de costumbres y misterios que el nobel estadounidense les imprimió a sus protagonistas y a sus pueblos alejados.

La entrada de la novela mantiene una tensión perfecta. Recrea la abolición de la esclavitud en la hacienda a través del discurso de un caporal. La sorpresa paralizante de los cautivos, la situación que no explicaban ni entendían y el posterior mandato de la propia voluntad, fueron entretejiéndose hasta reconstruir los pensamientos rumbo a un objetivo: la libertad del hombre.

Entre esa edificación de los seres nuevos, pero paradójicamente resignados a una vida casi inamovible en el campo y entre el pisco, nace una niña cuyo futuro sacrificio solo puede compararse con la Gertrudis en la novela “La tía Tula” de Unamuno, una mujer que representa la modernidad de la lucha y el máximo símbolo de este género literario: Martina.

La admiración de una mujer hacia otra mujer fue el móvil para que María Rosa Macedo llevara a Martina a la inmortalidad. Esta última fue una negrita de carne y hueso que conoció en la hacienda donde la autora  nació y creció. La atención obsesiva y justa, nunca sobreprotectora, de Martina hacia sus hijos y conocidos es la potencia del personaje.

En una comunidad sin ciencia médica, los indescifrables conjuros de Martina protegían de todo mal a los lugareños. El respeto que infundía esta era tan acentuado que ni siquiera nadie podría hablar mal si, por ejemplo, un extranjero se alojara en su casa —como sucedió en la historia desapercibidamente— y tuviera como producto posterior un hijo (el Gringo).

Este hijo de Martina adquiere un protagonismo fundamental en la tercera parte de la novela, titulada “Caminos de nostalgia”, en la que la esperanza conmociona. La autora toma partido social al demostrar que es posible una mejor vida en el pueblo de Vitoy (Humay-Pisco), pero solo con la vía insoslayable de la educación: lo que el Gringo consiguió en Lima.

Este hijo de Martina se abrió un espacio en la capital por medio del ejército, sosteniendo un conocimiento destacado junto a una implacable moral. Estos hechos son como un adelanto de lo que décadas después sucedió con el desplazamiento de los pobladores de las provincias hacia Lima. El Gringo fue la figura del triunfador que luego los años 70 volvió tópico.



Bryce advirtió que lo que diferenciaba a María Rosa Macedo de otros escritores era que ella ni la política ni el proselitismo le importó, sino solo la literatura, es decir, la historia bien escrita, que estaba por encima de cualquier propaganda. Sin embargo, para esta mujer admirable, había otro amor superior: la familia.

Con el nacimiento de su único hijo (Federico Camino), el acto de escribir fue relegado a un plano casi inexistente. Entre la dedicación familiar intensa, se tomaba espacios reducidos para leer o redactar, en un afán de no desfallecer ante la mirada impávida del pequeño. Era una lucha sin cuartel contra los demonios que aquejan a los verdaderos artistas.

Una mujer que legó al Perú un ejemplo de entusiasmo y sabiduría, una mujer que hizo de la lectura un impulso para crecer como una admirada intelectual, una mujer que estudió la narración para aplicarla en sus escritos y no para propagar los discursos del momento, esa mujer encontré en “Rastrojo”, una entidad diferenciada, un ser real-y-maravilloso.

martes, 14 de enero de 2020

"Un recorrido poético por Chiclayo" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (12-1-2020)

Desde lejanas regiones, planeé que mi retorno sería poético. Un año fuera de estas calles dejaron en mi percepción una nostalgia excepcional. Extrañé, junto a estas tierras, la poesía ligada a la tertulia, la caminata y los libros de mi biblioteca que se empolvaban sin mí. Entonces cómo no atar mi retorno a una acción disímil. Era Chiclayo otra vez mi alegoría.

No más arreglé los asuntos que implican el establecimiento de la familia, reuní a los apasionados amigos de la poesía para llevar a cabo lo que desde meses antes ya estaba planeado: arribar al lugar donde las estatuas de los poetas ostentan perfección y, al pie de ellas, recitar los versos que alguna vez salieron de las manos purificadas de aquellos vates.

La faena debía ser sacrificada aparte de satisfactoria. ¡Debíamos caminar en el sol de las doce del mediodía en este verano ardiente! Así fue. La plenitud de la luz simbolizaba la contemplación de la poesía ante nuestros ojos; y la sed, la necesidad de arte ante un mundo indiferente. Nada es tan poético como la resistencia de un cuerpo cansado.

La oficina del vate Ernesto Zumarán fue nuestro punto de encuentro. Al llegar, Zumarán sujetaba dos ejemplares de su libro ganador del Premio Copé de Plata 2017, “La noche y su sombra”, que sería obsequiado a los jóvenes poetas Marcelo Tejada (18) y Wagner Jiménez (21) en un afán de generosidad natural. “¡Salgamos ahora!”, sentenció Ernesto.

Llegamos al parque Nicanor de la Fuente “Nixa”, quien dijo con inspiración instantánea en el día de la inauguración del lugar, casi veinte años atrás: “Ahora ya puedo decir cuando me pregunten dónde está mi casa: queda frente al parque Nixa; y si insisten en preguntar dónde queda el parque Nixa, les diré: frente a mi casa”. Así hablaba el ingenioso poeta.

Zumarán abrió el libro “3 poemas” y, frente a la estatua del Amauta, emitió primero las palabras más espléndidamente reivindicativas, luego leyó a Nixa en una espontánea manifestación de entusiasmo: “Un día de estos, sábelo Dios, Chiclayo, te lo digo / en confianza; a todo sol, a todo cielo y panorama, / te inventaré una calle más…”.

Tejiendo un nuevo camino, nos dirigimos a la estatua de José Eufemio Lora y Lora, al lado de la biblioteca nombrada en homenaje a él. La placa solo ostentaba un título: Poeta. Solo una palabra debajo de su nombre resumía el universo de su condición. Me tocó leer con mi voz que pretendía vencer el ruido de la hora punta del tráfico, y creo que lo logré.

“El bardo soñoliento de blonda cabellera / y de ojos vagabundos su beso saboreó. / ¿Recuerdas? La agonía. La súplica postrera, / la tarde moribunda. La nave que partió…”, así comienza el poema de José Eufemio “Aguas de Leteo”, que leí esa tarde entre los amigos formando un círculo ante la mirada sorprendida de los transeúntes.

Nuestros pasos nos llevaron al Ministerio de Cultura para encontrarnos con la estatua de Max Dextre. Sin embargo, solo nos permitieron ingresar hasta la parte frontal, estando el poeta Dextre al fondo de la vieja casona. Además, al encargado le preguntamos por la estatua de Delgado Bravo, y nos aseguró que solo en Monsefú había una. Fracasamos.

Avanzada la tarde, la poesía calaba como un calor de deferencia. Seguimos por la avenida Bolognesi para voltear en la calle 7 de enero. Hablábamos de Borges y su complejidad ostentosa, de Harold Bloom y su entrevero conceptual, de los surrealistas, la poesía underground y el amor, mientras el joven poeta Vladimir Bances (19) lo apuntaba todo.

Arribamos a otro puerto, el último: la estatua de Juan José Lora Olivares, el gran poeta que caminaba junto a Nixa por las calles de Chiclayo, pues los unía una amistad poderosa, aquel que en su juventud grabó un corazón para su amada entre las esquinas de 7 de enero y San José, y luego inmortalizó el instante en un tierno poema. Ahí nos detuvimos.

Wagner Jiménez se acomodó junto al bronce caliente de Juan José Lora, abrió una hermosa antología que consiguió en Lima deshojando con ternura las páginas hasta llegar a la 91, y empezó: “Antes que la muerte Dios hizo la vida / y, antes que la vida, Dios hizo el amor. / ¡Oh, mozo que quieres forjar tu universo / aprende a ser Dios! (…)”.

Ser Dios como exigencia infinita nos reveló el gran poeta. Los vates de esta bella tierra o prestados de otras latitudes aprendimos de versos chiclayanos, aprendimos a ser Dios, es decir, a intentar forjar un universo: el nuestro; pero más allá de todo, solo es aprender y aprender cuando las caminatas nos enseñen, los emblemas se recuerden y la esperanza renazca en la poesía para divisar, ya lejanos, los universos de los más grandes.

martes, 13 de agosto de 2019

"Al borde del siglo" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (16-6-2019)

Le estreché la mano por primera vez en abril de 2009. Fue un apretón largo y firme como solo pueden ser los movimientos del gusto y del placer. Su bigote corto y tupido al estilo Hitler, su calva prominente y pensante, sus ojos vidriosos y tiernos como dos rayos de luz, fueron las características que llamaron mi atención en aquel otoño.

Hasta ese momento, yo aún sabía poco de su peregrinaje a los 14 años desde la remota sierra hasta nuestra región. Pero con el tiempo llegaron a mis oídos los acontecimientos más disímiles y rudos de un personaje contrariado por las circunstancias, aunque con el triunfo que pocos podrían presumir: 99 años de vida y una salud intacta.

Dos años después de acabada la Primera Guerra Mundial, una joven de nombre Dominga Gallardo alumbró a un menudo niño quien se convertiría en el tronco de varias generaciones. Lo llamaron Abel. Era el 17 de junio de 1920 en aquel distrito de la provincia de Chota (Chiguirip). El presidente Augusto B. Leguía pretendía modernizar el Perú a punta de deuda externa, y solo habían pasado unos meses de la prematura muerte de Abraham Valdelomar. Eran otros tiempos.

El dolor persiguió a don Abel desde su más tierna mocedad. A los tres años de edad perdió a su padre, don Javier Guevara, quien fue asesinado de una ráfaga mortal. Debido a ello, desde muy niño emprendió un destino de trabajo y fatiga que bordeaba el extremo. La explotación que sufría de algunos parientes lo iba convenciendo que debía dejar su tierra y partir lejos.

Fue antes de cumplir los 15 que llegó a Chiclayo, como un Cid Campeador que desconoce los territorios que conquistará y a los cuales había sido desterrado. Estando entre las plantaciones de caña en Capote, trabajando como lo hacen los incansables, iba perdonando poco a poco a aquellos que le habían robado la niñez, quienes le impidieron estudiar y jugar, y convirtieron su mundo en el infierno tan temido.

Para mitigar sus pérdidas, años después se comprometió con su primera esposa. Era una mujer sumamente trabajadora que llevó nueve meses a su primer hijo: Alfonso. Cuando la vida le sonreía de una forma incomprendida para don Abel, sucede lo inesperado. Su esposa adquiere una enfermedad pulmonar que acabó con su vida y dejó en orfandad a su hijo de apenas unos pocos meses de nacido. La familia de la finada asumió la crianza de Alfonso, mientras don Abel se sumió en el dolor.

Sirvió en el Ejército Peruano una temporada y luego conoció a la que sería su segunda esposa. Transcurría una vida calma y feliz. Hasta que por esa época lo apresaron por un “lío de faldas” y estuvo un poco más de un año en una fría prisión purgando sus culpas. Encerrado recibe dos noticias que removieron más su existencia. Un mal fulminante acababa con la vida de su segunda esposa y, poco tiempo después, recibe la noticia del fallecimiento de su madre. Él, sin poder asistir a ambos entierros, le quedó encomendar a Dios aquellas dos almas que en ese momento eran las más importantes de su vida.

Al regresar a la sierra a los 36 años, conoce a una bella jovencita que impactaría en su vida rotundamente y que se convertiría en la madre de sus diez hijos venideros. Ella, de nombre Anilda, veía en él no solo la fortaleza sino la experiencia que los peregrinajes y el trabajo pueden formar en un hombre. Juntos levantaron unas parcelas y subsistieron de lo que la generosidad de la tierra les daba.

Los hijos nacían fuertes y crecían en la unidad familiar. Nueve de ellos vieron la luz por primera vez en aquel lejano distrito de la sierra que otra vez había albergado a don Abel después de su intempestivo destierro. Pero el destino de su familia no estaría ahí. Luego que su noveno hijo muriera muy pequeñito, enrumbaron a Chiclayo y todos juntos levantaron varios negocios que fueron sustento y protección.

Al cabo de un tiempo, don Abel no dejaría la oportunidad de tener un hijo más. Doña Anilda salió en estado de gestación, y un 23 de setiembre de 1982 apareció su última hija: Janet, quien después de 26 años de esa fecha se convertiría en mi esposa y madre de mis dos hijos.

Fue Janet la que en aquel abril de 2009 me llevara a la casa de su padre para estrechar la mano de aquel hombre que aún canta los huaynos más tristes, ordena lentamente su ropa y, para maravilla de todos, juega, juega con sus dedos, sus manos o con curiosos objetos, es decir, vuelve dentro de su imaginación a ser un niño, a ver otra vez el mundo que le quitaron a la fuerza. Ahora se venga de la vida con la salud perfecta, una amplia descendencia que lo adora y el orgullo de casi un siglo.

domingo, 26 de agosto de 2018

“La llamada de la tribu”, un enfoque dialéctico - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (26/08/18)

El libro “La llamada de la tribu” de Mario Vargas Llosa fue publicado este año (2018) con una expectativa inusitada. Ello produjo una serie de comentarios y reseñas muy halagüeñas en algunos diarios y redes sociales. Por mi parte, para no ser dialógico, voy a intentar ser dialéctico; es decir, voy a comenzar con las tesis que negaré del libro, antes de describir lo rescatable.

El extraordinario novelista peruano-español edita cada cierto tiempo algo relacionado con la “realidad”. Deja de publicar “mentiras” —como él le hubo llamado a la literatura—, y emprende trabajos arriesgados de Política y Economía. En estos ensayos, busca siempre legitimar racionalmente el “capitalismo” y a sus autores. Racionalmente lo hace muy bien, pero acríticamente lo hace mejor.  

Por esa visión parcialmente “acrítica” del orden establecido —detalle poco visto, casi ignorado y mejor callado por los colaboracionistas—, el autor de “La fiesta del Chivo” crea sin proponérselo dos vertientes. Unos se limitan a un besamanos imperecedero que, por una parte, puede ser legítimo; mientras otros, en el extremo opuesto, lo llenan de insultos perversos. Se tratará de apuntar mejor contra las ideas del Nobel.   

LOS MITOS DE LA CULTURA

Por lo menos, el autor menciona en el libro sesenta y ocho veces la palabra cultura (o sus variantes “incultura”, “culto”, “cultural”, etc.) para referirse a un conjunto de “algo” extremadamente amplio, inexacto o metafísico. Ese defecto de apariencia inofensiva perjudica de manera radical el entendimiento del término; es decir, alimenta lo que el filósofo Gustavo Bueno Martínez ha llamado “el mito de la cultura”.

Vargas Llosa utiliza la palabra de forma maniática, en contextos innecesarios, donde pudiendo evitar el término, lo agrega forzadamente para dar un supuesto realce que llega a lo peripatético. Uno de muchos ejemplos: “…las ideas que están cambiando la civilización no conocen fronteras y valen por igual en distintas culturas y geografías” (p. 88). ¿Acaso no era suficiente “geografías”?

El término se vuelve más oscuro en construcciones como “la cultura de la libertad” (p. 84), “la cultura de nuestro tiempo”, “la cultura de Cervantes, Quevedo y Góngora”, “la doctrina liberal es una cultura” (p. 63). No solo hay pequeños párrafos donde la palabra “cultura” es utilizada en una seguidilla insoportable sino que cada término obedece a acepciones tan lejanas como incoherentes.

Así, las equivalencias de la palabra “cultura” están utilizadas en una desquiciada amalgama polisémica: cultura como geografía, cultura como religión, cultura como país, cultura como conocimiento, cultura como política, cultura como convicción, cultura como sentimiento, cultura como sociedad, cultura como comunidad, cultura como doctrina, cultura como psicologismo, entre tantas otras acepciones injustificadas.

El ateo Vargas Llosa temblaría al saber que su indefinición de “cultura” es explicada por un hombre de izquierdas en el libro “El mito de la cultura” (Gustavo Bueno, 1996) y cuya tesis central es aquella “según la cual, la idea moderna del Reino de la Cultura es una transformación o inversión teológica de la idea medieval del Reino de la Gracia”, y cuyo punto de partida es el idealismo alemán. ¿Leerá nuestro Nobel a alguien de izquierdas?

LA FILOSOFÍA DE LOS CIENTÍFICOS

El biólogo Richard Dawkins y el físico Stephen Hawking han sido los más conocidos científicos que en sus discursos han desbordado sus categorías —sus campos de acción—para hacer filosofía sin saberlo. Desde el pensamiento de Gustavo Bueno, esa actitud se denomina “filosofía espontánea de los científicos”. Estos muchas veces filosofan sin un sistema determinado o cambian de sistema filosófico cuando piensan que les cuadra.  

Mario también los confunde como filósofos a varios autores de su libro. Un ejemplo entre muchos: afirma que Popper, Hayek y Berlín fueron sus mejores hallazgos cuando buscaba “filosofías de la libertad” en un tiempo de “sofismas del socialismo” (p. 65). Lo que encontró el Nobel fueron fundamentos ideológicos para su posición liberal, desde la Ciencia Económica y Política.

Los importantes aportes de los liberales al campo económico no los hace filósofos. En todo caso, son “filósofos espontáneos”, pues son científicos. Vargas Llosa reafirma las citas que sus autores hacen de Platón, Aristóteles, Hegel, etc., sin notar que bordean la ingenuidad. Para un análisis del tema, se debe leer el “Ensayo sobre las categorías de la Economía Política” de Bueno, y complementar con el conversatorio “¿Qué es esa cosa llamada Economía?” (YouTube). 

RELIGIONES VS. RACIONALIDAD

En muchas partes del libro, Vargas Llosa les imputa a las religiones ser irracionales y tribales, porque él confunde racionalidad con crítica. Para el autor —por ejemplo— pertenecer a una iglesia te vuelve irracional. No todas las religiones son iguales. Existen religiones con un altísimo grado de racionalidad, como la Iglesia Católica. Para profundizar en este punto, se debe consultar obligatoriamente “El animal divino” (1996).

La animadversión del Nobel por las religiones hace que oponga las “maravillas” del liberalismo con las “irracionalidades” y atrasos de la religión. Otra vez se despista. La religión ha jugado un papel importante en la formación del capitalismo; sobre todo la religión protestante para fortalecer el imperio económico inglés. Es importante el conversatorio anteriormente mencionado (YouTube) para dar luces a estos puntos. 

IMPRESIÓN GENERAL

Vargas Llosa es un gran novelista. No puede evitar narrar o recrear a como dé lugar algún dato del que pueda sacar partido. El libro está más cerca de una crónica de lecturas que de un ensayo, es decir, se ajusta más a una mixtura entre ficción e historia que a una sistematización de un tratado de Economía. Así lo ha querido el propio autor.

“No lo parece, pero se trata de un libro autobiográfico”, dice Vargas Llosa en su prólogo. Pues le diré a nuestro respetado Nobel que sí lo parece, y lo parece bastante. Los chismes certeros, las anécdotas coloradas, las sexualidades ocultas, los sendos cuernos, los hábitos extraños, las peleas indiscretas, las conversaciones de café, los almuerzos con la élite, son un indicio de las impresiones y matices que las lecturas y las vivencias pueden formar en un escritor de su talla.

“La llamada de la tribu” me servirá, y esto desde mi pequeño psicologismo, para soltar algún dato rebuscado —en alguna fiesta entre amigos— de los personajes de la Economía de todos los tiempos. Con eso haremos parte de justicia al libro. 

domingo, 19 de agosto de 2018

"Interpretación semiótica de Deseo, poema de César Boyd Brenis" - Por: Wagner Jiménez / Junior Bernal - Diario La Industria (19/08/18)

(Extracto del trabajo final del curso de Semiótica, perteneciente al Ciclo V - 2018 de la carrera de Educación, Especialidad de Lengua y Literatura, de la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo.)




En el presente ensayo seguiremos los postulados de la semiótica estructural de Greimas para aplicarlos en la lectura de un texto poético, ubicándolo en dos de los niveles del estructuralismo semiótico: realizado o figurativo, y actualizado o narrativo.

El texto, titulado “Deseo”, pertenece al profesor ferreñafano César Boyd Brenis. El poema fue publicado en el libro La misa del yo insaciable (Chiclayo, 2011). Dice: “Hijo mío,/ tienes casi un año./ Yo a tu edad ya rompía libros de Cervantes./ Tú rompe lo que te plazca./ Pero necesítame/ para romper las hierbas del camino./ Necesítame/ que pronto, en el seco mundo,/ ya ni habrá libros que romper”. La significación global del texto es el deseo del padre por acompañar a su hijo en su formación lectora ante un futuro de esterilidad literaria.

Figuración del texto

Se aprecia en el texto dos actores: padre (yo poético) e hijo, que cumplirán diferentes roles temáticos en el transcurso del poema. El primero efectuará el rol de /Padre/, /Niño/, /Lector/ y /Formador/; el segundo, de /Hijo/, /Niño/, /Lector/ e /Individuo a Formar/. En primera instancia aparece la relación biológica entre los dos actores, en un ambiente familiar donde el primero se desliga del segundo con un matiz posesivo-emotivo: “Hijo mío”. Luego se hace alusión a la edad del hijo: “Tienes casi un año”.

En el tercer verso, el padre sitúa su presente en el pasado (“rompía”) haciendo una analogía entre su infancia y la de su hijo: “Yo a tu edad ya rompía libros de Cervantes”, y recuerda que a esa edad leía libros o jugaba con ellos, pues el verso puede ser leído de manera bisémica. En un sentido, la acción de romper es lúdica, pues el libro es objeto que queda a disposición del niño a modo de juguete, lo cual lo sitúa como un niño distinto: juega con libros, o sus juguetes son libros, y no cualquiera sino libros de Cervantes. En otro sentido, puede connotar esa precocidad para leer. El sentido del verso se orienta a remarcar una actitud o cercanía por la lectura y sus objetos (los libros) desde edades tempranas.

En el cuarto verso, “Tú rompe lo que te plazca”, el Padre le otorga al Hijo la “libertad” de elegir sus posibles lecturas sin ningún sometimiento arbitrario, actuación que tendrá como consecuencia una asignación, por parte suya, de responsabilidad en acompañar a su hijo en su proceso de formación lectora: “Pero necesítame…”, ensañándole las cosas buenas: “…para romper las hierbas del camino”. Nótese que /romper/ ya no posee la significación anterior, sino la acción de guiar correctamente; y /hierbas del camino/, lo moralmente bueno.

El poema concluye recalcando el deseo del padre por acompañar a su hijo en su formación lectora: “Necesítame…”, mostrando una actitud negativa hacia el mundo y la actividad de leer “…que pronto, en el seco mundo, / ya ni habrá libros que romper”, donde /seco mundo/ denota esterilidad y /ya ni habrá libros que romper/ desinterés por la lectura.
 
Explicación narrativa

Podemos inferir que el enunciado narrativo y esquema que dominan en el interior del discurso son el eje de la comunicación y el esquema de la búsqueda, y anticipan en parte la manipulación. Estas relaciones se representan en el siguiente enunciado:
Dor.  → O ← Drio
Donde el Destinador (Dor.) y Manipulador es el padre; el Destinario (Drio.) y Manipulado es el hijo, y las estrategias de manipulación son el Mensaje (O), es decir, el padre al aparecer ante su hijo hablándole emotivamente sobre el deseo de acompañarle en su formación lectora ante un futuro de esterilidad literaria, automáticamente se convierte en el Destinario de un conocimiento que será cedido al Destinador, su hijo. Pero este deseo necesita de estrategias de manipulación para poder concretarse. Estas estrategias son:

1. Comparación: Cuando el padre  declara ante su hijo: “Yo a tu edad ya rompía libros de Cervantes”, actualiza, mediante el recuerdo su identidad de lector, construida desde la etapa de niñez, conduciéndonos así al momento en que adquirió el hábito de leer invistiéndose de la modalidad de “saber”, necesaria para acompañar a su hijo en su proceso de formación lectora.
S1 [(S1 ˅ O)] [(S1 ˄ O)]
En primera instancia, el padre está en Disyunción del Objeto (libros); luego, él mismo se posiciona como transformador para adquirir el hábito de leer o estar en Conjunción con el Objeto (transformación reflexiva).

2. Libertad: Luego de haber ido al tiempo pasado para recordar su etapa de niñez, el padre vuelve al presente del poema para aclararle a su Hijo que puede leer cualquier libro, que no es necesario leer los mismos que leyó (“Libros de Cervantes”); por ende, el niño obtiene un libre albedrío.
S1 [(S2 ˅ O)] [(S2 ˄ O)]

Aquí la transformación es transitiva porque el Padre (S1) actúa como agente externo que transforma la condición del Hijo (S2) otorgándole la Libertad.

3. Ofrecimiento: A diferencia del primer sub-programa narrativo, en este el Padre utiliza el futuro para situar su presente; pues, luego de haber otorgado la libertad de elección y ante una inevitable disyunción con el Objeto (Hijo) a consecuencia de su crecimiento biológico, se traslada al mañana para verse cumpliendo el Deber de padre –esto es, estar en conjunción con el Objeto– ofreciéndose intensamente al niño:  “Pero necesítame…”, como el único que puede enseñarle y prepararlo para su formación lectora: “…para romper las hierbas del camino”.

S1 [(S1 ˅ O)] [(S1 ˄ O)]

4. Reflexión: El texto concluye cuando el Padre hace reflexionar al Hijo sobre el futuro que les tocará vivir: “Necesítame/ que pronto, en el seco mundo, / ya ni habrá libros que romper”, con el fin de expresar así el real compromiso con su formación lectora ante un futuro lleno de adversidades. 
S1 [(S1 ˅ O)] [(S1 ˄ O)]

Ahora, se debe aclarar que en el poema no podemos apreciar si el Manipulado (Hijo) acepta lo que propone el Manipulador (Padre), por ende, la performance manipulatoria queda en suspenso; es decir, queda incierta la realización de “el deseo del padre por acompañar a su hijo en su formación lectora ante un futuro de esterilidad literaria”.

Conclusiones

Del análisis realizado podemos concluir que el poema es una crítica al inexistente hábito de lectura en nuestra sociedad. Además, que cada actor se desenvuelve en diferentes tiempos: Padre: presente, pretérito y futuro; Hijo: presente y futuro. El enunciado narrativo y esquema que predominan en el interior del discurso es el Eje de la Comunicación y el Esquema de la Búsqueda. El Esquema de la búsqueda no logra concretarse, sólo queda en proyección.

domingo, 4 de marzo de 2018

"Panfleto antipedagógico" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (04/03/18)

De Finlandia hablan todos los que más o menos les asienta la pedagogía actual. Pero pocos podrían contestar a la siguiente pregunta lanzada en una conferencia: “Si Finlandia es la mejor educación del mundo, ¿por qué en ese país existen la más alta tasa de alcoholemia y el índice más alto de suicidios de toda Europa?”. La respuesta no es un enigma, o al menos lo será para aquellos que basan el fenómeno educativo en el idealismo y la ilusión.

En los últimos tiempos, las reformas educativas en el mundo se han alineado a lo que la UNESCO —como organismo rector— y el examen PISA —como instrumento evaluador— han concluido en torno a lo que la educación debe ser en el planeta. Sin embargo, las consecuencias no siempre han sido meritorias. Es más, en muchos casos se ha empeorado terriblemente y con resultados irreversibles.

El profesor español Ricardo Moreno Castillo publicó en el 2006 uno de los libros más críticos que se han escrito del tema: “Panfleto antipedagógico”. En ese texto se pueden dar algunas luces concretas de lo que la educación se ha convertido por culpa directa de políticas con fundamentos hiperpragmáticos o extremadamente lúdicos. Todo apoyado en un principio ridículo: aprender a aprender.

El “aprender a aprender” es un genitivo replicativo, en la línea de ejemplos como “jugar a jugar”, “cantar de cantares” o “nación de naciones”. Todos esos casos resultan tener —en un agudo análisis— un vacío interpretativo, como lo pueden tener en Literatura las retóricas fofas de Gracián, que Borges observó. Pero no siempre el genitivo replicativo tiende a lo insustancial, sino que también existen casos coherentes, como “padre del padre” (abuelo).

A parte de esa falacia, el autor pone en evidencia otras más concretas. Para tal fin, divide al libro en diez capítulos, de los cuales se pueden rescatar: “Defensa de la memoria y los contenidos”, “La mentira de la motivación”, “La falacia de la igualdad”, “La falsedad de la enseñanza obligatoria”, entre otros importantes aportes críticos contra las palabras de los gurús hipócritas (o con buena fe) de la educación.

Defensa de la memoria y los contenidos

Hace cuatro años, el colegio donde trabajaba nos brindó una capacitación. En ella se planteaba —con gran convencimiento— que la formación era más importante que los contenidos, y si el maestro avanzaba o no con lo programado era intrascendente; pues el “proceso formativo” estaba por encima de los “temas” que podrían resultar innecesarios para la vida y el futuro del alumno.

Pero todo eso era solo en teoría, porque al fin y al cabo los temas se tenían que terminar en el plazo previsto. Las discusiones sobre este asunto quedaban en el aire, ya que éramos absorbidos por la burocracia y el ritmo del trabajo. Pero tuvieron que pasar dos años para que —en la lectura y relectura de “Panfleto antipedagógico”— pudiera encontrar un fundamento potente contra esos y otros discursos de moda.

Sin embargo, no ha sido desde hace cuatro años que se habla de que “la educación debe ser diferente”. Desde los años noventa —en mi etapa secundaria— ya escuchaba conjeturas inverosímiles como que “la memoria no sirve para nada”. Hace buen tiempo que esta última frase se ha convertido en un fetiche, que cualquier profesor “actualizado” adopta con el mismo rigor con que defiende el sagrado sueldo (esto último sin absoluta ironía).

Moreno Castillo afirma: “Una de las preguntas más absurdas que se plantean algunos pedagogos es si son más importantes los contenidos que la formación. Es tan falaz como preguntarse si para fabricar un cañón se ha de empezar por construir un agujero o mejor por el hierro que rodea al agujero”. Y más adelante agrega: “Formar a una persona sin enseñarle cosas es como pretender ordenar una habitación vacía”.

La mentira de la motivación

De este tema se ha escrito tanto y de tantas maneras —como dice la canción— que sería imposible encontrar nuevas formas de hacerlo. La mayoría de autores “motivadores” se han basado en lo que, en una conferencia, Julián Gómez Brea llamó “el fundamentalismo del éxito” (ideología que pretende implantar un “feliz” estado anímico constante y acrítico —e imposible— para cualquier circunstancia y en todo lugar).

El aula no ha sido ajena a este fenómeno “motivacional”, aunque no quitando que el profesor podría hacer de un proceso difícil algo más ameno. Pero no se le puede imponer al docente impartir su enseñanza mientras por decreto todos los alumnos anden felices y tengan en la mira lo “importante” que es su aprendizaje. Pues hay temas duros, aburridos y conllevan a inmensos esfuerzos, y la motivación aquí no suplanta un analgésico.   

El autor cita una frase de Unamuno tan oportuna como genial: “El maestro que enseña jugando acaba jugando a enseñar. El alumno que aprende jugando acaba jugando a aprender”. Así es, la educación no es un juego, y aunque esto sea una obviedad, parece que eso no lo toman en cuenta tantos pedagogos cuando quieren hacer de la educación un experimento de laboratorio o un circo ajustado al gusto de todos.

La falacia de la igualdad

Pocas escuelas se han perturbado con esta falacia. Pero las que están convencidas sin ningún criterio de que hay que dar la idea de que todos los alumnos son iguales, caen de inmediato en un callejón sin salida. El libro coloca un caso bastante común: “Casi siempre que se habla de la necesidad de subir el nivel de exigencia, sale alguien argumentando que eso atentaría contra la igualdad de oportunidades”.

Eso genera que la exigencia baje y que los profesores —a su vez— no se preparen ni les importe profundizar en sus áreas. Ante este vacío, llenan los temas con juegos divertidos de enseñanza, con distractores que escamotean la educación científica o con ideologías que confunden a estudiantes con seres “exitosos”, sin pretender ya dictar la materia sino jugar a educar, es decir, ya no ser profesores sino pedagogos (impostores).

domingo, 25 de febrero de 2018

"Genealogía de la Literatura" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (25/02/18)

En la actualidad, no existe un tratado de más obligatorio análisis —en torno al origen y génesis de la Literatura— que el capítulo tres del libro “Contra las musas de la ira” de Jesús G. Maestro; libro que ha dado un paso más allá de las teorías posmodernas del siglo XX y cuya inclusión en los estudios universitarios debería ser —a estas alturas— un hecho consumado.

Consciente de la importancia de su tratado, el profesor Maestro abre el capítulo con una frase dantesca: “Nadie ha surcado el agua que navego”. Pues a través de las décadas de teoría, “el agua de los otros” ha enlodado y oscurecido el tema hasta escamotearlo una y otra vez o —en su defecto— volverlo una patraña. En cambio, apoyado en el espacio antropológico del sistema de Gustavo Bueno, el autor encuentra una forma ordenada de dar explicación a este asunto, sin el cual ni siquiera se podría dar una definición exacta de Literatura.

El espacio antropológico, es decir, la realidad que envuelve al hombre, se divide en tres ejes fundamentales. En primer lugar se tiene el eje circular, el cual consiste en la relación que los seres humanos tienen entre sí. En segunda instancia se encuentra el eje radial, que implica la conexión que posee el hombre con el entorno inanimado. Y finalmente, el eje angular es la relación del hombre con la dimensión metafísica, es decir, con los númenes o los dioses (lo animado e inhumano).

A partir de esa clasificación, la Literatura se ha materializado en personas como los autores, los lectores, los críticos, etc. (eje circular); también se ha plasmado en tablillas, papiros, papel, etc. (eje radial); y, ha afirmado —para aceptarlos o burlarse— la sacralidad de sus contenidos (eje angular). En ese contexto, el tratado expone tres tesis: 1) la Literatura nace en el eje angular; 2) se desarrolla en el eje radial; y 3) alcanza su máxima dimensión en el eje circular.

Nacimiento y desarrollo

Desde Grecia, lo esencial de la Literatura es el racionalismo, a pesar que sus orígenes están dados entre saberes irracionales y acríticos. Pues la magia, el mito y la religión han tenido sobre ella una influencia capital. Es decir, a partir del eje angular, la Literatura se ha ido relacionando con la magia (la creencia numinosa), el mito (la creencia mitológica) y la religión (la creencia teológica); sin embargo, sobre la base de un entorno filosófico ha adquirido su independencia material.

A través de los siglos, la magia y el mito no han desaparecido, pero adquieren otras características, de carácter lúdico, que desde la crítica (es decir, desde la filosofía) llevan el nombre de “ficciones”. El concepto de ficción también es desarrollado ampliamente en el libro (capítulo siete), en donde derrumba muchas creencias ingenuas acerca de la definición del término. Maestro —en pocas palabras— la toma (a la ficción) como una realidad no operatoria, o sea, aquella que actúa hasta los límites de la obra, y no en la realidad del mundo (“nadie se puede tomar un café con el Quijote, aunque muchos creen que sí”).

Por otro lado, la Literatura ha ampliado su radio de acción con los materiales que han servido para propagar sus contenidos. Desde el papiro hasta el libro electrónico, la Literatura se empodera del eje radial e influye en las políticas editoriales y económicas, desde las cuales su desarrollo no podría explicarse.

Literatura y racionalismo

Lo realmente original de este tratado es la consonancia que el autor imprime entre la Literatura y la historia del racionalismo, vista aquella como la máxima expresión de este. Es decir, no se podría entablar un estudio coherente de la Literatura, sin un “mapa” que nos ayude a entender cómo la razón ha ido cambiando nuestra visión del mundo, sino solamente apelando en última instancia a la ideología, la teología o la seudociencia.

Esta especie de “mapa” se muestra en la imagen donde constan los tipos y los modos de conocimiento literario. Como se aprecia, a partir de la intersección de un tipo con un modo de conocimiento, resulta una especie o familia de literatura. A saber, son cuatro: Literatura primitiva o dogmática (tipo pre-racional y modo acrítico), Literatura crítica o indicativa (tipo racional y modo crítico), Literatura programática o imperativa (tipo racional y modo acrítico) y Literatura sofisticada o reconstructivista (tipo pre-racional y modo crítico).

El orden de aparición de estas cuatro familias no es arbitrario, pues siguen un patrón histórico muy preciso. La conexión de una con otra posee un sentido en su devenir. Solamente el crítico (el filósofo), desde la actualidad, puede interpretar no solo la intencionalidad del autor en su tiempo (emic), sino también la perspectiva presente de los lectores, autores en vida o de otros críticos (etic), apoyado en la dialéctica a favor de una separación objetiva de estas familias.  

Los libros de la Literatura primitiva o dogmática —en un inicio— no se concebían como “literatura”, sino como texto sagrado. La Biblia y el Corán no fueron escritos para ser literatura de ningún tipo, pues tuvo fines sacros y morales (sobrevivencia de un gremio o pueblo). Sin embargo, desde la actualidad, reúnen las condiciones para ser tomados como textos literarios.

Por su parte (o contraparte), la Literatura crítica o indicativa desmitifica o desacraliza el texto sagrado, y si toma númenes o dioses en sus contenidos lo hace para burlarse o reprenderlos. “El Quijote” es la expresión máxima de esta familia de literatura, pues Cervantes asesina todos los idealismos, burlándose de estos a través de sus locos y sus excesos (también recuérdese “El licenciado Vidriera”). Pocos se dan cuenta de ello, porque pocos han leído críticamente “El Quijote”, pues —como dice Maestro— “es uno de los libros más terroristas de la historia”.

La Literatura programática o imperativa toma como referencia a las ideologías, las seudociencias, las teologías y las tecnologías; pues su contexto político es muy avanzado. Es propia de los imperios. Aquí están todas las literaturas comprometidas con un gremio —de los que ahora abundan— o con un Estado, y casi siempre sustentadas en algún manifiesto o proclama que los adeptos han de abrazar acríticamente.

Mientras que la Literatura sofisticada o reconstructivista utiliza tipos de conocimiento pre-racionales, es decir, retóricos, arcaicos, lúdicos y seductores; aunque críticos. Es la literatura más abundante, donde entra Borges, Cortázar, Kafka, Aleixandre, Rilke, etc. Tal vez es la literatura que más se hace actualmente, desde los Harry Potter y las historias misteriosas, mágicas, fantasiosas, hasta la poesía de los libros importantes, de los premios insignes, de las imaginaciones que amontonan palabras. Hasta aquí el mapa está servido.