domingo, 5 de marzo de 2017

"De universidades fáciles y propagandas inconcebibles" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (05/03/17)

Una mañana del año 2015, en plena labor docente, acompañé a un aula de estudiantes de quinto de secundaria a una universidad privada para recibir una charla. Días antes se había hecho la invitación, y un bus particular llegaría al colegio y transportaría —con escolta incluida— a todos los participantes. Como era de esperarse, el tema giraba en torno a las bondades y privilegios de tal casa de estudios para convencer a los jóvenes, casi promocionistas, de que dicha institución era su mejor alternativa.  

El rector o gerente general (no recuerdo el alto cargo) se dignó a ser el encargado directo de compartir con todos nosotros los detalles (a criterio de él: fascinantes) que ofrecía la universidad que él precedía. Entonces después del saludo de rigor y el chiste para romper el hielo, pasó a enumerar sus argumentos. Veinte minutos aproximadamente habló de las instalaciones, los imponentes edificios, la futura piscina, el infaltable gimnasio, la privilegiada vista al horizonte, la playa de estacionamiento, los recursos técnicos y remató esa parte de su exposición con una memorable frase que todavía retumba en mis oídos: “Miren, muchachos, ustedes aquí no se van a sentir que van a la universidad, sino a un club social”. Sentí vergüenza ajena. Y lo que llegó después sí fue digno de una película surrealista e imposible, por pudor, de reproducir en este artículo.

Cuando el disertador pasó a lo académico, era de esperarse lo que vendría: colocar a la parte de los recursos técnicos disponibles por encima de los contenidos científicos que se pueden impartir en clase, es decir, anular por completo la ciencia para reemplazarla por procedimientos superficiales. Esta es la más grande falacia educativa que ha recorrido el mundo occidental en los últimos veinticinco años más o menos. Y, pues, qué podemos esperar. En la mayoría de países, los grandes negocios de la educación superior han nacido en el marco de un desarrollo tecnológico notable, y se han visto influenciados rotundamente por este, casi olvidando que la universidad se institucionalizó y creció para la investigación y el rigor científico. Pero lo que ahora se ejecuta es tan falaz como la madre que los parió: la divertida aula de clase.

El asunto no está tan relacionado con los pobres profesores (fijados en el pasado de notas, presentación de informes, preparación de fichas para todos los centros educativos donde trabajan —no bajan de tres—, elaboración de métodos de cómo divertir, de cómo contentar al evaluador que a su vez es evaluado, de cómo ser un perfecto burócrata, etc.), digo, no está tan relacionado con el docente, en tanto sí con el sistema implantado desde las leyes más perversas. En este entorno, ahora sí es un hecho que la universidad ha muerto, como décadas atrás alguien lo había predicho.  

Existen notables académicos que han tratado este tema. Remito al artículo crítico “La universidad liquidada” (ver en Internet) de Carlos Fajardo Fajardo, ensayista y poeta colombiano, donde expone con una bondad de pocos, los motivos por los que el centro de estudios más idealizado por la sociedad (la universidad) no es más que un edificio (o conjunto de edificios, según la inversión del promotor) donde “se educa para la flexibilidad y el todo terrenismo, es decir para una sociedad donde nada es duradero sino desechable y, por tanto, lo mejor, en esta condición líquida, al decir de Zygmunt Bauman, es aprender a estar en todas partes y en ninguna, es decir, practicar surfing laboral, capacitarse para cualquier actividad, ser jovial, obediente, comunicativo, comprable, ofertado y vendible, legitimador de los discursos empresariales”.

En la misma línea, se encuentra el erudito profesor español Jesús G. Maestro, quien con su demoledor ensayo “Diatriba contra la universidad actual” (ver en Internet), nos dice: “Por lo que se refiere a las Letras, la Universidad actual es, en España y en todo el mundo, y sin apenas excepción visible, un sofisticado simulacro de conocimientos sostenido por un inmenso aparato burocrático e ideológico, en cuya cúspide, académica y administrativa, suelen estar los mayores mediocres”.

No solo es estar inmerso en la universidad para percibir el siniestro y poderoso aparato que la mueve. Los tentáculos de la propaganda masiva, a favor de una universidad desnaturalizada, se pueden apreciar en comerciales de televisión, en gigantes pancartas de avenidas principales, en vistosas redes sociales y demás; y el discurso elaborado en torno a lo que ofrece, no varía de una institución a otra de manera fundamental, pues todas se parecen en un vicio y legado: la mediocridad. Todas tienen la misma base retórica de tentar al joven (o adulto, depende el caso o “modalidad”, como ahora la llaman) a través de cordialidades cínicas, ofrecimientos sofísticos, psicologismos gaseosos, entusiasmos vacíos, espejismos académicos, frases tan simples y simplonas que hacen pasar por célebres o ceremoniosas, con el verbo “decidir” por todos lados (“decide tu futuro”, “decide hacerlo ya”, “decide por los mejores”, etc.), y con la palabra “éxito” en un estado de promiscuidad tan notorio como prostibulario. 

Un marketing parecido está legitimado si se ofrece un producto masivo, como gaseosas o celulares; pero la universidad, al semejarse con los insumos más utilitaristas (sino vanos), se convierte en una catastrófica fuente comestible (“desechable”, como diría Fajardo) y empieza un debacle sin fin: el rumbo que le impusieron los mercaderes que quisieron asesinar a los profesores críticos, a la ciencia sin ideologías, a los principios racionales.

¿Las soluciones? Son pocas y nunca escuchadas. Por lo pronto, no dejar de expresarnos críticamente es una opción. ¿Qué salida tienen los alumnos que quieren realmente estudiar y no irse a un “club social” institucionalizado? Pues informarse por pasión, buscar endemoniadamente libros en Internet que los desengañen, escuchar a los sabios profesores del mundo, sospechar siempre de lo establecido como norma. Todo ello es la acción para aquel que quiere impulsar el cambio, pero para el que no (¿son la apabullante mayoría que incluye profesores?) solamente debe seguir el pequeño camino que les trazan en torno a un “empleo de la tranquilidad” o un “título de la apatía”.

Un profesor se puede vender o “acoplar” a un cómodo sistema: está en su derecho. Mas lo que es imperdonable está en no conocer o no entender cómo se mueve el acrítico sistema burocrático de la universidad, a costa de la muerte de la ciencia, la liquidación de lo profundo, el holocausto de la inteligencia.

viernes, 24 de febrero de 2017

"La obra y la omisión" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (24/02/17)

Desde su creación en México en 1996, el movimiento muralista “Acción poética” se ha negado a introducir a sus innumerables frases —según manifiesto de parte— un matiz político y religioso, sin pensar (o dudando) en que al salir a manifestar sus apreciaciones de la vida en un muro público, implica también un tinte político tanto por obra como por omisión.

Por lo primero porque hay una ejecución civil cuyos permisos son conseguidos por aprobación de ciertos propietarios que acceden a que sus paredes sean pintadas, salvo excepciones donde los muralistas se arriesgan a tomar el toro por las astas y cuyo acto se convierte en un desacato civil. Y por omisión porque al silenciar una opinión política explícita condicionan dos asuntos; el primero es que podrían pactar con cualquier tienda partidaria que les pueda abrir un espacio para seguir manifestándose; y segundo —contraponiéndose a lo primero— para afirmar tácitamente que la política no vale la pena tratarla por la degradación de las esferas del poder.  

Tocando su praxis, hace algunos años leí en una pared la frase que tal vez es la más idealista en relación con la política: “Sin poesía no hay ciudad”. La ciudad, instituida políticamente, es aquel territorio que tal vez menos necesita de la poesía, y la alusión a dicho arte puede estar lanzado como una provocación o una máxima desacatadora.

La poesía, en el contexto de la expresión mural, es la apelación a lo que se ha ausentado de los territorios políticos, es decir, es el espíritu o las individualidades sentimentales de las personas, y se ha constituido (desde la República platónica) como una manifestación humana que se aleja de los constructos absolutamente racionales, pensados con exactitudes burocráticas y legislativas de una Polis. La poesía es, para decirlo con el cinismo de Nietzsche, un fenómeno dionisíaco, en contra de lo apolíneo que es la institucionalidad.  

La “acción”, que su título sostiene, puede remitir a dos posiciones que funcionan como caras de la misma moneda. En primer lugar, la “acción” está centrada exclusivamente en la “propagandización” de un arte (poesía) devaluado o ignorado por esta sociedad. Y en segundo lugar, que las “acciones poéticas” anteriores a este movimiento han sido insuficientes (los libros de poemas, los recitales líricos, los manifiestos estéticos, etc.), pues a pesar de su frecuencia no han tenido la suficiente contundencia para imponer un ideal de arte que el mundo actual exige. Entonces, ante esa falencia, surge “Acción poética” con jóvenes alimentados por renovados espíritus.

No es casualidad que dicha renovación se refleje en los muros con frases de amor romántico y de optimismo galopante como temáticas. Pues solamente una postura de heroicidad, heredada del romanticismo, podría asumir semejante tarea de emprendimiento y desacato.

El concepto de “poesía” que posee este movimiento está muy lejano del que se maneja académicamente; ante esto, me pregunto: ¿acaso será sensato que en treinta países alrededor del mundo se conciba la poesía como solo romanticismo cuando los territorios de este arte son inmensamente más ricos y potentes que la “frase optimista de amor”? Casualmente, eso pertenece a lo “políticamente correcto”: decir algo para que no cambie nada o decir algo que no “insulte” a nadie. Sin embargo, los adolescentes y jóvenes de “Acción poética” ya poseen una identidad que no se les puede quitar: el comienzo de un riesgo heroico.

Son diez años que esta obra recorre el mundo (no es poco), y si ha llegado a nuestra ciudad de Chiclayo apenas hace casi tres años, se podrá afirmar lo que el gran Antonio Cisneros refirió de Hora Zero: “Han comenzado con el pie derecho, ahora les falta escribir con las manos”.

viernes, 17 de febrero de 2017

"La idea del amor" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (17/02/17)

A lo largo de las décadas de la segunda mitad del siglo XX hasta entrado este siglo, el filósofo español Gustavo Bueno ha fortalecido un pensamiento llamado Materialismo Filosófico. Él se separa del llamado “materialismo vulgar” y establece desde la filosofía un complejo sistema, cuya actualidad y contundencia se deja notar en sus libros, artículos, ensayos, conferencias, revistas, y todo lo que este pensador ha legado al campo de la filosofía, desde el cual se puede divisar la realidad CONSTRUIDA por la ciencia, que más que un conjunto de conocimientos es una CONSTRUCCIÓN operatoria.

Para entender el amor desde este sistema, tendremos que hablar rápidamente de los tres géneros de materia. El primero, llamado M1, es la materia de las cosas concretas, que se pueden tocar y percibir, lo que se llama “el mundo”. El segundo género, llamado M2, es aquel que se expresa a través de lo psicológico, de los sentimientos y las emociones subjetivas. El tercero, llamado M3, es lo lógico, lo conceptual, lo construido racionalmente.

Entonces, el amor, como idea se puede abordar desde el campo de la filosofía, tomando en cuenta los tres tipos de materialidad concebidos por Bueno. De esa forma, el amor visto desde el M1, apunta a la concretización del amor en un cuerpo u objeto determinado, es decir, el amor debe centrarse en un cuerpo objetivo, ya sea una madre, un hijo, una mujer, tal vez un diamante, hasta un perro, etc.

Desde el M2, el amor también es una transmisión de emociones, pasiones, fantasías, mitologías, elucubraciones, romanticismos, etc. Es en este campo en donde la propaganda barata de los comerciales de televisión ha centrado su atención, para vender el producto de turno o enrumbar a los amantes a campos del “riesgo del amor” (compras indiscriminadas, atuendos del día, prendas íntimas que harán “brotar la pasión”, etc.). Pero además, en contraposición, existen personas que rechazan el amor con las mismas pasiones que los otros lo desean; entonces se vuelven los odiosos, los burlones, los aguafiestas, entre otros varios calificativos.

Desde el M3, el amor es también una construcción racional. La neurociencia ha aportado estudios que señalan cómo funciona nuestro cerebro cuando el amor se activa en sus distintas etapas. El enamoramiento más juvenil actúa de manera diferente al amor maduro y sólido de una pareja de adultos. Además, la historia puede también aportar ciertos hechos y tendencias culturales acerca del amor. El amor griego antiguo, el árabe, el chino u el occidental de la actualidad tienen rasgos particulares que los hacen distintivos y, al estudiarlos, nos sedimenta una idea “evolutiva” de este fenómeno.

Ahora bien (aquí lo más importante), cuando se reduce el amor a un solo género de materia, se desnaturaliza por completo y lleva a execrables tendencias ideológicas (“amor platónico”) o religiosas (la mujer sojuzgada por el Islam). Por lo tanto, si se reduce el amor al primer género de materia, entonces se creerá que la corporalidad pura es la única fuente del fenómeno, es decir, que se endiosa el contacto corporal (puede ser sexual o no) de manera patológica.

Si se reduce al segundo género, entonces se desvincula de todo “mundo concreto” y se vive en las nubes. Se crea una mitología del amor, un idilio, una vida soñada, maltratada, purificada, maldecida, bendecida, entre otros adjetivos que pueden pretender relucir algún aspecto subjetivo del amante. El aislamiento de toda realidad puede llevarnos, por ejemplo, a separar abiertamente el amor del dinero, y no conducirlos juntos como dos fenómenos que van de la mano.

Por último, reducir el amor al tercer género de materia nos conduciría a creer que el amor es razón pura o construcción solamente lógica, indivisible, o alegar con argumentos reduccionistas que el amor no existe o no podría existir. En el tercer género de materia, se teoriza del amor sin ver lo concreto de sus posibilidades ni las claves psicológicas que lo determinan.

Si se podría hablar de “amor verdadero”, entonces se tendría que apreciar el amor desde los tres géneros de materia. De no ser así, la realidad devorará vivo al que no sabe razonar. Pues el reto es mantener conjugados esas dimensiones como cualquier ser inteligente. Por eso, la felicidad desde la impostura actual, según Gustavo Bueno, es un mito; porque es un psicologismo. Y la vida misma no podría explicarse por sí sola con mitologías.

domingo, 12 de febrero de 2017

"Enero: entre un Copé y un Nobel" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (12/02/17)

El entusiasmo por los buenos libros viene dado en un formato minucioso que elaboro con el respeto a los autores que leo y al mensaje que la inteligencia humana puede transmitir a través del objeto que el invento de Gutenberg popularizaría. La primera acción del año con respecto a mi biblioteca personal fue poner en fila ocho novelas, ocho poemarios, ocho libros de cuentos y ocho ensayos; para luego decirme, en señal complaciente: “¡Por lo menos esto leerás en el 2017! ¡No te  abrumes!”.

El mes de enero lo comencé con un Premio Copé de Oro de Novela del año 2011: Luis Fernando Cueto; y lo concluí con un Premio Nobel de Literatura del 2014: Patrik Modiano. Entre estos dos hitos hubieron siete autores más que llenaron mis insomnios y acompañaron mis idas por las rutas más inesperadas. Mientras leo, el itinerario más o menos se traduce así: subrayo todo lo que me interesa, sumillo con una palabra o frase al borde del libro y, al final de la lectura, releo todas las inscripciones para, posteriormente, hacer un comentario del libro de turno. Cualquier lugar es el indicado para leer: la biblioteca, la combi, el taxi, el mercado (mientras Janet compra, yo leo y le cargo las bolsas), el Pub de Percy (la música no me distrae), la larga cola de la escuela a las dos de la madrugada para ganar una matrícula en un colegio nacional, etc.

Así fue. En la fila de los padres de familia, hasta las 8 de la mañana ya había terminado la novela "El diluvio de Rosaura Albina" de Luis Fernando Cueto. Para las 10 ya tenía leído "Descripción de las señales" del poeta Juan Congona (Joaquín Huamán). Y para las 11 había comenzado "Los perros hambrientos" de Ciro Alegría; título muy sugerente este último dado el caso de mi maltratado organismo.

No fue nada fácil terminar "Los perros hambrientos". Los últimos capítulos resultaron duramente pesados pero, como bien dice Jesús G. Maestro, la literatura no sirve fundamentalmente para entretener ni divertir a la gente (para eso hay otros objetos o compinches). Ciro Alegría les adjudicó a los perros ciertas características humanas, pues casi lloraban, casi reían, tenían nostalgia, poseían "el pecho lleno de odio", pues de esa forma es más impactante la arremetida de los dueños contra los que antes fueron sus canes leales. La ruptura y agresión contra los perros se mostró análoga con la ruptura indolente de los hacendados contra los pobladores. De esa manera, se formaba una cadena de desigualdades y conflictos en un mundo hostil (el hacendado deja morir al indio; el indio, al perro; el perro, a las ovejas). Un final de esperanza, panteísta y arcaico. Sí, como una "Utopía arcaica" vargasllosiana. 

Por otro lado, el autor de la grandísima novela "2666", Roberto Bolaño, hizo un trato con el editor Herralde para que las ediciones salgan en cinco libros (una por año), de esa forma aseguraba el futuro de sus dos hijos, pues el chileno sufría de un terrible cáncer que lo llevaría a la tumba al bordear los cincuenta. No fue como el autor chileno quiso. Se publicó un único y monumental volumen con las cinco partes. Terminé las dos primeras: "La parte de los críticos" y “La parte de Ámalfitano”. Al ir desmenuzándola noté que todavía se respiraba un aura de "Los detectives salvajes" (su obra maestra). Los críticos de la primera parte persiguen a Archimboldi tal como los poetas de "Los detectives salvajes" perseguían a Tinajero. Los vicerrealistas de su mayor novela se convirtieron en los archimboldistas de “2666”. Y las miserias de los artistas se transmutaron en la vida miserable de los críticos, ambos persiguiendo fantasmas. El racionalismo de Bolaño es válido para esta época de arte y crítica posmoderna. En ese contexto, se entienden mejor las conductas humanas que rodean la literatura. 

En “La parte de Ámalfitano”, el narrador, el filósofo cuyo nombre encabeza el título, sigue los caprichos de su autor, Bolaño, y cumple a su antojo con lo que más le ha fascinado al chileno y lo que se volvió un tópico recurrente en él: la persecución hacia una persona de las letras o hacia un libro. Ámalfitano protagoniza, indirectamente, primero; y directamente, después, dos búsquedas paranoicas. La primera tiene que ver con su esposa Lola, que parte ilusionada para sacar de la homosexualidad fingida al poeta del manicomio de Mondragón. Luego, Ámalfitano se concentra en un libro de geometría, lo cuelga en su tendedero durante largos días, junto a la ropa de su hija Rosa, y espera ver qué le hace la naturaleza a un libro. Por su parte, empieza a hablar consigo mismo o con los fantasmas de sus antepasados. Y para sus clases de filosofía, elabora esquemas o figuras geométricas llenos de absurdos cuyos vértices aparecen pensadores de todas las épocas. Se muestra el tópico de relacionar al filósofo con la locura, con el sueño diurno y con el alejamiento.

El artículo "Franz Kafka, novelista de la distopía" publicado en La Industria de Trujillo, y firmado por el amigo poeta Luis Eduardo García, hizo que el autor checo me intrigara. Por algunas menciones que hace de las novelas de Kafka, decidí emprender la lectura de "El proceso", pues era necesario indagar a través de sus novelas (todas incompletas) hacia dónde apuntaba el concepto establecido: distopía.

La distopía se define como "una sociedad ficticia indeseable en sí misma, y es contraria a la utopía". Y sí, lo indeseable en la sociedad que se muestra en la novela “El proceso” es la utilización absurda del aparato burocrático judicial, en donde jueces, fiscales, abogados, acusados, entre otros, se reducen a personajes ridículos (las niñas pertenecían al Tribunal), siguiendo procedimientos contradictorios (para proceder había dos opciones básicas: la absolución aparente y el aplazamiento, y ninguno de ellos te llevaba a nada), ignorando detalles fundamentales (no había delito, solo acusación), prolongando tiempos indeseables (el proceso judicial no tenía fin para ningún acusado).

"El proceso" es una parodia insigne de los procedimientos del juicio, donde la consigna es hacer que lo que realmente importa se oculte. Esto está sustentado en dos opciones: o el ser humano no entiende lo que hace o su sistema es un perfecto disparate.

“En el café de la juventud perdida” de Patrick Modiano es una novela polifónica por excelencia. Cinco capítulos, cuatro personajes relatores y una protagonista que recorre todo el libro llamada Jacqueline Delanque, rebautizada como Louki en el café Le Condé de un tortuoso París. Louki, desarraigada y misteriosa, es una joven que ha huido de todo en la vida: de la soledad de su hogar en su adolescencia, de su matrimonio años después, de los barrios parisinos y, por último, de la propia vida. Ya me decía el poeta Ernesto Zumarán cuando me recomendó este libro: “La nostalgia es la mejor arma de Modiano”. Así ha sido la lectura de esta primera novela corta de ese autor. La he gozado, porque la nostalgia es para el desarraigado como el amor es para el romántico.

“La hierba de las noches” de Patrick Modiano nos enfrenta a una protagonista mujer metida en problemas en el siniestro París. Esta vez ya no son los cafés de la capital francesa (como el caso de la novela “En el café de la juventud perdida”), sino son los hoteles o pensiones que agrupan a gente de toda índole, y que van construyendo un contexto a partir de ciertos acontecimientos oscuros. El personaje Jean es un nostálgico, un ser que vive atado a un cuadernillo negro desde el cual deduce y reconstruye un pasado tormentoso, mientras se va acordando de su vida sigue escribiendo una especie de Memorias, que lo llevan hasta una investigación policíaca.

Ciertos puntos de la historia se asocian a un existencialismo sartriano. El pesimismo del narrador se evidencia: “No disponía por entonces de nada, ningún derecho, ninguna legitimidad. Ni familia, ni categoría social bien definida. Flotaba en el aire de París”.

Febrero ha comenzado con libros que estoy disfrutando rotundamente. No sé por qué a estas alturas de la vida, siento una inseguridad galopante si no tengo un libro en la mano. No es un fetiche, no. Es algo así como los Smarphone en las manos de la gente; teléfono que no tengo ni tendré, mientras un libro exista.

"La casa de un poeta" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (11/02/17)

El vate Stanley Vega Requejo había perdido hace muy poco tiempo a su abuelo, un robusto señor cuya actividad diaria le agigantaba la fuerza que trajo desde lejanas tierras, y cuya nostalgia aplacaba con un bello huayno que conducía su tarde en el ocaso. Nunca se guardaba una sonrisa, y nosotros, los amigos de su nieto, lo veíamos de lejos con esa curiosidad que despiertan las actividades de las personas de “la tercera edad” (como ahora las llaman) hacia los jovenzuelos que aún no viven la rudeza implacable que dan los largos años.

Entre esa constante actividad, perdió la vida súbitamente. Pero no se fue solo. La poeta Matilde Granados —prima hermana de Stanley Vega, y también miembro de ese hogar— escribiría el tres de febrero un verso en su red social cuyo contenido me punzó el pecho: “La casa se ha ido. Nos dejó como el abuelo”. No podía ser otra casa más que aquella a la que llegábamos a visitar a propósito de vastas reuniones de tertulia literaria y brindis infinitos; no podía ser otra que el acogedor ambiente donde emergieron cientos de conversaciones airadas y músicas del romanticismo más feroz; no podía ser otra más que en la que compartimos los cumpleaños que terminaban en salvajes versos y menciones a Shakespeare o a la divinidad.

Las lluvias no perdonaron a la antigua casa de los poetas Matilde y Stanley. Fueron dos días de intenso aguacero y, mientras se veía el cielo oscuro y cargado de fiereza, las personas de Lambayeque nos preguntábamos a qué se debía semejante catástrofe sin fin. ¿Por qué el cielo se caía? ¿Acaso los inteligentes meteorólogos no habían dicho hace un par de meses que habría sequía en la región? ¿Acaso no se adelantaron estas mentes maestras a predecir la falta de agua, tal como predijeron el año pasado el Fenómeno, tanto es así que mandaron a su casa a los escolares solamente en noviembre y, sin duda, sin terminar el colegio como debe ser?

Pero estas mentes no son ni maestras ni los gobiernos se anticipan. Sucedió lo de siempre: improvisación por todas partes, buenos deseos a la población, rezos continuos ofreciendo la vida y repitiendo algo que pareciera que un monje hindú o un chamán best seller —esos que abundan— hablara: “¡Prevención! ¡Prevención!”. En cualquier contexto, esta palabra la puede decir cualquiera, no es un resultado científico ni un acto que salga espontáneamente de una población. Más parece un buen deseo, una alabanza al cielo, una lavada de manos; como responsabilizando a los ciudadanos de hechos que el propio gobierno debe liderar, promover, realizar, es decir, hacer concretizaciones de una obra, y no solo en un río o acequia, sino en los hogares más vulnerables y humildes.
 
Ahora la casa que nos sirvió de tantas reuniones e inspiraciones se ha ido. Felizmente, no hubo daños físicos de los familiares ni sustos mayores que tengan que ver con la integridad de las personas. Stanley y Matilde, dentro de lo posible, están aceptando algo que desmoronaría al más plantado. La fuerza literaria muchas veces tiene que ver con estas presiones que pone el destino. El grito del poeta diciendo que la palabra no vale nada es entendible y obvio en cualquier circunstancia, porque el verbo tiene que hacerse carne, tiene que formar un abrazo y maquinar una ayuda. Hacia esa ayuda vamos.

domingo, 5 de febrero de 2017

"Tatta Torres, después de la miastenia y el mundo" - Por: César Boyd Brenis

Carmen Gladys Torres Tello partió como quisieran partir la gran mayoría de artistas: escribiendo hasta el último día de su vida, con una publicación en la imprenta, un libro inédito en su escritorio y una fe por la literatura que, a pesar de los obstáculos, nunca decaería. Si preguntaban por “Carmen”, pocos la conocían; si era por “Gladys”, absolutamente nadie; pero si decían “Tatta”, era indudable su ubicación en el mundo.

Con esa referencia vivencial, “Mi pequeño lugar en el mundo” fue el título que dio vida a su libro de memorias, publicado en el 2013, cuyo subtítulo no podría ser menos sugerente: “Viviendo con Miastenia Gravis”. Tuve el agrado de ir leyendo el borrador mientras ella iba escribiendo el libro. Mucho antes de su impresión, nos reuníamos en el Real Plaza cada mes, a pesar de mi rechazo visceral por los centros comerciales, pero la grata compañía de Tatta daba un giro a mi percepción de la realidad consumista. En esas horas que pasábamos juntos, las conversaciones sobre literatura fluían con naturalidad. Había un olvido momentáneo de los alrededores, y su generosa invitación de un café o unas papas fritas, sellaban las mañanas más memorables.

El poeta Vladimir Holan alguna vez escribió: “Solamente el arte no tiene excusa”. Para Tatta no existía día que su enfermedad la mermara para ejecutar su trabajo de lectura, escritura o corrección. Podría haber estado con los párpados pesados y casi sin movimiento en el cuerpo, pero ya estaba ideando un texto, una lección de vida, un comentario generoso en nombre de ese padecimiento, pues quién mejor que ella para darnos clases de cómo resistir, quién mejor para, con autoridad, nos diga para qué sirve el dolor de todos los días; quién mejor para increparnos, muchas veces con rudeza o fina lección, por los absurdos pesares que sufríamos.

A lo largo de los años, Tatta publicó “Un mensaje para ti” en dos ediciones (1996 y 2001), “Desde el amor” (2005), “Creciendo en el dolor” (2007), “Entre risas y lágrimas” (2011) y “Mi pequeño lugar en el mundo: viviendo con miastenia gravis” (2013). Es en este último libro donde se condensa la parte más dramática de su vida, y en donde trae a tema las etapas más alegres cuanto las más difíciles.

En sus primeros años de existencia, viviendo en Trujillo, tuvo como fuente de amor a su abuela Pitty, de quien diría Tatta: “Fue la persona con la que más compartí en mis primeros años y, por ende, la más importante para mí”. Es por eso que tres meses antes de cumplir once años conoció el primer dolor de su corta edad: la muerte de aquella mujer que le había dado todo lo que una niña sana y consentida necesitaba. Tatta agregaría: “Tengo grabado el momento en que recibí la dolorosa noticia. Estaba en clase y la Madre (la monja) entró, habló mucho y pidió una oración por mi Pitty. Siempre me pregunto por qué no lloré. Me veo, a lo lejos, de pie junto a mis compañeras, sin atinar a nada”.

Esa pregunta de la autora por la ausencia de lágrimas, puede explicarse con una sola razón: la inocencia. Tatta aún no reconocía los avatares del mundo. Pues a los diez años se puede escuchar de la muerte como un concepto abstracto, o de la guerra o de la cárcel o de las calles, pero todavía no podrá entenderse la magnitud y la complejidad que esas realidades traen; más aún con un detalle que ella escribiría así: “…haber tenido una infancia y adolescencia plenas de amor, protección, más bien sobreprotección”.

Es por esa etapa (once a doce años) en que empiezan ciertos síntomas que al comienzo no encajaban con esa vida plena de juegos, brincos y risas. Aunque ella no le daba tanta importancia porque la lectura y la escritura la alejaban de experiencias que podrían llevar a grandes esfuerzos físicos. De esa forma, se concentraba haciendo acrósticos (sus primeras creaciones), y luego escritos diversos que desembocarían en una actitud para el periodismo, tan bien alimentada por su padre, también dedicado a esa noble labor.

Fue con su padre, que ahora ya la acompaña en el Más Allá, con quien tuvo las primeras conversaciones profundas de la existencia, la madurez, la vida plena. Tatta, muchos años después, recordaría en su último libro aquella notable decisión de quedarse soltera, cuando a los trece años (cuando “todo era una fiesta”), un impulso metafísico hizo que dijera con firmeza: “Papi, yo nunca me voy a casar”. Él, creyendo que eran cuestiones de jovencitos, le respondería, un tanto condescendiente, con los argumentos —muchas veces arriesgados— de la temprana edad, la falta de experiencia, el poco entendimiento de la idea de matrimonio, entre otros criterios que podrían salir de un padre culto. Sin embargo, su hija fue más clara y contundente, y con el arma de la palabra, la que siempre la acompañaría, le dijo: "Voy a ser más clara: yo sé lo que quiero hacer en mi vida. Tres cosas: vivir sola, viajar por el mundo y escribir un libro”. Al señor Jorge Torres no le quedó más que dar una carcajada, en señal de asentimiento.

Gracias al tiempo y a su férrea voluntad, no solo escribió un libro, sino muchos más, y emprendió el proyecto de una revista que la llevaría a ser la única persona que por diecisiete años ha mantenido vigente un nombre, con recursos limitados y tiempos reducidos: “Ahora y siempre”. De esa manera, no solamente pudo cumplir los viajes por tantos hermosos parajes, sino también los más difíciles y perfectos de la vida: los viajes de la imaginación. Con el transcurrir del tiempo, iba demostrando a todos sus familiares que aquella jovencita decidida y desafiante, podía cumplir sus metas con extrema responsabilidad. Así fue cuando con una muy corta edad la nombraron funcionaria del Banco Popular, y su mundo se fue ampliando y miraba el futuro con optimismo y esperanza.

Los síntomas de la miastenia fueron aumentando poco a poco, pero no podían dar con el diagnóstico. Así que, en un viaje a Buenos Aires, se puso a disposición de una eminencia de la medicina. El doctor al ver todo su historial, le dijo: “A ti te ha visto la crema y nata del Perú; dime: ¿cómo te sientes?”. Cuando Tatta le empezó a contar, el médico le respondió: “Vos tenés Miastenia Gravis y Polimiositis; que empiecen los análisis para confirmar”. Para sorpresa de la escritora, días después se ratificó lo dicho. Ella escribiría: “Cuando pensé que con el diagnóstico terminaba todo, todo comenzaba”.

Un tiempo después, Tatta relataría aquel día del 21 de diciembre de 2005, un momento crucial para su estado de salud. Ella esperaba sentada en una banca del hospital hasta que la llamaran (en el área de Rehabilitación). Y cuando gritaron: “¡Torres Tello!”, intentó levantarse una vez, y nada. Insistió una segunda vez, pero Tatta ya no volvería a caminar. Fue el día de un mensaje trascendental para ella, fue el mensaje a sí misma desde las lecciones más indeseables que da el mismo cuerpo. Su salud iría desfalleciendo, pero su mente y su fe llegarían a alcanzar estados elevados. Esos picos del espíritu que solo llegan, como dirían los poetas malditos franceses, con el desarreglo de los sentidos.


Así pasó Tatta por este mundo de sueños y memorias, de materialidades concretas que ningún idilio puede torcer, ningún destino puede evitar, ningún augurio puede negar. Alguna vez, un poeta hizo decir a su personaje Menipo: “Bueno, muéstrame a Helena, que yo no la reconocería”. Y Hermes, el otro personaje, contestaría: “Este cráneo es Helena”. Así, todos los seres humanos nos iremos del cuerpo, pero quedará el cráneo, símbolo de la mente, de la más alta perfección de la materia; y en Tatta, su mente estará en sus libros, en los mensajes de su pluma, y en un tiempo no muy lejano, su mente se hará más grande, sus lectores la revivirán y el sufrimiento tan intenso no habrá sido en vano.

jueves, 2 de febrero de 2017

"Tatta Torres: La magia de buscar el equilibrio" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria de Trujillo (28/09/14)

En cuanto escuché por vez primera la voz de Tatta a través del teléfono de un buen amigo —embajador hace un tiempo—, pude captar el mensaje no verbal que transmitían sus palabras: la absoluta sinceridad. En aquel tiempo yo contaba con 19 años y el arte poético era para mí lo que para Tatta es la cultura entera: la máxima razón de vivir.  

Doce años después, en este 2014, el tiempo no ha cambiado constitutivamente. Aunque para la percepción de mucha gente este año está pasando tan rápido entre tanto trabajo y tensión. Pero no para Tatta. Para ella cada día transcurre como el último, como el más importante, como el más largo en la faena cultural de la revista y el rezo diurno/nocturno de agradecimiento; y su mirada al sol de cada día se muestra con una esperanza que no he conocido ni conoceré tal vez en mucho tiempo o quizá nunca.

Desde aquellas veces que escuchaba su nombre en muchas bocas, con una referencia de su personalidad, referencia llegada con un aura ostentosa aunque inexacta, pude recurrir a mi gallardía de joven buscador de vitrinas culturales y visitarla en su casa con un poema en la mano. En esa primera ocasión que me abrió la puerta de su domicilio y escuchó mi discurso cuasi convincente, gustosa aceptó abrirme un espacio en “Ahora y siempre”. Desde aquella vez mi mano no ha parado de escribir y de acompañar a la revista que le ha traído tantos frutos.  

Mi caso es similar al de muchos compañeros y colegas de las letras. Tatta Torres ha brindado oportunidades de publicación en una revista cultural que posee 14 años de circulación, y que con el tiempo ha ido modificando su formato y contenido, perfeccionándose en cada edición, mostrando un marcado espacio familiar en donde las sonrisas de las personas en las fotografías se revelan como la trasmisión de alegría, reflexión y moral que se pretende.

Esa línea que ha seguido Tatta desde que llegó a Chiclayo proveniente de Trujillo, ha marcado sus actividades artísticas que fueron fiestas de la palabra y la cultura, con auditorios rebosantes y activos, con una exquisita y formal manera de llevar el rumbo de las ceremonias que asumía, con  documentos oficiales de invitación y documentos de agradecimiento después del evento, con una proyección de respeto por todos los invitados y ponentes. Así fueron aquellos tiempos en que Tatta y su selecto equipo de apoyo lograron levantar una edificación sólida, que grupos posteriores pudieron seguir con una nueva tónica y estilo, con una nueva y eficaz identidad, y con el ejemplo de un antecedente feliz.

Desde que ella adoptó esta ciudad como una nueva patria, y cantó su himno con la camiseta chiclayana que le asentaba, y recorrió las calles respirando en ellas los nuevos aires que serían eternos, se rodeó de todas los personajes que alimentaban su sed incontrolable de escritura; de esa forma conoció a Nicanor de la Fuente, “Nixa”, y bebió de su alegría y de su experiencia, visitó su casa cada semana y compartió con el poeta sus secretos, sus proyectos y sus cuitas; como aquella vez cuando Tatta, triste por un suceso que la hirió, obtuvo la sabia respuesta del longevo vate: “A mí me han dicho todos los insultos posibles, pero todos los que me insultaron ya no están, y yo sigo siendo premiado por la vida. Levántate y anda”.

La búsqueda de personas interesantes fue para Tatta un oficio y una obligación en esta nueva patria que estaba conquistando, y eso no era extraño pues provenía de una familia de intelectuales. Así, su tío fue un renombrado poeta trujillano; su padre, un reconocido periodista que tenía la chispa incansable del buen humor, y que alguna vez le refirió: “En Trujillo yo era el señor Torres Ortega, pero aquí sólo soy el papá de Tatta”.

Es difícil imaginar los motivos por los cuales una mujer tan bella físicamente como Tatta haya decidido quedarse soltera, asumiendo una decisión trascendental que pinta de cuerpo entero su figura y su carácter. Pero esa posición no aparta el hecho de que ella se haya enamorado, tal vez perdidamente, como se enamora una escritora con la lozanía y la entrega de una mujer sincera. Hablar de los amores de Tatta, como la forma constituyente de su yo, mas no como ejecución del morbo, puede contener una maravillosa forma de acercarse a su interior y conocerla como ser humano, como un individuo que se ha planteado un camino y debe seguirlo con una moral insoslayable.

Quizá el amor ya lejano se ha quedado en aquel rubio motociclista trujillano, que con sus ojos azules y su postura rebelde, enamoró a la escritora, que en su estado de ilusión se creó un bello sueño del cual tuvo que despertar. Sin embargo, hablar de los pretendientes de Tatta sería una investigación aparte, pretendientes que fueron amagados con la elegancia oportuna de una dama o fueron ignorados por sus insistencias aburridas o sus retóricas humildes.

Tatta, una ejecutiva bancaria de los tiempos de la abundancia, recibió los regalos más costosos que tenían impregnados el ruego para una respuesta positiva, pero que fueron rechazados uno a uno para que la ilusión no se abultara en las mentes de los hombres de buen gusto pero de mala suerte.

No obstante, Tatta ya había tomado como suya aquella libertad romántica que poseen las vidas independientes; no había un sitio para el hombre ideal, tal vez por no aceptar la idea de una vida esclavizada en una casa o al cuidado de los hijos que dan el amor pero también la preocupación y el agotamiento que envejece. Nadie sabe con exactitud lo que el corazón de Tatta siente al respecto, sólo ahora trata de ayudar —como ha ayudado siempre dentro de sus posibilidades— a muchos niños que han esperado de ella un amoroso regalo.

De los obsequios que ha brindado trata de no hablar, con la excepción de aquella vez que donó toda su biblioteca a un humilde colegio, por el pedido de un director que después de un tiempo la volvió a llamar para rogarle que haga otra donación de libros porque se habían extraviado todos sospechosamente. Luego se supo dónde habían terminado esos libros que por desgracia no se recuperaron jamás.

Yo he visto a Tatta sacar de su cartera algún producto intacto y regalarlo a alguna madre vendedora o a una repartidora de diarios. Yo he visto a Tatta regalar un consejo a través de un mensaje de texto o de un texto en el muro de Facebook. La he visto obsequiar sonrisas entre personas tristes y llorar por las desgracias que consumen la vida humana. La he visto regalar halagos sin ninguna mezquindad a sus condiscípulos y a la juventud que nace prematuramente. La he visto repartir el abrazo fraterno a amigas que nunca esperaron menos de la escritora. La he visto repartir helados a los cuidadores de las colas de los supermercados. La he visto proteger y pedir protección. La he visto vivir en la generosidad.

Su estancia en Palermo, la zona más exclusiva de la capital de Argentina, la nutrió para escribir su conocido cuento “Buenos Aires sin ti”, el cual es una muestra de la fluida psicología femenina que, en el caso de la protagonista del relato, se dibuja como imperiosa y nostálgica. La cultura bonaerense la impactó desde que su empleada doméstica, en una fecha histórica, vestida con un abrigo de pieles elegantísimo, se apareció emocionada gritando que el Muro de Berlín había caído y que la libertad ya era una realidad para los pueblos del mundo. Ese hecho inicial, gratamente sorprendente, fue el comienzo de una relación especial con la Capital de la Cultura en Latinoamérica, como es considerada hasta ahora la ciudad de Buenos Aires, relación que no ha cambiado en el corazón de la escritora a pesar de su lejanía física, sino más bien prevalece por la constante comunicación con sus amigos argentinos, que caminaron con ella en esa tierra de gloriosa historia e impactante literatura.

El lado más penoso de su vida se encuentra en la enfermedad irreversible y macabra que padece. Ella todavía tiene presente aquella vez cuando —sentada en una banca pública— quiso ponerse de pie y no pudo. Desde ese día la vida empezó a sonreírle menos. Su libertad supeditada a su voluntad fue cambiando el rumbo. Ahora las largas caminatas y el antojo natural por un paseo o una fiesta fueron quedando atrás; pues sólo le quedaba ir con cuidado, generalmente acompañada, entre las calles que alguna vez la vieron correr, entre las arenas del mar en las que se tendió a tomar sol, entre el parque ilustre y el restaurante de moda, entre un cigarrillo y una charla amena. Todo ese mundo cerró sus puertas para no abrirlas más, para instalar lo ido en la memoria como un sueño inoportuno pero existente; de esta manera, Tatta llegó a un extremo vivencial: quedar postrada en una silla de ruedas.

La silla de la escritora ha sido tomada en relatos tan amenos como filosóficos, como aquel del escritor Eduardo González Viaña, cuando le daba una vida paralela y trascendente a ese asiento movible en la tierra y el cielo. Ante estas nuevas luces referenciales, Tatta empezó a amar su silla como aquel instrumento de apoyo necesario para continuar con su vida; instrumento que pide su compañía también y que espera ser útil siempre con la fidelidad de una preciosa materia inanimada.

Y en esa silla amada, ha paseado por los lugares que ella nunca pensó, sumando condecoraciones, homenajes y premios que trata de evitar, jamás por soberbia, sino porque cree en su fuero interno algo no menos irónico, pero llegado de la hija del señor Torres Ortega es perfecto cuando lo dice: “De tantos premios que me dan voy a empezar a creer que estoy a punto de morir”.

La Antigua Escuela de Periodismo "Carlos Uceda Meza" de Trujillo, su Alma Mater, le otorgó la Medalla Periodista José Faustino Sánchez Carrión en el Congreso de la República; asimismo, el Gobierno Regional de La Libertad, la Universidad Señor de Sipán e innumerables instituciones, empresas, agrupaciones, clubes, etc. han mostrado el cariño y el justo reconocimiento a su labor periodística y vivencial.

Tatta lleva tras de sí una historia condensada en poesía, porque el acto de brindarse al mundo con firmeza, defendiendo “su pequeño lugar en el mundo”, su lágrima de alegría y de pena ahora y siempre, su cultivo pasional por el arte que representa para ella el universo y el orden por el cual camina Dios; es el viaje que vale la pena ser vivido, aquel boleto que se compró sin tratamientos ni reclamos, aquella puerta por la que sólo entran los valientes, como Tatta: la gloria.