jueves, 12 de abril de 2012

“Huellas dactilares”: El prólogo perdido - Por: César Boyd Brenis (Diario La Industria - 07/04/12)



La relación entre editores y escritores siempre ha tenido, a lo largo de la historia, sus toques especiales. En el capitalismo más orgánico, ambas partes han contribuido a la industria del libro, a la masificación de las obras, a una ganancia muchas veces desbordante a favor de las trasnacionales, o por otro lado, han dado pie a editoriales que reciben una modesta remuneración por su trabajo, pues, valientemente, están destinadas para un mercado local.


Sin embargo, tanto en las grandes empresas como en las de menor producción, surgen esas diferencias entre ambos actores, que muchas veces el tiempo se encarga de volverlas anecdóticas. De esa manera, las descoordinaciones, los encargos mal recibidos, el aviso de última hora, el cambio de planes, la tardanza obligatoria, la queja, la corrección, la diagramación y demás; todo ello pasa a ser parte de una lucha que tanto el editor como el escritor no quieren perder.


Mi último poemario, “Dos mil doce y otros poemas terminales”, estuvo a cargo de Ediciones Prometeo Desencadenado, quienes caminaron cordialmente al ritmo que les pedí: el paso más ligero y marcial de todos. Esta presión de mi parte, “desencadenó” (¡qué mejor verbo para Prometeo!) una aceleración poco antes vista, no dándome cuenta que era yo el más inactivo dentro de la parte que me tocaba trabajar, pues casi no corregí el borrador enviado por la editorial, y dije: “¡listo!, ¡el libro ya está!”. Grande fue mi sorpresa cuando el mismo día de la presentación del poemario, no encontraba el prólogo por ninguna parte del texto.


Lo primero que alguien desesperado hace en esos casos es buscar culpables, y con ellos uno vacía toda su cacerina para, supuestamente, sentirse mejor. Pero, de inmediato, increpé al único responsable de todo: yo mismo. Esa actitud me dio serenidad, y me recordó que los asuntos que uno cree importantísimos, si los reflexionásemos un poco, no lo serían tanto. Siempre existe algo más sustancial en que preocuparse.


El libro “Dos mil doce y otros poemas terminales” no tiene prólogo; por ello, sólo queda recibirlo incompleto y, tal vez, aplicar los consejos de uno de mis parteros (Augusto Rubio): “incendiar mis libros en la plazuela y apedrearme a la salida de los auditorios para entenderme un poco”. Sin embargo, para que el incendio sea completo y el apedreamiento más feroz, los dejo con las palabras que vienen desde el Más Allá en un poemario ya fenecido y terminal.

Huellas dactilares

Este libro consta de textos que creí perdidos en un laberinto de archivos. Junté todo un bloque de concreto y comencé a darle forma mientras iba encontrando a mi paso la materia prima que ahora se condensa aquí, y no me quedó ni un solo poema inédito. Hice lo que un padre haría con sus hijos: mostrarles la libertad poco a poco, hasta acostumbrar a cada poema a la independencia. Los resultados fueron las manifestaciones de estilos de distintos tiempos que se han confundido en mi sola corta vida.


El título del libro se relaciona con su designio, que es un poco también el mío. Por ello, estos poemas sucumben como el año misterioso del Calendario Maya: el 2012. Sus muertes han estado contenidas, pues corresponden a una etapa final de mi existencia como poeta. Y aunque pueda resultar polémico el tratar de explicar si se puede dejar de ser lo que se ha sido, lo que sí es un hecho, es que escribir poesía para mí ha terminado, lo que será sin duda un alivio para el mundo. Sin embargo, a propósito del apocalíptico título, cabe mencionar qué ha sido para mi experiencia este arte inmovilizador.


Nunca fue un placer idílico escribir poesía. Desde mi adolescencia, en la búsqueda de una rima más o menos decente o, ya en la juventud, hallando musicalidades o aforismos, siempre me ha resultado angustiante el enfrentarme con ese extraño arte. Los motivos de esa desdicha los he buscado en mi interior sin éxito; por lo que no podría confiar en una hipótesis emitida, pero sí podría describir con detalle cuáles han sido las sensaciones más cercanas de esa angustia.


A la poesía la he sentido absolutamente asfixiante. Incluso antes de publicar mi primer libro en el 2002, me había llegado su imagen de una manera poco probable. Desde mis primeros años de poeta, siempre la he visto con desmesura, como algo exclusivo y excluyente. La he percibido con esa carga emocional paranoica. Es decir, desde el primer momento en que decidí seguir esta carrera sin título, escribir poesía ha sido presión pura, ¡presión pura!


Para mí nunca la poesía fue un desahogo, una catarsis, una utilidad, nunca fue un elemento con el cual se puede vivir con tranquilidad, nunca. Vivir como poeta era leer a cada instante (en los buses, en la calle, en mi cuarto), era encerrarse días escribiendo desenfrenadamente, sin ducharme, sin salir de casa, sin comunicarme con nadie, comiendo poco; vivir como poeta era también reunirme con mis amigos hablando de literatura por horas hasta el amanecer, con una potente euforia que el alcohol a veces elevaba; vivir como poeta era nunca comprar nada que no sean libros, decenas, cientos, sin reparar en gastos (en diez años nunca compré algo que no se relacionara a la poesía como ente de angustia, lo que a veces me merecía el rechazo de algunos familiares, quienes aconsejaban a mi madre mi inmediato internamiento en un centro de reposo); vivir como poeta era creer saber de todos los temas, buscar nuevos tópicos, existir en la filosofía más compleja o más simple; vivir como poeta era llorar a cada instante por mis fracasos, por mis delirios, por mis lecturas, y escribir de eso, o no escribir nada de eso, sino solamente presionarme y presionarme para conseguir un poema, un solo poema, y luego otro, y otro, hasta el infinito; vivir como poeta era no creer en un Dios que interfiriera con la escritura y la desmesura; vivir como poeta era patear todos los tableros, menos el de la poesía porque en ella estaba la salvación más absoluta. En conclusión, la poesía jamás para mí ha sido un arte, como se le conoce al “arte”, sino una forma de vida, un cuerpo compacto con venas y testículos.


El número diez siempre me resultó enigmático. Y fueron diez años en los que le di todo a la poesía, todo: las noches de insomnio, las amanecidas de lectura, las correcciones enfermizas, las conversaciones insufribles. Y aunque sé que lo que he escrito no tiene mucho valor, mi decisión va por el lado de mi sosiego; pues el arte es respiración, guerra, sangre, y a mis treinta años, tengo una vida en la cual otras experiencias se me abren. Y Dos mil doce y otros poemas terminales es el fin de esa otra vida aventurera.

jueves, 22 de marzo de 2012

Algunos poemas de "Dos mil doce y otros poemas terminales" (2012) - Último poemario de César Boyd

DOS MIL DOCE Y OTROS POEMAS TERMINALES


César Boyd Brenis



Huellas dactilares

(Prólogo no aparecido en el libro por motivos de descoordinación)


Este libro consta de textos que creí perdidos en un laberinto de archivos. Junté todo un bloque de concreto y comencé a darle forma mientras iba encontrando a mi paso la materia prima que ahora se condensa aquí. Hice lo que un padre haría con sus hijos: mostrarles la libertad poco a poco, hasta acostumbrar a cada poema a la independencia. Los resultados han sido las manifestaciones de estilos de distintos tiempos que se han confundido en mi sola corta vida.


El título del libro se relaciona con su designio, que es un poco también el mío. Por ello, estos poemas sucumben como el año misterioso del Calendario Maya: el 2012. Sus muertes han estado contenidas, pues corresponden a una etapa final de mi existencia como poeta. Y aunque pueda resultar polémico el tratar de explicar si se puede dejar de ser lo que se ha sido, lo que sí es un hecho, es que escribir poesía para mí ha terminado, lo que será sin duda un alivio para el mundo. Sin embargo, a propósito del apocalíptico título, cabe mencionar qué ha sido para mi experiencia este arte inmovilizador.


Nunca fue un placer idílico escribir poesía. Desde mi adolescencia, en la búsqueda de una rima más o menos decente o, ya en la juventud, hallando musicalidades o aforismos, siempre me ha resultado angustiante el enfrentarme con ese extraño arte. Los motivos de esa desdicha los he buscado en mi interior sin éxito; por lo que no podría confiar en una hipótesis emitida, pero sí podría describir con detalle cuáles han sido las sensaciones más cercanas de esa angustia.


A la poesía la he sentido absolutamente asfixiante. Incluso antes de publicar mi primer libro en el 2002, me había llegado su imagen de una manera poco probable. Desde mis primeros años de poeta, siempre la he visto con desmesura, como algo exclusivo y excluyente. La he percibido con esa carga emocional paranoica. Es decir, desde el primer momento en que decidí seguir esta carrera sin título, escribir poesía ha sido presión pura, ¡presión pura!


Para mí nunca la poesía fue un desahogo, una catarsis, una utilidad, nunca fue un elemento con el cual se puede vivir con tranquilidad, nunca. Vivir como poeta era leer a cada instante (en los buses, en la calle, en mi cuarto), era encerrarse días escribiendo desenfrenadamente, sin ducharme, sin salir de casa, sin comunicarme con nadie, comiendo poco; vivir como poeta era también reunirme con mis amigos hablando de literatura por horas hasta el amanecer, con una potente euforia que el alcohol a veces elevaba; vivir como poeta era nunca comprar nada que no sean libros, decenas, cientos, sin reparar en gastos (en diez años nunca compré algo que no se relacionara a la poesía como ente de angustia, lo que a veces me merecía el rechazo de algunos familiares, que aconsejaban a mi madre mi inmediato internamiento en un centro de reposo); vivir como poeta era saber de todos los temas, buscar nuevos tópicos, existir en la filosofía más compleja; vivir como poeta era llorar a cada instante por mis fracasos, por mis delirios, por mis lecturas, y escribir de eso, o no escribir nada de eso, sino solamente presionarme y presionarme para conseguir un poema, un solo poema, y luego otro, y otro, hasta el infinito; vivir como poeta era no creer en un Dios que interfiriera con la escritura y la desmesura; vivir como poeta era patear todos los tableros, menos el de la poesía porque en ella estaba la salvación más absoluta. En conclusión, la poesía jamás para mí ha sido un arte, como se le conoce al “arte”, sino una forma de vida, un cuerpo compacto con venas y testículos.El número diez siempre me resultó enigmático. Y fueron diez años en los que le di todo a la poesía, todo: las noches de insomnio, las amanecidas de lectura, las correcciones enfermizas, las conversaciones insufribles. Y aunque sé que lo que he escrito no tiene mucho valor, mi decisión va por el lado de mi sosiego; pues el arte es respiración, guerra, sangre, y a mis treinta años, tengo una vida en la cual otras experiencias se me abren. Ya me siento realizado, y Dos mil doce y otros poemas terminales es el fin de esa otra vida aventurera.



Mi cueva

1

Mi cuarto se parece
a una cueva oscura que se queda sola
cuando salgo a cazar bestias;
y las piedras suaves
y el polvo negro de la última fogata
pueden advertirlo.
Mi cuarto no posee otros accesos
más que mi rastro de siempre,
porque todos los hombres
saben traspasar su halo
y dejar la leña
y prender el fuego
que alumbra la cueva oscura
y al único fantasma que ven siempre,
fantasma que va y viene
para que no le arrebaten su espíritu.
Mi cuarto no sólo es mío,
lo comparten las hormigas,
a las que les ayudo
a cargar su rama seca;
y ellas, en un favor siempre previsto,
me arrullan y me cubren
con sus brazos gigantes.
También hay murciélagos que se unen
a formar un solo sueño
y un solo mundo
al que nadie renuncia.
Mi cuarto se parece
a una cueva oscura que se queda sola
cuando salgo a cazar bestias,
y cuando regreso
otra vez me acaricio con el fuego
hasta ver mi mejor sombra
en mi roca preferida.
Mi cuarto de poeta no es tan seguro,
a veces una piedra tapa su entrada
y el aire me falta, me hace razonar demasiado.
Entonces escucho una voz que me despierta
y que me dice:
tienes que intentar salvarte ahora,
tienes que crear tus orificios.

2

Los seres humanos se aburren
cuando todas sus preguntas se les responden.
Por eso, como reacción,
se vuelven poetas,
filósofos, científicos, enciclopedistas.
Y en sus palabras, forman belleza,
morales, poderes, autoridades.
Y de eso también se aburren.
Entonces, hay dialéctica en sus corazones,
hay luchas de clases,
hay supersticiones maravillosas.
Los seres humanos se aburren
y beben y encuentran más preguntas
que también se les responden.
Otra reacción es el suicidio
y otra, el manicomio.
Ambos casos, no necesitan preguntas
porque su aburrimiento
tiene otra fuente,
de la que beben también los sabios,

de la que pocos llegan a entender.


La poesía es…

La poesía es
lo que no sabemos que es,
porque ahora nada se sabe
a menos que el poder (el gran poder) lo decida,
a menos que, por piedad,
hagamos que se aclare el alma humana,
porque ahora se conoce sólo un poco
de lo que se debiera conocer
hasta el tuétano.
Porque en el tuétano reposa la poesía
y en el microcosmos de un intento

por volvernos poderosos.


Profecías

1

¿Recuerdo quién soy sobre el barro húmedo? ¿Recuerdo, yo, que me olvidaba de limpiar los puertos, el embarque del pensamiento, el silencio de los libros? ¿Recuerdo, ahora que soy feliz, que dicen que lo soy, “Las elegías de Duino”, “Una temporada en el Infierno”, “Cantos de Maldoror”? ¿Recuerdo que me untaba de barro para refugiarme en mi sombra? ¿En mi sombra del ayer? ¿En mi peligrosa y lúcida razón?

¿Tuve una razón en mi conformidad?

¿Tuve razón de tolerar las decepciones que enfriaban? ¿Tuve que abrazar los límites? ¿Tuve que competir con el cieno? ¿Tuve que cantar de pie en la ventana? ¿Tuve que celebrar mi propia misa sin invitados? ¿Tuve que callar un recuerdo que se volvió reliquia? ¿Tuve que romper al enemigo para quedarme con su mente? ¿Tuve que crearme enemigos sacados de las cantinas del saber?
¿En verdad recuerdo quién soy en esta felicidad piadosa? ¿Recuerdo que me reventé la tapa de los sesos antes de ser firme?

Poema del militante

Nos han suplicado la creencia
y me ampararon las fuerzas de un nuevo fuego.
Nos han besado en serio, junto a la chimenea.
Pero nos han cortado la trocha del mejor romance.
Contraje la epidemia.
Cientos de mundos fracasaban, cientos de cánticos
y un solo aliado: yo mismo
en medio de la fogata, a punto de quemarme
sin sentir las poderosas razones del fuego,
y de otra fracción del yo-temblando,
del yo-creyente.

Ecología

7
(DEL MEJOR CUENTO DE ANDERSEN)

El efecto de sus alas es circunstancia de amor.
El agua recrea una cristalina deidad y agita su consuelo.
Desde su historia despide sonidos que duelen,
distanciamientos de hijo impródigo.
Debiera su reflejo devolverle placer en la laguna
y la laguna
cambiarle el nombre como un pozo mágico,
para que los pájaros canten reyertas desnudas. Y lo hacen.
Él las recibe a cambio
del inerte desvelo.
Es el centro de todo rumor, el fantasma de la ópera
del bosque.
Las voces sórdidas le niegan su condición originaria.
Ni los depredadores lo pretenden en sus maleficios de muerte.
Se culpa con un heroísmo perverso:
su alma ya está sosegada y su alivio va delante.
Limpia su cuerpo antisocial bajo la fiel catarata que lo moja,
ahora ya entre cisnes, entre gloriosas zambullidas de victoria.

Algunos poemas de "La misa del yo insaciable" (2011) - Penúltimo poemario de César Boyd

LA MISA DEL YO INSACIABLE


César Boyd Brenis




Despegue y cortesía

(Prólogo)


Cada vez que termino un nuevo libro, con cierto aplacamiento, rememoro el final de la novela La Náusea de Sartre. Y lo evidencio porque, como señala el personaje Roquetin, al principio sólo el trabajo fatigoso hace posible el libro, aunque en el fondo el esfuerzo perseverante sólo tiene un propósito: la contemplación de un pasado sin repugnancia.

Lejos de esa visión inmediata, mantengo el vuelo ya emprendido. Y, con plena humildad, me regocijo con las muestras de afecto hacia alguno de mis poemas; los cuales con el tiempo siguen teniendo constantes cambios en tanto las licencias me lo permitan.

En ese contexto, la poesía encuentra los caminos en dos partes inseparables. Una de éstas, se hace fuerte en la vida misma, en las experiencias que nutren los sentidos, en el enfrentamiento sin cuartel contra el mundo y sus terribilidades, en la sombra y la luz del universo en contacto con lo más humano. La otra parte se mueve en las expresiones de lo abstracto, de lo conceptual, de lo que se adquiere con las teorías o las formas críticas, los supuestos, el estudio de lo común y lo diferente, de lo que los oídos asimilan con lentitud de bestia racional.

Por lo tanto, la poesía se construye con los libros leídos y con la vida a veces invivible o insanable, y con una potente carga eléctrica que viene desde los inmemorables poemas homéricos o, tal vez, de la experiencia más próxima con un amor o un odio. En ese plano, se reta a la vida escribiendo y, a los libros, destrozándolos. He ahí el yo insaciable.

Ahora ya, sartrianamente, con el trabajo fatigoso concluido, con la tranquilidad de un presente sustentado, agradezco la lectura de estos seres vivos que llegan a sus manos. Lo que encontrarán no será un libro genial, sino quizás entretenido. Tal vez para leerlo de una sola pasada, y quedarse con algo de lo que lo inspiró. La misa del yo insaciable es la desembocadura de lo que siempre quise presentar: un poemario sencillo y fluido. Y al ofrecerse en un formato simple, refleja el ser interno del libro que es mi propio ser interno. De esta manera, dejo el testimonio en manos del que lo reciba. Yo ya me detuve a tomar aire.



Chiclayo, agosto de 2011.



Memoria de un cuento

Yo he tendido a la cosificación de las personas.
Y he tendido
a la personificación de las cosas.
Los motivos fueron simples:
muchos viejos trajes que estimaba a muerte,
muchos enemigos que fueron mi familia.
Por eso, yo he tendido
a no lavarme el rostro con frecuencia,
a coser mis prendas hasta lo último de vida
y seguir con ellas sobre mi cuerpo.
Yo he tendido
a acostarme con decenas de mujeres
sin mirarlas a los ojos,
a observar mis baratijas con ahínco.
Yo he tendido a la cosificación de las personas.
Yo he tendido
a la personificación de las cosas.
Y sólo me arrepiento de contarlo.


Versión desfigurada

Yo soy el amor
y propongo un fortín para el vacío,
una aceptación y un acierto.
Yo soy el amor sin manos, sin pies
y sin mirada. Por ello,
tendremos que coser la noche
sin abrir la puerta
ni encender la luz. Propongo
ese encierro eternamente,
sólo para hablarte
de que yo soy el amor

y fuera de mí hay sólo un cuerpo.


Gratitud

Y cuando me amanecí por primera vez
mirando las nubes,
tuve la sensación de haber muerto.
Estaba sólo borracho
pero seguía muerto.
Y cuando el cuerpo ya no pudo,
no cambiaron las paredes de mi cuarto
ni el alma de las cosas personales,
sino sólo parecía que la luz no bastaba
para alumbrar las ruinas del espejo,
las fotografías y el llanto de mi conciencia
cuando mi madre me apuntaba con el dedo,
cuando mi madre, por primera vez,
se había amanecido

esperando que regrese.


Danzante

Hay borrachos anónimos que bailan
para darse un respiro,
espontáneamente.
Y los hay como Bukowski:
danzantes de tiempo completo
que escriben de pie en las noches
y aparecen en los diarios de la mejor mañana.
No son para imitar.
Pero hay gente que aspira redimirlos,
entregándoles sus bailes
en madrugadas prometidas.
No entienden su profundidad
ni su mensaje. Y lo retuercen
como un paso de salsa en el huaino.
Les queda fundamentarse en él
mencionándolo en un muro de piedra
que la piedra borra.
Bukowski no lo hubiese deseado.
El genio jamás quiere regresar

encarnado en quien pierde el paso.


Abandono

Adiós, Poesía.
Voy por el camino de los muertos.
Y ya no extraño las rarezas
de la retórica. Ni la escarcha.
Ni el pleito con otros demonios
que no sean yo: el yo insaciable.
Adiós, Poesía.
Ahora soy ausencia pura
para la lejanía de un poema

que escribí vilmente.

"Oscilación" de César Boyd - Relato premiado en el Concurso Regional de Cuento 2006

Oscilación



Rita se enamoró de un belga que la humilló, por eso lo maté. Me refugié algunos meses lejos de la ciudad para encontrar explicaciones. El arrepentimiento nunca llegó a mí. Estar entre paredes me recordaba a ella. Tenía una ventana cerca para observar si la policía aparecía o rondaba la zona. Siempre existe una oportunidad de fugar en medio de la confusión. Fumaba hasta la mitad de un cigarrillo, pues era necesario condicionarme con sólo algunas inhalaciones de tabaco con la esperanza de que mi tos cesara. Los nervios sobrevivían en mí y agrandaban mis dificultades. No pertenezco a este sitio, repetía con ira, quiero andar y frecuentar los cines, los parques solitarios de los alrededores, la casa de los padres viejos; pero estuve ahí, abriendo latas de comida chatarra para saciar mi hambre. Necesitaba a Rita dándome las gracias por haberle salvado su honor sin importarme el precio. Pero en el fondo, nunca esperé recompensa de ella. Bastaba que él yaciera fuera de este mundo para tratar de encontrar en mi existencia la felicidad esquiva.

Dejé atrás los autos de la autopista principal. No esperé nunca una detención policial ni una amonestación de mi conciencia. Controlaba el volante con una mano, y con la otra sostenía un cigarrillo apagado que no me animaba a encender: era una pugna desesperante ante dos hechos paralelos. Me detuve en una esquina cuando ya tenía enfrente la casa donde iría, bajé del vehículo, extasiado al cerrar la puerta, al caminar sin prisa y enfrentar la frialdad de las personas que miran de frente, o pisan la misma acera esparcida hasta el horizonte del fondo de la calle. La gente no notaba mis ojos. Y para ese momento ya tenía el arma a la altura de la correa. La agitación de mi cuerpo no me detuvo al traspasar las escalinatas. Tomé aire y seguí subiendo al departamento de la víctima. Pateé al gato del pasillo que desprendió un maullido para perderse escaleras abajo.

Lucía, amiga de Rita, trató de detener siempre sus manías, y nunca pudo hacerle cambiar esa idea arraigada de intentar una aventura. Cada vez que se acordaba de su tropiezo ingenuo, se contenía para no maldecir su suerte de amiga irresponsable. Se echaba la culpa y correspondía a mis ideas de venganza. Me acaloraba la mente con su voz corajuda, sin duda concentraba el odio puro de una mujer herida. Lucía me habló de cómo Rita fue cautivada por el belga. Lo conoció a través de Internet, luego hubo ofrecimientos de viajes y someros lujos que también en un comienzo llegaban a sus oídos como una melodía diferente, seductora. Rita sólo fue sincera con sus impulsos, y partió con el extranjero a un lugar extraño, así fue desencadenándose el afán de llegar a lo alto de no se qué montaña de placeres, que iban cayendo día a día como también el anhelo irreparable de su ilusión.

Las escalinatas se quedaron varios metros atrás. Al forzar el picaporte, una llave alcanzó el suelo, y despertó el interés del dueño que al salir súbitamente ya no pudo parpadear. Tenía el revólver en la frente y una sensata súplica llegaba a su boca. Luego, la desesperación no le hacía articular palabra alguna. Alcanzó a decir ¿por qué? antes del balazo final, después sólo caía su sangre por el piso de madera. En tal silencio, se oían las goteras de algún cuarto de lavado que confundí con la habitación principal de la víctima, pero luego la encontré más adelante mostrando un desorden sospechoso de esconder algo, como un laberinto condicionado a distraer las atenciones.

Mi vago recuerdo de Rita estaba en la universidad. Después de las seis de la tarde se dejaba ver por los salones casi vacíos. Era un alma que acumulaba soledad para sentirse intrépida tras esos rasgos tiernos de mozuela. Nos quedábamos a observarla con otros compañeros porque era una necesidad imperativa, y siempre contábamos con algunas monedas sobrantes para cambiarlas por cigarrillos o por galletas, de esa forma resistir todo el peso de la tarde, tanto es así que habíamos adelgazado, y tal vez Rita lo había percibido para mala suerte nuestra. Fue una de las últimas tardes cuando me acerqué a ofrecerle un chocolate. Viéndola de cerca, se notaba emocionada, no sólo porque su atractivo había crecido, sino por su encanto apabullante al tratar de justificar su rostro feliz, pues me decía gracias y me contagiaba el hilo de su alegría. Mis compañeros a lo lejos trataban de reproducir un gesto brutal de satisfacción. Yo entendía por qué sus manos movedizas iban dejando júbilo en sus cuerpos, pues como el mío, sabían de donde venía esa gracia, sabían aferrarse al júbilo cuando era necesario hasta echarse a llorar por amor. Rita nunca me contaba del belga. Pero yo suponía que ese individuo era una razón suficiente para expresarse como lo estaba haciendo, para dejarme colgado de sus labios al articular vocablos simples, sin razón a veces, sin consistencia, aunque con la palabra sola de su boca que tal vez todavía deseo tener para mí.

Ya superado el caos del cuarto donde posiblemente llevó alguna vez a Rita, y asumiendo mi imaginación descabellada, en uno de sus cajones, encontré un sobre cerrado. En ese momento, leí la prueba más importante que culpaba al asesinado con el tráfico de mujeres. Embolsé el documento. Necesitaba recolectar indicios que a Rita le serían de valor para sus denuncias, aunque nunca se concretaron. Sonreí como lo haría un sicario frente al espejo. Tuve tiempo de limpiarme un rastro de sangre, luego caminé. El auto esperaba en una esquina.

Rita fue la joven de la fotografía en la cómoda del cuarto, que en ocasiones solía retirar para no hacerla presenciar el amor con mujeres de la noche. Ella a veces se iba reproduciendo en mis pensamientos. Su retrato estaba vivo en la luz de una tarde, especulando tristeza furtiva, la cual nunca brotó cuando yo estaba cerca. Rita era baja de estatura, sin embargo llegaría a besar mi boca sin dificultad, al menos eso intuía por esos tiempos. Mis desenfrenos eran perennes y a Rita le asustaban. Al menos, eso dejaba entrever cuando se escabullía en la noche para no tener que rechazarme una invitación a algún sitio de moda por ese entonces. Supuse que en el belga ella encontró la docilidad nunca percibida en mí, aunque se equivocaba. A pesar de yo poseer un espíritu rebelde, tenía el impulso de ser frágil en ciertos momentos. Pues podía dejarme llevar por las cuestiones extrañas de los románticos, previa autorización de mi hombría o de mi lucidez.

Mi tranquilidad no me duró. Conducía el vehículo con temblores en el cuerpo, tal vez cambié de ánimo cuando pude deducir que el asesinato me alejaría de Rita para siempre. Llegué a la casa de Lucía y toqué el timbre con cierta paciencia. Mis intentos de esperar me traicionaban porque empecé a tocar la puerta con constancia. Lucía asomó la cabeza por el balcón y me miró como si ya supiera todo, pero luego sonrió; bajo enseguida, me dijo. Al conversar con ella me notó nervioso; no es nada, contesté. Le entregué el documento, estaba ajado y presentaba rastros de haber sido muy utilizado. Dale a Rita esto cuanto antes por favor, ella lo necesita; le dije. No contesté sus preguntas curiosas, aunque deseaba hacerla mi cómplice, al fin y al cabo, ella tuvo que ver indirectamente en esta determinación. Pues acondicionó mi valentía para poder imponer la justicia que Rita merecía sin contemplaciones.

El belga la golpeaba constantemente sin reparo. Rita soñaba en demasía, por eso creía en los príncipes lejanos de los cuentos o en los poetas de los libros. Ella fue llevada a Europa con sonrisas y fantasía, se regresó con tristeza y humillación. Su partida del país ataviaba los rostros de sus amigas y sus esperanzas. Una vez que pisó el Viejo Continente la historia cambió. El belga tomó un taxi de un servicio especial —me contó Lucía—, atravesó la ciudad y para ese momento su rostro se transformó. Su monstruosidad emergió de súbito en pleno auto, dirigiéndose quién sabe a qué lugar de sordidez y claustro. Una vez en una casa amplia, donde el personal de seguridad se comprendía en gran número, se acercaron dos mujeres que al parecer servirían de guías. Rita asustada le preguntaba al belga a dónde la llevaban, pero él sólo le respondió, con un pésimo español, que acompañara a unas señoritas, amables y risueñas, hacia la habitación correspondiente. En aquel momento de ese día terrible, sólo por una inclinación de fe, a la mente de Rita llegó el ligero pensamiento de empezar a tratar a una cultura distinta, a pasatiempos europeos, a costumbres marcadas, a rigurosos horarios y distracciones. Sin embargo, luego se dio cuenta que la posible bondad de esos lugares sólo era un sueño más, una imagen engrandecida de algo ínfimo. Rita maldecía la sombría decisión de haber llegado hasta ese túnel, extrañaba cada calle y cada voz de su país. Estaba acorralada, y luego lo único que llegó a maquinar todo el tiempo era la forma cómo escapar.

No le di más explicaciones a Lucía. Fue la última vez que la vi. Conduje hacia mi casa para empacar algunos objetos de valor e invalorables. Me permití abrir una botella de licor y pensar en el cuerpo del belga. No me sentía satisfecho. Decidí retornar a su habitación para acomodar sus restos en alguna parte invulnerable. Regresé al vehículo y aceleré, en pos de algo más que ocultar alguna prueba, deseaba no haberlo hecho con mis manos. Y en una esquina ocurrió lo previsto: un policía me detuvo y en el pecho me dio un temblor de culpabilidad y miedo. Está usted muy apurado, me dijo al bajar de su moto. Después de tratar de justificarme, pude meter mi mano al bolsillo y sacar un billete de cincuenta. Me lo aceptó. Avancé para evitar su arrepentimiento y sospecha.

En la misma esquina, bajo las mismas circunstancias, también con el arma lista para una reacción de defensa en un supuesto caos venidero, me dirigí a la habitación del belga. En el pasillo no había felinos entrometidos y las escalinatas estaban más densas. La puerta estaba semiabierta como la había dejado, para buena suerte la sangre no siguió el curso de la salida. Arrastré al muerto hacia lo que fue su habitación para después cerrar la puerta. Limpié la sangre final: las últimas pruebas estaban extintas. Casi a punto de cerrar la puerta principal, un hombre se detuvo frente a mí. ¿Está el belga en su casa?, me preguntó. También lo busco y no está, le respondí. Cerré la puerta fuertemente para que no pudiera entrar. Hasta luego, le dije. Bajé con velocidad las escaleras, tan rápido que no pude notar si ese hombre estaba detrás de mí a punto de detenerme y culparme de todo.

Antes de saber que el belga había retornado al país por boca de Lucía, y que lo habían visto con descaro en la misma habitación donde se alojó cuando llegó para encaminar a Rita a Europa, busqué a la desdichada por todos los lugares. Algunos me afirmaban que nunca había retornado del Viejo Continente, otros sólo me consolaban con decir ha de estar bien, tal vez necesita estar sola. Recorrí sus centros de diversión preferidos con la esperanza de mirar otra vez sus ojos, aunque sabía que su sonrisa podía ya no ser la misma o tal vez ni sus ojos; y ni siquiera su música predilecta (tan conocida por mí) la estaría transportando a donde la noche también la llevaba: la fantasía. Mis tensiones aumentaron en proporciones escalofriantes, y mi desesperación me condujo a insistirle a Lucía que me revelara el paradero de Rita, sin embargo ella decía ignorarlo, por momentos le creía; y adjuntaba a mis dudas una tranquilidad fingida, necesaria. Para al menos mantenerme tranquilo, Lucía me confirmó algo: Rita no quería ver a nadie. Ella se había fugado de aquel lugar con la ayuda de un compatriota compasivo que asistía a esas esferas de las noches europeas. Ese hombre le dio dinero y le facilitó las circunstancias para su regreso. Lucía no me dijo nada más, pero no fue una “tumba” después de todo.

El cadáver lo encontraron después de algunos días. Leyendo algunos diarios, que compraba muy temprano para impedir que me vean, supe de las investigaciones hasta ese momento. Existían dos sospechosos. No me mencionaban. Al parecer el belga tuvo muchos enemigos, prestos a reacciones de desquite. En plena mañana de desazón, la noticia invirtió mis ánimos. Tomé desayuno, acto que había olvidado en todo este tiempo. Leí la noticia una y otra vez para convencerme con más fuerza de las afirmaciones que constaban. Me decidí salir a caminar sin remordimientos en el rostro. Cómo ansiaba ver a Rita.

Los vidrios empañados por mi aliento oscurecían el interior de la ventana mientras acercaba mis ojos. Una mano levantada al fondo de aquella sala me demostraba amistad. La originalidad del gesto de cortesía me transportaba a una juventud de pasatiempos frívolos y dulces. Traté de concebir esa figura difusa sobre la silla, la cual convergía nítidamente con la música. Era una mujer, se dejaba ver las pantorrillas entrecruzadas y su vientre frágil. Pero fue su forma de vestir lo que me acercó cada vez más a recordarla; lo suficiente para llegar a pronunciar hasta su nombre, que creí perdido en esa tarde musical: Rita. Al reencontrarme con ella también lo hacía con su historia y con su especial desaparición de mi vida. Dio pasos lentos para saludarme. Le mentí cuando le dije que estaba igual de hermosa. Noté que necesitaba esas palabras como nunca, sin embargo no me creyó. Jugaba con sus manos en señal de nerviosismo, pero en el fondo sabía que estaba tranquila, conversándome de los viejos amigos que por alguna parte del mundo andaban, riéndose de lo vacía que es la vida sin ellos y de lo trágicamente necesaria con ellos. Verla de nuevo me pareció injusto, aunque constituía una dicha siniestra de la vida. Tal vez en ese momento me permitiría confiarle los secretos de todo este tiempo, los más sórdidos y los más fútiles. Entonces cuando le pregunté cómo había llevado sus años y sus trajines, me dijo: un belga se ha enamorado de mí, me caso el mes próximo.

"Fraternidades en el séquito" y "De sangre" (relatos) - Por César Boyd Brenis

Fraternidades en el séquito


La carta ha ingresado bajo la puerta hasta separarse veinte centímetros del umbral. El elemento extraño que la arrojó, no dejó sombra alguna. A varios metros, yo leía a Böll, sentado, al principio sin inmutarme. Luego me acerqué a levantarla del suelo. Las palabras escritas a mano mostraban apuro y vehemencia. No eran amenazas de ningún tipo —como creyeron muchos que ocurriría—, sino una penetrante declaración de amor que me sorprendió. Una desconocida me pedía que nos reuniésemos fuera de la ciudad, cerca al Río Seco. La esperanza de una posible aventura me hizo proceder. Dejé el libro que a partir de ese día no volvería a leer. Me acicalé antes de llegar al patio, donde escribía en tiempos de calor. Me monté en la bicicleta y emprendí marcha. Atravesé las calles por varios atajos. Tuve un arribo sosegado. Tumbé mi movilidad al suelo arenoso y me senté en una piedra gigante: el río seco las tiene en abundancia. Leí la carta otra vez. Los sembríos cercanos me ayudaban a suspirar. Una pareja de novios se aproximaba cogida de la mano. Entre ambos, la mujer la noté un poco tosca. Parecía hombre. Y mientras más se acercaba, más lo parecía. Sólo a unos metros de distancia, en un acto sorpresivo, se abalanzaron contra mí. Con destreza, sacaron dos varas de fierro. Me golpearon la cabeza hasta dejarme en coma. Por un instante de suerte y misericordia, varios campesinos impidieron lo peor. Los maleantes huyeron al oírlos gritar enfurecidos. Horas después terminé en una clínica, casi sin esperanza de vida para alegría de algunos. Ahora, frente a Matilde, y todavía resentido, estoy seguro por tanta advertencia no escuchada que el objetivo era mi muerte.

Matilde sigue siendo hermosa a pesar de sus años, por eso la he observado con detenimiento. Quizá trae a cuestas una u otra cirugía que la eleva. Viste a la moda y va al gimnasio. Usa blue jeans para dibujar su figura, sus encantos indudables; y lentes oscuros para tapar sus madrugadas, sus densas ojeras, sus ojos verdes. Tiene el cabello suelto casi siempre, es un castaño claro que cae ensortijado debajo de los hombros. Habla poco. Lee poesía, generalmente los clásicos. Es contradictoria: una géminis perfecta. Sin embargo, hasta ahí la conocen los demás. Yo quise ir más allá. Pero por resolver parte de esa curiosidad tentadora, terminé, contra mis méritos, postrado en una cama de hospital de quinta.

La historia de Matilde me la contó mi madre. Eran amigas. Su relato casi fue como en un confesionario, con absoluta privacidad. Por ansiedad profesional rompí el secreto. Tuve que publicar, desquiciado y engolosinado, dicha vida turbulenta. Soy periodista, necesito noticias, me pagan por una primicia buena, y mucho más por una excelente como esa, donde dije (entre tanto más) que la tal Matilde estuvo casada con un corrupto, un secuaz de la antigua dictadura. Con tanta rica materia prima, nunca iba a dejar de publicar esa historia, ni siquiera por tratarse de ella, es decir, de la amiga de mi madre. Sé de la peligrosidad que implica investigar a los corruptos. Así que, las advertencias estuvieron sobrando. Sin embargo, soy tajante, no perdono ni siquiera a mi padre (a este mucho menos). Matilde sabe de mi carácter, aunque también de mis sensiblerías. Por ello, para que yo la mire con buenos ojos, para llevar la fiesta en paz, acordó una salida nocturna. Fallé en confiarme.

Mi madre me forzó a acompañarla en esa noche de descubrimientos, en esa dichosa salida. Un encuentro de esa naturaleza era sinónimo de tomar unas cervezas en un bar casi elegante. Y así fue. Nos sentamos y Matilde pidió la mayor cantidad de alcohol para una fraternidad de esas características, con promesa de amistad. Matilde me presentó a su hija de la forma como se presenta un útil obsequio. Lo tomé como un dulce soborno. La susodicha había llegado recién del Viejo Continente toda una profesional. Diana, me contestó cuando le pregunté su nombre. Era de mi edad. Esa noche vestía una minifalda exacta, tenía las piernas tan hermosas que me hubiese tomado la molestia de no publicar nada si es que ella me lo pedía. Nos caímos bien, pero se notaba que Diana no entraba en el juego. Matilde se percató de esa debilidad. Entonces actuó por su cuenta, con esa extroversión intimidante. En un momento de la noche, mi madre y Diana se pusieron de pie, partiendo no sé a qué rumbo. Me quedé a solas con Matilde. En un acto sorpresivo y dulce, aunque enloquecedor, me tocó con suavidad desde la rodilla hasta la entrepierna. Ahí se detuvo. Fue un episodio de inspiración cuando movió sus dedos, allí mismo, durante un minuto, tal vez más. Ya no pude contabilizarlo en mi extasiada mente, sólo dejé que continuara el sabor de la explosión, que llegó a concluir debilitándome el cuerpo. Desde ahí no estoy tranquilo. Sus dedos de señora experta me perseguían en los sueños. Hasta que después, sólo me persiguió esa supuesta aventura que tuvo con mi padre. Me sentí traicionado. Por eso la hundí en el artículo: una arpía que busca favores de los poderosos. Y eso incluye a su esposo muerto.

Por toda mi investigación, hubo un momento que sentí que merecía un Pulitzer. Y en resumen, lo ocurrido con el marido es de un vasto interés público. En el tiempo de la dictadura, los paramilitares lo eliminaron por un ajuste de cuentas. Eso no se sabía hasta que aparecí en escena, con mi artículo y mis irónicas conclusiones sobre él y ella. Posteriormente, Matilde se hizo rica y mandó a su hija a Europa por estudios, aunque en el fondo, fue por alejarla de los malos vientos que traen las fortunas sospechosas. En la actualidad, tal vez la dictadura sólo ha cambiado de forma y de nombres, entre ellos, el de mi padre.

Nadie debió suponer que yo terminaría, en ese oscuro bar, en ese solo día de diversión, apasionándome por Matilde, nada menos que por la amante negada de mi padre. Me iba a su residencia y recogía a mi madre sólo por verla. Me sentaba en su sala, a veces cogía de su biblioteca sus libros de poesía, los clásicos sobre todo. Todos tenían el sello de su esposo muerto. Pensé en atraparla con un poema. Pero me evadió todas las veces. Quise convencerme que aquel acto nocturno de erotismo no había sido en vano, aunque ya no pude seguir engañándome. Me sentí utilizado. Y quise advertirle que conmigo no se juega. Su error fue sentir que me tenía comprado. Por tal motivo, la última vez que la vi en su casa, le insinué que estaba preparando una sagaz investigación sobre la corrupción en la dictadura y sus secuelas, y que caiga quien caiga se tendría que saber. Pero pareció no importarle. No aguanté su alejamiento, su seguridad de señorona rica. Y con la publicación del artículo, le demostré que el poder más importante de todos es el periodismo, incluso más que el de mi padre, y más del que tuvo alguna vez su esposo muerto.

En los días posteriores a la publicación anduve tenso. Me sentía ensimismado. Mis colegas periodistas siempre me advirtieron sobre las consecuencias y los peligros. Gané respeto. Cambié la pasión por el respeto: un gran trueque para un aspirante al Pulitzer. Mi madre ya no salía con Matilde. El camino del diario a mi casa lo transcurría con mucha cautela. Me crucé un par de veces con la hija de Matilde. En ambas oportunidades le desvié la mirada. Pero en la segunda vez, se me acercó. Eres igual a tu padre, comenzó diciendo. Le advertí que no me iba a retractar, así quiera entregarse en esclavitud. Sin embargo, no era eso lo que quería. Me contó que mi padre la había enamorado en uno de sus viajes a Europa, y cuando regresó, se dio con la sorpresa que había frecuentado a su madre, descaradamente. Era la primera vez que escuchaba esa noticia y me cayó de sorpresa. Cuando llegué al diario, al comienzo le di importancia al asunto. Sin embargo, en el transcurrir de los días, pensaba cada vez menos en esos dilemas. Me fui olvidando de todo. Creo que los agresores olieron mi olvido. Por eso cuando llegó esa tarde de la carta de amor, me encontraba demasiado confiado. Como todos los días, la carta llegó mientras leía una novela, en esa oportunidad una de Böll, en la comodidad de la mesa. El resto es historia.

Después de varias semanas de la golpiza, Matilde me visitó en el hospital. Me encontraba echado en un colchón terrible. Estaba solo. Me sorprendió su súbito ingreso. Nunca me pidió que me retracte. Sólo intentó demostrar que sentía mi dolor a través de una cara triste. En ese momento, no supe si esa Matilde era en realidad la misma de las manos envenenadas del bar. Me dijo que siempre la había atraído. Poco a poco, como un necio, un nostálgico, le empecé a creer, y pensé con seriedad en retractarme públicamente, en limpiar su honra. Esa mujer me seguía apasionando y yo seguía siendo un sensiblero. Cerró la puerta del cuarto con seguro. Por las enfermeras chismosas, me dijo. Se sacó los lentes oscuros. Sus ojos verdes se veían más penetrantes. Me cogió la rodilla y fue subiendo su mano hasta el corazón del placer. Me besó de una manera extravagante, no percatándose de mis terribles dolores: secuelas intactas de su venganza. Paré de golpe. Recordé que ella era la culpable. Le reclamé con furia. Se escuchó en todos los pasillos mi voz maldita de periodista herido. Las enfermeras tocaron la puerta con insistencia. Yo le seguía gritando, mientras ella negaba su culpa. Y la puerta seguía sonando, cada vez con más fuerza y con voces reclamadoras que pedían abrirla. Tal vez fue por presión, o porque nuestras edades separadas empezaban a entenderse, que me contestó, temerosa, en una sinceridad súbita: fue él, lo hizo cuando le dije que quería acercarme a ti. Imaginé quién era. La puerta se abrió por un golpe fortísimo. Mi padre entró maldiciendo, decidido, empujando a las enfermeras, con rostro furibundo, respirando velozmente, y en su mano levantada llevaba un revólver.





De sangre



Ha llegado la hora de decir adiós, afirmé, más como propuesta que como sentencia, y ella sugirió lo mismo, por eso se deshizo el grupo.


Habíamos tocado en los bares con letras de poesía barata y música de tres acordes repetidos. Incluíamos los clásicos como una especial manera de fortificar lo remoto y llorábamos en escena sinceramente por el pasado que era recíproco con nuestras intenciones, pues nos acondicionaba legados de ritos espléndidos, de monerías rítmicas, de gritos satanizados por los púdicos.


Ella fue de la idea de juntarnos cuanto antes y sus ánimos convencían al más provisto de sentido o al más corriente de los seres. Acepté la propuesta una noche cuando salíamos de la universidad en dirección al parque donde se juntan los jóvenes a empantanarse la vista con mala literatura. Los que nos veían juntos, presentían el poder de nuestras auras rodeando el Parque Norte. Teníamos síntomas de drogarnos mucho, aunque nunca lo hubiésemos hecho, y el rock sólo caía a nuestras mentes como una excusa coqueta para conversar de la humanidad o de la vida futura.


En aquel restaurante donde se deshizo el grupo, el Tigre trató de impedir que la discusión se prolongara, pero yo no lo entendí así y lo miré para que enmudeciera. Me puse de pie y abandoné la mesa dejando una moneda sobre ella como hubiese dejado un escenario en la última canción del concierto. No sabía en realidad dónde me llevaban mis pasos por la calle El Libertador, aunque sí sabía que el grupo se iba al infierno por las permanentes fallas.


Alguna vez, ella falló en pleno “cóver” y dibujó una sonrisa de arrepentimiento. Yo la critiqué cuando nos dirigíamos al Pantano —así le decíamos a la casa del Tigre— y ella tirando la guitarra roja con la etiqueta de Zeta, se largó y nos maldijo con un dedo levantado. Por eso, cuando el Tigre trató de impedir el reparto de insultos en el restaurante, no quiso recordar esa ocasión en el Pantano porque sabía que yo trataría de devolverle la maldición con una mentada de madre, pues si mi hermana alguna vez me dijo para formar un grupo debía de saber que mis explosiones son furibundas.


Ella es mansa cuando se enamora, pero al salir detrás de mí empujando la puerta mal trecha del restaurante, sabiendo que su novio observaba todo en la mesa central, se enloqueció por alcanzarme cuando yo cruzaba la calle El Libertador. A la mierda, dije, déjame en paz, Mercedes de mierda. Mi hermana no había escuchado su nombre de mi boca desde hace 10 años, eso la hizo cambiar su rostro a mi pobre hermana Memé. Las cosas no son así, Memé, no tienes que ser tan caprichosa. Sé que trabajar con la familia es jodido, pero debes ser más prudente. No sé por qué su cara de arrepentimiento de siempre me pareció tan distinta. Fernando, estoy con un ánimo de los mil diablos… es que…es que…te voy a confesar que estoy embarazada, se excusó. Mis sospechas de una posible bomba de tiempo se habían cambiado por certezas, y lo único que debía hacer es ocultarle la verdad al pobre Tigre que siempre había amado a mi hermana. Quiero abortar, me dijo, sé que el grupo se acabará si el pobre Tigre se entera, ya sabes cómo es él, y además Humberto no querrá hacerse cargo, y tú… amas al grupo.


Mi hermana hizo que regresara al restaurante por pura obstinación y que le propusiera al Tigre el rompimiento del grupo, e hizo que conversara con Humberto —su novio—, que no terminaría por aceptar ninguna responsabilidad, eso más adelante fue lo que le costó su brazo roto.


Yo podría asumir al niño, sugirió el Tigre. Entonces él encontraría una razón para acercarse a mi hermana y cargar la culpa de la paliza a Humberto. Mas no se lo permití. Deshice el grupo antes de conocer la verdadera historia de mi hermana, dicha por el propio Tigre que me confirmaría la incontrolable vida sexual de Memé. Por eso no tuve alternativa más que lastimarla hasta cansarme. Si tan sólo se hubiese callado, no me encontraría en un manicomio indefinidamente. Ese Tigre siempre gana, hasta cuando en el restaurante, todavía dudoso me miraba y terminaba su vaso de cerveza, para luego empujar la puerta y perderse por El Libertador como una tranquila canción en el último acorde.

martes, 10 de enero de 2012

"La inversión de causa" - Por: César Boyd Brenis - Diario "La Industria" (27/12/11)



La sociedad ha hecho una lectura invertida de la Navidad. El motivo de esa alteración (de ese día puesto de cabeza) puede tener orígenes consumistas y/o paganos. Pues se debe saber que...
1. La Navidad no es el día de la familia.
2. La Navidad no es el día del niño.
3. La Navidad no es el día de la cena pascual.
4. La Navidad no es el día de la amistad.
5. La Navidad no es el día de la paz mundial, etc.


Muchas de esas celebraciones ya tienen otras fechas del año que las recuerdan, y no cabe duda que sean importantes. Pero entonces ¿qué es la Navidad? Sencillamente, es el cumpleaños formal de Jesucristo, y a través de este hecho —de este acontecimiento fundamental en la historia humana— es que viene todo lo demás: familia, amistad, paz, etc. He ahí la inversión de causa que la sociedad ha establecido.


Si tendríamos que hacer una lectura no consumista de la Navidad (¡consume amigos!, ¡consume "amores"!, ¡consume bailes!), tendríamos que empezar por acordarnos en primer lugar del cumpleañero y, seguidamente, de nuestra relación con Él. Pues cabe añadir que esa relación acarrea, sin pensarlo, nuestro contacto con el prójimo. Es decir, cuando alguien le dice a otra persona “¡Feliz Navidad!”, debería estar diciendo en su corazón: “¡Acuérdate que hoy nació Jesús!”; pero si no es así, entonces ha comenzado mal. Pues es preferible el silencio que una felicitación sin fundamento real, sin causa apropiada y sin explicación de fondo.


Cuando las personas no tienen en claro esto, entonces suplen ese vacío con tantas actividades “navideñas” que está demás mencionarlas, porque se conocen de memoria. Pero cuando sucede lo contrario, nace algo imperecedero y absoluto; y el compartir en la mesa, la tarjeta de Navidad, el abrazo, el regalo, tienen otro significado, otro propósito y otra fuente: Celebrar al niño Jesús.


He conversado con tantos amigos desde hace semanas, incluso con mi esposa, y decíamos todos —me incluyo— que este tiempo de Navidad es triste, por el motivo principal que uno rememora la niñez ya perdida o la inocencia que sólo ahora es un recuerdo. Y después de este 25 de diciembre me di cuenta, en realidad, qué estaba faltando y en qué estábamos fallando. Y es que todos nosotros partíamos del ego, del “yo” como principio de un espectáculo, como protagonista de un festín de obsequios y abrazos; y no partíamos —porque así hemos crecido, así nos han enseñado— de que ese día el ser humano ya no es el ser humano de siempre, sino que alguien vino a rescatarnos del hundimiento del pecado. Y ese Ser que no nació el 25 de diciembre —pero que ese día se recuerda formalmente que “habitó entre nosotros”— es la más grande invitación a la paz interna, a la unión familiar, a la esperanza muchas veces perdida, a la felicidad destruida por el ego, al rompimiento con una costumbre sólo mercantil.



Los 25 de diciembre próximos no serán los mismos para mí. Y espero que tampoco sean los mismos para todos los creyentes, pues cuando el centro de todo se ubica, las periferias se alinean y las voces internas ya no son de nostalgia, sino es futuro, designio, esperanza y resplandor en el nombre de un Salvador por antonomasia: Cristo.

viernes, 16 de diciembre de 2011

"La Internet versus la biblioteca" - Por César Boyd Brenis - Diario "La Industria" (15/12/11)



Padres, no se engañen: no es lo mismo. Desde la aparición de Internet —como supuesto instrumento omnisciente— lo que ha sucedido en la educación no es un hecho de “reemplazo”, ni un cambio de variable algebraica (Internet por biblioteca); sino más bien, se ha llevado a cabo la institución de un conjunto de creencias que la tecnología ayuda a imponer y las expectativas humanas quieren agudizar.

La creencia que la tecnología mejora el aprendizaje no es cierta en su totalidad. Si Internet facilita los negocios —incluido el triste negocio de la educación—, no está siendo efectivo tal como se había esperado con la labor de enseñanza-aprendizaje, sino más bien está llevando a los estudiantes a senderos peligrosos: el plagio (la actividad de copiar-pegar tal cual se encuentra un texto), el escamoteo (extraer varios párrafos de diferentes trabajos intelectuales y presentarlos como suyos), el vicio tecnológico y, por último, el acto de “hacer el mayor esfuerzo en no hacer ningún esfuerzo”, como lo describiría el polígrafo Marco Aurelio Denegri.

No hay dicho popular más aplicado a este problema como el siguiente: “Internet te facilita todo” (otra creencia arraigada). Pero la educación no debe “facilitar” tan abiertamente en el sentido ocioso de la palabra. Pues el proceso de aprender es un camino arduo, agotador, donde se necesita concentración, entrega e inclusive amor. El fin último de la educación es crear ideas, superar complicaciones, formar personas de bien; y esto se consigue con esfuerzo y pasión, no con rapidez y embotamiento.

Las bibliotecas dan, hasta ahora y sin reemplazo, una mejor idea de lo que es la “dificultad” del aprendizaje, que conlleva al estudiante a la satisfacción de haber hecho un buen trabajo, a sentirse orgulloso de él mismo por haber superado un agotamiento que, en el fondo, es también un aprendizaje del buen carácter y de su función como ser humano en camino a su madurez, en tanto ayude a fortalecer el ideal de vida, de aquella vida dura pero susceptible de ser asumida y superada.

¿Por qué la biblioteca supera a Internet? A parte de agotar las vistas —al pasar horas frente a los dañinos rayos de la computadora—, este instrumento de la modernidad está plagado de errores ortográficos, de sintaxis terroríficas, de anzuelos peligrosos. Estos últimos podrían justificar, indiscutiblemente, la supervisión imperecedera de algún tutor que siempre acompañe a los alumnos a utilizar los beneficios de este instrumento, como lo es el correo electrónico para el envío de trabajos, el Facebook para compartir intereses y pensamientos, el Wikipedia, entre otros.

La biblioteca es y será siempre el lugar que representa el estudio por excelencia, es un ambiente de silencio, es un reducto colectivo donde uno hace de la investigación un ritual compartido con todos los que la pisan; pues, implícitamente, se sabe que las personas que se dan cita a esas casas del saber, son seres sociales que desean compartir el interés por los libros, por la cultura, por la buena “dieta” diaria de lectura.

La manipulación de los libros, el abrirlos, deshojarlos, olerlos, remarcarlos, ficharlos, saborearlos, todo ello es una misa divina de la paz y el estudio, no comparada jamás con la abundancia escalofriante de Internet, que promueve el empacho informativo y genera la falta del esfuerzo necesario para saberse estudiante eficiente.