domingo, 4 de marzo de 2018

"Panfleto antipedagógico" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (04/03/18)

De Finlandia hablan todos los que más o menos les asienta la pedagogía actual. Pero pocos podrían contestar a la siguiente pregunta lanzada en una conferencia: “Si Finlandia es la mejor educación del mundo, ¿por qué en ese país existen la más alta tasa de alcoholemia y el índice más alto de suicidios de toda Europa?”. La respuesta no es un enigma, o al menos lo será para aquellos que basan el fenómeno educativo en el idealismo y la ilusión.

En los últimos tiempos, las reformas educativas en el mundo se han alineado a lo que la UNESCO —como organismo rector— y el examen PISA —como instrumento evaluador— han concluido en torno a lo que la educación debe ser en el planeta. Sin embargo, las consecuencias no siempre han sido meritorias. Es más, en muchos casos se ha empeorado terriblemente y con resultados irreversibles.

El profesor español Ricardo Moreno Castillo publicó en el 2006 uno de los libros más críticos que se han escrito del tema: “Panfleto antipedagógico”. En ese texto se pueden dar algunas luces concretas de lo que la educación se ha convertido por culpa directa de políticas con fundamentos hiperpragmáticos o extremadamente lúdicos. Todo apoyado en un principio ridículo: aprender a aprender.

El “aprender a aprender” es un genitivo replicativo, en la línea de ejemplos como “jugar a jugar”, “cantar de cantares” o “nación de naciones”. Todos esos casos resultan tener —en un agudo análisis— un vacío interpretativo, como lo pueden tener en Literatura las retóricas fofas de Gracián, que Borges observó. Pero no siempre el genitivo replicativo tiende a lo insustancial, sino que también existen casos coherentes, como “padre del padre” (abuelo).

A parte de esa falacia, el autor pone en evidencia otras más concretas. Para tal fin, divide al libro en diez capítulos, de los cuales se pueden rescatar: “Defensa de la memoria y los contenidos”, “La mentira de la motivación”, “La falacia de la igualdad”, “La falsedad de la enseñanza obligatoria”, entre otros importantes aportes críticos contra las palabras de los gurús hipócritas (o con buena fe) de la educación.

Defensa de la memoria y los contenidos

Hace cuatro años, el colegio donde trabajaba nos brindó una capacitación. En ella se planteaba —con gran convencimiento— que la formación era más importante que los contenidos, y si el maestro avanzaba o no con lo programado era intrascendente; pues el “proceso formativo” estaba por encima de los “temas” que podrían resultar innecesarios para la vida y el futuro del alumno.

Pero todo eso era solo en teoría, porque al fin y al cabo los temas se tenían que terminar en el plazo previsto. Las discusiones sobre este asunto quedaban en el aire, ya que éramos absorbidos por la burocracia y el ritmo del trabajo. Pero tuvieron que pasar dos años para que —en la lectura y relectura de “Panfleto antipedagógico”— pudiera encontrar un fundamento potente contra esos y otros discursos de moda.

Sin embargo, no ha sido desde hace cuatro años que se habla de que “la educación debe ser diferente”. Desde los años noventa —en mi etapa secundaria— ya escuchaba conjeturas inverosímiles como que “la memoria no sirve para nada”. Hace buen tiempo que esta última frase se ha convertido en un fetiche, que cualquier profesor “actualizado” adopta con el mismo rigor con que defiende el sagrado sueldo (esto último sin absoluta ironía).

Moreno Castillo afirma: “Una de las preguntas más absurdas que se plantean algunos pedagogos es si son más importantes los contenidos que la formación. Es tan falaz como preguntarse si para fabricar un cañón se ha de empezar por construir un agujero o mejor por el hierro que rodea al agujero”. Y más adelante agrega: “Formar a una persona sin enseñarle cosas es como pretender ordenar una habitación vacía”.

La mentira de la motivación

De este tema se ha escrito tanto y de tantas maneras —como dice la canción— que sería imposible encontrar nuevas formas de hacerlo. La mayoría de autores “motivadores” se han basado en lo que, en una conferencia, Julián Gómez Brea llamó “el fundamentalismo del éxito” (ideología que pretende implantar un “feliz” estado anímico constante y acrítico —e imposible— para cualquier circunstancia y en todo lugar).

El aula no ha sido ajena a este fenómeno “motivacional”, aunque no quitando que el profesor podría hacer de un proceso difícil algo más ameno. Pero no se le puede imponer al docente impartir su enseñanza mientras por decreto todos los alumnos anden felices y tengan en la mira lo “importante” que es su aprendizaje. Pues hay temas duros, aburridos y conllevan a inmensos esfuerzos, y la motivación aquí no suplanta un analgésico.   

El autor cita una frase de Unamuno tan oportuna como genial: “El maestro que enseña jugando acaba jugando a enseñar. El alumno que aprende jugando acaba jugando a aprender”. Así es, la educación no es un juego, y aunque esto sea una obviedad, parece que eso no lo toman en cuenta tantos pedagogos cuando quieren hacer de la educación un experimento de laboratorio o un circo ajustado al gusto de todos.

La falacia de la igualdad

Pocas escuelas se han perturbado con esta falacia. Pero las que están convencidas sin ningún criterio de que hay que dar la idea de que todos los alumnos son iguales, caen de inmediato en un callejón sin salida. El libro coloca un caso bastante común: “Casi siempre que se habla de la necesidad de subir el nivel de exigencia, sale alguien argumentando que eso atentaría contra la igualdad de oportunidades”.

Eso genera que la exigencia baje y que los profesores —a su vez— no se preparen ni les importe profundizar en sus áreas. Ante este vacío, llenan los temas con juegos divertidos de enseñanza, con distractores que escamotean la educación científica o con ideologías que confunden a estudiantes con seres “exitosos”, sin pretender ya dictar la materia sino jugar a educar, es decir, ya no ser profesores sino pedagogos (impostores).

domingo, 25 de febrero de 2018

"Genealogía de la Literatura" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (25/02/18)

En la actualidad, no existe un tratado de más obligatorio análisis —en torno al origen y génesis de la Literatura— que el capítulo tres del libro “Contra las musas de la ira” de Jesús G. Maestro; libro que ha dado un paso más allá de las teorías posmodernas del siglo XX y cuya inclusión en los estudios universitarios debería ser —a estas alturas— un hecho consumado.

Consciente de la importancia de su tratado, el profesor Maestro abre el capítulo con una frase dantesca: “Nadie ha surcado el agua que navego”. Pues a través de las décadas de teoría, “el agua de los otros” ha enlodado y oscurecido el tema hasta escamotearlo una y otra vez o —en su defecto— volverlo una patraña. En cambio, apoyado en el espacio antropológico del sistema de Gustavo Bueno, el autor encuentra una forma ordenada de dar explicación a este asunto, sin el cual ni siquiera se podría dar una definición exacta de Literatura.

El espacio antropológico, es decir, la realidad que envuelve al hombre, se divide en tres ejes fundamentales. En primer lugar se tiene el eje circular, el cual consiste en la relación que los seres humanos tienen entre sí. En segunda instancia se encuentra el eje radial, que implica la conexión que posee el hombre con el entorno inanimado. Y finalmente, el eje angular es la relación del hombre con la dimensión metafísica, es decir, con los númenes o los dioses (lo animado e inhumano).

A partir de esa clasificación, la Literatura se ha materializado en personas como los autores, los lectores, los críticos, etc. (eje circular); también se ha plasmado en tablillas, papiros, papel, etc. (eje radial); y, ha afirmado —para aceptarlos o burlarse— la sacralidad de sus contenidos (eje angular). En ese contexto, el tratado expone tres tesis: 1) la Literatura nace en el eje angular; 2) se desarrolla en el eje radial; y 3) alcanza su máxima dimensión en el eje circular.

Nacimiento y desarrollo

Desde Grecia, lo esencial de la Literatura es el racionalismo, a pesar que sus orígenes están dados entre saberes irracionales y acríticos. Pues la magia, el mito y la religión han tenido sobre ella una influencia capital. Es decir, a partir del eje angular, la Literatura se ha ido relacionando con la magia (la creencia numinosa), el mito (la creencia mitológica) y la religión (la creencia teológica); sin embargo, sobre la base de un entorno filosófico ha adquirido su independencia material.

A través de los siglos, la magia y el mito no han desaparecido, pero adquieren otras características, de carácter lúdico, que desde la crítica (es decir, desde la filosofía) llevan el nombre de “ficciones”. El concepto de ficción también es desarrollado ampliamente en el libro (capítulo siete), en donde derrumba muchas creencias ingenuas acerca de la definición del término. Maestro —en pocas palabras— la toma (a la ficción) como una realidad no operatoria, o sea, aquella que actúa hasta los límites de la obra, y no en la realidad del mundo (“nadie se puede tomar un café con el Quijote, aunque muchos creen que sí”).

Por otro lado, la Literatura ha ampliado su radio de acción con los materiales que han servido para propagar sus contenidos. Desde el papiro hasta el libro electrónico, la Literatura se empodera del eje radial e influye en las políticas editoriales y económicas, desde las cuales su desarrollo no podría explicarse.

Literatura y racionalismo

Lo realmente original de este tratado es la consonancia que el autor imprime entre la Literatura y la historia del racionalismo, vista aquella como la máxima expresión de este. Es decir, no se podría entablar un estudio coherente de la Literatura, sin un “mapa” que nos ayude a entender cómo la razón ha ido cambiando nuestra visión del mundo, sino solamente apelando en última instancia a la ideología, la teología o la seudociencia.

Esta especie de “mapa” se muestra en la imagen donde constan los tipos y los modos de conocimiento literario. Como se aprecia, a partir de la intersección de un tipo con un modo de conocimiento, resulta una especie o familia de literatura. A saber, son cuatro: Literatura primitiva o dogmática (tipo pre-racional y modo acrítico), Literatura crítica o indicativa (tipo racional y modo crítico), Literatura programática o imperativa (tipo racional y modo acrítico) y Literatura sofisticada o reconstructivista (tipo pre-racional y modo crítico).

El orden de aparición de estas cuatro familias no es arbitrario, pues siguen un patrón histórico muy preciso. La conexión de una con otra posee un sentido en su devenir. Solamente el crítico (el filósofo), desde la actualidad, puede interpretar no solo la intencionalidad del autor en su tiempo (emic), sino también la perspectiva presente de los lectores, autores en vida o de otros críticos (etic), apoyado en la dialéctica a favor de una separación objetiva de estas familias.  

Los libros de la Literatura primitiva o dogmática —en un inicio— no se concebían como “literatura”, sino como texto sagrado. La Biblia y el Corán no fueron escritos para ser literatura de ningún tipo, pues tuvo fines sacros y morales (sobrevivencia de un gremio o pueblo). Sin embargo, desde la actualidad, reúnen las condiciones para ser tomados como textos literarios.

Por su parte (o contraparte), la Literatura crítica o indicativa desmitifica o desacraliza el texto sagrado, y si toma númenes o dioses en sus contenidos lo hace para burlarse o reprenderlos. “El Quijote” es la expresión máxima de esta familia de literatura, pues Cervantes asesina todos los idealismos, burlándose de estos a través de sus locos y sus excesos (también recuérdese “El licenciado Vidriera”). Pocos se dan cuenta de ello, porque pocos han leído críticamente “El Quijote”, pues —como dice Maestro— “es uno de los libros más terroristas de la historia”.

La Literatura programática o imperativa toma como referencia a las ideologías, las seudociencias, las teologías y las tecnologías; pues su contexto político es muy avanzado. Es propia de los imperios. Aquí están todas las literaturas comprometidas con un gremio —de los que ahora abundan— o con un Estado, y casi siempre sustentadas en algún manifiesto o proclama que los adeptos han de abrazar acríticamente.

Mientras que la Literatura sofisticada o reconstructivista utiliza tipos de conocimiento pre-racionales, es decir, retóricos, arcaicos, lúdicos y seductores; aunque críticos. Es la literatura más abundante, donde entra Borges, Cortázar, Kafka, Aleixandre, Rilke, etc. Tal vez es la literatura que más se hace actualmente, desde los Harry Potter y las historias misteriosas, mágicas, fantasiosas, hasta la poesía de los libros importantes, de los premios insignes, de las imaginaciones que amontonan palabras. Hasta aquí el mapa está servido.

domingo, 18 de febrero de 2018

"Nietzsche y la moral" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (18/02/18)

 “Lo que yo exijo al filósofo es que se coloque más allá del bien y del mal; que ponga por debajo de sí la ilusión del juicio moral”. El crepúsculo de los dioses – Nietzsche.

Hablar de Nietzsche desde Nietzsche es perder el tiempo. La filosofía crítica exige pensar desde el presente, con las nuevas herramientas que contamos y con las nuevas ciencias que se van elaborando. Pues han pasado 117 años de su muerte y no podemos congraciarnos con su filosofía —por una parte, crítica en su época— sin actualizar (o superar) sus postulados más esenciales, sobretodo en torno al tema que le quitaba el sueño: la moral.

Desde la universidad nos han propuesto leer —creo que para bien— casi todas las obras de Nietzsche y sobre Nietzsche que puedan caer en nuestras manos (tal vez es el filósofo del que más cuento con libros). Sin embargo, a mi parecer, antes de ser un filósofo es más bien un poeta, y hay que tomarlo también como tal. La línea retórica que lo encierra posee un estilo muy novedoso para los fines radicales que este alemán perseguía.

A propósito de la frase de Nietzsche que encabeza el artículo, me he permitido realizar una clasificación de los elementos que aparecen en ella, con el fin de develar la intensión y la supuesta profundidad que la envuelve. Además, sigo la línea de una de las conferencias del profesor Jesús G. Maestro cuando afirma: “Muchos dicen que leen a Nietzsche porque es profundo y no lo entienden; pues en casi la mayoría de casos no hay nada que entender”.

Para empezar, el apotegma se puede dividir en tres ideas: el filósofo, la articulación bien-mal y la moral. En general, la exigencia que Nietzsche impone al filósofo es reductible a un mero consejo —por lo demás, obvio—. Sin embargo, la expresión está ajustada al estilo que lo caracteriza, es decir, a una forma estética de presentar su pensamiento; por ello, puede hacer que se infiera algo más allá de lo literal.    

El filósofo

Si la filosofía —la legítima filosofía— debe ser sistemática, racional y crítica; entonces el filósofo debe encarnar esa envoltura sin el más mínimo desvío. Dado esto, lo que Nietzsche afirma es que el filósofo no debe renunciar a la labor para la cual ha nacido. Pues como Gustavo Bueno sostiene: “Pensar es pensar contra alguien”, así lo políticamente correcto lo condene a muerte. Y esta realidad ya era notoria desde Grecia (solo pensemos en Sócrates).

Ese requerimiento de Nietzsche no es otra cosa que la reivindicación del filósofo que ha perdido un poco el rumbo de su faena, es decir, se ha vuelto un “intelectual”, en otras palabras, un impostor que se ha vendido al que mejor paga (“Los intelectuales: los nuevos impostores”, Bueno, 1987). Sin embargo, este planteamiento riñe con la propia idea de Nietzsche cuando afirma que no existen hechos sino interpretaciones.

¿Por qué? Pues si los hechos varían con respecto a las interpretaciones que se puedan hacer de ellos, entonces ¿qué se le puede reclamar al filósofo si la realidad se ajusta a las interpretaciones que él impone? Tal vez Nietzsche —en cierto sentido— dio pie a la construcción del “intelectual”, como figura impostora que puede ajustar las interpretaciones a las reglas del momento, aunque él no seguía esas reglas, es decir, esa moral.

El bien y el mal

La idea del bien y del mal se materializa necesariamente en las reglas concretas que las culturas, es decir, los sectores con ciertas tradiciones y costumbres diferenciadas, han impuesto a través de sus políticas (“política”, en términos muy generales) y que son el motor de la sociedad (preestatal o estatal) que las cumple. Esta definición implica un relativismo en torno al bien y al mal, que solamente puede ser resuelto por la filosofía.

No en vano Bueno afirma que la única manera de enfrentar el fundamentalismo islámico es a través de la razón. Frase esta que no se puede entender como pacifista, sino como la lucha que la filosofía —no la escéptica ni la espiritualista, sino la crítica— realiza con el mundo para transformarlo, pues no solo desde Marx (famosa Tesis XI sobre Feuerbach) el filósofo intenta “transformar”, sino desde que la filosofía es tal (¿qué es acaso La República?).

La moral

Sobre este tema se han realizado en el país congresos filosóficos espectaculares, y se han publicado libros que más que críticos parecen moralistas y proselitistas. Dada la circunstancia, los he tenido que repasar para darme cuenta del vacío conceptual en que incurren. Por ejemplo, siempre confunden “relativismo moral” con “relativismo ético”, sin tener una idea clara ni de la moral ni de la ética, y ni siquiera del relativismo.   

Sin embargo, la explicación más rotundamente organizada la encontré en el libro “Contra las musas de la ira” (2014) de Jesús G. Maestro, quien a su vez la extrajo de “El sentido de la vida” (2006) de Gustavo Bueno. Afirma el primero: “Las normas éticas (defensa de la vida humana) y las normas morales (defensa de la unidad del grupo) están en conflicto, e incluso pueden llegar a ser incompatibles entre sí”.

Así: “La moral designa el conjunto de normas destinadas a preservar la cohesión del grupo, y no la vida de los seres humanos, sino la unidad del gremio, cuya expresión más inmediata puede ser la pareja (matrimonio), la familia, el clan, el pueblo, la nación, y también una empresa, una organización terrorista o un grupo mafioso, así como sectas, iglesias, congregaciones, etc., y su expresión más amplia y compleja es el Estado” (Maestro, p. 38).

Conclusión

Desde la actualidad, o sea desde el tiempo necesario en que se debe mover la filosofía, la frase de Nietzsche representa un proverbio, un consejo o un verso, desde el cual las personas se podrían obnubilar con los sonidos que despide o con el nombre “Nietzsche” tan bien popularizado; pero como los versos, la poesía, la literatura, son trampas para el que no sabe razonar (Maestro); entonces pasemos de “lo sublime” a lo interpretativo, sin perder la brújula.  

domingo, 11 de febrero de 2018

"El mito de la cultura" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (11/02/18)

Del filósofo Gustavo Bueno aprendí que la idea de cultura que se nos vende a diario está más cerca de una mitología que de una realidad. Su libro “El mito de la cultura” (1996) lo explica. Libro que, por cierto, no se encuentra disponible en Internet; pero que gracias a los bibliófilos del Materialismo Filosófico discurre por la red si se tiene la certeza de pedirlo al portador que lo puede enviar. Un portador soy yo.

A través de mi red social, he repartido la obra a todo el que me la ha solicitado, incluso con el riesgo de ser inoportuno e injusto con la editorial que la vende en España. Sin embargo, me es imposible no compartir este libro por dos motivos. El primero es que —siendo objetivos— en Perú ¿quién pide que le envíen un libro? Recordemos que somos un país que en promedio lee medio libro al año. Así que darlo llega a ser incluso un acto moral.

El segundo motivo es que la obra posee una importancia capital. En ella se discierne lo que se ha entendido por cultura a lo largo de los siglos, y cómo se ha modificado dicha palabra hasta volverla metafísica. Con tal preciso estudio, es faltar al sentido común no compartir el libro con colegas, estudiantes o curiosos, incluso con el riesgo de tocar puntos muy sensibles de la tradición y de lo políticamente correcto.

A pesar de ello, el asunto es no tomar acríticamente lo que se impone desde diversos medios acerca del tema. En ese sentido, el autor enfatiza que no se necesita mitificar más la cultura, sino desmitificarla. Es decir, no se requiere sostener con insistencia que la cultura es lo más maravilloso que tenemos, sino pensar la cultura de forma crítica y escarbar —por ejemplo— los actos más horrendos que se han cometido en su nombre.

El mito

Según Bueno, hablar del mito en general no tiene sentido. Muy dispuesto en su enfoque de filósofo crítico (“criticar”, etimológicamente, es “clasificar”), divide a los mitos en “luminosos” y “tenebrosos”. Entonces, el “mito” al que se refiere el título del libro está dirigido a su segunda clase, ya que desde esta posición la cultura se oscurece, se retuerce y se desvirtúa: he ahí su tenebrosidad.  

Por su parte, el mito luminoso tiene como fin aclarar una realidad. El más rescatable es el de la caverna de Platón. Al respecto, existe un documental titulado “Gustavo Bueno: La vuelta a la caverna” (ver en YouTube), en donde se explica la importancia que Bueno dio al “regreso”. Volver a la caverna para advertir de la sombra a los hombres que viven en ella es la finalidad de la filosofía.

Bueno comenta que en la actualidad lo más cercano a la caverna es la televisión, y es ahí desde donde el hombre libre y racional debe decirles a los prisioneros cuál es la verdadera realidad. La televisión o, ahora más que nunca, la Internet son dos cavernas que merecen la intervención inmediata del pensador. Porque regresar a la caverna, es decir, a las posiciones de la ignorancia —para revertirla—, es una obligación y una responsabilidad.

Hay una expresión popular de gran arraigo: “cuando muere el hombre, nace el mito”. Entonces podemos ajustar dicha frase a nuestros fines explicativos y decir: “cuando muere la cultura, nace el mito de la cultura”. ¿En qué sentido murió el reino de la cultura? Y más precisamente, ¿cuándo nació este reino para morir después?

La cultura

La palabra “cultura” llegó muy tardíamente al idioma español, pero en la forma de un compuesto lexical: la agri-cultura. Etimológicamente, pues, las culturas serían los cultivos. Por ello, la expresión “hombre culto” en el siglo XVII o XVIII no era utilizada, y en su lugar equivalía a “hombre letrado”. ¿De dónde nace entonces la idea de cultura como ahora la entendemos?

El invento —como tantos otros “modernos”— fue alemán. No en vano, Bueno combate la filosofía alemana (“de carácter luterano y subjetivista”) y reinventa un sistema que puede explicar mejor la realidad desde el presente. Por lo tanto, el escenario del “reino de la cultura” puede enfocarse mejor desde el Materialismo Filosófico que —como he referido en artículos anteriores—  no es el Materialismo Dialéctico, ni el Histórico, ni el “grosero”.

Para los griegos, hubiese sido muy complicado que entendieran la cultura como la constituyeron los idealistas alemanes. La explicación es simple; para aquellos (los griegos), los animales poseían cultura. El hombre sencillamente era un imitador de la cultura —siempre “cultura animal”, por antonomasia—. Entonces el ser humano solo copiaba lo que el animal ya había creado “culturalmente”.

Por tal motivo —en la carrera de la evolución— nuestra especie fue creándose ciertas actividades que le sirvieron para sostenerse y enriquecerse. Así, salieron de las cavernas y edificaron chozas imitando el nido de las aves o castores; o, aprendieron a tejer observando a las arañas; o, cantaron por rito o diversión escuchando a los pájaros, etc. Lo que los cavernícolas creaban aquí era la técnica, que después de milenios devino en ciencia.

Sin embargo, desde el pensamiento alemán se define el “reino de la cultura” como aquello que el hombre se ha fabricado para vivir cómodamente, en lugar de vivir en el “reino de la naturaleza” que es hostil. La palabra “reino” aquí no está puesta artificial ni impositivamente, sino deviene de la secularización de la idea del “reino de la gracia”. Porque se logró extraer de la teología la idea de “reino” y ponerlo en la filosofía: la cultura.

Una de las explicaciones de este salto es que la filosofía quería superar el pensamiento de la Edad Media y, en especial, el relato del Génesis. Pues Adán y Eva no tenían cultura, ya que vivían en “gracia”. Entonces el “reino de la gracia” debía tomar ribetes más humanos, para lo cual, la cultura fue la idea que mejor se ajustaba. En esa transformación nace el mito de la cultura. Mito que, por lo demás, se debe seguir develando. El libro está en sus manos.

domingo, 4 de febrero de 2018

"La Ciencia y la Filosofía" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (04/02/18)

El concepto tradicional de ciencia está dado más o menos así: conjunto de conocimientos ordenados y sistematizados, que implica un objeto de estudio y una metodología. Con tal definición, cualquier ideología o doxografía puede reclamar como “científicos” sus tratados, más aún si existe presión de ciertos gremios o lobbies, tal es el caso de la muy conocida seudociencia del siglo XX: el psicoanálisis.

Dada tal insuficiencia conceptual, el Materialismo Filosófico de Gustavo Bueno (que no es el materialismo dialéctico ni tampoco el materialismo histórico y, mucho menos, el llamado “materialismo grosero”) se pregunta por la ciencia como un saber que surge en ciertas condiciones y se va desarrollando con particulares criterios.

Así, antes del surgimiento de la ciencia, el saber más poderoso fue la técnica. Por eso Bueno afirma que la ciencia es hija de la técnica, mas no de la filosofía; porque el saber filosófico es posterior y se nutre de las formas exactas de la ciencia (los conceptos) para organizar sus ideas. Por tal motivo, en la puerta de la Academia de Platón había un letrero que decía: “Aquí no entra nadie que no sepa Geometría”, porque no se puede filosofar —al menos seriamente— sin ciencia.
 
Entonces la técnica —cuyo ámbito es el taller— dio paso a la ciencia —cuyo ámbito por excelencia es el laboratorio—. De esta manera, los seres humanos notaron que los materiales de la realidad con los que trabajaban poseían ciertas formas puras, y crearon los conceptos (como el de “triángulo”) y, a su vez, las categorías (como el campo de la Geometría); y así la técnica devino en ciencia.  

Las categorías son los segmentos de la realidad, es decir, los ámbitos, las parcelas, los lotes o las partes necesariamente separadas de la realidad para su estudio. No hay ciencias sin categorías, ya que no existe una ciencia de todo. Por eso, dada su naturaleza, las ciencias son plurales, diversas, numerosas (ahora cada día más), porque los lotes de la realidad están en constantes divisiones.

La denominación de “ciencia categorial” posee un sentido moderno. Por excelencia, las ciencias son las Matemáticas, la Física y similares (al resto de saberes se les decía —se les dice por tradición— “Humanidades”). Desde el siglo XIX, con la explosión de las ciencias positivas, el Materialismo Filosófico denomina “ciencias categoriales ampliadas” a la Historia, la Antropología, etc., incluida, ahora, la Teoría de la Literatura.

Las ciencias no son —en primer lugar— “un conjunto de conocimientos”, dado que antes del “conocimiento” está la operatoriedad del que las realiza, del que las categoriza, del que las conceptualiza. Es decir, en primer lugar está la operación, luego continúa el conocimiento. A partir de esta aclaración, la ciencia sería un saber operatorio y categorial del que se desprende ciertos conocimientos, y nunca sistematizados todos entre sí, es decir, el concepto científico de triángulo no se puede ordenar con el concepto científico de soneto, porque pertenecen a categorías distintas y divorciadas absolutamente.

La Filosofía

Desde su nacimiento en Grecia, la filosofía es y debe ser considerada como un saber de segundo grado, en consonancia con la ciencia que es un saber de primer grado. La Filosofía (crítica, racional y que tiende a un sistema) jamás hubiese surgido sin el saber científico que la antecedió. Porque la ciencia da la “forma” (Platón la llamó “idea”) para sintonizar con rigor crítico un planteamiento filosófico (“la teoría de las ideas no es otra cosa que la teoría de las formas”, afirmó recientemente un profesor en un canal de España).    
 
Por ello, la Filosofía de la Academia de Platón no hubiese sido posible sin la ciencia de Euclides o Pitágoras; ni la de Kant, sin la de Newton; ni la de Nietzsche, sin la de Linneo o Darwin. La Filosofía siempre se ha movido en consonancia con la ciencia, porque el apoyo “formal” que la segunda le impregna a la primera brinda una “seriedad” a la hora de elaborar las ideas filosóficas. Sin embargo, también existe un pensamiento —aparentemente de filosofía crítica— que se divorcia de la ciencia, y que surgió incluso antes que esta, y se perpetúa hasta nuestros días: la doxografía.

La doxografía es un saber vulgar, acrítico, asistemático y espontáneo que desde tiempos inmemoriales rodea al ser humano para darse ciertas explicaciones a hechos que no entiende. Este saber generalmente se apoya en palabrerías proverbiales, retóricas improvisadas, creencias disparatadas, aberraciones conceptuales, verdades reveladas, sueños divinos, etc. Es decir, la doxografía está unida íntimamente al saber popular y acrítico, cuyo fin es práctico y muy convenido.

Además, la doxografía tiende a estar situada o aislada en un pasado. Sin embargo, “la Filosofía es un saber del presente y desde el presente”, como afirmaría Gustavo Bueno. Por eso, no se puede leer a Aristóteles desde Aristóteles, ni a Hegel desde Hegel, ni a Marx desde Marx, ni a Nietzsche desde Nietzsche. La Filosofía —por su principio dialéctico— tiene la obligación de superarse desde la actualidad más próxima.

La Filosofía —dice Bueno— no se podría definir con exactitud sin mostrar los saberes a los que se enfrenta. Estos saberes (vulgares) que la Filosofía debe derribar dan la complejidad a su concepto. Para tal fin, Gustavo Bueno elaboró el extenso artículo “¿Qué es la Filosofía?”, publicado en la revista virtual Catoblepas (ver en Internet) y en un libro para ser expuesto en un Congreso en Granada a mediados de los años noventa. Sobre este tema, hace unos días (17 de enero) se ha dado inicio a unos “Diálogos filosóficos” en el Centro Riojano de Madrid, por la importancia que implica el tema, y todos los conversatorios estarán colgados en el canal de la Fundación Gustavo Bueno en YouTube. Tenemos para rato.

domingo, 28 de enero de 2018

"Crítica de la razón literaria" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (28/01/18)

En diferentes lugares de Hispanoamérica se sigue presentando un libro que por el título nos recuerda a Kant, pero está tan lejos de Kant (“no es nuestro colega”, repondría el autor). Se trata, pues, de “Crítica de la razón literaria” de Jesús G. Maestro, quien en tres imponentes volúmenes y desde el idioma español ha construido una teoría originalísima sobre la base del Materialismo Filosófico.

Si Kant no es nuestro colega (“y Aristóteles tampoco”, añadiría Maestro), sí lo es indudablemente el filósofo español Gustavo Bueno Martínez (1924-2016), pues desde los años setenta ha escrito obras fundamentales que han ayudado a reconstruir el pensamiento crítico y racionalista, lejos de una filosofía metafísica o de una filosofía escéptica.

De Bueno se rescatan más de una veintena de libros, tales como “Ensayos materialistas” (1972), “El animal divino” (1985), “Teoría del cierre categorial” (1993) y una obra que hasta el momento me ha fascinado por su revolucionaria originalidad: “El mito de la cultura” (1997). Desde esta base es que “Crítica de la razón literaria” se alimenta y levanta su edificio teórico y aplicativo.   

Con una beligerancia nunca vista —mucho menos en estos tiempos de las “teorías que dialogan”—, este libro enfrenta a la posmodernidad no solo desde sus páginas sino también desde su tribuna virtual. De esta manera, el autor se encarga a través de su canal de YouTube, de brindar las clases más adictivas que se hayan visto en el rubro de la Teoría de la Literatura.

Lo que resulta más original y atractivo es que el profesor Jesús ha puesto en funcionamiento desde la Universidad de Vigo (España) una serie de cursos exhaustivamente ordenados y planificados, donde pone de manifiesto la aplicación de su teoría. Las asignaturas que resaltan son “Filosofía de los poetas”, “Obra de Miguel de Cervantes” y, por supuesto, “El Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura”. 

El libro “Crítica de la razón literaria” es como el compendio de las diez publicaciones que en más o menos quince años ha tenido el autor. Dentro de ese marco, sobresalen títulos como “Contra las musas de la ira”, libro que releo con denuedo, porque es como la base de su obra magna. Este fue conseguido gratuitamente hace unos meses, de forma heroica, por un primo mío a través de una página web de bibliófilos.

De la misma manera, he podido afianzarme de ocho libros de Gustavo Bueno y tres libros más de Jesús G. Maestro, que ofrecí brindárselos a cualquiera que me los pida a través de mi cuenta de Facebook. Y es una satisfactoria sorpresa que me hayan escrito estudiantes universitarios de distintos lugares del Perú para leer —algunos por curiosidad, algunos por estudio— la obra que está tomando por asalto el mundo de habla hispana.

Entre tantas otras ideas, para el estudio de la Literatura el autor dispone de cinco principios fundamentales, como son la Ciencia, la Dialéctica, la Crítica, el Racionalismo y la Symploké; principios propuestos por Bueno que riñen con la filosofía de tradición alemana, francesa y anglosajona; por eso existe un énfasis especial en el idioma español, pues es tratado como la tecnología más potente y adelantada en comparación con otras lenguas.

Por un lado, la Symploké es un principio rescatado por Bueno para superar la idea que “todo está relacionado con todo” (tal como afirmaban los presocráticos cuando sostenían que “todo es aire”, o agua, etc.; pero siglos después —y siguiendo la misma lógica—, Marx afirmaría que “todo es dinero”; Freud, que “todo es sexo”; Derridá, que “todo es texto”, y así sucesivamente). Entonces, para solucionar estas trabas, la symploké plantea que “unas ideas están relacionadas con otras, pero jamás una lo está con todas, ni ninguna prevalece desconectada de las demás” (Platón).

Por su parte, la Ciencia es tomada como un saber de primer orden, y la Filosofía como un saber de segundo orden. ¿Por qué? Porque desde su nacimiento en Grecia, la Filosofía institucionalizada en la Academia de Platón fue estudiada y organizada desde las formas exactas que la Geometría les brindaba. Es decir, la Geometría —ciencia por excelencia en la antigua Grecia— daba las pautas para el análisis de las ideas de la Filosofía. Es por eso que en la puerta de la Academia de Platón se podía leer un cartel vistoso que decía: “Aquí no entra nadie que no sepa Geometría”. He ahí la explicación de por qué la Ciencia tiene un carácter de primer orden, ya que antes de la Idea (Filosofía) está el concepto (Ciencia), sino todo sería divagante.

En el libro se distinguen cuatro acepciones de Dialéctica, y es la cuarta la que asume el Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura. Un ejemplo para entender la Dialéctica está en que la idea de pobreza es opuesta a la idea de riqueza porque hay algo que codetermina a ambas: la idea de dinero. Por ello, se define como “un proceso de codeterminación del significado de una idea (A) en su confrontación con otra idea antitética (B), pero dado siempre a través de una idea correlativa (C) a ambas, la cual codetermina, esto es, organiza y permite interpretar, en symploké, el significado de tales ideas relacionadas entre sí de forma racional y lógica, y, en consecuencia, crítica y dialéctica”.
 
Aparte de estos principios, que sería difícil explicarlos con amplitud en un corto espacio, están los materiales literarios con que trabaja esta teoría. Son cuatro: el autor, el texto, el lector y el intérprete o transductor. En este punto, Jesús G. Maestro también muestra una originalidad importante, pues las teorías del siglo XX, incluso del XIX, han trabajado amputando o eliminando a alguno de los cuatro mencionados elementos. Por ejemplo, para el positivismo el autor era el centro del análisis; o, para los formalismos el punto capital era el texto; o para la Estética de la recepción, el lector era el amo y señor del hecho literario.

Sin embargo, el Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura adjunta un material más: el intérprete. Y sin anular al resto, los adhiere y analiza de manera “circularista”, esto es, organizando los sistemas como multiplicidades de elementos relacionados entre sí, según su orden circular, donde por ejemplo los efectos pueden desempeñar la función de causas. El tema, sin duda, da para más.

Desde la Región Lambayeque, existe un acercamiento y una curiosidad por estas nuevas ideas. En la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo, ya se puede escuchar en clase a profesores como Mario Sabogal utilizar términos propios de esta teoría; también a Milton Manayay, compartiendo enlaces de conferencias del profesor Jesús G. Maestro a través de su red social. Por mi parte, tengo un grupo con el que me reúno periódicamente para conversar de estos planteamientos, por lo demás polémicos y creadores de divisiones en varios puntos, pero que ya no se pueden tapar ni dejar de lado por el rigor y la potencia de las ideas que “Crítica de la razón literaria” vierte en todos sus análisis.

lunes, 8 de enero de 2018

"La Paisana Jacinta y la ficción" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (16/12/17)

(Artículo publicado con el riesgo de ser una interpretación errónea con respecto a la idea de ficción en la Literatura.)

“Pantaleón no sabe lo que es la ficción”. J. Benavides


Sí, el Ministro desconoce lo que es la ficción. Pero Benavides también. Este último cree que la ficción se contrapone con la realidad, porque posee un concepto posmoderno de ficción. Lo peor de todo es que cree que la ficción no desemboca en la realidad, no la golpea y no tiene su sustento en ella.

Ambos deben saber que la ficción es una realidad no operatoria. Pues no podemos esperar encontrar a Platero en algún rancho español o, como diría Jesús G. Maestro —del cual tomo el concepto—, no podemos tomarnos un café con el Quijote. Pero sí podemos entender a personajes como estos, porque en la realidad operatoria existen asnos o porque existen esquizofrénicos que se creen lo que no son, respectivamente.  

En el caso concreto, la ficción en el teatro (o el “cine”) necesita tocar la realidad operatoria. Es, tal vez, el género que mejor la representa. Pues pasa como Hamlet de Shakespeare, quien tuvo que levantar una obra teatral, dentro de la propia ficción (es decir, dentro de su realidad no operatoria), para que los asesinos de su padre se vieran reflejados en ella. Hizo una “subficción” en la ficción, pero siempre tuvo claro que la primera realidad (la “subficción”) debía reflejarse en la segunda realidad (“la ficción”) para que alcance su máximo sentido. Este ejemplo no es más que una recreación de lo que sucede entre la realidad operatoria y la no operatoria.

Sin embargo, el autor de “La paisana Jacinta” cree que no apunta a ninguna materialidad o realidad operatoria, y que el racismo de sus personajes no tiene una injerencia directa en los comportamientos de la sociedad. Es decir, cree no estimular la marginación hacia las personas de escasos recursos económicos venidos del campo. Y su argumento está basado en mencionar una y otra vez que la paisana Jacinta no existe. Grave error.

Jorge Benavides no comprende que su “paisana” sí existe, pero su existencia es estructural, y se condiciona dentro de los patrones de su argumento; pero sería absurda si la saca de “la realidad” y la traslada a algún “mundo posible” (concepto posmoderno). Pero no existen “mundos posibles”. Para bien o para mal, solo tenemos este mundo en el que todos nos movemos operatoriamente y en el que unas leyes nos rigen gracias a un Estado político. No hay otro mundo desde el cual interpretar la ficción en el arte (o en el teatro en particular). No hay otro, y el que dice lo contrario es un charlatán o ha perdido el juicio. ¿Cuál es el caso de Benavides? Tal vez la simple ignorancia, o tal vez no.  

Suele pasar que tanto los autores como los narradores de las obras llegan a ser unos grandes cínicos. Si pasó con Miguel de Cervantes (ver vídeo en YouTube “Nueve criterios para interpretar El Quijote” de Jesús G. Maestro), entonces puede pasar con cualquier hijo de vecino. Para salvar las distancias, de lo que Cervantes hacía gala en el cinismo del narrador del Quijote (que ningún crítico pudo ver hasta siglos posteriores), no puede compararse con el claro motivo del cinismo de autores como Benavides: la fama fácil y el dinero. ¿Hay otras razones acaso?