lunes, 11 de septiembre de 2017

"Ramírez Ruiz y la demolición de sus armas" - Por: César Boyd Brenis - Revista Papel Rojo (Edición Julio 2017)

En acostumbrada soledad, sentado en mi sala frente al televisor, yo sintonizaba el canal cuatro. El periodista Raúl Tola decía lo siguiente: “El poeta chiclayano Juan Ramírez Ruiz, una de las voces más reconocidas de los años 70 y fundador del Movimiento Hora Zero, ha sido encontrado sin vida en Virú, después de permanecer algún tiempo desaparecido; su cuerpo fue arrollado por un bus interprovincial y su cadáver quedó desfigurado”.
La noticia me produjo un impacto desgarrador. Llamé a mi hermano que se encontraba en el segundo piso de aquella casa donde vivíamos y, con voz temblorosa, le dije: “¡Mira!”. El homenaje aún continuaba. El periodista seguía hablando de la vida y obra de Ramírez Ruiz, y también algunos poetas daban su testimonio. Al ver eso, mi hermano recordó aquella sola noche cuando conversamos con él. Los tres. Ni una vez más lo volvimos a ver desde aquel 2006 (aproximadamente). No hubo despedida en ese momento ni después, no hubo un extraño presentimiento ni un pensamiento pesimista ante su estado de salud. Nada de ese tipo. Solo surgió una leyenda que rondó nuestra joven mente desde aquel ya lejano día.
Si solo una vez en mi vida me topé con la persona de Juan Ramírez Ruiz, no puedo decir lo mismo de su obra. Encontré dos libros de él en la Biblioteca Municipal de Chiclayo: “Un par de vueltas por la realidad” y “Las armas molidas”. Me sorprendió encontrar dos buenos libros —entre otros títulos de autores europeos— en medio de textos obsoletos que aún se guardan en los antiguos estantes. Ese fue el primer contacto que tuve con el poeta. Al leerlo me iba llevando por caminos oscuros, por surrealismos tal vez condicionados por su inspiración, por lenguajes mochicas que hacían más difícil penetrar en los tentáculos de sus versos, por resonancias encriptadas que devoraban la propia existencia del poema. Pero también me llevaba por poemas coloquiales e intensos como su propio júbilo. Nadie podía suponer que ese fue el comienzo de un acercamiento estético que tiempo después personifiqué en una circunstancia del azar.
Tal vez fue un día del año 2006 cuando llegué con mi hermano a sentarme al lado del mástil en la Plazuela Elías Aguirre. Conversábamos amenamente (¿de fútbol?) cuando irrumpió en nuestra charla un controversial amigo escultor cuyos  laureles nunca lo obnubilaron. Colocando delante su prominente vientre, el artista de la arcilla nos saludó con voz altiva y desafiante. Lo acompañaba un misterioso señor al que le dimos la mano sin percatarnos que ya se aproximaba una inusitada provocación. El escultor, no contento con nuestro proceder, infló más el vientre y nos increpó: “¡No saben quién es él! ¡Es Juan Ramírez Ruiz! ¡Salúdenlo como debe ser!”. Luego continuó dando una pequeña reseña biográfica, algunos reconocimientos del invitado, unos retoques de orgullo por ser su amigo, hasta cuando el poeta pegó un grito de incomodidad y hartazgo: “¡Cállate!”. Nosotros, algo sorprendidos y testigos de un conato de pelea que no pedimos, quedamos expectantes para ver la reacción del escultor. Pero Ramírez Ruiz lanzó su veredicto final: “¡Lárgate! ¡Lárgate! Déjame solo con mis amigos”. El otro, al ver que el poeta hablaba en serio, dio media vuelta y regresó al lugar donde provino: un grupo de artistas que charlaban en una banca de enfrente.
Al quedarnos solos con JRR, me sorprendió su silencio y sus respuestas dadas en interjecciones. Sin embargo, hablamos de los poetas limeños que él había conocido. Me escuchó con una atención halagadora un poema de Leopoldo María Panero: “Canción del Croupier del Mississipi”. Mientras yo iba

entonando cada verso de ese poema largo, intenso y rotundo, él iba golpeando el asta de la bandera a un ritmo galopante, íbamos gozando el poema de Panero con la musicalidad intensa que Ramírez Ruiz impregnaba en el fierro que nos acompañaba con su sonido, y con una risa ronca de un Papa Noel chiclayano.
A pesar que se decían que era violento con todos, ese primer y único día que lo vimos nos pareció un jovencito más, como nosotros, alguien que exige una buena compañía sin distinciones ni prejuicios: un poeta total. Tal vez en esos instantes de desvelo y bohemia, con una paráfrasis de por medio, podamos enmarcar que ese era su júbilo, “esa abundancia, ese relumbre / que dejó caer sin recogerlo, ese era su júbilo, / reconócelo, Elfina, ese era su júbilo”.

domingo, 4 de junio de 2017

"El poeta, la literatura y la academia" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (04/06/17)

Juan Ramón Jiménez decía que meter a un poeta en la academia era como meter un árbol en el Ministerio de Agricultura. Este poeta español tal vez quiso manifestar dos situaciones: el deseo de que ojalá nunca pueda suceder aquel traslado (aquella intromisión), o la convicción de que es imposible que ocurra. Hermoso verso que, como acción concreta, niega lo evidente: los intelectuales y los poetas de estos tiempos hace rato que ya son “ministeriales”.  

El ministerio es la institucionalidad de un poder efímero, la base imperante y modificable según convenga, la polis griega que mata a Sócrates (“la poesía es filosofía en verso”, afirmaba un inteligente filólogo). Por lo tanto, si hay poetas en los “ministerios” (ya ni decir “intelectuales”) no serán ellos los que desafíen las propuestas triviales de la educación, y mucho menos señalen la caída atroz en la enseñanza de la literatura.  

Se viven tiempos literarios de best sellers, de librillos sin fondo, de rapsodias de superficie (tan es así que se llegó a la falsa noticia de que Pablo Coelho había ganado el Premio Nobel de Literatura 2016, y lo peor: hubieron muchos que lo creyeron). Esta literatura se ha colado en instituciones mostrando su rostro más demacrado y más tísico, y la escuela es una de estas organizaciones donde el problema es tan transparente que no se ve. Los profesores se han olvidado de los clásicos. Han penetrado —en los Planes de Lectura— las historias de la fantasía absurda (que luego se trivializa hasta el infinito en el cine), la magia de lo tonto, el refrito del éxito, los juegos del hambre y del hombre. La institucionalidad ha establecido una libertad para elegir lo pernicioso según convenga a las billeteras. ¿Y el poeta? ¿Y el intelectual?
 
Para las editoriales todopoderosas, el alto número de ventas importa más que el mínimo número de aciertos. Los clásicos han sido cortados y resumidos (“para que el alumno lo entienda mejor”) hasta la desaparición del impulso que les dio vida. Las obras han sido mutiladas con el afán de aminorar el esfuerzo, y para que la sola recreación sea el fondo de la lectura. Las biografías reemplazan ahora el sitio que nunca debió dejar la consonancia entre vida, obra y lector (y ahora con una nueva teoría del intérprete o transductor). Y, en la sorpresa más apabullante, un colegio que se jacta de ser el principal forjador de ingresantes a las universidades nacionales, da a sus adolescentes folletines e historietas para que los dibujitos y los colorines reemplacen el legítimo arte literario. ¿Y el poeta? ¿Y el intelectual? Bien, gracias.

¿Es que el intelectual ha muerto? Afirmación de Terry Eagleton (Inglaterra) en su trabajo “La muerte del intelectual”, ensayo que debe enfrentarse críticamente. El intelectual en realidad no ha muerto, sino que se ha vendido, y de él no se puede esperar nada que no sea políticamente correcto, sistemáticamente acrítico y ridículamente ideológico. El filósofo Gustavo Bueno realiza un mejor enfoque del tema en su trabajo “Los intelectuales, los nuevos impostores” (obligatorio dejar de leerlo si se quiere ser “normal”).

La desaparición (o muerte) del intelectual llega a ser solo una impostura más de la posmodernidad, que está en la línea del “fin de la historia”, el “fin de la ciencia”, “la universidad liquidada”, “el hombre ha muerto” y, todo ello llegado desde la famosa frase de Nietzsche (abuelo de la Posmodernidad): “Dios ha muerto”. Esta sucesión de terminaciones y hechos escatológicos podrían estar acompañados forzadamente (ingenuamente) por uno más: “la muerte de la literatura”, o en su variante, “la muerte de la enseñanza de la literatura”.

Con este último deceso violento, los sistemas educativos funcionan en el área de letras con una orfandad inverosímil y asumen a la literatura como un simple apoyo para la alfabetización primaria y, posteriormente, un fuerte apoyo para el analfabetismo funcional. En este penoso panorama, la educación no necesitaría nada más que sencillos textos, o ya ni siquiera eso sino más bien argumentillos de obras para desprender de ellos “valores” o “antivalores” tan evidentes como infundados. Pues, por ejemplo, en El Quijote, supuestamente una obra donde se rescata la idea de ir a favor de los ideales supremos, no se aprecia que la más grande obra de la literatura universal es una crítica escamoteada de los idealismos absurdos, y en donde el principal narrador es un cínico —según lo comprueba de manera brillante el filólogo español Jesús G. Maestro—. Y es más: la literatura es, o debe ser, justamente, un cínico y estético manejo de las ideas para esconder la realidad que resulta “políticamente incorrecta”, y su develamiento y análisis debe de estar regido por una medida de obligatoriedad científica y crítica. ¿Se enterará de esto el Ministerio cuyas preocupaciones actuales están centradas más en la defensa de ideologías? ¿Se enterará de eso el intelectual o el poeta que cobra sueldos revisando tesis o fomentando la “buena onda” o el espejismo de la bondad?  

Chesterton hacía decir a un personaje —en su novela “El hombre que fue Jueves”— una frase que se ajusta a este momento: “El poeta es el sublevado sempiterno”. Casi en esa línea de actitud se dirige el artículo “Poesía y universidad” del colombiano Carlos Fajardo Fajardo, quien demuele la idea de un equilibrio entre academia y poesía, porque “la universidad actual, prestadora de servicios, se vuelve déspota contra las actividades poético-creativas, ya que éstas no se proyectan como una inversión rentable. Entonces, a los poetas y artistas se les margina, se le excluye e invisibiliza a través del silencio y el ninguneo. Por su condición libertaria, la poesía, peligro de peligros para las instituciones, nada a contra corriente de las cajas registradoras de los mercaderes de la educación”.

Por su parte, en “Diatriba contra la Universidad actual”, el profesor Jesús G. Maestro inyecta una cuota de realismo al tener la siguiente tesis con argumentos sumamente sólidos: “Sin endogamia y sin prevaricación el actual sistema académico sería imposible de sostener”. Pues “un sistema así se mantiene con la complicidad de quienes no están de acuerdo con él pero colaboran con él, por dinero, por cortesía, por cobardía, por amistad, por esperanza, por interés, por incapacidad para hacer otra cosa”.

Entramos a este mundo de las letras por pasiones de adolescente (¿el mito de la vocación?); seguimos la juvenil manera de pensar que la literatura podría ser un buen trabajo (“ganar dinero con lo que te apasiona”, se decía); continuamos viviendo una realidad pueril de afirmar con convicción que la literatura puede reemplazarlo todo; afrontamos los problemas que iban descubriendo una dura materialidad (pensar en el pan nuestro de cada día); y ahora que el poeta y el intelectual se han vendido, queda caminar los senderos críticos y difíciles, que muestran la contundente develación de la verdadera poesía.

domingo, 28 de mayo de 2017

"La felicidad es una figura literaria" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (28/05/17)

Los adolescentes y jóvenes que se distinguen como figuras de la televisión, tienen una idea vacía de felicidad y la proclaman, en el momento que de ello requieren, con el entusiasmo propio de un robot programado. Esos actos están, al parecer, más relacionados con un mecanismo de defensa en virtud del cual encuentran un recurso de negación a todo lo que les es adverso, para revertir cualquier cólera de enemistad (es muy frecuente entre los famosos) con el pronunciamiento de la palabra “feliz” como un conjuro que no entienden y no pretenden entender.

Entre los muchachos de las redes sociales —y no tan muchachos—, tal vez influenciados por lo que la televisión muestra, se pone de manifiesto la recurrencia a expresiones como “me siento feliz” (frente a un refresco), “feliz por mi título” (mostrando algún lauro), “felicidad es estar contigo” (abrazado con alguien) o, en el caso más lacónico, “¡feliz!” (en torno a cualquier visita de fin de semana o de vacaciones). Como se evidencia, estas manifestaciones ya no tienen tanto que ver con los mecanismos de defensa a los que acuden “famosos” para evitar una vergüenza pública, sino en la simple repetición recurrente y pueril de generalizar un momentáneo estado de ánimo. Ahora bien, ¿qué ha dicho el filósofo más reconocido de la Península Ibérica con respecto a este tema tan mencionado por todos, pero poco analizado?

La Introducción gratuita y virtual del libro “El mito de la felicidad”, que apenas consta de treinta y un páginas (el texto completo tiene un precio en euros), ya nos conduce a la tesis en la que se mueve el autor, el español Gustavo Bueno. Él enmarca la idea de felicidad en lo que llama “literatura de la felicidad”. Además, propone un “Principio de felicidad”, sin el cual este tema no se podría ubicar en un lugar apropiado filosóficamente hablando, dado que por fuerza es muy variado y, en la actualidad, desvirtuado por el comercio y la retórica.  

La literatura de la felicidad empieza a ser relevante porque en tanto “felicidad narrada” nos proyecta unas ciertas “grafías de la felicidad”. Indudable es que mientras no haya “grafías” o escritura no habrá una idea de este fenómeno, pues el lenguaje escrito no solo distingue al ser humano, sino que lo constituye y le brinda “memoria de lo pensado”, es decir, una parte importante de lo que se tiene por supuesto de un tema es porque los escritos han quedado para la posteridad y, sobre todo, se pueden comparar y ampliar. En ese contexto, el autor concluye esta parte del tratado de la siguiente forma: “la clase denominada como literatura de la felicidad, ¿no es precisamente el lugar en donde la idea de felicidad ha nacido, y la fuente de donde se alimenta? Esta es al menos la tesis de este libro. La tesis de que la felicidad es, ante todo, una figura literaria”.

El trato que normalmente se le da a la literatura de la felicidad —aparte del Principio de felicidad establecido por Bueno— tiene numerosos criterios para los propagandistas y escritores. Uno de estos es el idioma. Con este paradigma, los autores enumeran cómo  se dice “felicidad” en las lenguas más conocidas y difundidas por la historia y la tradición, y a partir de ello deducen que todos los idiomas poseen una “idea de felicidad”, dando un carácter universal al “hecho feliz”. Esa contemplación para el autor es gratuita y metafísica, es una ingenuidad o una impostura. Pues no puede concluirse apresuradamente que la “idea de felicidad” tenga un valor universal como lo tiene la definición de triángulo (“polígono de tres lados”). No puede ser universal dada su naturaleza en el desarrollo plural de las diferentes sociedades que solo editorialmente han llegado a confluir en ciertas características que jamás podrían ser universales.  

En segundo lugar, el trato del tema se da con respecto al criterio de la “autoayuda”, en donde los autores centran sus expectativas en generar en el lector un cambio sobre la base de consejos y proverbios. En este terreno encontramos a pensadores de la talla de Fichte, Russell y Julián Marías, cuyas formaciones en el campo de la filosofía no han impedido realizar —por confesión de ellos mismos— una “autoayuda” con respecto de la felicidad; y junto con ellos están un sinnúmero de personajes cuyos nombres están en las listas de los más vendidos (“vendidos”, dicho sin la figura de metonimia). Para Gustavo Bueno, este “rosario de recetas” solamente podría valer para pasar un buen momento, tal vez un rato ameno deshojando un libro y rememorando las circunstancias alegres de fortalezas y oportunidades impresionistas de una vida aislada.   

Por su parte, el autor propone el “Principio de felicidad” como criterio rector para abordar el tema. Sobre la base de este, se construye una división entre un Principio débil y un Principio fuerte, este último es llamado “Supuesto de felicidad”, y está sintetizado como máxima en la frase de un libro de Fichte: “La vida (humana) es ella misma felicidad” o, en su variante, “Todos los hombres son felices”. ¿Qué serán acaso los infelices? El autor derriba la mitología que se ha formado en torno a frases muy “elevadas” pero que sucumben al momento del análisis pormenorizado.

Otro fundamento que toman los partidarios del “Supuesto de felicidad” está relacionado con la ciencia genética o con la estadística, para darle cierto “prestigio argumentativo” a expresiones como las siguientes: “estamos determinados genéticamente para ser felices” o “tal porcentaje de los ciudadanos afirman ser felices”. Estos análisis son calificados por Bueno como “ramplones” y “ridículos”, en tanto que se toman “democráticamente” discursos de este o de aquel sin ningún fundamento real. El autor trata este tema en otro trabajo titulado “Fundamentalismo científico”, donde desmonta el armazón construido sobre “la ciencia” como una diosa y una infalible unidad. Entonces, se burla de discursos deterministas como “la ciencia lo dice”, “la ciencia lo ha demostrado”, “la ciencia ya lo superó”, etc. En realidad no existe una ciencia, sino muchas, y cada una con su desarrollo y proyección; es decir, las ciencias siempre son plurales en su naturaleza misma, y el que diga lo contrario está utilizando la ideología en el conocimiento científico, o sea se está volviendo fundamentalista (Bueno utiliza argumentos de raíces platónicas). En este caso en particular, ¿no es acaso absurdo utilizar el método científico de la Estadística en conclusiones doctrinales de “felicidad”?
 
El Principio débil de la felicidad está tratado por Bueno más complejamente, y es una invitación a revisarlo y entenderlo. Aristóteles pasa a ser un filósofo importante para sustentar esta parte, que implica la fase álgida del tratado. El autor concluye: “El objetivo de este libro es demostrar, por tanto, que la cuestión de la felicidad no puede seguir siendo considerada como la cuestión fundamental de la filosofía, o si se quiere, de la Antropología filosófica, y quienes así lo mantienen son ideólogos, meros creyentes, o impostores”.

Las reflexiones de Gustavo Bueno acerca de la democracia, la política, la ciencia y, claro está, la felicidad, tienen un carácter absolutamente original. Y el sarcasmo que a veces desprende cuando recuerda a algunos filósofos ayuda a hacer su palabra más entretenida, es el caso del cierre de esta Introducción cuando cita una feliz ocurrencia de Goethe: “La felicidad es de plebeyos”.

domingo, 21 de mayo de 2017

"Luis Rivas Rivas, a propósito de lo trascendente" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (21/05/17)

En gran síntesis, el maniqueísmo es una posición filosófica que sostiene que la realidad está dividida entre lo bueno y lo malo. Esa idea la asume con singular vehemencia el Dr. Luis Rivas Rivas, autor del libro “Personajes, libros, debates: Hacia lo trascendente”, presentado el jueves pasado. El texto resulta una prueba latente que la identidad religiosa de su autor está sustentada, maniqueístamente, en una poderosa creencia que él nunca ha ocultado y que, contra todo, ha puesto a funcionar en aquello que piensa, escribe, analiza y profesa.

Su nombre (“Lucho Rivas”) me sonó por primera vez a los veinte años en la boca de Alfredo José Delgado Bravo, quien me aconsejó llevarle mi modestísimo primer libro a sus manos para que tenga un mejor destino; algo absolutamente improbable en la Edad de Piedra de mi poesía. “Es lo mejor en crítica”, me dijo el autor del himno a Chiclayo. Con una obediencia férrea, un día de hace quince años toqué la puerta de la calle Carrión y me recibió un profesor serio, con aura otoñal y de erudición constante. Cuando me presenté y recibió mi libro, mostró su generosidad al decirme: “Lo consideraré si hay otra edición de un estudio publicado acerca de la literatura lambayecana”. Lo tomé como un elegante cumplido.

En casi una hora de charla, caminando por Elías Aguirre, me habló de tantos temas que apenas a mi memoria retorna uno: su opinión sobre el mejor poema que a su juicio —de aquel tiempo— escribiera Vallejo en Los heraldos negros: “A mi hermano Miguel”. Sin duda, me hizo revisar muchas concepciones que, en mi adolescencia, tenía de la literatura y de muchos autores, pero todavía yo no notaba su perenne solemnidad hacia lo trascendente y su maniqueísmo confeso en todos los asuntos que rodeaban su vida. Años después lo descubrí más claramente.

En el 2006 lo vi por segunda vez. Le llevaba ahora bajo el brazo un nuevo libro: “Signos”, del grupo literario que tuve la oportunidad de fundar junto con varios compañeros de batalla literaria. Me acerqué, acompañado del poeta Cromwell Castillo, a la oficina de la universidad en donde hasta ahora trabaja, y nos recibió el mismo profesor atento, aunque ahora él tenía una inquisición que hacer. Miró la contraportada del libro y distinguió una frase del Apocalipsis (capítulo 7, versículo 1) que refería al número cuatro, pues hubo una intención sesgada de mi parte para colocar y estetizar aquel dígito, y relacionarlo con el número de integrantes del grupo. “¿Acaso has leído la Biblia?”, me interrogó. “Totalmente”, le respondí. “Entonces no la has entendido”, sentenció apabullante. Fue ahí cuando comprendí su ética y la actitud defensiva de un devoto soberano. Su maniqueísmo no solo era conceptual, sino el sentido de su vida y su tema preferido.

Dos días antes de la presentación de su libro recibí una llamada. Leía en casa “El grito silencioso” de Oé y me invitaban a cubrir el comentario del libro y el evento. Miré a Janet y le dije: “Tu profesor preferido presentará un nuevo libro”. La fama del Dr. Luis Rivas de ocasionar impacto al narrar historias en sus clases de Literatura había dejado en sus alumnos universitarios recuerdos imperecederos.

A pesar de haber leído al profesor en un sinnúmero de artículos, encontré en este libro en particular una posición que no dejaba dudas desde el título después de los dos puntos: “Hacia lo trascendente”. Sus análisis literarios poseen, algo más o algo menos, lo que se afirma en la página 371, en un artículo titulado “La dimensión ética en la literatura contemporánea”. El profesor dice: “Un rasgo frecuente en la literatura universal ha sido —protagónico o subyacente— el milenario conflicto entre el bien y el mal; y el componente ético ha contribuido en gran medida a potenciar la calidad estética de obras maestras”. La división de la realidad entre el bien y el mal, como dije, es el maniqueísmo que recorre en esta nueva publicación las líneas de casi todo lo descrito: personajes, libros, debates.  

Otro ejemplo son los títulos escogidos. Existen diez artículos que explícitamente tienen ya la etiqueta cristiana en su encabezado, y la mayoría del resto resalta en su contenido la figura del Bien como criterio mayor en el análisis. De esa forma, enfrenta la idea de Dios en composiciones de José Carlos Mariátegui y César Vallejo contra los posteriores libros marxistas ateos de ambos autores; a Gabriela Mistral “predicando los mensajes de Cristo” contra las demoníacas circunstancias de la guerra; a los autores paganos que afirman la historicidad de Jesús contra los que la niegan (de igual forma, acerca de la resurrección); a los “pensamientos de raíces bíblicas” del Principito contra la incredulidad de los adultos; al Mensajero del Rey contra los Césares “paganos, homicidas, inescrupulosos”; “A Cristo crucificado” contra “El infierno tan temido”; a la inspiración de Pasternak en “pasajes memorables de los Evangelios” contra el “oscurantismo ruso”; a las universidades católicas contra “una industria deshumanizada” (muy apropiado lo de “industria”); a los “recursos formales de Graham Green contra su “tradición nada teologal”; a la crítica cristiana de Charles Moeller contra toda otra posición que asume “el silencio de Dios” en el siglo XX o en cualquiera.

Existen dos temas tangenciales que también se pueden destacar: la historia y la política. El dato biográfico como móvil para los tópicos de algunas obras o la importancia del proceso del tiempo en el enriquecimiento de las ciudades, son muestras innegables de la biblioteca viviente de anécdotas y relatos que es el profesor Luis Rivas, tal vez su más fuerte atractivo en el aula de clase. Los autores antitotalitarios que en el mundo han sido son mencionados en la defensa de una democracia, tal vez no muy bien entendida, dada las variantes conceptuales del término en el siglo XX; solo recuérdese que en la construcción del Muro de Berlín, la Alemania Comunista era catalogada “democrática” (curiosa paradoja).

El conocimiento profundo de la política para un cristiano puede resultar alarmante. Solamente hay que recordar lo que Max Weber escribió del tema, y que Vargas Llosa coloca de epígrafe en El pez en el agua: “También los cristianos primitivos sabían muy exactamente que el mundo está regido por los demonios y que quien se mete en política, es decir, quien accede a utilizar como medios el poder y la violencia, ha sellado un pacto con el diablo, de tal modo que ya no es cierto que en su actividad lo bueno sólo produzca el bien y lo malo el mal, sino que frecuentemente sucede lo contrario. Quien no ve esto es un niño, políticamente hablando”. Demoledor.

La última vez que vi —antes de la presentación— al profesor Rivas, yo iba con Janet por la avenida Luis Gonzáles. Se le veía sonriente y bromeó con algo muy de moda por ese tiempo: “Voy a ser mi tesis en la Complutense de Madrid”, nos dijo. Nos hizo sonreír y asumir algo marcado en su personalidad, pero que no se nota con frecuencia: su sentido del humor. La presentación del jueves estuvo llena de esos detalles certeros e inteligentes que arrancan una sonrisa. Y este escrito debe terminar pues, como él refirió al final de sus palabras, los gritos de una tribu cuando el orador habla demasiado pueden aparecer: “¡Ya basta! ¡Ya basta!”.

domingo, 5 de marzo de 2017

"De universidades fáciles y propagandas inconcebibles" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (05/03/17)

Una mañana del año 2015, en plena labor docente, acompañé a un aula de estudiantes de quinto de secundaria a una universidad privada para recibir una charla. Días antes se había hecho la invitación, y un bus particular llegaría al colegio y transportaría —con escolta incluida— a todos los participantes. Como era de esperarse, el tema giraba en torno a las bondades y privilegios de tal casa de estudios para convencer a los jóvenes, casi promocionistas, de que dicha institución era su mejor alternativa.  

El rector o gerente general (no recuerdo el alto cargo) se dignó a ser el encargado directo de compartir con todos nosotros los detalles (a criterio de él: fascinantes) que ofrecía la universidad que él precedía. Entonces después del saludo de rigor y el chiste para romper el hielo, pasó a enumerar sus argumentos. Veinte minutos aproximadamente habló de las instalaciones, los imponentes edificios, la futura piscina, el infaltable gimnasio, la privilegiada vista al horizonte, la playa de estacionamiento, los recursos técnicos y remató esa parte de su exposición con una memorable frase que todavía retumba en mis oídos: “Miren, muchachos, ustedes aquí no se van a sentir que van a la universidad, sino a un club social”. Sentí vergüenza ajena. Y lo que llegó después sí fue digno de una película surrealista e imposible, por pudor, de reproducir en este artículo.

Cuando el disertador pasó a lo académico, era de esperarse lo que vendría: colocar a la parte de los recursos técnicos disponibles por encima de los contenidos científicos que se pueden impartir en clase, es decir, anular por completo la ciencia para reemplazarla por procedimientos superficiales. Esta es la más grande falacia educativa que ha recorrido el mundo occidental en los últimos veinticinco años más o menos. Y, pues, qué podemos esperar. En la mayoría de países, los grandes negocios de la educación superior han nacido en el marco de un desarrollo tecnológico notable, y se han visto influenciados rotundamente por este, casi olvidando que la universidad se institucionalizó y creció para la investigación y el rigor científico. Pero lo que ahora se ejecuta es tan falaz como la madre que los parió: la divertida aula de clase.

El asunto no está tan relacionado con los pobres profesores (fijados en el pasado de notas, presentación de informes, preparación de fichas para todos los centros educativos donde trabajan —no bajan de tres—, elaboración de métodos de cómo divertir, de cómo contentar al evaluador que a su vez es evaluado, de cómo ser un perfecto burócrata, etc.), digo, no está tan relacionado con el docente, en tanto sí con el sistema implantado desde las leyes más perversas. En este entorno, ahora sí es un hecho que la universidad ha muerto, como décadas atrás alguien lo había predicho.  

Existen notables académicos que han tratado este tema. Remito al artículo crítico “La universidad liquidada” (ver en Internet) de Carlos Fajardo Fajardo, ensayista y poeta colombiano, donde expone con una bondad de pocos, los motivos por los que el centro de estudios más idealizado por la sociedad (la universidad) no es más que un edificio (o conjunto de edificios, según la inversión del promotor) donde “se educa para la flexibilidad y el todo terrenismo, es decir para una sociedad donde nada es duradero sino desechable y, por tanto, lo mejor, en esta condición líquida, al decir de Zygmunt Bauman, es aprender a estar en todas partes y en ninguna, es decir, practicar surfing laboral, capacitarse para cualquier actividad, ser jovial, obediente, comunicativo, comprable, ofertado y vendible, legitimador de los discursos empresariales”.

En la misma línea, se encuentra el erudito profesor español Jesús G. Maestro, quien con su demoledor ensayo “Diatriba contra la universidad actual” (ver en Internet), nos dice: “Por lo que se refiere a las Letras, la Universidad actual es, en España y en todo el mundo, y sin apenas excepción visible, un sofisticado simulacro de conocimientos sostenido por un inmenso aparato burocrático e ideológico, en cuya cúspide, académica y administrativa, suelen estar los mayores mediocres”.

No solo es estar inmerso en la universidad para percibir el siniestro y poderoso aparato que la mueve. Los tentáculos de la propaganda masiva, a favor de una universidad desnaturalizada, se pueden apreciar en comerciales de televisión, en gigantes pancartas de avenidas principales, en vistosas redes sociales y demás; y el discurso elaborado en torno a lo que ofrece, no varía de una institución a otra de manera fundamental, pues todas se parecen en un vicio y legado: la mediocridad. Todas tienen la misma base retórica de tentar al joven (o adulto, depende el caso o “modalidad”, como ahora la llaman) a través de cordialidades cínicas, ofrecimientos sofísticos, psicologismos gaseosos, entusiasmos vacíos, espejismos académicos, frases tan simples y simplonas que hacen pasar por célebres o ceremoniosas, con el verbo “decidir” por todos lados (“decide tu futuro”, “decide hacerlo ya”, “decide por los mejores”, etc.), y con la palabra “éxito” en un estado de promiscuidad tan notorio como prostibulario. 

Un marketing parecido está legitimado si se ofrece un producto masivo, como gaseosas o celulares; pero la universidad, al semejarse con los insumos más utilitaristas (sino vanos), se convierte en una catastrófica fuente comestible (“desechable”, como diría Fajardo) y empieza un debacle sin fin: el rumbo que le impusieron los mercaderes que quisieron asesinar a los profesores críticos, a la ciencia sin ideologías, a los principios racionales.

¿Las soluciones? Son pocas y nunca escuchadas. Por lo pronto, no dejar de expresarnos críticamente es una opción. ¿Qué salida tienen los alumnos que quieren realmente estudiar y no irse a un “club social” institucionalizado? Pues informarse por pasión, buscar endemoniadamente libros en Internet que los desengañen, escuchar a los sabios profesores del mundo, sospechar siempre de lo establecido como norma. Todo ello es la acción para aquel que quiere impulsar el cambio, pero para el que no (¿son la apabullante mayoría que incluye profesores?) solamente debe seguir el pequeño camino que les trazan en torno a un “empleo de la tranquilidad” o un “título de la apatía”.

Un profesor se puede vender o “acoplar” a un cómodo sistema: está en su derecho. Mas lo que es imperdonable está en no conocer o no entender cómo se mueve el acrítico sistema burocrático de la universidad, a costa de la muerte de la ciencia, la liquidación de lo profundo, el holocausto de la inteligencia.

viernes, 24 de febrero de 2017

"La obra y la omisión" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (24/02/17)

Desde su creación en México en 1996, el movimiento muralista “Acción poética” se ha negado a introducir a sus innumerables frases —según manifiesto de parte— un matiz político y religioso, sin pensar (o dudando) en que al salir a manifestar sus apreciaciones de la vida en un muro público, implica también un tinte político tanto por obra como por omisión.

Por lo primero porque hay una ejecución civil cuyos permisos son conseguidos por aprobación de ciertos propietarios que acceden a que sus paredes sean pintadas, salvo excepciones donde los muralistas se arriesgan a tomar el toro por las astas y cuyo acto se convierte en un desacato civil. Y por omisión porque al silenciar una opinión política explícita condicionan dos asuntos; el primero es que podrían pactar con cualquier tienda partidaria que les pueda abrir un espacio para seguir manifestándose; y segundo —contraponiéndose a lo primero— para afirmar tácitamente que la política no vale la pena tratarla por la degradación de las esferas del poder.  

Tocando su praxis, hace algunos años leí en una pared la frase que tal vez es la más idealista en relación con la política: “Sin poesía no hay ciudad”. La ciudad, instituida políticamente, es aquel territorio que tal vez menos necesita de la poesía, y la alusión a dicho arte puede estar lanzado como una provocación o una máxima desacatadora.

La poesía, en el contexto de la expresión mural, es la apelación a lo que se ha ausentado de los territorios políticos, es decir, es el espíritu o las individualidades sentimentales de las personas, y se ha constituido (desde la República platónica) como una manifestación humana que se aleja de los constructos absolutamente racionales, pensados con exactitudes burocráticas y legislativas de una Polis. La poesía es, para decirlo con el cinismo de Nietzsche, un fenómeno dionisíaco, en contra de lo apolíneo que es la institucionalidad.  

La “acción”, que su título sostiene, puede remitir a dos posiciones que funcionan como caras de la misma moneda. En primer lugar, la “acción” está centrada exclusivamente en la “propagandización” de un arte (poesía) devaluado o ignorado por esta sociedad. Y en segundo lugar, que las “acciones poéticas” anteriores a este movimiento han sido insuficientes (los libros de poemas, los recitales líricos, los manifiestos estéticos, etc.), pues a pesar de su frecuencia no han tenido la suficiente contundencia para imponer un ideal de arte que el mundo actual exige. Entonces, ante esa falencia, surge “Acción poética” con jóvenes alimentados por renovados espíritus.

No es casualidad que dicha renovación se refleje en los muros con frases de amor romántico y de optimismo galopante como temáticas. Pues solamente una postura de heroicidad, heredada del romanticismo, podría asumir semejante tarea de emprendimiento y desacato.

El concepto de “poesía” que posee este movimiento está muy lejano del que se maneja académicamente; ante esto, me pregunto: ¿acaso será sensato que en treinta países alrededor del mundo se conciba la poesía como solo romanticismo cuando los territorios de este arte son inmensamente más ricos y potentes que la “frase optimista de amor”? Casualmente, eso pertenece a lo “políticamente correcto”: decir algo para que no cambie nada o decir algo que no “insulte” a nadie. Sin embargo, los adolescentes y jóvenes de “Acción poética” ya poseen una identidad que no se les puede quitar: el comienzo de un riesgo heroico.

Son diez años que esta obra recorre el mundo (no es poco), y si ha llegado a nuestra ciudad de Chiclayo apenas hace casi tres años, se podrá afirmar lo que el gran Antonio Cisneros refirió de Hora Zero: “Han comenzado con el pie derecho, ahora les falta escribir con las manos”.

viernes, 17 de febrero de 2017

"La idea del amor" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (17/02/17)

A lo largo de las décadas de la segunda mitad del siglo XX hasta entrado este siglo, el filósofo español Gustavo Bueno ha fortalecido un pensamiento llamado Materialismo Filosófico. Él se separa del llamado “materialismo vulgar” y establece desde la filosofía un complejo sistema, cuya actualidad y contundencia se deja notar en sus libros, artículos, ensayos, conferencias, revistas, y todo lo que este pensador ha legado al campo de la filosofía, desde el cual se puede divisar la realidad CONSTRUIDA por la ciencia, que más que un conjunto de conocimientos es una CONSTRUCCIÓN operatoria.

Para entender el amor desde este sistema, tendremos que hablar rápidamente de los tres géneros de materia. El primero, llamado M1, es la materia de las cosas concretas, que se pueden tocar y percibir, lo que se llama “el mundo”. El segundo género, llamado M2, es aquel que se expresa a través de lo psicológico, de los sentimientos y las emociones subjetivas. El tercero, llamado M3, es lo lógico, lo conceptual, lo construido racionalmente.

Entonces, el amor, como idea se puede abordar desde el campo de la filosofía, tomando en cuenta los tres tipos de materialidad concebidos por Bueno. De esa forma, el amor visto desde el M1, apunta a la concretización del amor en un cuerpo u objeto determinado, es decir, el amor debe centrarse en un cuerpo objetivo, ya sea una madre, un hijo, una mujer, tal vez un diamante, hasta un perro, etc.

Desde el M2, el amor también es una transmisión de emociones, pasiones, fantasías, mitologías, elucubraciones, romanticismos, etc. Es en este campo en donde la propaganda barata de los comerciales de televisión ha centrado su atención, para vender el producto de turno o enrumbar a los amantes a campos del “riesgo del amor” (compras indiscriminadas, atuendos del día, prendas íntimas que harán “brotar la pasión”, etc.). Pero además, en contraposición, existen personas que rechazan el amor con las mismas pasiones que los otros lo desean; entonces se vuelven los odiosos, los burlones, los aguafiestas, entre otros varios calificativos.

Desde el M3, el amor es también una construcción racional. La neurociencia ha aportado estudios que señalan cómo funciona nuestro cerebro cuando el amor se activa en sus distintas etapas. El enamoramiento más juvenil actúa de manera diferente al amor maduro y sólido de una pareja de adultos. Además, la historia puede también aportar ciertos hechos y tendencias culturales acerca del amor. El amor griego antiguo, el árabe, el chino u el occidental de la actualidad tienen rasgos particulares que los hacen distintivos y, al estudiarlos, nos sedimenta una idea “evolutiva” de este fenómeno.

Ahora bien (aquí lo más importante), cuando se reduce el amor a un solo género de materia, se desnaturaliza por completo y lleva a execrables tendencias ideológicas (“amor platónico”) o religiosas (la mujer sojuzgada por el Islam). Por lo tanto, si se reduce el amor al primer género de materia, entonces se creerá que la corporalidad pura es la única fuente del fenómeno, es decir, que se endiosa el contacto corporal (puede ser sexual o no) de manera patológica.

Si se reduce al segundo género, entonces se desvincula de todo “mundo concreto” y se vive en las nubes. Se crea una mitología del amor, un idilio, una vida soñada, maltratada, purificada, maldecida, bendecida, entre otros adjetivos que pueden pretender relucir algún aspecto subjetivo del amante. El aislamiento de toda realidad puede llevarnos, por ejemplo, a separar abiertamente el amor del dinero, y no conducirlos juntos como dos fenómenos que van de la mano.

Por último, reducir el amor al tercer género de materia nos conduciría a creer que el amor es razón pura o construcción solamente lógica, indivisible, o alegar con argumentos reduccionistas que el amor no existe o no podría existir. En el tercer género de materia, se teoriza del amor sin ver lo concreto de sus posibilidades ni las claves psicológicas que lo determinan.

Si se podría hablar de “amor verdadero”, entonces se tendría que apreciar el amor desde los tres géneros de materia. De no ser así, la realidad devorará vivo al que no sabe razonar. Pues el reto es mantener conjugados esas dimensiones como cualquier ser inteligente. Por eso, la felicidad desde la impostura actual, según Gustavo Bueno, es un mito; porque es un psicologismo. Y la vida misma no podría explicarse por sí sola con mitologías.