lunes, 5 de septiembre de 2016

"El mito Zumarán" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (04/09/16)

Un amigo escritor de Chimbote residió dos años en Chiclayo. Al volverlo a encontrar en menos de un lustro me dijo: “Sigo creyendo que el poeta Ernesto Zumarán no existe”. Su deducción se debía a que todos los buenos comentarios acerca del mencionado vate, todos sus premios y sus desgarradores libros, no estaban acompañados por fotografías, presentaciones o recitales donde se pueda comprobar que realmente Ernesto es un ser humano y no una invención de los chiclayanos, no un ídolo supremo enmarcado en lo que todos catalogarían como el mejor, no una especie de dios que “está en todas partes excepto en sí mismo”, como escribiría Fernando Pessoa.

Así que, en dos años de revoloteo cultural, el amigo chimbotano solo había encontrado rastros oscuros de su presencia. Tal cual sucedió un día, cuando llegó a un recital poético un poco tarde y le afirmaron: “Zumarán se acaba de ir”. Entonces regresó sobre sus pasos —acompañado de otro poeta—, con la esperanza de haberse cruzado con el escurridizo Ernesto. Pero no lo encontró. Ahora sí él ya no podía creer que se tratara de un ser de carne y sangre, sino de un espíritu que se elevaba en los momentos más incomprendidos. Para él, ya no había explicación posible ni duda alguna: Zumarán era un mito o algún heterónimo de algún genio maligno.  

La huida desesperada de cualquier evento cultural, poético, artístico, o lo que sea, es un atributo casi implícito de Ernesto Zumarán Alvítez (Chiclayo, 1969), lector patológico, jurista decepcionado y profundo idealista. Esas deserciones ante los recitales de poesía le han valido no pocos desconciertos. Un acto sumamente (o “Zuma-mente”) incómodo fue el que protagonizó con un poeta barranquino quien, al no poder creer que un vate no quiera subir a un escenario a leer sus creaciones, lo acusó de cobarde. Ante esto, tuvo una respuesta lacónica de Ernesto: “No por leer ante alguien seré mejor poeta”.

La idealización de la figura del poeta está encarnada en él. Tal vez proviene de ese dieciochesco romanticismo que capturó los sentidos y desapareció al neoclasicismo por catalogarlo frívolo, racionalista y cargado de moralina. Entonces la figura del artista era la de un “genio creador” de cuya mano —llena de dones divinizados— brotarían las verdades del universo. Y el poeta tenía la responsabilidad gloriosa de arriesgarlo todo, tal como en los versos de Thoreau, que se promovieron excepcionalmente en la película “La sociedad de los poetas muertos”, los cuales decían: “Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, (…) quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida, para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido”.

Tenía apenas siete años cuando su padre lo levantaba de la cama a mitad de la noche para escucharlo recitar los más insignes poemas de los románticos. En definitiva, fueron esos “perros románticos”, como los adjetivaría Roberto Bolaño, los que guiaron sus primeros pasos de poeta. Byron, Shelley, Keats, entre otros canes de fino aullido, fueron los que educaron el oído poderoso de Ernesto que, aún adolescente, buscaba establecer una vida a imagen y semejanza de los ingleses. Luego fueron los alemanes Holderlin y Rilke aquellos monstruos que implantaron en su temática un aura trágica, y en su vida, una simiente de acero.

Después de Franz Kafka, no he conocido a un hombre que lo haya marcado tanto la figura del padre como a Ernesto Zumarán; sobre todo cuando su progenitor alguna vez le dijera con una afirmación de fe: “Vargas Llosa algún día te va a respetar”. Tal vez a partir de esa frase, el impulso esquizofrénico por escribir y leer lo ha llevado muchas veces al ensimismamiento o a la frustración, a la huida de todo escenario de gala poética, mientras no se sienta con la seguridad de tener el aval de ese arrasador comentario paterno.  

Y ya desde pequeño, el debate familiar en torno a la poesía siempre inquietaba a Ernesto. ¿Debía ser poeta? El enfrentamiento entre su entorno más cercano lo lideraba su tío Jorge —hacedor de versos— y su padre —poeta post mortem— quienes apoyaban al niño Zumarán a llevar a cabo esa carrera. Por otro lado, recibía un rechazo materno por considerar al poeta como un vago o un “perdedor de tiempo”. Sin embargo, la curiosidad y la excesiva timidez que lo ha rodeado siempre, lo sumergió en un confuso mundo de metáforas, que tal vez sean producto de un rechazo a la realidad tal cual es y al impulso insoslayable de crear otra realidad cimentada en la hondura de la palabra.

Su desprecio por la oficialidad académica del poeta fue reforzado por las frases del reconocido vate español José Ángel Valente, quien sentenció alguna vez en una entrevista: “Uno no es poeta para que lo hagan académico”, luego agregaría con rotundidad, citando a Juan Ramón Jiménez: “Meter a un poeta en la academia es como meter a un árbol en el Ministerio de agricultura”. Si huye de los recitales, ¿qué no se dirá de los estudios que las universidades podrían asumir de su obra? Para ello, Zumarán tiene una frase enternecedoramente cierta: “Algún día moriremos”.

Para reforzar su legendario pesimismo, recientemente me enviaría por correo electrónico dos poemas del mexicano José Emilio Pacheco. Ernesto los transcribió letra por letra con la paciencia que sólo puede mantener alguien sensible que desea transmitir su hondura. El primer texto se tituló, ¡oh sorpresa!, “Contra los recitales”, y decía: “Si leo mis poemas en público/ le quito su único sentido a la poesía:/ hacer que mis palabras sean tu voz,/ por un instante al menos”. El segundo poema tiende cruelmente a lo que tanto él repite en un implacable alarido, y se tituló “Vida de los poetas”, tal vez la parte más trágicamente fuerte es: “Los poetas acaban/ viviendo su locura (…) o bien los apedrean y terminan/ arrojándose al mar o con cristales/ de cianuro en la boca”.  


Solo tal vez con un rotundo brindis, el poeta Zumarán deja esa timidez que lo desespera y lo destierra de sus prácticas cotidianas, insertándose en su universo de plenitud poética, instalándose en la soledad de su biblioteca donde a veces me invita, para acalorarnos con nuestras charlas sísmicas, esperando a Pili —su esposa— para repetirle que él es un poeta que le debe su resistencia, como cuando vivieron en esos desiertos de Ciudad de Dios hace casi veinte años, donde el amor se volvió idílico y nació lo que tal vez es su mejor libro (“Los templos ausentes”) y donde engendró a su hijo y la noche se hizo más larga; así llega Ernesto a negarse una posibilidad en cada rincón de la ciudad, que lo considera inexistente, para terminar despidiendo de su casa al invitado de turno y retarlo a que complete la frase que se vuelve su fragancia: “Cuando yo me vaya de este perro mundo…”.

domingo, 28 de agosto de 2016

"El Presbítero Maestro: En búsqueda de los que no mueren" - Por: César Boyd Brenis - Diario "La Industria" (28/08/16)

La fascinación por los cementerios me surgió en la niñez. Los veía como casas encantadoras y tenebrosas. Cuando tenía seis años visité por primera vez el cementerio “El Carmen” de Ferreñafe para el entierro de mi abuela materna. En ese momento, mi contacto con la muerte se volvió más estrecho y potente. Por ello a veces con algunos amigos de la primaria nos íbamos a recorrer los pasadizos silenciosos y a contar historias de terror, y estaba el comentario de alguno de ellos, con sabiduría popular: “A los cementerios no hay que tenerles miedo, sino a las iglesias, porque es ahí donde van las almas a pedir perdón por sus pecados”.

Al atravesar las criptas, éramos testigos de la mortalidad, del fin de una historia, de lo que termina en polvo. Las estructuras polvorientas eran prueba del olvido, que en la mayoría de casos acompaña a la muerte. El olvido es una realidad que casi todos los seres humanos experimentarán para sí mismos, pues el mundo siempre ha abandonado a los que pasaron por sus caminos sin saber por qué. La historia posee una memoria corta y selectiva.   

Cuando la literatura tomó mi vida, supe que la única inmortalidad estaba en los libros, y que los autores más insignes habían habitado entre nosotros. La fascinación por buscar sus tumbas llegó a poseerme. Imaginar la tumba de Edgar Allan Poe —en Baltimore— y ver la media botella de coñac y la rosa roja que aparece misteriosamente en cada cumpleaños de este genio del terror. Algún admirador le deja en secreto ese significativo regalo, recordando su adicción a la bebida que lo llevó a la muerte. Por otro lado, me viene a la memoria el arrebato de mi amigo poeta Miguel Ildefonso (sin duda, el mejor del Perú de las últimas décadas), bebiendo vino en la tumba de Balzac, en París.
 
En mi adolescencia supe por un documental que los grandes escritores peruanos estaban en un cementerio emblemático: El Presbítero Maestro. Desde esa fecha tuve el deseo imperecedero de visitar sus pabellones y sus monumentos, pero siendo yo un menor de edad, no podía cumplir ese sueño por mí mismo. Los años fueron pasando y viajar a la capital se había convertido, según las opiniones de la familia, en algo sumamente peligroso por todo lo que se escucha en los noticieros. Tuvieron que pasar quince años, para poder abrirme un espacio en mi horario y acondicionar un viaje exclusivamente para cumplir el cometido.  

Mi esposa Janet y yo nos enrumbamos a “La Horrible”, como la catalogaría Sebastián Salazar Bondy a Lima. Al llegar, el poeta Harold Alva me recomendó los servicios de un amigo taxista, para poder aventurarme a Barrios Altos con la seguridad que el caso merecía. Era 28 de Julio y no había atención en el Presbítero. Tuve que sobornar al portero para que me deje entrar. “Le hubieses dado más”, me dijo Janet, “para que se justifique el riesgo”. Entonces ahí estaba yo, viendo las tumbas de tantos hombres que han hecho la historia del Perú. Pero me sentí perdido, veía los apellidos tan conocidos por los libros de historia, mas no podía saber con exactitud lo que estaba buscando. Entre una cripta, aparece un anciano que pasaba un trapo por una estructura de mármol, y me dijo: “Te he visto que has pasado por la tumba de Antonio Raymondi y de Henry Meiggs y no te has dado cuenta”. Desde ahí ya me tenía pasmado.

Le pedí que me señale dónde podría yo conseguir un guía para que me traslade por ese laberinto interminable. Y me respondió orgulloso: “¡Yo soy guía! Pero no hay atención”. Le relaté la historia de mi niñez y adolescencia y mi sueño dorado de pisar ese lugar, y tuvo que verme la angustia para por fin decirme: “Esta bien, vamos”. Y así empezó todo. Me dijo que el cementerio estaba dividido en cuatro sectores. Las historias que me iba relatando de cada presidente, sabio, escritor, me fue conduciendo a una levitación esplendorosa.

Mis primeras tomas fotográficas fueron con “El bibliotecario mendigo”, Ricardo Palma. Un alto relieve de bronce hacía más imponente su tumba. Traje a mi memoria una de sus tradiciones y el guía me relató otra, con la pasividad de un sabio. Me advirtió: “Hay que ir memorizando todo lo que digo porque al final yo hago preguntas”. Puso a prueba mi buena memoria y no lo decepcioné. Fuimos a la tumba de un presidente militar cuyo nombre no quiero acordarme (como diría Cervantes), pero que sorprendía por sus figuras de mármol, llenas de aristocracia y opulencia.

La cripta de Larco Herrera yacía sucia, un hombre que donó tanto para los pobres. Daniel Alcides Carrión tenía una pequeña pero llamativa forma de color blanco con su imagen en el centro y rodeado por unas pequeñas rejas. La lápida de Ciro Alegría tenía una bella inscripción: “Aquí yace Ciro Alegría, el primer novelista clásico del Perú, lo mejor de su vida pertenece a la tierra y a los hijos de la tierra, invictos a pesar de todo”. Luego nos topamos con una impresionante tumba que decía: “Manuel María Ízaga”, y me sentí más cercano a mi tierra adoptiva, Chiclayo, y profundicé lo que este insigne chiclayano realizó en favor de los más necesitados. Pero mi acercamiento al norte fue más vivencial cuando me topé con la cripta de Genaro Barragán, un paisano ferreñafano cuyas haciendas suyas fueron expropiadas por Velasco.

La tumba del presidente Juan Antonio Pezet, el comprador del Huáscar, tenía unas largas palabras, de las cuales se resalta la frase: “Jamás manchó su nombre ni su espada, dejándolos inmaculados”. Las tumbas de los presidentes Piérola y Leguía, casi juntas. Santiago Antúnez de Mayolo ostentaba una bella piedra con su nombre. Luego en otro pabellón, yacía imponente una gigantesca roca, tallada con la inscripción: “Manuel González Prada 1848-1918”. Entonces recordé Triolet, el tan adecuado poema para ese momento memorable: “Para verme con los muertos/ ya no voy al campo santo,/ busco plazas, no desiertos/ para verme con los muertos”.  

El guía nos dijo: “En el pabellón donde vamos a entrar, les dolerá la cabeza”. Nosotros nos miramos asombrados, pero lo entendimos después cuando llegamos al Pabellón de los Suicidas. Nos detuvimos en una tumba en particular, José Nevares Monsante, muerto en 1910. Su historia fue increíble. Era un inteligentísimo muchacho que estudio Medicina en San Marcos y se graduó con honores. Nunca dejó de ocupar el primer puesto. Pero él había seguido esa carrera a escondidas de su padre, que pensaba que estudiaba Derecho, la carrera familiar. Cuando el padre se entera, tuvo una discusión con su hijo. Luego, en esa misma noche, se pega un tiro en la sien. A esas alturas, el dolor de cabeza ya me había atrapado.
Gracias a que conocí la tumba de Daniel Hernández, el gran pintor, pude investigar más su obra. Y habíamos llegado a la Cripta de los Héroes, que es lo más impresionante de todo el Cementerio, digno de Miguel Grau, Francisco Bolognesi, Alfonso Ugarte, entre otros. Una humilde tumba tenía el cuerpo de Mercedes Cabello de Carbonera, tan modesta como las tumbas de Manuel Asencio Segura y José María Eguren. Felipe Pinglo tenía una tumba nada plebeya, digna de este gran músico, y saqueada en una madrugada de descuido: las letras de su tradicional vals, hechas de bronce. Llegamos a un pequeño cuadrado en el suelo, cuya inscripción decía: “Aquí/ enterrado de pie como el quisiera/ está el más frondoso árbol de la poesía castellana/ el poeta peruano José Santos Chocano”.

Ahora faltaba lo que había estado esperando durante años: conocer la tumba del poeta Abraham Valdelomar. Era una modesta estructura de color cemento. Solo decía su nombre y la fecha de su muerte. Unas marchitadas rosas colgaban en su pequeño obelisco. No pude contener las lágrimas al recitar de memoria su poema “Tristitia” (“tristeza” en italiano), o acordarme de los personajes de “El vuelo de los cóndores” o “El caballero Carmelo”. Las punzadas en el corazón no se detenían. Mi esposa me miraba sorprendida y, creo, avergonzada. Abracé su tumba como agradeciéndole por tanto y consolándolo porque “la alegría nadie se la supo enseñar”. Ese era el último tramo del viaje. Ahora mi infancia ya no sería “dulce, serena, triste y sola”.

martes, 2 de agosto de 2016

"Elogio de la modestia" - Por: César Boyd Brenis - Diario "La Industria" (27/07/16)

Meter un gol en un clásico del fútbol peruano es casi un poema; pero hacerlo al último minuto tiene que serlo absolutamente. Así, entre un ambiente de “realities”, “zorros zupes” y futbolistas vinculados con las orlas de lo vacío, emerge desde las praderas de la humildad y el amor por su familia, un individuo cuya curiosa manifestación de orgullo es tan contradictoria con su especial condición de ganador. Es un lunar mediático en medio de un mundo de competencias desleales y cinismos: nunca halaga su trabajo.  

En la novela “El túnel” de Ernesto Sábato, el personaje Juan Pablo Castel se quejaba de los individuos que nunca declaraban orgullosos su talento (lo que él llamaba “la vanidad de la modestia”); sin embargo, si yo no hubiese tratado unas cuantas veces con Hernán Rengifo (Chachapoyas, 1983) no podría dar testimonio de tan profundo recato para nunca disparar una palabra que conmocione su ego. Él prefiere la sencilla descripción de una jugada, para él, azarosa, y puesta por el Dios que todo lo puede, que decir algo acerca de su buen juego y olfato goleador. Tiene una sinceridad de acero.   

Nunca alardea de sus grandes goles. En el 2014 jugó para el Juan Aurich de Chiclayo y fue un vecino digno de mencionar. Por ser yo el profesor de su hijo, lo cité a él y a su esposa para hablar de la situación académica de Sebastián Rengifo. Y entre las formalidades que requiere el caso, se coló un inevitable halago mío: “El gol de fuera del área contra Inti Gas fue de otro planeta”. Mas tuve como respuesta: “A veces sale, el equipo jugó bien”. Siempre con el impersonal “sale”, nunca con “me salió”. Siempre con la primera persona del plural: “nosotros”, nunca con “yo”.

Jorge Luis Borges siempre menospreciaba su literatura por considerarla deficiente y decía ya viejo, ciego y genio: “tal vez a los doscientos años pueda aprender algo del arte de escribir”. Su segunda esposa, “la Kodama”, publicó alguna vez en un libro en conmemoración al gran maestro que todos los actos de modestia de Jorge Luis eran absolutamente sinceros, y nunca sacados de un baúl de falsas modestias o simuladas honestidades. Algo de esto tiene Hernán Rengifo.    

Revisando todas sus entrevistas (exceptuando las de Polonia, Chipre y Turquía, que estoy seguro fueron del mismo rigor), siempre está negándose a sí mismo, no viéndose nunca como un protagonista, no aceptándose jamás, al menos solamente como elemento de un todo que lo determina. Así sucedió a comienzos de este año, cuando anotó un gol que compararon con uno del argentino Kun Agüero. Ante esto, Rengifo (“Renyifo” le decía un comentarista de Fox Sport cuando jugó la Copa Libertadores en el 2013), Rengifo afirmó, con su cara tímida, su voz pausada y su rostro sincero: “No… yo no hago ese tipo de goles, tuve la fortuna que el defensa se resbala y por ahí pues… salió”.

En esa misma entrevista, rescata conmovedoramente, con tono pausado y voz parecida a un poeta cuando lee en un recital, sin esa máscara que le cubre el rostro por lesión, rescata que él siempre será el jovencito que jugaba Copa Perú y que, terminado el colegio, iba a jugar por el equipo de sus amores (la “U”) y que eso late en él tanto que no podría pensar jamás que ya es otro.

martes, 26 de julio de 2016

"Poesía y violencia en Cruz de la Esperanza" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (18/07/16)

Cuando se cae en una crisis existencial, no hay mejor aliciente que ver a tu alrededor lo que está pasando en el mundo, para darse cuenta que el problema que se cree tener no es nada comparado a los terribles sufrimientos que muchas personas padecen.

La noche del viernes fui invitado como jurado a un concurso de declamación en el corazón de Cruz de la Esperanza. El evento estaba organizado por la Iglesia Impacto Cristiano, con el fin de concientizar a los adolescentes acerca del terrible mal del siglo: la violencia.

Hace muchos años fui corrector de textos teológicos en dicha institución, así que regresar después de más de un lustro a este centro poblado fue reencontrarme con jóvenes que luchan día a día por abrirse un camino en la vida y que, en esta oportunidad, iban a emitir su mejor voz y su genuina mímica para representar lo que significaba la violencia para ellos.

Me quedé gratamente sorprendido del talento indiscutible de los chicos para crear versos y reflejar sus vivencias en torno a la “violencia de género”, “violencia familiar”, “violencia en las calles”, etc., con textos sacados de su propio puño y letra. Un escrito que me impresionó fue el del joven Kevin Ágreda, marcado para siempre tras un accidente que casi le cuesta la vida, quien en su poema “La abandonada” decía: “De lejos, tras una estela/ de polvo, se dibuja/ una silueta que se acerca/ cada vez más”. Luego de la descripción de una mujer despojada de su honor, agrega: “¿Cuántas Marías he visto en este miserable barrio?” (Me trajo a la mente el “tú no tienes Marías que se van” de César Vallejo.)

Kevin y los demás jóvenes son testigos permanentes de la burla hacia las mujeres. Es el reflejo de esta triste estadística mundial en donde sitúan al Perú como uno de los países más machistas del orbe, después de México. Hasta parece una trama tan tristemente repetida que nos llegamos a asquear: un hombre enamora, embaraza y abandona su responsabilidad.  

La jovencita que se llevó el segundo puesto, Lucía Capuñay, escribió: “¡Mujer, ya no te permitas/ que el dolor rasgue tu alma!/ Si tu vida se marchita,/ yo te ofrezco una esperanza”. Estoy seguro que los jóvenes de Cruz de la Esperanza (¡el nombre los acompaña!) y de otros barrios aquejados por la violencia tienen esa fe, tan definida como en el capítulo 11 de Hebreos: “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”. Pues es la esperanza lo que nos permite vivir, más aún en un entorno hostil y muchas veces crudelísimo. Y saben que los acompaña ese gigante Jesucristo, testigo eterno que observa sus calles y sus acontecimientos, y se conduele con cada hecho regido por la maldad. 

Sarita Torres, casi una niña, se llevó las palmas al ocupar el primer puesto, por la entonación decidida de sus versos: “No te abras sobre el fango,/ no desistas a sus ruegos,/ sabes que sigue pensando/ cómo humillarte de nuevo”. Ella, tan jovencita, ya tiene la idea marcada del sojuzgamiento de una mujer ante las estratagemas de un soldado de la mentira. Y agrega, tan rítmicamente, “intentas esconder marcas/ que él va dejando en tu piel,/ aunque aquellas más amargas/ nadie te las puede ver”. Ingeniosa rima asonante.

Cuando se pensaba que solamente faltaba el veredicto del jurado, nació del público un joven que se animó a darnos una muestra de su arte, y selló la noche con un rap —a capela—acerca de la violencia familiar. Me dejó con un nudo en la garganta y con las ganas de cambiar el mundo, como un Quijote presto a dejarlo todo por un ideal.

lunes, 6 de junio de 2016

"Zapping de eventos y libros" - Por: César Boyd Brenis - Diaria La Industria (22/05/16)

Mantenemos todos los días nuestras armas listas. Peleamos. Acudimos al resplandor de una buena idea, un lugar mejor o una pretenciosa fantasía. Y, entre tanto, leemos un diario; en especial, un libro, dos, tres, cuatro. Y cuando se hacen todas las lecturas a la vez resulta tan fascinante que buscamos perdernos y no encontrarnos nunca. Porque hay otros lugares de este mundo tan concreto —tan botánico y citadino— que nos tumban a la primera embestida de la mañana, cuando el sol tímidamente nos visita.

La televisión nos informa desde las 5:30 de todos los días. Nos dice que el planeta apenas soporta pero que los eventos no languidecen: que capturaron en Colombia a un Caracol de la mafia peruana, que por una mujer cayó como un Paris troyano y mitológico, que sus lujos lo rodeaban con destino de asfixia, que lloró magdalénicamente al saberse perdido; que todos los días la policía hace su trabajo y vence, que los jueces y fiscales sueltan otra vez a los malnacidos, que los psicólogos o pedagogos no saben si los sicarios son todavía personas o si lo fueron, o que los políticos ya quieren darle muerte a tiempo o, al menos, cadena perpetua; que los hermosos derechos humanos son cada vez más poéticos. Ya ni se sabe.

Entonces me cae en las manos otra vez la novela “Los detectives salvajes” de Roberto Bolaño y resucitan los juegos rufianescos de Ulises Lima y Arturo Belano (los protagonistas), y las pataletas vicerrealistas de Juan García Madero, aquel narrador que no quería ser abogado y soñaba con ser escritor, pero que se chocó con la realidad insoslayable de lo patético que es el oficio de poeta.

Por su soledad angustiante, el pobre Ulises había caído en un terrible vicio de hierba y la vendía en el D. F. mexicano para publicar revistas de literatura. Entonces me imagino a Ulises Lima y Caracol en una misma escala, en un mismo púlpito sombrío. Imagínense. Caracol hecho un personaje de ficción que ya no mata, solo escribe y quema lo que no puede aguantar sin encender, y que entona el poema de la pobreza y suspira la razón de su próxima obra de filantropía literaria.

Y por su parte, Ulises Lima hecho carne y sangre de la mafia del Callao, olvidando las calles surrealistas de su lejano D. F. y a sus enemigos más íntimos como Octavio Paz; liderando una masacre cobarde en un puerto que tal vez algún día puede ser el de Pimentel, que todos queremos. Y contactando a la fila de sicarios que llevarán metralletas listas por si algún enemigo (que no es la policía) se atreva a romper con un comercio perfecto; este Ulises Lima de las especulaciones más perversas se entregará a la compra inescrupulosa de los jueces y fiscales subterráneos y de los policías que faltan al honor de la ley de leyes y de la ley de la conciencia.

Leer cuatro o cinco libros a la vez tiene sus desventajas. Y con un programa político en el aire, el engendro de los insultos se trasmuta en vicios. Ya es tan delirante el rostro de la ficción que entre las derechas de las candidaturas, golpistas o pacíficas, restructuradas o intactas, se escabullen las amenazas de los países de las novelas “Un mundo feliz” de Huxley y “1984” de Orwell; y se transmite lo que alguna vez afirmó un crítico acerca de esas dos obras maestras de la literatura. Ambas tienen escondidas dos razones opuestas de dominio: la complacencia y el autoritarismo, respectivamente. La primera brinda todo, asume libertades, muestra bellos laberintos; la segunda, no enseña, limita, restringe, golpea al que desea saber.

En las conclusiones de semejantes realidades —según este crítico—, la peor forma de gobierno es la permisiva (“Un mundo feliz”), la que da todo; porque al dar todo, no brinda nada, no guía, no señala caminos; sino confunde, hastía, sobreabunda, y al ser humano lo abruma, y ante este enredo espiritual el individuo quiere salirse, divertirse, encantarse. Con esas características del hombre, ya no es necesario la violencia para el ciudadano, sino darle todo lo que quiere en cantidades ingentes: información y datos, libros y retóricas, modas y monadas; de esa forma el pensante se volverá oveja y buscará pastores en todos lados.

Por otra parte, está el régimen autoritario de la novela “1984”. El ambiente que se respira en cada rincón es tan parecido al de las dictaduras que ha tenido el Perú. Sin embargo, estas sombras tiranas, que quieren volver estático al hombre, tienen un efecto contraproducente. Convierten a las personas en indagadoras, curiosas y temerarias; saca de ellas la astucia escondida e intenta dar brote a la sed de justicia que solo es realizable de una forma única: el compromiso social, donde los seres humanos se vuelven mejores, atesoran sus proyectos y visiones, comparten la ira de los disconformes, se unen para el cambio y la libertad.

Por el lado de las lejanas tierras tenemos también nuestros ruidos: que Dilma Rousseff cayó en limbo político y dantesco, que los sirios siguen huyendo por las cornisas del mundo, que el pueblo alemán no quiere TLC con Estados Unidos que alguna vez fue de América y ahora es del Más Allá, que el capitalismo tiene que crecer invadiendo territorios del oriente para crear nuevos mercados antes que colapse otra vez la economía, que las conspiraciones venidas de los grandes del mundo son tan evidentes que rayan en la falsedad.

Esto último, sin duda, rememora la gran novela “El hombre que fue Jueves” de Chesterton. Es el talento de los hombres para armar conspiraciones que terminan siendo ruidosas y, por ende, montadas. Un homenaje al suspenso de la historia y a la sorpresa de datos que van apareciendo en una secuencia temeraria. Imagino al personaje que hace de poeta en un espacio y tiempo de este mundo, para desmentir los asuntos ocultos, pues en el fondo lo que verdaderamente existe es el arreglo práctico bajo la mesa, para no perder protagonismos; en la novela los anarquistas y la policía secreta se confundían para que cada uno haga su trabajo sin tocarse, pues todos se hacían pasar por todos y nadie sabía si era policía o era del partido anarquista. ¡La genialidad de Chesterton!

Ante esta realidad, ahora pensamos si la foto de la felicidad en el Facebook todavía sigue rodeada de imagen, de forma, de escondrijo; si la frase del día en el muro social trasciende nuestra vida, para transformar la idea de que las tragedias y desventuras existen tanto o menos que lo que queremos ignorar.

jueves, 12 de mayo de 2016

"Las antropologías de docentes fugitivos" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (12/05/16)

Hay docentes que ante las paredes de una escuela ven el paraíso; hay docentes que laboran en purgatorios de autoritarismos y temores. Hay docentes que están predestinados a reír; hay docentes con una tristeza poética en un país de sinvergüenzas alegres (perdón, Hildebrandt, te robé la frase). Hay docentes de rituales y esperanzas, docentes resignados y pujantes. Hay docentes que planean una revolución; hay docentes que enseñan su curso. Hay docentes que hacen lo que dicen; hay docentes que colocan la nota. Hay docentes de madera que se tallan con el tiempo y se queman con el mismo tiempo que mejora el fuego.

Hay docentes que lloran por el mundo; hay docentes que cobran por lo bajo. Hay docentes que regalan su fatiga; hay docentes que se guardan el enojo. Hay docentes que leen a Vallejo; hay docentes que creen admirarlo. Hay docentes que se niegan a sí mismos; hay docentes que recurren a la hambruna. Hay docentes sin trabajo, con anhelos, sin título, con “experiencia laboral”. Hay docentes muertos que todavía viven.

Hay docentes eternos que decidieron morir y docentes que deciden vivir engañados. Hay docentes que no pretendieron serlo y lo disfrutan; hay docentes que nunca quisieron serlo pero les da dinero. Hay docentes políticos y rudos; hay docentes jubilados sin júbilo, docentes con la fortuna del asilo o la desdicha de una muerte en ciernes. Hay docentes que cuentan historias tan bellas; hay docentes que su vida la vuelven historia.

Hay docentes que leyeron El Emilio pero que la naturaleza todavía no los convence. Hay docentes que creen que Pestalozzi es un actor de cine; hay docentes que se atreven a negarlo. Hay docentes que recitan a Sartre: “Yo no puedo mandar porque jamás obedecí”. Y hay docentes que no se hacen problemas. Hay docentes cobardes; hay valientes que se volvieron docentes. Hay docentes que se paran en las mesas; hay docentes que expulsan a docentes. Hay docentes que al controlarlo todo, controlan su sueño que no es de todos. Hay docentes que dicen “carpe diem” para la clase; hay docentes que lo dicen y lo olvidan.

Hay docentes que no saben etimológicamente qué es pedagogía; hay docentes que todavía son esclavos. Hay docentes que logran liberarse; hay docentes que la etimología les queda corta. Hay docentes intelectuales, y docentes que creen que eso es bueno. Hay docentes que han escrito un libro; hay docentes que venden libros por error.

Hay docentes pederastas y docentes todavía más malditos. Hay docentes que seducen falsamente o hay fieles hidalgos de la Mancha. Hay docentes que postulan a una tórrida selva y docentes que huyen a una ilusoria costa. Hay docentes que se creen el mito griego del efebo y docentes machistas que dictan la política de sus jurisdicciones.

Hay docentes matemáticos que aman los números en la pizarra; hay matemáticos que aman los números en sus cuentas. Hay docentes pedantes y humildes; hay docentes soñadores y realistas. Hay docentes que odian la libertad de la poesía pero enseñan Literatura; hay docentes todavía más ingenuos. Hay docentes rigurosos y docentes que improvisan. Hay docentes que todavía jalan y aman; hay docentes que ni jalan ni aman.

Hay docentes máster de menciones inauditas y hay doctores con menciones de la vida. Hay locos, filmadores, cosmetólogas, peluqueros, lustrabotas, que honran la docencia; hay docentes que salen en sociales y no entienden el racismo. Hay presidentes que se volvieron docentes; hay ladrones que custodian la educación.

Hay docentes de primaria que fueron escritores (Cortázar) y que partieron a París a escribir “Rayuela”. Hay docentes que salen recién de las universidades y ya no quieren ser docentes. Hay docentes que gritan su verdad ante cuarenta corazones; hay docentes que callan su verdad ante su hijo. Hay docentes ateos que creen en Jesús; hay docentes cristianos que no creen en nadie.

Hay docentes famosos como el lambayecano Russo Delgado, Luis Hernán Ramímez, Karl Weiss, Milton Manayay o Andrés Díaz Núñez; y hay docentes como Norka Zuñe, la profesora de primaria, llorada por tantas generaciones ferreñafanas, que murió tan querida que mi llanto se juntó al de todos los que no la vieron en su féretro, y en vida le prometieron la grandeza de una ayuda que nunca se cumplió. ¡Miseria humana!

Hay docentes que reciben las Palmas Magisteriales y aún son infelices; hay docentes que no las reciben y perdonan al peor director del mundo. Hay docentes que hablan de sus logros; hay docentes que logran enseñar. Hay docentes que ruegan el perdón; hay docentes que se perdonan a sí mismos. Hay docentes tajantes de la antigua escuela; hay docentes empáticos de las formalidades empresariales. Hay docentes que renuncian a su sueño; hay docentes que no tienen sueños. Hay docentes que se acoplan; hay docentes que todavía no sucumben.

Hay docentes que mienten de verdad y aciertan de mentira. Hay docentes que filtran amistades; hay docentes que son amigos de verdad. Hay docentes que compran su tumba; hay docentes que les regalan la vida. Hay docentes que no trastabillan y hay docentes que resbalan alegres. Hay docentes que cantan en las mesas; hay docentes que callan en los tribunales. Hay docentes que remesen las escuelas; hay docentes que las quieren normales.

Hay docentes-padres que no ven a sus hijos; hay docentes-hijos que no ven a sus padres. Hay docentes que no tienen padres; hay docentes que no encuentran hijos. Hay docentes del día y de la noche; hay docentes de todos los días y de ninguno. Hay docentes que escriben artículos y merecen compasión. Hay docentes que por la calle entienden mejor la vida.

domingo, 1 de mayo de 2016

"Los Tamayo y yo" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (01/05/16)

En mis años universitarios, no había mejor libro para los enfoques biografistas que Literatura Peruana (Volumen I y II) del crítico Augusto Tamayo Vargas. El texto era citado con gloria por algunos profesores que —según afirmaban los posmodernos— aún no asimilaban “la muerte del autor” ni la inutilidad de la biografía para entender la literatura. 

Por ello aquellos dos tomos que hube comprado en “Bazar suelo” de Alfonso Ugarte me parecieron innecesarios en un ambiente de abstracciones de lectores “implícitos”, “implicados” o lo que sea, pues nada más pareció que hubo de caber en mi retina de estudiante y aspirante a poeta (“siempre, mucho siempre”: Vallejo), digo, nada más pareció entrometerse con mi legítima cultura, las denostaciones más intrépidas y exaltar —como punto de análisis— al lector, al texto o al intérprete; creando así un respeto casi dogmático por la estética de la recepción, la semiótica o la hermenéutica, respectivamente.

Sin embargo, me es grato enterarme que los nuevos estudios literarios del siglo XXI, sobre todo desde la filosofía del español Gustavo Bueno y de su discípulo Jesús González Maestro, tratan de reivindicar al autor en sintonía con los demás materiales literarios, es decir, con el texto, el lector y el intérprete; de esa manera, no caer en una amputación que pueda limitar la verdad que la ciencia literaria busca o la creación de ideas que la crítica organiza a partir de las verdades o categorías que la misma ciencia perenniza.

Ante esto, nada más favorable para tomar los libros de Augusto Tamayo Vargas (por cierto, alguna vez pretendiente de la mamá de Vargas Llosa) como punto de partida para un estudio más completo, pues desde la categorización histórica y biográfica, resulta fundamental ahora conocer el entorno que nutrió a los autores de la literatura peruana.

Viviendo esta reivindicación, cuyos proyectos de estudio aún son mínimos, se cruzó en mi vida —y no es coincidencia— un descendiente de Augusto. Me refiero al sacerdote Manuel Tamayo Pinto-Bazurco, sobrino del crítico literario, y también poeta, polemista de gran altura, autor de un sinnúmero de libros y reparador de almas cabizbajas como a veces la mía (“perdonen la tristeza”: otra vez Vallejo).

No solo su mirada penetrante, defendida por dos cejas pobladas y gesto robusto, podía mantenernos en estado de curiosidad por este poeta de Dios, sino también su cordialidad y buen tino para decir directamente frases como: “César, nunca nos hemos reunido”. Y recibiendo una verdad mía, casi absoluta, y subido en su auto que me evitaría el kilómetro de carretera de todos los días: “Padre, hoy soñé que es el día”. Era cierto. Durante casi dos años me crucé con él por los pasadizos llenos de alumnos, por los jardines no colgantes de una Babilonia inexistente, por la casa de oración y de perdón; pero solo tuvimos la oportunidad —hace menos de un año— de estrecharnos la mano y preguntarle en esa ocasión por Augusto Tamayo, para que él me pueda compartir su parentesco y dicha.

No obstante, la semana pasada, después de la primera parte de esa reunión pactada a plazos, me dijo con un tono predicativo: “Perdón, solo he hablado de mí”. Es que era imposible no hablar de la familia Tamayo cuando mis preguntas se iban hilando como cadenas fortalecidas por la admiración y el sabor literario y pedagógico que se respiraba. “Usted necesitaba una catarsis”, le animé. Pues estaba frente al doctor en Teología y Ciencias de la educación, estaba frente al hombre que recordaba sus momentos más gratos en sus estudios en Roma y España, estaba frente al profesor de Jaime Bayle que alguna vez entrevistó (cuya “cura es tan imposible”), y encontraba arqueologías que me permitirían reestructurar el apellido Tamayo, y traer otra vez ese recuerdo a la actualidad que se merece.
 
Los poetas, los cineastas, la cultura, los libros, el ingenio, los errores, la inteligencia, todo ello era tema para aplacar mi curiosidad por su extensa familia. Todo era un pergamino que contenía una oda reivindicativa que se recitaba en un Do sostenido y perenne. Sin embargo, en la segunda parte de nuestro encuentro, él me escuchó con atención, y yo proclamé ante él todo el bulto que sostenía, un peso que se calla y —al expulsarlo— deshidrata, no porque fueran solo mis angustias y enmiendas, sino porque eran las cabalgaduras de un docente, aquel ser humano que la sociedad ve con recelo. ¿Acaso no es visto el profesor como un apóstol sin errores?

Al día siguiente, a primera hora, llevó a mi mesa dos regalos que solamente el sobrino de Augusto Tamayo Vargas puede ofrecer con tanta bondad: libros. “Nuri”, un cuento extenso que trata sobre un burrito que emprende el reto de cambiar el mundo, había sido tomado por mi hijo de seis años como un interesante objeto para colorear. Ese libro, como afirma el prólogo, “es un cuento filosófico y pedagógico (…) para la recuperación de los valores antiguos”.

Esta última parte, rememora la idea optimista que lo de antes siempre fue mejor y más puro, aquel pensamiento que tomó el Quijote para armarse caballero e ir a cambiar un mundo que no le gusta, esa virtud que el romanticismo literario exaltó y que en la posmodernidad solo podría tomarse como una brutal ingenuidad y locura. Así, en nuestro ameno diálogo, le refería al padre Tamayo la imposibilidad del pesimismo en un docente, y él me contestaría, con una sabiduría mortal: “Hasta en medio de feroces guerras hay optimismo”.

Su libro “Educar para comunicar”, con prólogo del doctor Francisco Miro Quesada Rada, evidencia un combate a muerte con dos males de la sociedad contemporánea: el relativismo y la permisividad. De esa forma, reflexiona sobre temas importantes y asume que la independencia de la persona es un espejismo (¡lo sabremos los peruanos!), que la libertad absoluta es un error; además, trata asuntos como: el reemplazo de la piñata por la “hora loca” (el rompimiento de la norma), el miedo a la vida por el desconocimiento de la verdad, educar para ganar un sueldo y no para trasmitir amor, entre otros.

El padre Tamayo me brindó una hora de entusiasmo que agradezco, y ya lo veo en el confesionario, escuchando con alegría o pena tanta palabra humana, pensando en un verso nuevo, repensando un párrafo de su nuevo libro de amor por el hombre, reviviendo un momento de gracia; ya lo veo acomodándose la sotana para seguir en su más alta entrega: el sacerdocio. Y diciéndome para comprometerme ardorosamente: “Reza por mí, por favor”.