martes, 2 de agosto de 2016

"Elogio de la modestia" - Por: César Boyd Brenis - Diario "La Industria" (27/07/16)

Meter un gol en un clásico del fútbol peruano es casi un poema; pero hacerlo al último minuto tiene que serlo absolutamente. Así, entre un ambiente de “realities”, “zorros zupes” y futbolistas vinculados con las orlas de lo vacío, emerge desde las praderas de la humildad y el amor por su familia, un individuo cuya curiosa manifestación de orgullo es tan contradictoria con su especial condición de ganador. Es un lunar mediático en medio de un mundo de competencias desleales y cinismos: nunca halaga su trabajo.  

En la novela “El túnel” de Ernesto Sábato, el personaje Juan Pablo Castel se quejaba de los individuos que nunca declaraban orgullosos su talento (lo que él llamaba “la vanidad de la modestia”); sin embargo, si yo no hubiese tratado unas cuantas veces con Hernán Rengifo (Chachapoyas, 1983) no podría dar testimonio de tan profundo recato para nunca disparar una palabra que conmocione su ego. Él prefiere la sencilla descripción de una jugada, para él, azarosa, y puesta por el Dios que todo lo puede, que decir algo acerca de su buen juego y olfato goleador. Tiene una sinceridad de acero.   

Nunca alardea de sus grandes goles. En el 2014 jugó para el Juan Aurich de Chiclayo y fue un vecino digno de mencionar. Por ser yo el profesor de su hijo, lo cité a él y a su esposa para hablar de la situación académica de Sebastián Rengifo. Y entre las formalidades que requiere el caso, se coló un inevitable halago mío: “El gol de fuera del área contra Inti Gas fue de otro planeta”. Mas tuve como respuesta: “A veces sale, el equipo jugó bien”. Siempre con el impersonal “sale”, nunca con “me salió”. Siempre con la primera persona del plural: “nosotros”, nunca con “yo”.

Jorge Luis Borges siempre menospreciaba su literatura por considerarla deficiente y decía ya viejo, ciego y genio: “tal vez a los doscientos años pueda aprender algo del arte de escribir”. Su segunda esposa, “la Kodama”, publicó alguna vez en un libro en conmemoración al gran maestro que todos los actos de modestia de Jorge Luis eran absolutamente sinceros, y nunca sacados de un baúl de falsas modestias o simuladas honestidades. Algo de esto tiene Hernán Rengifo.    

Revisando todas sus entrevistas (exceptuando las de Polonia, Chipre y Turquía, que estoy seguro fueron del mismo rigor), siempre está negándose a sí mismo, no viéndose nunca como un protagonista, no aceptándose jamás, al menos solamente como elemento de un todo que lo determina. Así sucedió a comienzos de este año, cuando anotó un gol que compararon con uno del argentino Kun Agüero. Ante esto, Rengifo (“Renyifo” le decía un comentarista de Fox Sport cuando jugó la Copa Libertadores en el 2013), Rengifo afirmó, con su cara tímida, su voz pausada y su rostro sincero: “No… yo no hago ese tipo de goles, tuve la fortuna que el defensa se resbala y por ahí pues… salió”.

En esa misma entrevista, rescata conmovedoramente, con tono pausado y voz parecida a un poeta cuando lee en un recital, sin esa máscara que le cubre el rostro por lesión, rescata que él siempre será el jovencito que jugaba Copa Perú y que, terminado el colegio, iba a jugar por el equipo de sus amores (la “U”) y que eso late en él tanto que no podría pensar jamás que ya es otro.

martes, 26 de julio de 2016

"Poesía y violencia en Cruz de la Esperanza" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (18/07/16)

Cuando se cae en una crisis existencial, no hay mejor aliciente que ver a tu alrededor lo que está pasando en el mundo, para darse cuenta que el problema que se cree tener no es nada comparado a los terribles sufrimientos que muchas personas padecen.

La noche del viernes fui invitado como jurado a un concurso de declamación en el corazón de Cruz de la Esperanza. El evento estaba organizado por la Iglesia Impacto Cristiano, con el fin de concientizar a los adolescentes acerca del terrible mal del siglo: la violencia.

Hace muchos años fui corrector de textos teológicos en dicha institución, así que regresar después de más de un lustro a este centro poblado fue reencontrarme con jóvenes que luchan día a día por abrirse un camino en la vida y que, en esta oportunidad, iban a emitir su mejor voz y su genuina mímica para representar lo que significaba la violencia para ellos.

Me quedé gratamente sorprendido del talento indiscutible de los chicos para crear versos y reflejar sus vivencias en torno a la “violencia de género”, “violencia familiar”, “violencia en las calles”, etc., con textos sacados de su propio puño y letra. Un escrito que me impresionó fue el del joven Kevin Ágreda, marcado para siempre tras un accidente que casi le cuesta la vida, quien en su poema “La abandonada” decía: “De lejos, tras una estela/ de polvo, se dibuja/ una silueta que se acerca/ cada vez más”. Luego de la descripción de una mujer despojada de su honor, agrega: “¿Cuántas Marías he visto en este miserable barrio?” (Me trajo a la mente el “tú no tienes Marías que se van” de César Vallejo.)

Kevin y los demás jóvenes son testigos permanentes de la burla hacia las mujeres. Es el reflejo de esta triste estadística mundial en donde sitúan al Perú como uno de los países más machistas del orbe, después de México. Hasta parece una trama tan tristemente repetida que nos llegamos a asquear: un hombre enamora, embaraza y abandona su responsabilidad.  

La jovencita que se llevó el segundo puesto, Lucía Capuñay, escribió: “¡Mujer, ya no te permitas/ que el dolor rasgue tu alma!/ Si tu vida se marchita,/ yo te ofrezco una esperanza”. Estoy seguro que los jóvenes de Cruz de la Esperanza (¡el nombre los acompaña!) y de otros barrios aquejados por la violencia tienen esa fe, tan definida como en el capítulo 11 de Hebreos: “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”. Pues es la esperanza lo que nos permite vivir, más aún en un entorno hostil y muchas veces crudelísimo. Y saben que los acompaña ese gigante Jesucristo, testigo eterno que observa sus calles y sus acontecimientos, y se conduele con cada hecho regido por la maldad. 

Sarita Torres, casi una niña, se llevó las palmas al ocupar el primer puesto, por la entonación decidida de sus versos: “No te abras sobre el fango,/ no desistas a sus ruegos,/ sabes que sigue pensando/ cómo humillarte de nuevo”. Ella, tan jovencita, ya tiene la idea marcada del sojuzgamiento de una mujer ante las estratagemas de un soldado de la mentira. Y agrega, tan rítmicamente, “intentas esconder marcas/ que él va dejando en tu piel,/ aunque aquellas más amargas/ nadie te las puede ver”. Ingeniosa rima asonante.

Cuando se pensaba que solamente faltaba el veredicto del jurado, nació del público un joven que se animó a darnos una muestra de su arte, y selló la noche con un rap —a capela—acerca de la violencia familiar. Me dejó con un nudo en la garganta y con las ganas de cambiar el mundo, como un Quijote presto a dejarlo todo por un ideal.

lunes, 6 de junio de 2016

"Zapping de eventos y libros" - Por: César Boyd Brenis - Diaria La Industria (22/05/16)

Mantenemos todos los días nuestras armas listas. Peleamos. Acudimos al resplandor de una buena idea, un lugar mejor o una pretenciosa fantasía. Y, entre tanto, leemos un diario; en especial, un libro, dos, tres, cuatro. Y cuando se hacen todas las lecturas a la vez resulta tan fascinante que buscamos perdernos y no encontrarnos nunca. Porque hay otros lugares de este mundo tan concreto —tan botánico y citadino— que nos tumban a la primera embestida de la mañana, cuando el sol tímidamente nos visita.

La televisión nos informa desde las 5:30 de todos los días. Nos dice que el planeta apenas soporta pero que los eventos no languidecen: que capturaron en Colombia a un Caracol de la mafia peruana, que por una mujer cayó como un Paris troyano y mitológico, que sus lujos lo rodeaban con destino de asfixia, que lloró magdalénicamente al saberse perdido; que todos los días la policía hace su trabajo y vence, que los jueces y fiscales sueltan otra vez a los malnacidos, que los psicólogos o pedagogos no saben si los sicarios son todavía personas o si lo fueron, o que los políticos ya quieren darle muerte a tiempo o, al menos, cadena perpetua; que los hermosos derechos humanos son cada vez más poéticos. Ya ni se sabe.

Entonces me cae en las manos otra vez la novela “Los detectives salvajes” de Roberto Bolaño y resucitan los juegos rufianescos de Ulises Lima y Arturo Belano (los protagonistas), y las pataletas vicerrealistas de Juan García Madero, aquel narrador que no quería ser abogado y soñaba con ser escritor, pero que se chocó con la realidad insoslayable de lo patético que es el oficio de poeta.

Por su soledad angustiante, el pobre Ulises había caído en un terrible vicio de hierba y la vendía en el D. F. mexicano para publicar revistas de literatura. Entonces me imagino a Ulises Lima y Caracol en una misma escala, en un mismo púlpito sombrío. Imagínense. Caracol hecho un personaje de ficción que ya no mata, solo escribe y quema lo que no puede aguantar sin encender, y que entona el poema de la pobreza y suspira la razón de su próxima obra de filantropía literaria.

Y por su parte, Ulises Lima hecho carne y sangre de la mafia del Callao, olvidando las calles surrealistas de su lejano D. F. y a sus enemigos más íntimos como Octavio Paz; liderando una masacre cobarde en un puerto que tal vez algún día puede ser el de Pimentel, que todos queremos. Y contactando a la fila de sicarios que llevarán metralletas listas por si algún enemigo (que no es la policía) se atreva a romper con un comercio perfecto; este Ulises Lima de las especulaciones más perversas se entregará a la compra inescrupulosa de los jueces y fiscales subterráneos y de los policías que faltan al honor de la ley de leyes y de la ley de la conciencia.

Leer cuatro o cinco libros a la vez tiene sus desventajas. Y con un programa político en el aire, el engendro de los insultos se trasmuta en vicios. Ya es tan delirante el rostro de la ficción que entre las derechas de las candidaturas, golpistas o pacíficas, restructuradas o intactas, se escabullen las amenazas de los países de las novelas “Un mundo feliz” de Huxley y “1984” de Orwell; y se transmite lo que alguna vez afirmó un crítico acerca de esas dos obras maestras de la literatura. Ambas tienen escondidas dos razones opuestas de dominio: la complacencia y el autoritarismo, respectivamente. La primera brinda todo, asume libertades, muestra bellos laberintos; la segunda, no enseña, limita, restringe, golpea al que desea saber.

En las conclusiones de semejantes realidades —según este crítico—, la peor forma de gobierno es la permisiva (“Un mundo feliz”), la que da todo; porque al dar todo, no brinda nada, no guía, no señala caminos; sino confunde, hastía, sobreabunda, y al ser humano lo abruma, y ante este enredo espiritual el individuo quiere salirse, divertirse, encantarse. Con esas características del hombre, ya no es necesario la violencia para el ciudadano, sino darle todo lo que quiere en cantidades ingentes: información y datos, libros y retóricas, modas y monadas; de esa forma el pensante se volverá oveja y buscará pastores en todos lados.

Por otra parte, está el régimen autoritario de la novela “1984”. El ambiente que se respira en cada rincón es tan parecido al de las dictaduras que ha tenido el Perú. Sin embargo, estas sombras tiranas, que quieren volver estático al hombre, tienen un efecto contraproducente. Convierten a las personas en indagadoras, curiosas y temerarias; saca de ellas la astucia escondida e intenta dar brote a la sed de justicia que solo es realizable de una forma única: el compromiso social, donde los seres humanos se vuelven mejores, atesoran sus proyectos y visiones, comparten la ira de los disconformes, se unen para el cambio y la libertad.

Por el lado de las lejanas tierras tenemos también nuestros ruidos: que Dilma Rousseff cayó en limbo político y dantesco, que los sirios siguen huyendo por las cornisas del mundo, que el pueblo alemán no quiere TLC con Estados Unidos que alguna vez fue de América y ahora es del Más Allá, que el capitalismo tiene que crecer invadiendo territorios del oriente para crear nuevos mercados antes que colapse otra vez la economía, que las conspiraciones venidas de los grandes del mundo son tan evidentes que rayan en la falsedad.

Esto último, sin duda, rememora la gran novela “El hombre que fue Jueves” de Chesterton. Es el talento de los hombres para armar conspiraciones que terminan siendo ruidosas y, por ende, montadas. Un homenaje al suspenso de la historia y a la sorpresa de datos que van apareciendo en una secuencia temeraria. Imagino al personaje que hace de poeta en un espacio y tiempo de este mundo, para desmentir los asuntos ocultos, pues en el fondo lo que verdaderamente existe es el arreglo práctico bajo la mesa, para no perder protagonismos; en la novela los anarquistas y la policía secreta se confundían para que cada uno haga su trabajo sin tocarse, pues todos se hacían pasar por todos y nadie sabía si era policía o era del partido anarquista. ¡La genialidad de Chesterton!

Ante esta realidad, ahora pensamos si la foto de la felicidad en el Facebook todavía sigue rodeada de imagen, de forma, de escondrijo; si la frase del día en el muro social trasciende nuestra vida, para transformar la idea de que las tragedias y desventuras existen tanto o menos que lo que queremos ignorar.

jueves, 12 de mayo de 2016

"Las antropologías de docentes fugitivos" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (12/05/16)

Hay docentes que ante las paredes de una escuela ven el paraíso; hay docentes que laboran en purgatorios de autoritarismos y temores. Hay docentes que están predestinados a reír; hay docentes con una tristeza poética en un país de sinvergüenzas alegres (perdón, Hildebrandt, te robé la frase). Hay docentes de rituales y esperanzas, docentes resignados y pujantes. Hay docentes que planean una revolución; hay docentes que enseñan su curso. Hay docentes que hacen lo que dicen; hay docentes que colocan la nota. Hay docentes de madera que se tallan con el tiempo y se queman con el mismo tiempo que mejora el fuego.

Hay docentes que lloran por el mundo; hay docentes que cobran por lo bajo. Hay docentes que regalan su fatiga; hay docentes que se guardan el enojo. Hay docentes que leen a Vallejo; hay docentes que creen admirarlo. Hay docentes que se niegan a sí mismos; hay docentes que recurren a la hambruna. Hay docentes sin trabajo, con anhelos, sin título, con “experiencia laboral”. Hay docentes muertos que todavía viven.

Hay docentes eternos que decidieron morir y docentes que deciden vivir engañados. Hay docentes que no pretendieron serlo y lo disfrutan; hay docentes que nunca quisieron serlo pero les da dinero. Hay docentes políticos y rudos; hay docentes jubilados sin júbilo, docentes con la fortuna del asilo o la desdicha de una muerte en ciernes. Hay docentes que cuentan historias tan bellas; hay docentes que su vida la vuelven historia.

Hay docentes que leyeron El Emilio pero que la naturaleza todavía no los convence. Hay docentes que creen que Pestalozzi es un actor de cine; hay docentes que se atreven a negarlo. Hay docentes que recitan a Sartre: “Yo no puedo mandar porque jamás obedecí”. Y hay docentes que no se hacen problemas. Hay docentes cobardes; hay valientes que se volvieron docentes. Hay docentes que se paran en las mesas; hay docentes que expulsan a docentes. Hay docentes que al controlarlo todo, controlan su sueño que no es de todos. Hay docentes que dicen “carpe diem” para la clase; hay docentes que lo dicen y lo olvidan.

Hay docentes que no saben etimológicamente qué es pedagogía; hay docentes que todavía son esclavos. Hay docentes que logran liberarse; hay docentes que la etimología les queda corta. Hay docentes intelectuales, y docentes que creen que eso es bueno. Hay docentes que han escrito un libro; hay docentes que venden libros por error.

Hay docentes pederastas y docentes todavía más malditos. Hay docentes que seducen falsamente o hay fieles hidalgos de la Mancha. Hay docentes que postulan a una tórrida selva y docentes que huyen a una ilusoria costa. Hay docentes que se creen el mito griego del efebo y docentes machistas que dictan la política de sus jurisdicciones.

Hay docentes matemáticos que aman los números en la pizarra; hay matemáticos que aman los números en sus cuentas. Hay docentes pedantes y humildes; hay docentes soñadores y realistas. Hay docentes que odian la libertad de la poesía pero enseñan Literatura; hay docentes todavía más ingenuos. Hay docentes rigurosos y docentes que improvisan. Hay docentes que todavía jalan y aman; hay docentes que ni jalan ni aman.

Hay docentes máster de menciones inauditas y hay doctores con menciones de la vida. Hay locos, filmadores, cosmetólogas, peluqueros, lustrabotas, que honran la docencia; hay docentes que salen en sociales y no entienden el racismo. Hay presidentes que se volvieron docentes; hay ladrones que custodian la educación.

Hay docentes de primaria que fueron escritores (Cortázar) y que partieron a París a escribir “Rayuela”. Hay docentes que salen recién de las universidades y ya no quieren ser docentes. Hay docentes que gritan su verdad ante cuarenta corazones; hay docentes que callan su verdad ante su hijo. Hay docentes ateos que creen en Jesús; hay docentes cristianos que no creen en nadie.

Hay docentes famosos como el lambayecano Russo Delgado, Luis Hernán Ramímez, Karl Weiss, Milton Manayay o Andrés Díaz Núñez; y hay docentes como Norka Zuñe, la profesora de primaria, llorada por tantas generaciones ferreñafanas, que murió tan querida que mi llanto se juntó al de todos los que no la vieron en su féretro, y en vida le prometieron la grandeza de una ayuda que nunca se cumplió. ¡Miseria humana!

Hay docentes que reciben las Palmas Magisteriales y aún son infelices; hay docentes que no las reciben y perdonan al peor director del mundo. Hay docentes que hablan de sus logros; hay docentes que logran enseñar. Hay docentes que ruegan el perdón; hay docentes que se perdonan a sí mismos. Hay docentes tajantes de la antigua escuela; hay docentes empáticos de las formalidades empresariales. Hay docentes que renuncian a su sueño; hay docentes que no tienen sueños. Hay docentes que se acoplan; hay docentes que todavía no sucumben.

Hay docentes que mienten de verdad y aciertan de mentira. Hay docentes que filtran amistades; hay docentes que son amigos de verdad. Hay docentes que compran su tumba; hay docentes que les regalan la vida. Hay docentes que no trastabillan y hay docentes que resbalan alegres. Hay docentes que cantan en las mesas; hay docentes que callan en los tribunales. Hay docentes que remesen las escuelas; hay docentes que las quieren normales.

Hay docentes-padres que no ven a sus hijos; hay docentes-hijos que no ven a sus padres. Hay docentes que no tienen padres; hay docentes que no encuentran hijos. Hay docentes del día y de la noche; hay docentes de todos los días y de ninguno. Hay docentes que escriben artículos y merecen compasión. Hay docentes que por la calle entienden mejor la vida.

domingo, 1 de mayo de 2016

"Los Tamayo y yo" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (01/05/16)

En mis años universitarios, no había mejor libro para los enfoques biografistas que Literatura Peruana (Volumen I y II) del crítico Augusto Tamayo Vargas. El texto era citado con gloria por algunos profesores que —según afirmaban los posmodernos— aún no asimilaban “la muerte del autor” ni la inutilidad de la biografía para entender la literatura. 

Por ello aquellos dos tomos que hube comprado en “Bazar suelo” de Alfonso Ugarte me parecieron innecesarios en un ambiente de abstracciones de lectores “implícitos”, “implicados” o lo que sea, pues nada más pareció que hubo de caber en mi retina de estudiante y aspirante a poeta (“siempre, mucho siempre”: Vallejo), digo, nada más pareció entrometerse con mi legítima cultura, las denostaciones más intrépidas y exaltar —como punto de análisis— al lector, al texto o al intérprete; creando así un respeto casi dogmático por la estética de la recepción, la semiótica o la hermenéutica, respectivamente.

Sin embargo, me es grato enterarme que los nuevos estudios literarios del siglo XXI, sobre todo desde la filosofía del español Gustavo Bueno y de su discípulo Jesús González Maestro, tratan de reivindicar al autor en sintonía con los demás materiales literarios, es decir, con el texto, el lector y el intérprete; de esa manera, no caer en una amputación que pueda limitar la verdad que la ciencia literaria busca o la creación de ideas que la crítica organiza a partir de las verdades o categorías que la misma ciencia perenniza.

Ante esto, nada más favorable para tomar los libros de Augusto Tamayo Vargas (por cierto, alguna vez pretendiente de la mamá de Vargas Llosa) como punto de partida para un estudio más completo, pues desde la categorización histórica y biográfica, resulta fundamental ahora conocer el entorno que nutrió a los autores de la literatura peruana.

Viviendo esta reivindicación, cuyos proyectos de estudio aún son mínimos, se cruzó en mi vida —y no es coincidencia— un descendiente de Augusto. Me refiero al sacerdote Manuel Tamayo Pinto-Bazurco, sobrino del crítico literario, y también poeta, polemista de gran altura, autor de un sinnúmero de libros y reparador de almas cabizbajas como a veces la mía (“perdonen la tristeza”: otra vez Vallejo).

No solo su mirada penetrante, defendida por dos cejas pobladas y gesto robusto, podía mantenernos en estado de curiosidad por este poeta de Dios, sino también su cordialidad y buen tino para decir directamente frases como: “César, nunca nos hemos reunido”. Y recibiendo una verdad mía, casi absoluta, y subido en su auto que me evitaría el kilómetro de carretera de todos los días: “Padre, hoy soñé que es el día”. Era cierto. Durante casi dos años me crucé con él por los pasadizos llenos de alumnos, por los jardines no colgantes de una Babilonia inexistente, por la casa de oración y de perdón; pero solo tuvimos la oportunidad —hace menos de un año— de estrecharnos la mano y preguntarle en esa ocasión por Augusto Tamayo, para que él me pueda compartir su parentesco y dicha.

No obstante, la semana pasada, después de la primera parte de esa reunión pactada a plazos, me dijo con un tono predicativo: “Perdón, solo he hablado de mí”. Es que era imposible no hablar de la familia Tamayo cuando mis preguntas se iban hilando como cadenas fortalecidas por la admiración y el sabor literario y pedagógico que se respiraba. “Usted necesitaba una catarsis”, le animé. Pues estaba frente al doctor en Teología y Ciencias de la educación, estaba frente al hombre que recordaba sus momentos más gratos en sus estudios en Roma y España, estaba frente al profesor de Jaime Bayle que alguna vez entrevistó (cuya “cura es tan imposible”), y encontraba arqueologías que me permitirían reestructurar el apellido Tamayo, y traer otra vez ese recuerdo a la actualidad que se merece.
 
Los poetas, los cineastas, la cultura, los libros, el ingenio, los errores, la inteligencia, todo ello era tema para aplacar mi curiosidad por su extensa familia. Todo era un pergamino que contenía una oda reivindicativa que se recitaba en un Do sostenido y perenne. Sin embargo, en la segunda parte de nuestro encuentro, él me escuchó con atención, y yo proclamé ante él todo el bulto que sostenía, un peso que se calla y —al expulsarlo— deshidrata, no porque fueran solo mis angustias y enmiendas, sino porque eran las cabalgaduras de un docente, aquel ser humano que la sociedad ve con recelo. ¿Acaso no es visto el profesor como un apóstol sin errores?

Al día siguiente, a primera hora, llevó a mi mesa dos regalos que solamente el sobrino de Augusto Tamayo Vargas puede ofrecer con tanta bondad: libros. “Nuri”, un cuento extenso que trata sobre un burrito que emprende el reto de cambiar el mundo, había sido tomado por mi hijo de seis años como un interesante objeto para colorear. Ese libro, como afirma el prólogo, “es un cuento filosófico y pedagógico (…) para la recuperación de los valores antiguos”.

Esta última parte, rememora la idea optimista que lo de antes siempre fue mejor y más puro, aquel pensamiento que tomó el Quijote para armarse caballero e ir a cambiar un mundo que no le gusta, esa virtud que el romanticismo literario exaltó y que en la posmodernidad solo podría tomarse como una brutal ingenuidad y locura. Así, en nuestro ameno diálogo, le refería al padre Tamayo la imposibilidad del pesimismo en un docente, y él me contestaría, con una sabiduría mortal: “Hasta en medio de feroces guerras hay optimismo”.

Su libro “Educar para comunicar”, con prólogo del doctor Francisco Miro Quesada Rada, evidencia un combate a muerte con dos males de la sociedad contemporánea: el relativismo y la permisividad. De esa forma, reflexiona sobre temas importantes y asume que la independencia de la persona es un espejismo (¡lo sabremos los peruanos!), que la libertad absoluta es un error; además, trata asuntos como: el reemplazo de la piñata por la “hora loca” (el rompimiento de la norma), el miedo a la vida por el desconocimiento de la verdad, educar para ganar un sueldo y no para trasmitir amor, entre otros.

El padre Tamayo me brindó una hora de entusiasmo que agradezco, y ya lo veo en el confesionario, escuchando con alegría o pena tanta palabra humana, pensando en un verso nuevo, repensando un párrafo de su nuevo libro de amor por el hombre, reviviendo un momento de gracia; ya lo veo acomodándose la sotana para seguir en su más alta entrega: el sacerdocio. Y diciéndome para comprometerme ardorosamente: “Reza por mí, por favor”.

sábado, 23 de abril de 2016

"Otra vez, Andrés (Díaz Núñez)" - Por: César Boyd Brenis - Diario "La Industria" (24/04/16)


 Con el mismo paso apurado que lo conocí en la universidad, cuando me dictaba Literatura Peruana, pero con más de setenta calendarios encima, lo encontré en la calle Lora y Cordero, a pocas puertas de la casa del poeta Prieto Soberón (cuyas conversaciones sobre Nietzsche y Los enanitos verdes me dejaran perplejo en el año 99). Lo encontré al escritor ensimismado de estos tiempos para devolver a mi memoria al profesor emblemático que solía ser en los tiempos de la intensidad lectora de la Pedro Ruiz Gallo.


Andrés Díaz Núñez caminaba la vereda más accidentada del mundo, pasando la esquina de Alfonso Ugarte y Lora y Cordero (por la ex casa de otra poeta: Estrella Mora), para toparse conmigo y decirme sin tantos rodeos y saludos predeterminados: “¡Poeta Boyd, leí tu artículo!”. Le pregunté cuál para darme un respiro jactancioso, pero yo sabía cuál era, pues las publicaciones y la escritura me han sido esquivas desde que la vida me ha impuesto el trabajo de las veinticinco horas y ha alejado los impulsos benditos de la literatura. Y a pesar mío. Lo dejé que me explicara que mi artículo había sido un texto acerca de la lectura y que lo había tomado como referencia auténtica en un reciente evento.

Todavía escribía y leía en ese orden flamígero de los apasionados. Recordó que hace unos días una conocida universidad, la cual bordea el cementerio Jardines de la Paz, lo invitó para hablar de la lectura, de “esa cosa que creen que termina en la universidad”, así les dijo a los estudiantes que seguramente, intrigados, hubieron creído que se refería a las maestrías y diplomados en serie geométrica que proliferan y se adquieren para atesorar un puñado de papeles en la pared del olvido. También me refirió que su última compra había sido el Corán, libro del cual se decepcionó grandemente por su fetichismo en el número de esposas para los profetas preferidos de Alá: “¡Nada se compara a la Biblia!”, me dijo, aunque después bromeó: “¡Mejor no hablo de los musulmanes porque vaya a explotar una bomba en mi casa!”.   

Las canas del profesor Andrés se veían más peinadas y más lícitas para simbolizar la verdad traducida en palabras. Y me venía a la mente aquellos poemas sociales de “Piedra dura, corazón sensible”, libro que sus amigos de esos tiempos lo acusaron de pleonásmico; pero que con la ironía que ha caracterizado a sus obras posteriores Andrés les hubo de responder: “Es simplemente poesía”. Su sensibilidad adquirida desde las profundidades de Chames y luego de Chota, lo habrían puesto en un lugar privilegiado. Fue un lector temprano de Javier Heraud —cuando a este vate ya lo habían acribillado en Madre de Dios en nombre de esa utopía socialista—, y esa visita a su “poesía reunida” lo habría hecho escribir, con ese orden y sencillez, su primer libro que, como me contó en el 2008, nunca lo convenció. Pero para mí ha sido la mejor manifestación poética de aquel profesor que alguna vez me dijo en clase: “¡Vallejo es para pocos!”.

Cuando le conté que su inminente retiro de la Pedro había llegado a mis oídos hace algunos meses por el poeta Ernesto Facho, me contestó que estuvo tres meses fuera de las aulas de nuestra facultad (FACHSE), pero que con una acción de amparo había vuelto, aunque, por supuesto, con la firme mentalidad de retirarse muy pronto.

Sus obras no han sido necesariamente bien recibidas. Rememoro aquella anécdota que me comentó mi gran amigo José Abad (cofundador del Grupo Literario Signos) y colega a rajatabla: una profesora tenía que dictar la unidad de Literatura Regional en un conocido colegio de monjas; entonces, para su finalidad pedagógica, había pedido comprar dos novelas de Andrés Díaz Núñez. La sorpresa fue grande cuando una semana después llegaron decenas de madres de familia a las puertas de la dirección, con obras en mano, para reclamar que cómo es posible que un colegio tan prestigioso pudiera amparar semejantes adjetivos y lisuras. Como era de esperarse, la profesora escapó antes del linchamiento, y las obras de Andrés Díaz fueron incineradas en un acto que al autor lo volvió inmortal.

La ligera croprolalia de alguno de sus libros ha creado una reputación de escritor obsceno. Pero no. Quien haya leído su obra completa (todos sus libros publicados, digo, pues tiene deseos de seguir editando) podrá distinguir el sonido difuso de una lisura en el contexto definido de un rotundo desamparo (como en la novela “Rastros sangrantes”) o en la situación de “racismo genético” (como en “Los hombres que parecen sombras”). Pero me quedo con esos cuentos tan bien distribuidos que forman el libro “Paredes de viento”, que quienes aman las novedades finitas de Paulo Coelho y los compromisos agnósticos de Brown, jamás podrán notar que de esa mano blanca y pura nace una prosa preciosa y trabajada, creando realidades desde el alejamiento del mito moderno del progreso y de la retahíla de loas a lo políticamente correcto.

Con tantos homenajes públicos que ha recibido (por municipalidades, universidades, centros culturales, bibliotecas, gobiernos regionales, etc.), Andrés Díaz Núñez tiene un lugar seguro en la historia de nuestra región y un sitio determinado en el corazón de todos sus alumnos. Siempre me sentiré culpable por aquel reclamo justo que me hizo cuando todavía bordeaba la mitad de mi carrera: “¡Has firmado un documento que me saca del curso! Lo hubiese esperado de otros pero no de ti”. Cuando me explicó que por razones políticas se habían estado maquinando argucias para darle menos horas de trabajo, me sentí sucio y repugnante, porque había firmado un papel sin haberlo comprendido bien, una hoja de estercolero  que, con el mejor estilo de estratagema oriental, recomendaba a otro profesor para un curso del ciclo venidero. En aquel tiempo me odié a mí mismo con la misma intensidad que ahora proclamo el nombre del maestro Andrés, para poner un poco de justicia en este mundo de fantasía, cuyo arte ha embellecido hasta lo más indigno por embellecer.

sábado, 16 de abril de 2016

"2015: Crónica de libros y oficios" - Por: César Boyd Brenis - Diario "La Industria" (24/01/16)

El 2015, profético y violento, ha sido especialmente duro. Para un lector casi patológico, era una necesidad imperativa abrir espacios forzados para poder acalorarme con las páginas de un libro. Desde las seis y treinta de la mañana cuando salía de casa, hasta las siete de la noche cuando regresaba a ella, los espacios no eran muchos: la combi de ida, la hora del Plan lector, la caminata al trabajo, la sobremesa del almuerzo, las dos combis de vuelta, el merecido receso, la espera de la siguiente clase en el instituto, la noche del brindis, etc. Todo era válido para la nutrición libresca.

El año comenzó con un reto que no cumplí para no volverme loco: leer un libro diario en las vacaciones. El primer día del año devoré de un tirón “Otra vuelta de tuerca” de Henry James, y descubrí cómo una historia se enlaza a otra historia de tal manera que pasa desapercibida. Salí a la calle a ver la juramentación del alcalde con una expectativa casi nula, portando “Israel-Palestina” de Vargas Llosa, libro que terminaría dos días después para rescatar en él la idea de que los islámicos suicidas son un sector reducidísimo, cuya explicación hay que buscarla no tanto en la religión sino en la desesperación de gente atrapada en el hambre o en el dolor de la orfandad.

El cuatro de enero terminé en casa de mamá “El hombre que fue Jueves” de Chesterton, una novela de intriga perfecta, en donde se busca con denuedo una conspiración que no existe, y que en medio de esos trances está el poeta, del cual se dice: “tiene que andar descontento aun por las calles del cielo: el poeta es el sublevado sempiterno”. Un día después, terminé “El gran Gatsby” de Fitzgerald mientras hacía cola en el Banco de la Nación. Esas largas filas de centenares de personas me producen una alegría sin igual, pues me dan tiempo para leer. En la obra de Fitzgerald puede notarse el divorcio entre la riqueza extravagante y la verdadera amistad. Gatsby, con fortuna dudosa, muere acompañado por una o dos personas; y aquella gente que compartió tantas “noches de febril desvelo” e incansable juerga, desaparecen totalmente en su velorio y entierro.

Al finalizar una obra siempre queda una sensación extraña de nostalgia. Todavía en la cola del banco, comencé con “Trópico de cáncer” de Henry Miller, que solo en las primeras páginas me dejó hecho trizas y la nostalgia mencionada se fue de inmediato. Lo concluí el ocho de enero en la Biblioteca Municipal. Hace tanto tiempo que no había subrayado y sumillado tanto. Las ocurrencias de Miller daban en el blanco casi siempre: “No tengo dinero, ni recursos, ni esperanza. Soy el hombre más feliz del mundo. Hace un año, hace seis meses, creía que era un artista. Ya no lo pienso, lo soy”.  

El 18 de enero concluí “Un mundo feliz” de Huxley y daba pie a completar esa trilogía de las sociedades perfectas que hube comenzado a leer en diciembre de 2008 con la novela “1984” de George Orwell, en donde se mostraban las terroríficas instituciones como la Policía del Pensamiento o el Ministerio de la Verdad. “Rebelión en la granja” de Orwell completa esa serie de libros que nos proyectan a los totalitarimos del siglo XX; al leer el párrafo final, me brotó una lágrima por saber cuán “cerdos” (personajes que gobernaban la granja) pueden ser los hombres con sus semejantes. Todo ello me llevó a pensar que es preferible una democracia colmada de mentiras que una tiranía llena de certezas.

En febrero mi viaje a Piura por estudios me arrinconó a dos libros. El “Diario de Irak” de Vargas Llosa fue terminado en la soledad de un hotel. El Nobel dejó clara su astucia al decir que no es justificable la invasión a los países, aunque después afirma que Irak era un caso especial. El otro libro fue “Reflexiones sobre los ismos”, que tuve la buena suerte de encontrar en la Universidad de Piura. El texto estaba basado en la tendencia “enfermiza” de la utilización del “-ismo” en el arte y en la filosofía, cuya explicación al parecer se encuentra en la sectarización o en la parcialización de la realidad, todo ello avalado por el positivismo del siglo XIX.

El mes de marzo fue un mes de silencio. El comienzo de clases impidió mi secuencia de lecturas. Pero parecía necesario un descanso. En abril me sumergí a dos novelas de Ribeyro, “Crónica de San Gabriel”, cuyo protagonista, un alter ego del autor, exclamaría: “Me di cuenta de que el trabajo podía asumir la forma de un vicio, de una espantosa droga”; además me obnubilé con “Los geniecillos dominicales”, cuya explicación de por qué “geniecillos” aparece exactamente en la mitad de la novela (página 100) cuando Segismundo afirma: “Quiero conocer a los geniecillos”, refiriéndose a los estudiantes de San Marcos, quienes llevaban en la boca los nombres de Heidegger, Camus, Moravia, Ortega; era “el desván de las ideas hechas y de las inquietudes atrofiadas”. En mayo hice una pausa que solo consistía en leer periódicos los días domingos y artículos de escritores.

El mes de junio me llevó a Trujillo. Fue un martes de encargos institucionales, aunque al final de esa tarde me enrolé con mis amigos poetas en un conversatorio descomunal, y leí de un tirón en el ómnibus de regreso a Chiclayo el poemario, obsequiado, de Carlos Santa María, titulado “El libro de las gestas”, cuyo primer poema me mató: “Me recuerdo a los diez años intentando/ leer Ivanhoe// mi hermana escuchaba música/ mi padre observaba televisión…// —¡Hijo!—se oyó entonces la voz del destino// tú que no estás haciendo nada/ ven ayúdame a cargar estas cosas”. El mes concluyó con “Los extraordinarios casos de Monsieur Dupin” de Poe, para bendecir con razones perfectas mi odio por el ajedrez.

“Orgullo y prejuicio” de Austen fue la novela del mes de julio. La fotografía de esa alta sociedad y del surgimiento de sus amores, se me reveló en la respuesta de Isabel al ser interrogada por su hermana Juana (“¿desde cuándo le quieres?”): “Creo que data de la primera vez que vi sus hermosas posesiones de Pemberley”. El amor y el dinero jamás podrán separarse. En agosto, leí el Nuevo Testamento y “El superhombre y la voluntad de poder (Nietzsche)” de Toni Llácer, e hice un equilibrio que luego rompí, pues me sumergí en una incontrolable oración durante varias semanas, que no podía detener. Creo que en ese mes he tenido el acercamiento más infinito a ese Dios que todo lo puede. Fueron las semanas que menos le fallé en toda mi vida y serán tal vez los días que menos le fallaré en el futuro.

Los meses fueron llegando con Séneca (“De la brevedad de la vida”), Dal Maschio (“Platón”), Umberto Eco (“El nombre de la rosa”), Tolstoi (“Ana Karenina”), Kundera (“La ignorancia”), Frankl (“El hombre en busca de sentido”), Salinger (“El guardián entre el centeno”). Todos estos títulos fueron llenando la hambruna de libros que padezco. El año no termina y aún tengo tres libros por la mitad. Al respecto, Borges tiene una ética estupenda: “Que otros se jacten de lo que han escrito, yo me enorgullezco de lo que he leído”.