lunes, 23 de enero de 2017

"Con olor a periodismo y literatura" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (22-01-17)

Sonando las campanadas de las ocho, llegadas desde la Catedral de Chiclayo que frente al auditorio se levantaba íntegra, comenzó con exactitud inglesa la presentación del libro “Con olor a papel y tinta” de Larcery Díaz Suárez. El evento del mes abría sus puertas.

Todos los días no tenemos el privilegio de apreciar auditorios abarrotados, en donde ya comenzada la ceremonia, tenían que seguir cargando las sillas para las personas que no terminaban de llegar, agitadas y calurosas, a este recinto del Club Unión; por ello, sentía que ingresaba a una rotunda misa de Acción de Gracias.

Cuando me asomé, ya se divisaban personalidades del quehacer cultural de la región. Tres filas delante de mí, se apreciaba al decano de la facultad en donde estudié (FACHSE), Néstor Tenorio, acompañado de su elegantísima esposa, una dama pelirroja que le hablaba al oído por breves momentos. Más adelante, se notaba la cabeza brillante de Raúl Ramírez Soto, cabeza que ya tal vez había improvisado una décima. La poeta Matilde Granados, quien me brindó a lo lejos una sonrisa y un saludo con la mano, también se daba cita en nombre de la amistad que le profesa al autor. El escritor Rully Falla llegó acompañado de Nicolás Hidrogo; y sorpresivamente y muy aplaudido llegó el hijo de Nixa, don Nicanor de la Fuente Silva.

Minutos antes de que comience el evento, me acerqué para presentarme. Era la primera vez que al señor Larcery le estrechaba la mano. Su serenidad y sencillez me dieron buena impresión. “Ya te llegará tu libro; regalaremos toda la edición”, esas fueron sus palabras ante mi curiosidad de saber cómo conseguiría un ejemplar. Me dejó; pues un canal de televisión ya tenía la cámara prendida para comenzar una entrevista. Mientras el tímido joven le hacía las preguntas de rigor, preguntas que se les hacen a todos los escritores del mundo cuando aún no han leído sus libros, las fotografías llovían alrededor de la luz del reflector que iluminaba las respuestas.
 
Sentados a la mesa de honor estaba el autor, la señora Cecilia Cabrejos y el representante de los hijos de Larcery, el señor L. Díaz Barrantes. Los valses “A ti Chiclayo” y “Zenobia” abrieron la noche desde la mano prodigiosa de los maestros de la peña Amistad Norteña de Ciudad Eten, siendo uno de ellos, suegro del anfitrión. Con ese ambiente chiclayanísimo, la abogada Cecilia Cabrejos dio sus primeras palabras de amistad y respeto ante la nueva obra de su gran amigo. Posteriormente, se dio lectura al prólogo, realizado por la periodista Jesús León Ángeles, esposa del homenajeado. En esas sentidas palabras nos pudimos enterar un poco más de la vida de Larcery Díaz.

Nacido en la tórrida Sullana, arribó a Chiclayo a los cinco años para quedarse a hacer historia. Periodista, poeta, cuentista, abogado, profesor, cronista, premiado en nueve oportunidades por su labor periodística y en tres por su actividad literaria, Larcery se convierte en un referente importante para las letras lambayecanas. Con esta voluminosa obra de casi cuatrocientas páginas, el autor nos comparte sus crónicas y cuentos realizados a lo largo de los años. Su obra constituye también un homenaje a los periodistas que hicieron de esta loable labor un estilo de vida y pusieron una valla muy alta para todo aquel que pretenda incursionar en esa actividad.

El libro también comprende una galería variada de fotografías con personalidades de todos los ámbitos. Se puede apreciar a Larcery con el Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa; además, con Javier Pérez de Cuéllar, Alan García, Morales Bermúdez, y personalidades nacionales del periodismo, la iglesia, el arte, la literatura, el folclore, la política, entre otras variadas ramas de la cultura.

Casi a mitad de la ceremonia, las palabras del autor fueron una muestra de su sensibilidad inquebrantable. Durante años buscó un auspicio para la publicación de su obra y le cerraron todas las puertas, hasta que, como él dice, “llegó el ángel que me envió la virgen de Guadalupe”. Larcery se refería a Cecilia Cabrejos, quien a través de las muchas instituciones que ella precede en México y Perú, pudo darle la oportunidad para que “Con olor a papel y tinta” vea la luz, y por si fuera poco, también para que el libro sea repartido gratuitamente a todo aquel que quiera acercarse a la producción de Díaz Suárez.  

Su discurso también hizo remembranza al casi medio siglo que él tiene en la labor periodística y del respeto a todos los entrevistados que han pasado por sus micrófonos y grabadoras. Una actitud muy particular al ver que existen hombres de prensa cuya consideración y respeto al entrevistado es casi nulo, sobretodo en un contexto político, asumiendo la frase popular: “¿Se merece respeto un corrupto?”. Pero Larcery lleva sus principios, para bien o para mal, al máximo nivel.

“Siempre he querido que mis escritos lleguen a las masas”, dijo el autor, engrandeciendo su responsabilidad social y criticando a los periodistas que hablan “en difícil”, para que no los entienda la gente. Citó a Gabriel García Márquez a propósito de la ética en el periodismo, considerando que el Nobel colombiano estuvo muchos años trabajando en ello, y tenía como máxima “La ética es la calidad”.

Larcery es el que cree que el lenguaje bien expresado en los medios escritos puede superar a la imagen televisiva; esa actitud romántica me hizo estremecer y me llevó a pensar en la poca fortuna que han tenido los diarios en las últimas décadas a partir de la televisión y, posteriormente, la Internet. Pero de esto último tampoco está distante, pues Díaz Suárez tiene un espacio en una conocida página web. Él es de las personas que se han ido adecuando al paso del tiempo y a las nuevas tecnologías.

El brindis de honor fue hecho por su hijo. Él recordaba que desde niño lo veía a su padre en un rincón de su biblioteca, pegado a la máquina de escribir, y así fue creciendo, escuchando sus historias, pegado a los libros que lo hacían mejor. Entonces después de libar el pisco sour, para no olvidar que estábamos en Chiclayo, la peña Amistad Norteña nos conmovía con la marinera “El huaquero”, y todos empezamos a entonar “cova, cova, cova al amanecer; cova, cova, cova al anochecer”; y en la ciudad anochecía más, para covar (excavar) una amistad con un nuevo libro.

martes, 3 de enero de 2017

"El ojo indubitable" - Por: Ernesto Facho Rojas - Diario La Industria (01/01/17)

 Cuando conocí a César Boyd, me encontraba observando los últimos minutos de un recital poético. Yo tenía 18 años y en ese momento, quien dirigía la velada llamó a un joven talento con cierto aire de reverencia, mencionando que se trataba del líder de Signos, agrupación literaria que yo había rastreado en mi inquietud juvenil para preguntarles qué es la poesía. Cuando lo invitaron a la mesa de honor, él apareció al final del salón. Vestía una chompa beige y tenía puesta una bufanda guinda oscuro cruzada en el cuello. Se le veía delgado y el aire intelectual, esa aureola de poeta me quedó muy clara; por ello, decidí abordarlo.

 Se presentó muy amable. Ese año había muerto Luciano Pavarotti y trataba de explicarle que había escrito un poema de pie quebrado con tercetos alejandrinos para dicho artista y él me respondió: “Has sido muy técnico para expresarte, amigo”.

Nueve años después, casi por esas mismas fechas y salteándome varios días y experiencias, recibo la noticia de que, aquel personaje halagado aquella lejana noche de noviembre, ha publicado su último libro “El ojo indubitable”.  Lo reviso, lo hojeo y me doy cuenta de que es un trabajo de gran trascendencia, puesto que aquí se concentra lo mejor de todos sus asaltos poéticos.


 El poemario es un suculento monstruo que ha logrado digerir a títulos como “Heterónimos frente al espejo”, “Persistencia del alarido”, “La misa del yo insaciable” y “Dos mil doce y otros poemas terminales”, en ese orden.

El libro empieza con una figura que se diferencia del resto, por ser más rica en imágenes. Me atrevo a decir que es la creación más joven de la muestra, no por el tiempo en que se escribió, sino porque allí se evocan aún las alucinaciones de los amores juveniles, sometidos a la honda reflexión del poeta, a quien considero un artista sumamente cuidadoso con los detalles en la expresión de sus ideas. El protagonista de este poema- relato- reflexión es Romeo y allí se pueden leer las siguientes frases: “Lo artificial perdura nítidamente”, “alteración del ser”, “falsos monstruos”, “diluyendo espectros” “confusión con los ojos” “trastorno contenido de un bostezo”, lo cual nos da una clarísima noción de que se trata de un ensueño, un ensueño que cubre como una aparición a todas las líneas del poema. Ni Romeo ni Julieta ni el amor son reales, porque todo es producto de la fantasmagoría. Y, a pesar de tratarse del género lírico, el final de aquel “relato” me parece magistral y para colgar en la Casa de la Literatura:
La estridencia, el desplomo de la madrugada, lo nebuloso
confunden que frente a la mesa casi vacía
está Julieta, hermosa, no debilitada,
articulando: ya vamos, ya vamos
con una actitud de amor que Romeo suele extrañar
cuando amanece.

Se insiste hasta el final en lo nebuloso, lo abstracto, lo cual manifiesta la ilusión que se va disolviendo con la luz de día. ¿Un sueño? “Ya vamos, ya vamos” dice ella con un toque tan femenino y uno se la puede imaginar jalando del brazo a Romeo, en el ambiente descrito en el texto.
También me parece oportuno mencionar otras frases como “Sus palabras se han encendido con la lámpara”. El verbo es luz, amanecer. Posiblemente el poeta se proyecta sobre el personaje de aquel fragmento, porque para un bardo las palabras son las portadoras del conocimiento y la verdad, así como la fuerza que mueve todo el mecanismo abstracto de la literatura, el carbón y la chispa de ese arte. Incluso nos dice: “Romeo ha vuelto al bar”.

En el apartado de “Persistencia del alarido” hay un poema del mismo nombre donde nos dice:
Me ha costado volver a las palabras
como me lo han predicho los oráculos:
acertaron
cuando mis dominios iban pereciendo
y vulneraban mis cultivos.

Se establece pues, un paralelo entre la noción de “cultivos” y “poesía”. El poeta es un labrador de la palabra, que trabaja y se esfuerza tanto como un campesino. Sin embargo allí nos habla de los “oráculos”. Y escribe “Me condicionaron la parálisis/ en un lugar de intolerancia”. Y agrega “la incoherencia de coincidir con la vida”. Ahora explico: Puede aludirse que el oráculo le predijo “coincidir con la vida”, la existencia común y corriente de un hombre con obligaciones, lo cual lo devuelve a “un lugar de intolerancia”. Sucede que los artistas muchas veces vivimos mejor en un ambiente donde se puede reflexionar, leer, escribir. Se necesita tiempo para dedicarse a la literatura. Pero cuando no hay espacio ni aliento y las obligaciones nos absorben, pues, ¡cómo cuesta volver a las palabras! Allí se manifiesta la parálisis creativa.

En el poema “Poesía” nos dice: “Eres más ajena que las palabras complejas”, en un monólogo dirigido a la misma poesía. Entonces entendemos, después de leer todo el texto, que el poeta no es el dueño de esta fuerza, sino una simple antena, al modo platónico, que se encarga de trasmitir la señal del universo a través de las palabras: “Eres más ajena/ que los alientos de otras respiraciones”, insiste César.
Pero mi libro favorito es… ¡”La misa del yo insaciable”! Desde el título, nos sugiere una idea de lo profano que me encanta, pues, personalmente pienso que el Catolicismo es más artificial que la noche de Romeo narrada en el poema de Boyd. Lo insaciable son los excesos, tal vez los instintos. Además, este apartado de “El ojo indubitable” tiene un lenguaje muy sencillo. Y creo que el comentario de este título va a terminar tragándose a las apreciaciones del libro entero.
Este segmento comprende ocho poemas. Y estos breves y concentrados textos poseen un aliento a vida y de vida que puede percibirse en otros autores contemporáneos, pero que no cae en el prosaísmo de una crónica, sino, arremete con sentencias contundentes. Aquí observamos al Boyd viejo, con sus veredictos poéticos pues, “La misa del yo insaciable”, es su libro en carne viva, valioso tanto para el lector común y corriente, como para el cultísimo vate fabricado en los laboratorios de las tertulias y los cafés artísticos.
Quiero citar uno de sus poemas:

Memoria de un cuento

Yo he tendido a la cosificación de las personas.
Y he tendido
a la personificación de las cosas.
Los motivos fueron simples:
muchos viejos trajes que estimaba a muerte,
muchos enemigos que fueron mi familia (…)

A través de este retruécano impecable, nos muestra cierto aspecto decadente de la sociedad, donde el ser humano busca el “ser” a través del “tener”. La prioridad de los bienes materiales, la deshumanización de los sentimientos hacia las mismas personas, todo eso, paradójicamente, muy humano y común en estos tiempos. Por ello, estos son los poemas que aterrizan, lejos de metáforas y estridencias metafísicas, en el sentir de un hombre que se ha hecho padre. Aparece, pues, la figura del hijo para inocular una sangre nueva en el cerebro del yo poético, donde se abre un espacio para otra dimensión más humana de su verbo:

Hijo mío,
tienes casi un año.
Yo a tu edad rompía libros de Cervantes.

Incluso las travesuras del vate están relacionadas con la literatura. El poeta se proyecta sobre su hijo y le habla orientándolo, fijándose en la etapa del pequeño:

Tú rompe lo que te plazca.
Pero necesítame
para romper las hierbas del camino.

Y es que escribir poemas sencillos es uno de los oficios más difíciles. Una mujer bella no necesita de muchos accesorios. De la misma forma, si el contenido posee fuerza por sí mismo no necesita de adminículos, aretes o sortijas que deban impresionar con un boato retórico y filudo. La sencillez, por ello, es la cúpula de los espíritus antiguos y la forma de manifestar el mundo interno de los artistas veteranos. 

Y así como no creo en religiones de templos carísimos, paradójicamente con intenciones caritativas, no creo en el arte de las fórmulas químicas, de frases hechas. Y yendo al otro extremo, tampoco en el afán de la nueva poesía, similar a los artículos periodísticos, a las narraciones simples y antiestéticas.

Finalmente, en medio de este ambiente insincero, aparece “El ojo indubitable”. Termino de leerlo y pienso en César Boyd, en los temas que tratamos esa noche, en la poesía y en que el señor que dirigía el recital fue un buen oráculo que bien pudo haber hecho una predicción sobre la maestría  de su último libro.
He aquí el arte con los ojos abiertos.

domingo, 4 de diciembre de 2016

"La nueva Teoría de la Literatura" - Por: César Boyd Brenis - Revista "Ahora y Siempre" - Edición 51 (Diciembre 2016 a Marzo 2017)

El MOOC es una modalidad de enseñanza, abierta, gratuita y masiva, dada desde la Universidad de Vigo (España), para todos aquellos que tengan una inquietud en los estudios relacionados a las letras, específicamente a la literatura. Es una plataforma absolutamente útil para los estudiantes que no quieran seguir siendo direccionados por las teorías literarias posmodernas, que incurren en amputaciones de los materiales literarios, según les ha convenido a lo largo de las décadas. 

El profesor Jesús G. Maestro es el encargado de dictar este curso —y virtualmente, dos más— cuyos videos desde el año pasado vienen siendo subidos al YouTube desde su plataforma personal de la Universidad de Vigo. El mencionado docente, entre otros estudios, tiene un doctorado en la Universidad de Oviedo, es artífice del Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura, que consta en su obra titulada “Crítica de la razón literaria” (diez volúmenes publicados entre 2004 y 2015). Además ha desarrollado su labor docente e investigativa en universidades de Bélgica, Francia, Alemania, Canadá, Estados Unidos, Polonia, Italia, entre otros países; y todo ello, como afirman sus editores, sin endogamia (segunda acepción de “endogamia” según el DRAE: “selección de profesionales entre los que les son muy cercanos, de manera que no se permite la entrada de personas ajenas”).

Desde el video introductorio, el profesor plantea cuál es la originalidad de este curso, es decir, por qué es una asignatura diferente de las demás. Es que, en realidad, lo que aquí se plantea no es la repetición de todas las teorías literarias que el siglo XX nos ha traído, sino es la reinterpretación desde esta nueva teoría (el Materialismo Filosófico) de todo el aparato teórico que, imposible de concatenarse, ha colocado a la ciencia literaria en un estado de misticismo y, mejor dicho, de retórica vacía.

El curso consta de quince videos de más de una hora. Se tiene la ventaja de poder acceder a ellos las veces que se desee y, por si fuera poco, plantear preguntas al profesor desde la misma fuente de YouTube o a través de su correo electrónico que muestra en su página web. Con ello, el trato al estudiante se vuelve fluido y, por experiencia propia, más satisfactorio pues los mensajes se contestan con rapidez y de manera clara y sencilla.

Por su parte, el Materialismo Filosófico es una teoría que plantea una nueva forma de conocer la realidad. Fue planteado por el filósofo español Gustavo Bueno, lamentablemente muerto este mes de agosto de 2016, y profundizado poco a poco a través de las décadas, con cinco postulados fundamentales. A saber son el racionalismo, la crítica, la ciencia, la dialéctica y la symploqué. Esta teoría tiene una gran complejidad pero, poco a poco, se va clarificando cuando se mantiene atención al desarrollo del curso y a la lectura de los libros virtuales puestos en la plataforma web.

Comúnmente, se confunde el Materialismo Filosófico con el Materialismo Dialéctico o con el Materialismo Histórico. Sin embargo, la potencia del primero hace que los demás materialismos —y ni qué decir de los idealismos— queden sumergidos en sus coordenadas, dándoles una explicación crítica desde sus postulados. Por otro lado, el Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura toma como materiales literarios al autor, al texto, al lector y al intérprete o transductor. A partir de estos cuatro elementos, la teoría del profesor Jesús G. Maestro se abre camino, reinterpretando y superando las propuestas que nos habían traído la hermenéutica, el estructuralismo, la semiótica, entre otras.

Lejos de las definiciones psicologistas del siglo pasado, esta nueva propuesta concibe a la literatura como una construcción humana y racional, construida operatoriamente por los seres humanos; por ello exige una interpretación también en términos racionales. Como afirma el profesor Jesús G. Maestro: “La literatura se abre camino hacia la libertad a través del enfrentamiento dialéctico con el entorno y utiliza signos lingüísticos a los que les confiere un valor estético y les otorga un estatuto ficcional; además, la literatura se desarrolla en sociedades políticas y solo puede explicarse en lo que el ser humano puede comprobar materialmente, sino la ficción literaria no sería legible”.


La minuciosidad de cada clase se desarrolla, como ya se explicó, en quince videos; sin embargo, son cuarenta y tres videos en general los que plantean y complementan (incluyendo las respuestas a las preguntas más importantes) esta Teoría de la Literatura. En general, solo se necesita disposición y una voluntad de hierro para inscribirse en este curso, del cual se sacará un gran provecho y se podrá acceder a una teoría contemporánea y absolutamente actualizada.

domingo, 27 de noviembre de 2016

"Moshoqueque: La selva de alimentos" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (27/11/16)


Una madre de familia se había tardado para llegar a la reunión que hubimos acordado un día antes, de esto ya hace un año. Apurada y un poco avergonzada, me dijo: “Disculpe, profesor, se estaba decidiendo mi ubicación en el trabajo, y felizmente no me dieron el centro de Chiclayo”. Suponía yo que en la entidad bancaria donde ella laboraba, el Cercado de la ciudad estaba lleno de jefes malvados y compañeros hipócritas, pero al preguntarle por su negativa, me respondió: “Es que en Moshoqueque está la plata”.

Hasta el año pasado, el inmenso mercado del distrito de José Leonardo Ortiz había sido ajeno a mis reflexiones y solamente se conectaba conmigo por unos recuerdos remotos cuando mi madre nos levantaba a mi hermano y a mí los domingos a las seis de la mañana para incursionar en ese monstruo que tenía la fama de lo barato y lo abundante.  

Ha sido en este año que las fauces del monstruo me han sido tan familiares que hasta siento cierta curiosidad por la acción de ser tragado y devuelto día a día como un bocado fácil. Con la diferencia de los años a expensas del seno materno, ahora el horario de mi incursión varía por el antojo o la decisión gravitante de Janet: las ocho, las nueve, las diez de la mañana. Diariamente se pone en movimiento nuestras piernas hacia lo ya no tan desconocido, siguiendo el sendero de algún basural al lado de un colegio, la esquina de una maderería, el quiosco de un parque donde siempre un mendigo descalzo duerme al lado de un saco de contenido dudoso, hasta que se divisa nuestra puerta de entrada: la intersección de las avenidas Dorado y Kennedy.

Siempre la consigna es ir a pie desde casa, con la finalidad de pensar los atajos y quiebres que le daremos a nuestro recorrido en los cuatro grandes sectores en los que se divide el mercado más grande de la región, aquel lugar donde hace décadas un conjunto de serranos quisieron colonizar y lo lograron sin un solo disparo, solamente con las armas del trabajo y la desesperación por ganarse un lugar en esta costa desconocida. Se asentaron en la Huaca Moshoqueque, la desaparecieron y en ella plantaron un mercado inmenso cuya bulliciosa superficie hace temblar aún a los entierros más arcaicos.

A las ocho o nueve de la mañana, los desayunos tienen la particularidad de no ser desayunos. Por todos lados, se atraviesan platos repletos de arroz, ensalada, una presa de casi la mitad del plato, que hace pensar en un almuerzo fuera de horario en todo un mercado que ha perdido la noción de una costumbre común. “¿Es su almuerzo?”, le pregunté ingenuamente a un señor que vendía gaseosas. “¡No!, el almuerzo es el doble”, me contestó sin cuota de cinismo. Entonces a muchos se les ve intercalando una amable venta con una rápida cucharada y masticación de una jugosa presa.

La amabilidad y el buen tino para ofrecer sus productos son una característica que resalta en los vendedores del mercado. Se puede escuchar tantas veces que todo está fresco y recién llegado de su lugar de extracción que, para un escéptico como yo, le resulta fascinante que las verdades se parezcan todas y las afirmaciones sean tan contundentes. Entonces el pollo, el pescado, la carne, se sienten tan frescos en las palabras de los que ofrecen que ni siquiera es necesario pensar en una posibilidad de engaño. Incluso una vez cuando se compró toyo para el ceviche, se veía tan congelado que en definitiva el peso del pescado había aumentado por el hielo, y la textura oscilaba entre arenosa y exageradamente áspera, pero el anciano señor nos afirmó, en acto onírico: “¡Fresquito, casero, lleve nomás!”.

Trasponer sus pistas sin asfaltar está más cerca del heroísmo que del simple valor. Los orificios acentuados por las lluvias de los años y por los camiones imponentes, atravesados por las callejuelas más insospechadas, esos orificios les han costado, sin duda, rotundas caídas a tantas personas que en su afán de acelerar la marcha, terminan mordiendo el polvo de esta huaca deshecha. Por otro lado están los triciclos empujados por sus conductores, llenos de frutas o pesos irreales. Estos atraviesan los corredores como máquinas en fábricas monótonas, haciendo ruidos de temblores artificiales, y cuyos pilotos no reparan en gritos rogando un favor para abrirles el espacio que atraviesan.

La mezcla dantesca de personas en los círculos mayoristas del mercado también es alimentada por las vendedoras de lotería que por solo un sol te ofrecen hasta once mil, llevando la bíblica multiplicación de los panes a un golpe del azar o la suerte, donde la esperanza del consumidor es alimentada con la ruda, una pócima de brujo blanco o el “seguro” debajo de la teta (un pomo con brebajes estrambóticos) para poder sentir la seguridad de comprar un ticket.

Pocos ladrones he visto, aunque uno sí me llamó la atención. Yo, que venía de un secuestro y de recibir una brutal paliza, me puse algo nervioso por la actitud descarada del tipo. Su aspecto era el de un drogadicto salido del infierno; su gorra tapaba los ojos rojos que buscaban desesperadamente un objetivo. Yo yacía en una esquina, con cinco bolsas en el suelo, esperando el regreso de Janet que compraba algo cerca de ahí. Este había bajado de una mototaxi roja que lo esperaba a escasos metros. Los movimientos de su cuerpo eran veloces, iba y venía en un círculo de un metro de radio. Los vendedores seguían con sus actividades sin darle importancia, hasta parecía que estaban blindados por paredes transparentes. Nadie se inmutaba. Hasta que pasados unos minutos, el delincuente subió de nuevo a la moto y se perdió (todavía más) para siempre.

Muchas autoridades han querido arreglar esta selva, pero al parecer es humanamente imposible. La potencia de su caos es tanta que se necesitaría un dictador (que nadie desea) y un mar de sangre para tumbarse el sistema y volverlo a construir. El filósofo español Gustavo Bueno decía: “Sin mercado no hay democracia”. Y, definitivamente, sin Moshoqueque no hay Chiclayo, porque los millones de soles que corren, varios de ellos muy sospechosos, hacen funcionar un aparato comercial que ni las trasnacionales de los supermercados pueden tumbar.  

Julio Cortázar mencionaba en “Rayuela” que la literatura poco o nada había tratado el silbido como materia estética. Algo parecido se puede decir del mercado. En la historia, los autores no lo han incluido en sus líneas —tal vez me olvide de alguno— porque quizá los personajes no podrían moverse en tan grande confusión de alimentos, y es preferible hasta un campo de concentración (ficticio, claro está) que un mercado en el contexto de una novela. He visto a Moshoqueque como el Catoblepas, aquel monstruo mitológico que tiene la característica de devorarse a sí mismo para fortificarse. Moshoqueque se ha engullido tanto que su existencia puede caer en una indigestión y en el vómito de sus propias entrañas.

domingo, 23 de octubre de 2016

"El cinismo por el Nobel de Literatura" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (23/10/16)

Valgan verdades. Año a año al Premio Nobel de Literatura lo esperamos por varios motivos, y no tan “literarios” que digamos. Los lectores empedernidos lo aguardamos para devorar con ansias los libros que se reproducirán exponencialmente por el mundo; los editores, para explotar y vender cada húmero de su cuerpo en el único afán fenicio y afamado de este tiempo: el negociazo; los apostadores, para llenar las oficinas más emblemáticas de Londres o New York (por ejemplo, la famosa Ladbrokes) con millones de euros pasando por sus calculadoras y lanzando bombas tan maniobradas como que Roth, Murakami o Perico de los Palotes es el favorito, tal como si de la UEFA Champions League o del Mundial de fútbol se tratara (con los nervios de los ludópatas incluidos); los periodistas lo esperan para indagar en las mentes de las masas, contraponer opiniones, imprimir titulares y fastidiar al “picón” que quiere revancha; los intelectuales, para inventar nuevos criterios posmodernos, sacudir los gallineros de la retórica, reflexionar sobre la nada y apropiarse de la planta más alta del edificio de naipes. Y así sucesivamente.

¿Cuál es el criterio más exacto para otorgar el Premio Nobel de Literatura? Esa pregunta ha ido dilucidándose de generación en generación para llegar a concluir enfáticamente en algo que más linda con la magia que con la ciencia: el misterio. Pues sí. En el mundo de las letras existen tantos buenos escritores que sólo con un pacto con no se sabe muy bien quién, se pondrán en la cima y recibirán el dinero. No hay otra forma ni criterio.

Para compararlo con la ficción: ¿Recuerdan la mejor película del 2001? Estas son unas palabras del protagonista: “solo en las misteriosas ecuaciones del amor puede uno encontrar lógica o razón”, esto lo dijo John Nash en el film “Una mente brillante”. Justamente era su discurso del Premio Nobel. Exaltaba su locura y justificaba el psicologismo, pues su “razón” yacía en el “misterio”. En fin, si Hollywood lo dice, algo de cierto habrá.

Muchas objeciones se hacen al respecto, por ejemplo: ¿hay que creer en los premios? Las personas no es que creamos en los premios, sino solo los aguardamos como si esperáramos una intensa sorpresa subjetiva (psicologismo puro y duro), para intentar unirnos más a la fauna (tercera acepción de “fauna” según el DRAE: conjunto de gente caracterizada por tener un comportamiento común y frecuentar el mismo ambiente) en una selva oscura y dantesca. Solo podemos esperarlo porque nuestra operatividad sobre él es igual a cero. No existe la posibilidad de entregar un voto a lo lejos o crear presión sobre los jurados. Hasta parece que los académicos jueces ya ni discuten, sino solamente hacen un sorteo y luego publican la respectiva explicación del por qué se le otorga el premio, explicación hecha por cierto desde los meses de las nominaciones y no después del veredicto (es fácil pensar eso, creo yo).

Si aguardamos tanto el premio es porque algo de esperanza nos brinda. Incluso los más escépticos están atentos a cualquier noticia por los días del veredicto. Mirando bien el asunto, la academia sueca solamente con nominar a alguien ya lo da como posible ganador. Y, llegando al punto del Nobel 2016, Bob Dylan ha sido nominado por muchos años, incluso ya se había llevado el Premio Príncipe de Asturias de las Artes, el Premio Polar Prize (el “Nobel” de Música), entre tantos otros reconocimientos. Es un “Nobel de tribuna”, como diría un poeta peruano, y sí, nosotros estamos asistiendo a un partido de fútbol, aunque viéndolo bien es un concierto de rock; en este contexto, prefiero esto último que lo primero.

Ya nos hemos olvidado lo que dijo Jean-Paul Sartre hace tantas décadas: “el Nobel es un premio político”. Y con todo lo que ese aspecto implica (“la organización del poder y la administración de la libertad”), estamos “condenados a ser libres” para confiar, pero no en un fallo, sino en una justicia, una pericia, una posible sinceridad de la Academia. Aunque suene a lugar común, todos los nominados ya son ganadores (si es que algo vale eso). Solamente el veredicto sirve para saber quién recibe el millón. Nada más.

Borges fue un Nobel sin serlo. ¡Qué más da!, solamente el dinero no llenó su ya abultada cuenta bancaria. Tal vez muchos podrán recordar a Kafka, a Vallejo o a Tolstoi, como merecedores del máximo galardón de las letras; pero esa exclusión no les quita lo que todos sabemos: su inmensa calidad. Hay otros que no quisieron recibirlo: el  autor de “La náusea” por considerarlo “burgués”, y Boris Pasternak por presión política de la URSS.

Por otro lado, muchos dieron con palo a Bob. Uno de ellos fue el español Jesús G. Maestro (al que considero un genio y mi guía académico), quien publicaría en su cuenta de Facebook: “Aunque la mona se vista de Nobel, mona se queda”. Otros, por su parte, se mostraron conformes con la asignación a Dylan porque el hijo predilecto de Minnesota unía música y poesía. Salieron varios autores del canon literario peruano y de otros horizontes para defender ese hecho, afirmando que el ser músico no desmerece el galardón. Pero creo que el asunto no debe tomar ese rumbo ni debemos empantanarnos con las descripciones sobre la historia de los Cancioneros de los poetas o rememorar que La Ilíada y La Odisea fueron cantadas, sino mostrar cuánta musicalidad poética tienen las canciones de Bob; pues a mi entender, si acompaña una guitarra a un poema, entonces las palabras sin “musicalidad” pueden ser elevadas para mantener un sentido rítmico que sin el instrumento no tendría. Un ejemplo claro es Arjona, el cual imposta palabras altisonantes y maltrechas que hace pasar por “poéticas”, porque están ayudadas por periferias técnicas o instrumentales. Ahí está el asunto de fondo.

Por mi parte, he celebrado el premio de Bob Dylan porque me agradan los misterios. No se puede negar que es más músico que poeta. Entonces, ¿hay que leer sus letras sin necesidad de escuchar sus canciones? Sería un buen comienzo para los que somos adictos al rock en español: poder compenetrarnos con traducciones fidedignas de los poemas musicalizados del Nobel 2016. Los que no sabemos inglés, buscaremos traductores con pericia (los que traducen en YouTube son aficionados). Solamente un poeta puede traducir a otro poeta. Nadie más.

Las llamadas telefónicas de la Academia han sido rechazadas. Ese hecho hace crecer más el mito de Bob Dylan. Al parecer no quiere saber nada con los casi 900 mil euros que se llevaría en diciembre. Ya sería el tercero de la lista de los disidentes. Tal vez a él mismo le podamos preguntar, parafraseando su mejor canción, “Like a Rolling Stone”: ¿cómo se siente?, ¿cómo se siente rechazar el Nobel y seguir como una piedra que rueda?

viernes, 21 de octubre de 2016

"Harold Alva y Lambayeque" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (21/10/16)

Después de cuatro años de larga y paciente espera, el poeta Harold Alva me envió desde Lima la antología que —en sus palabras— servirá de provocación para que los críticos de nuestro departamento puedan reunir los trabajos que mejor representen el canon narrativo. Se trata, pues, del libro “Lambayeque” (Altazor, 2012), una edición de lujo que ha pretendido significativamente ser la iniciadora del trabajo de recopilación y promoción de nuestra cuentística.


El mencionado vate, junto con la editorial limeña, se propuso en el 2011 viajar por las diferentes regiones e investigar acerca de los autores que han decidido incursionar en este género tan escaso en nuestra tierra. Tratándose de una zona de poetas, se vuelve complicado encontrar una linealidad en la tradición del cuento lambayecano. Sin embargo, el libro ha considerado incluir las diferentes generaciones —desde Enrique López Albújar hasta la actualidad— para dar un panorama de cómo se moviliza la temática y la técnica en el campo narrativo.


El libro incluye a ocho escritores que, desde la perspectiva del antologador, forman una base para hablar de un canon. Tenemos a Enrique López Albújar, Mario Puga, Alfredo José Delgado Bravo, Rulli Falla, Carlos Bancayán, Max Palacios, Harold Castillo y el que escribe estas líneas. Tal vez pudieron incluir a otros autores más, dado el talento que en la última década y media ha ido surgiendo poco a poco y en silencio, sobretodo en espacios tan diversos como recitales y lecturas colectivas.

Harold Alva, en su breve tratado incluido en el libro —titulado “Entre la tradición y la modernidad: Un acercamiento a la narrativa lambayecana”—, señala que la personalidad de la cuentística en esta región es joven en comparación con la de otras latitudes, pues recordemos que muchos de los escritores “tradicionales” no pertenecen a Lambayeque. Recordemos a Nicanor de la Fuente (Pacasmayo), Mario Puga (Trujillo), Andrés Díaz Núñez (Cajamarca) o Winston Orrillo (Lima).

Además, se afirma que la promoción de la literatura y de los nuevos valores ha ido de la mano con el impulso a la creación artística. Por tal motivo, Alva rescata en la labor de promoción cultural a Nixa, Tello Marchena, Stanley Vega, Nicolás Hidrogo y el Grupo Literario Signos, del cual tuve el honor de ser parte en la etapa universitaria.

Los trabajos publicados están en el siguiente orden: el conocido cuento “Ushanan-Jampi” (Enrique López Albújar), “Buenos días, señor prefecto” (Mario Puga), “La conjura de los caballitos” (Alfredo José Delgado Bravo), “En la yema del gusto” (Rulli Falla), “Las formas” (Carlos Bancayán), “Amor jubilado” (Max Palacios), “Fraternidades en el séquito” (César Boyd) y “Ella y Maximiliano” (Harold Castillo).

Los personajes de estos relatos oscilan entre la desesperación y la fe, entre la muerte y la vida; hay en sus contextos un aura generalmente urbana, donde los patrones de conducta están desafiados por la moral. Después de cuatro años de publicada la obra, ya se debe ir mirando el panorama lambayecano con otros ojos. ¿Qué editorial, aparte de Altazor, se atreve a seguir con las propuestas? ¿Siempre tiene que venir Lima a darnos lecciones? Queda abierta la polémica sobre los antologados y el ruego común a los mecenas para su compromiso con la literatura.

domingo, 9 de octubre de 2016

"El camino de Luis Fernando Cueto" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (09/10/16)

He saldado una deuda que tenía conmigo mismo desde aquel noviembre de 2012: leer “Ese camino existe” de Luis Fernando Cueto, Premio Copé Internacional de Novela 2011. Posteriormente al día en que el escritor chimbotano arribó a Chiclayo, transporté dicho libro —y toda mi biblioteca— por los sucesivos departamentillos de turno que me servían de refugio. Nunca lo perdí de vista. El libro siempre se mantuvo esperando por mi tiempo, hasta que llegó su turno casi como una sublime obligación. Pues a principios de setiembre de este año volví a ver al autor en Bernal y su pregunta me congeló: “¿Leíste el libro?”. Tuve que reprobarme por aún no haberlo hecho después de casi cuatro años, pero en su expresión facial divisé que ya me había perdonado.

La primera impresión que tuve de Luis Fernando fue muy grata. Cuando ingresé al auditorio para escucharlo en aquel noviembre, estaba haciendo añicos al realismo mágico y a lo real maravilloso. Su voz segura de sí misma reivindicaba la realidad tal cual era, más aún en un país donde las guerrillas, las dictaduras y los paramilitares han campado a sus anchas. Me cayó bien su reacción crítica. En general, los que dicen algo contrario a lo políticamente correcto me caen de maravilla, a pesar que la idea pueda ser discutible o aceptable. Eso es otro tema.

Terminadas las intervenciones, compartió con todos los asistentes y se dispuso a firmar sus libros. Tuve la suerte de sentarme a su lado cuando ya el gran público se había retirado y solo quedaban los amigos de la literatura más cercanos. Por esa época yo leía como un devoto al chileno Roberto Bolaño —en esa oportunidad: “Los detectives salvajes” y sus cuentos— y Luis Fernando en acto de aprobación complementó: “Lee su poesía, sobretodo La universidad desconocida”. Solo el libro “Los perros románticos” fue años después un sabroso descubrimiento de la poesía de Bolaño, pero hasta el día de hoy no puedo encontrar el texto recomendado. Creo que me estoy acostumbrando a deberle lecturas a Luis Fernando. La nutritiva noche terminaría muy tarde y muy agenciada de libros y anécdotas.

A la mañana siguiente, sonó mi celular y en la línea contraria escucharía: “César, te estamos esperando”. Habíamos acordado ir a Puerto Eten y hacer una especie de recital poético en la playa. Después de la obligatoria caminata por, en ese tiempo, el devastado pueblo, nos fuimos a un restaurante donde ya sentados discurrió de él aquella anécdota que lo ha perseguido toda la vida: la sombra de su paisano el poeta suicida Juan Ojeda.

Luis Fernando —por cierto, nombre de personaje de telenovela— estaba protagonizando, en unas circunstancias que rebasaban la fantasía, un relato cuyo protagonista era Ojeda. Cueto había vivido en el Centro de Lima (avenida Arequipa) en una calle en donde, por coincidencia, el poeta Juan había tomado la determinación de lanzarse a la pista para perder la vida. Ojeda lo perseguía desde la infancia, pues en Chimbote vivieron en el mismo barrio. Esto contaría Cueto con una admiración por el autor de “El arte de navegar” que solo se puede comparar con el respeto que le tiene a otro de sus maestros: el escritor Oswaldo Reynoso.

Cuando lo reencontré en Bernal, Cueto tuvo una intervención muy sentida en la Feria de Libro de dicha ciudad piurana. Habló de la muerte de Oswaldo y de detalles que solo sus amigos más cercanos pudieron conocer. El maestro era un esteta y un perfeccionista del estilo, y en sus talleres hacía pedazos a libros de autores del canon que las mafias literarias han puesto como “destacados”. Cueto extendía sus comentarios de diversos temas en los locales de la pequeña plaza de Bernal, donde se podía beber algo helado para la tórrida mañana. Hablaba del fracaso de la educación peruana, de su título algo olvidado de abogado, de sus experiencias de policía asimilado, de su duda de la existencia de los espíritus. Esto último, se puso en tela de juicio cuando su condición de ateo se vio arremetida por una experiencia extrema en plena guerra con Sendero.

En esa época angustiosa, Luis Fernando hacía guardia en una noche aparentemente tranquila, allá en la sierra central. Entonces entre la penumbra vio una figura blanca que lo llamaba. “Un fantasma”, se dijo. Él no había bebido y no estaba de sueño, así que no podía ser una alucinación. Dentro de su sorpresa, solo pensó en algo: su abuela. La salud de aquella querida anciana había estado empeorando en las últimas semanas. Ante dichas circunstancias, al día siguiente pide y le conceden el permiso para ir a su tierra y visitarla. Mientras viajaba a la costa, la comisaría fue atacada por Sendero. Murieron sus compañeros y, en definitiva, él hubiese corrido la misma suerte de no ser por ese espíritu en el que nunca ha creído, pero que sus sentidos no pudieron negar.

Las experiencias más duras de la lucha contra el terrorismo, nutrieron a Luis Fernando Cueto para realizar lo que sería su obra máxima: “Ese camino existe”. Una novela analizada con exactitudes quirúrgicas por Néstor Tenorio Requejo, y convertida en un clásico en lo que se denomina “la literatura de la guerra”. “¿Conoces al profesor Néstor?”, me preguntó en un momento de la Feria. Y al yo asentir, agregó: “Me llamó y me dio el número exacto de los personajes de la novela y más detalles; ni yo los sabía”.

En su análisis consta, entre otros temas, la contextualización de la novela, los antecedentes y autores de la narrativa de la guerra, los espacios narrativos (núcleo uno: 45 secuencias; núcleo dos: 51 secuencias), los personajes, el argumento y las calas en la historia. El profesor Tenorio, al final de su ensayo, realiza un paralelismo entre los personajes y los protagonistas de esa triste realidad que encarnaron los asesinos de ambos bandos en pleno gobierno de Belaúnde Terry. Saca interesantes conclusiones.  

Lo que resalta en la técnica de “Ese camino existe” es que tiene una tradicional y bien llevada tensión entre historia e historia. Apela a una estructura decimonónica de los grandes maestros de la novela para mantener la resistencia en la aparición de un hecho nuevo, o de la solución de un problema; así como el descubrimiento de que Américo era hijo de Perpetua. Para que pueda salir a la luz ese hecho (el más importante de toda la obra), tiene que pasar por situaciones que van al límite y luego retroceden para, posteriormente, volver a bordear el límite de la sorpresa.


La novela deja un final abierto y esperanzador. Un adolescente senderista que es salvado de la muerte por un militar (Cubo) en nombre de su madre que fue amada por él, es un final de alivio. Luis Fernando Cueto posee el talento de la esperanza y sus lectores la hidalguía de reconocerlo.