miércoles, 9 de diciembre de 2015

"Papá, quiero ser escritor" - Por: César Boyd Brenis - Diario "La Industria" (06/12/15)

En la época de “la muerte de la familia” (a decir de David Cooper en el libro del mismo nombre), tener un hogar en donde comuniques a tus padres tu decisión de querer ser escritor está dentro de lo insólito, como lo está el concepto de cultura, “los proyectos modernos” o las ciencias críticas (más insólito todavía).

Al respecto, en estos días recibí una noticia que me hizo paralizar, no tanto por su poca frecuencia, sino por lo que arrastró en sus determinaciones. Me comunicaron que uno de los estudiantes de quinto de secundaria, a las puertas del fin de una etapa llena de lecturas, quería ser escritor y vivir “bohemiamente” (con lo poco y mal que se entiende por ese término).

Como era de esperarse, la “pésima influencia” habría circundado en las clases de Literatura, en donde al alumno le habrían invadido los sesos —hasta conquistarlos— las conductas desaforadas de Edgar Allan Poe, los poetas malditos franceses o los ultrarrealistas mexicanos; desconociendo los finales terribles de estos “buitres” —a decir de Poe—, de los cuales nadie con dos dedos de frente puede desear para sí.

Lejos de haber entendido el trauma psiquiátrico de muchos de los personajes de la literatura, que alejados de sólidas familias, vivían en la ruina mental y en la más brutal neurosis, este buen alumno mío se había concebido a sí mismo como un poeta total (valiente decisión aunque mal enfocada).

Apoyado en su talento, su indiscutible ingenio para ordenar palabras, construir oraciones y evidenciar lirismo, con una temeridad de hierro, dijo a su padre que no quería estudiar en la universidad, sino ser escritor y vivir de las migajas que muchas veces da el arte (salvo que estés con el poder, por supuesto), fumando el cigarrillo de los desadaptados y bebiendo el licor de los escribas perniciosos.

De todo este delicado acontecimiento, la manifestación sincera del alumno (frente a un padre sorprendido y preocupado) se debe reestructurar. En una desesperada lucha por un puesto en el mundo académico, por desempeñar el papel de universitario, este inquieto joven quiere purgar esas presiones y catapultar un sinnúmero de oportunidades que, sin darse cuenta, pueden alejarlo de su propia pasión: las letras. Pues las ventajas que posee para escribir y leer compulsivamente, lo podrían colocar en un puesto privilegiado. Y eso desata una evidente preocupación en unos padres que han puesto sus ojos en su mejor futuro, que ahora puede hechar a perder. Al parecer, no se da cuenta de algo trascendental: la familia, esa riqueza tan destruida en estos tiempos, ese digno ambiente que los más grandes genios de las artes hubiesen deseado para ellos.

Muchos hombres de letras ni siquiera tuvieron familia, y si pertenecían a una, estaban lejos de lo que sin duda ellos hubiesen querido tener. O eran huérfanos (como Edgar Allan Poe), o venían de matrimonios hecho pedazos (como Arthur Rimbaud), o golpeados brutalmente por su padre (como Charles Bukowski), o atormentados con las figuras maternas (como Ernest Hemingway), o en la más absoluta orfandad (como Leopoldo María Panero).

Tal vez el caso más enigmático fue el de Kafka, cuya relación con su progenitor estuvo siempre marcada por el abismo de la lejanía y el pánico. En su “Carta al padre”, que nunca llegó a su destino, sostuvo el infeliz estado de un hijo artista y sensible frente al reprochable trato e incomprensión de un hombre renegado.

Sin embargo, en estos tiempos, los hijos manifiestan a sus padres lo que quieren ser, lo que piensan de sus proyectos, lo que necesitan o lo que desprecian. Aunque en la decisión gallarda de ser escritor, muchas veces existe la confusión de que este oficio colinda con la ociosidad o la mataperrada. No acordándose de dos puntos básicos. El primero es que se necesita una clara disciplina y un perfeccionamiento que muchas veces puede llevarte a la desesperación. El segundo es que la carrera de las letras jamás es opuesta a otros estudios paralelos. Recordemos que el gran Ernesto Sábato fue físico puro, Vargas Llosa se doctoró en la Complutense de Madrid y Julio Ramón Ribeyro se tituló en Derecho en la Universidad Católica del Perú.

Lejos de las posibles caricaturas que han surgido acerca de la figura del escritor, dedicarse a las letras (en cualquiera de sus géneros) emprende una dura lucha y una rotunda constancia: esa es la única varita mágica que toca el cuerpo y la mente, y vuelve a los que se entregan a esta pasión un conmovedor recluso de un mundo postergado por la indiferencia.   

Del desarrollo del oficio de escritor se ha escrito mucho. Para mí ha sido el escritor Stephen Vizinczey un amigo tutelar de los que se vuelve con frecuencia. Él escribió en su libro “Verdades y mentiras en Literatura” lo que llamó “Los diez mandamientos del escritor”. En primera fila reza la orden siguiente: “No beberás, ni fumarás, ni te drogarás: para ser escritor necesitas todo el cerebro que tienes”.

La ingeniosa forma de sopesar las actividades humanas y resaltar la verdadera materia prima que necesita el escritor, ha hecho de Vizinczey un Moisés pagano pero inquietante dentro de la ética tan diversa que asume el escritor. Dicho conflicto moral ha llevado a tantos a dividir conductas ideales, como a Sartre a hablar de un “escritor comprometido” o a los contrarios para resaltar la “poesía pura” (sin “contaminación” social). Pero en toda concepción que se tiene del oficio de las letras, existe el precio del sacrificio y de la predisposición absoluta, que en sí mismo constituye el eje de un sentido, de una forma de vida, de un eterno eslabón entre la sangre derramada y la última versión de una obra inédita.

Por ello, si se cree que asumir la literatura es un camino en donde las rosas rodean las riberas, pues no; se deberá pensar siempre en los grandes que menospreciaron la literatura a pesar del talento incomparable que alcanzaron. Roberto Bolaño, el más importante escritor post-Boom, decía en una entrevista que si su hijo decidiera ser escritor, no estaría de acuerdo porque nadie quiere ver a un ser querido sufriendo. Porque en la ética de Bolaño está el siguiente toque manifiesto: “la poesía para mí es un gesto, más que un acto, de adolescente, del adolescente frágil, inerme, que apuesta lo poco que tiene por algo que no se sabe muy bien qué es, y generalmente pierde”. Pues en la pérdida está la poesía, y el que no pierde, no escribe.

Hay que pensar en Borges, que casi al final de sus días se quejaba que había cometido el más grande pecado que puede cometer un hombre: no había sido feliz. Y en armonía con el autor de “Ficciones”, García Márquez afirmó que si hubiese sido juez de Aracataca no habría conseguido nada, pero hubiese conocido la felicidad. Entonces, ¿qué quiere el ser humano con la literatura?

"Nos visita un Pablo Neruda" - Por: César Boyd Brenis - Diario "La Industria" (27/11/15)

No conozco al gran poeta Víctor Hugo Díaz (Santiago de Chile, 1965). Esa condición de lejanía se revertirá este viernes y sábado (27 y 28 de noviembre), cuando el mencionado vate visite Chiclayo, el lugar de su fin de semana, antes de enrumbar por varios países de Latinoamérica. Su paradero estará en el Festival del Diantre, una celebración de la poesía que año a año ha ido calando en la tradición cultural de nuestra ciudad, y que este 2015 cumple su séptimo aniversario (número cabalístico), para lo cual sus organizadores han traído a un sureño que promete exorcizarnos con su pluma.

En el 2004, Víctor Hugo Díaz ganó el Premio Pablo Neruda de Poesía Joven, galardón conseguido también por Raúl Zurita, otro distinguido poeta de las letras chilenas. Este premio es otorgado a un autor menor de cuarenta años en plena producción, que aparte de ofrecer sus buenos miles de dolares, brinda una medalla (“¿en qué se gasta varios miles de dólares un poeta?”, esa es una pregunta obligatoria para Víctor Hugo). Ha publicado “La comarca de los senos caídos” (1987), “Doble vida” (1989), “Lugares de uso” (2000) y “No tocar” (2003).

Tal vez ya en el Chiclayo de todos nuestros días, en su hotel de refugiado, dirá como en su segundo libro: “La noche era el obscuro escenario/ sobre estos barrios/ A través del rectángulo de la ventana/ solo la visión detenida… parabrisas sucio/ ante el paso de los vivos”.

El poeta Juan José Soto, organizador del evento, me cuenta que el invitado chileno estará en el festival compartiendo mesa con Cromwell Castillo (vate que alguna vez me refirió que mover la pluma era más trascendental que mover “el cuerpo sobrante”). Esa dupla, sin duda, fortalecerán los oídos de los invitados, tanto que los anularán, en nombre de un silencio estruendoso que es la reflexión.
 
Víctor Hugo, aún libre de nuestra cercanía poética, quizá arribe a la Ciudad de la Amistad, ironizando con sus versos de La invención de los amigos: “Los extraños que conocemos/ son cada vez más jóvenes// Es igual para todos, una calle lateral/ batiendo los brazos a distintas velocidades/ pero siempre cuesta abajo/ Afluentes de una misma inundación”.

La inundación de la poesía se sentirá en Chiclayo con varios representantes del verso local, así como Raúl Ramírez Soto, Jorge Fernández, Javier Villegas, Marino Camacho, Stanley Vega, Matilde Granados, Joaquín Huamán, Mariana Llano, Marie Linares, Ernesto Facho; y la incertidumbre contundente o esquiva del poeta Ernesto Zumarán, la cual da la pincelada de la presencia o ausencia de su ser fulminate. Con ello, la fiesta del Diantre está pagada.

El poeta Víctor Hugo escribiría, presagiando el viaje: “Una larga lágrima en el vidrio/ divide estas calles entre un signo y otro/ Allí tarareamos viejas canciones/ tendidos la cabeza en blanco ni mácula/ Un rumor doméstico surca el precipicio…”. Un poeta total.

Entrevista a César Boyd Brenis - Por: Cromwell Castillo - Diario "La Industria" (22/11/15)

Hace unos meses, el poeta Cromwell Castillo me hizo una llamada para saludarme e invitarme a una entrevista. Me alegró que después de un buen tiempo saliera a la luz. Cuando la releo me pregunto si aún conservo algunas de las opiniones que aquí aparecen. Pero siempre la sinceridad queda plasmada, así las palabras puedan parecer de una humildad latente. Gracias, Cromwell, por la consideración. Por los viejos tiempos de Signos. 

César Boyd Brenis: "La poesía crea identidad"








César Boyd Brenis es un educador

y poeta ferreñafano radicado
en Chiclayo. En el
2006, junto a los compañeros
universitarios Ronald Calle y
José Abad, fundamos el Grupo
Literario "Signos", de cuya
etapa nos quedaron los libros
colectivos "Signos" (2007) y
"Demolición de los reinos"
(2010). Boyd es un ávido lector,
y como artista es autocrítico;
lo seduce la literatura de
Fernando Pessoa, Leopoldo
María Panero, Heinrich Böll,
Derek Walcott y Charles
Bukowski; además de la filosofía
existencialista de Jean
Paul Sartre. A la fecha tiene
cinco libros publicados y ha
sido incluido en cuatro antologías.
¿César, qué importancia tiene
para el ciudadano leer poesía?
Si me preguntas por el "ciudadano",
te diría que no tiene
ninguna importancia que lea
poesía. La visión del ciudadano
es práctica. El "ciudadano"
debe sobrevivir en un mundo
con escaso empleo y desbordante
delincuencia; y sobrevivir
es asumir el terrible entorno,
disfrazarse, desvirtuarse o
enfurecerse…

Entonces los conceptos "ciudadano"
y "ser humano" no se
rigen bajo un mismo orden de
conducta…
Si me preguntas por el "ser
humano", entonces hay un
giro que, no sabiendo de dónde
viene, me distancia de todo
y hace que ese o aquel hombre
se vuelvan yo, se refleje en
lo mismo que en mí vive. Entonces
la poesía adquiere otro
matiz, algo más trascendental,
y ahí sí podría decir que tiene
una importancia de ensimismamiento,
de reconocimiento
del propio ser.
¿Y acaso no es necesario ese
"reconocimiento" en el ciudadano?
Sí, en el ciudadano tanto "ser
humano", es decir, tanto se
una a mí en causa común.
Pero la practicidad de la vida
diaria hace el desmadre de lo
real, hace que prevalezca la
extraversión y el interés egoísta.
Date cuenta que los sicarios
y los corruptos también
son ciudadanos, pero sería
muy difícil pensar -en tanto
ejercicio- que están unidos a
mí y se conmueven al leer
"Campos de Castilla" de Machado,
por ejemplo. Todo
esto te lo digo con mucha
pena, incluso hasta las lágrimas.

Tú eres educador, ¿eso no es
caer en aquello que llaman
"pesimismo docente"?
El pesimismo docente no existe.
La educación tiene que enfrentarse
con el tema de la libertad.
Yo les digo a los estudiantes,
sobre todo a los adolescentes:
"tú puedes no presentarme
la tarea, pero el precio
de eso no sólo será la mala
nota, sino el castigo de tus
padres a los que informaré
debidamente". Si uno hace o
deja de hacer algo, tendrá que
ser enfrentándose con el efecto.
El ejercicio de leer poesía
crea "seres humanos", cuyo
efecto será enfrentarse a sí
mismos en libertad. El ejercicio
del ciudadano, en general,
es sobrevivir, digamos, con la
"materia" (en términos marxistas),
y la poesía es la espiritualidad
de alguien que no
conocemos pero que quiere
ser nosotros. Viéndolo bien, es
difícil unir una y otra cosa a
pesar que es el mismo sujeto
de análisis.
¿Cómo puede influir la poesía
en la sociedad?
Las sociedades del mundo se
crearon sin poesía, y podrían
vivir sin ella. Sartre dice que
tal vez sería mejor vivir sin ella,
pero creo que en esa circunstancia
no se experimentaría la
creatividad como lo único que
no pertenece a la "estructura"
que nos gobierna como ciudadanos,
como población que
necesita ser ordenada. La educación
necesita ayudar a ese
fin, en los que crean en ella,
pero como se está en libertad,
los ciudadanos también tienen
derecho a no creer en el hecho
educativo y mucho menos
en la poesía. Pero hay algo que
es importante decir y es que
las sociedades crean cierta
identidad con la poesía, es
decir, posibilitan su asentamiento,
tal vez por ahí vaya su
importancia; aunque la identidad
es uno de los temas más
complejos, y sería imposible
separar dichos fenómenos en
su naturaleza.
César, algunas de las cosas
que más conversábamos con
los demás Signos era sobre los
tópicos y categorías poéticas.
Y en algo estábamos de acuerdo…
¿Sigues sosteniendo que
la poesía tiene dimensión social,
que es social en sí misma?
La poesía siempre es social.
Te hablaba de la identidad y
la poesía, y cabe resaltar ante
eso, que la identidad siempre
se construye en sociedad. La
poesía que habla de una piedra
tirada en el camino de
otro cosmos, representa en el
fondo algo que no está claro
como mensaje lingüístico,
pero que indiscutiblemente es
algo que pertenece al enfrentamiento
del ser humano con
este mundo, y eso es un hecho
social; incluso querer
destruir la sociedad con un
poema es social. Otro asunto
es la poesía política, y en ella
siempre hay un rasgo interesante
de ideología más cuadriculada,
aunque respetable.
Me parece no adecuada pero
no incorrecta.

sábado, 18 de julio de 2015

"Historia de un secuestro" - Por: César Boyd Brenis - Diario "La Industria" (14/06/15)

Hay una maldición china que padece el país: ¡los tiempos interesantes! (Para los antiguos chinos, eran épocas referidas a las más duras hambrunas, guerras, epidemias, etc.) En ese contexto de maldición rutinaria y común, sucedió mi secuestro.

Hace unas semanas, salí de mi casa rumbo al recital poético organizado por el vate Juan José Soto. Tomé el taxi más sospechoso del mundo, y lo hice con alegría pues la confianza en el ser humano es natural antes de un encuentro con la poesía. Era un Tico rasgado por el tiempo y quizá por la agresividad de los choferes. Su carcasa seguramente cubría a un humilde trabajador de las pistas.

Me ofreció el cobro de una cantidad que nadie hubiese podido rechazar. Abordé la nave amarilla en el asiento de atrás, justo en medio, para seguir el camino nocturno en la luna frontal del vehículo. Se habló poco durante el trayecto, pues el celular en la oreja del taxista hacía que interrumpiera alguna respuesta esperada por mí. No recuerdo con exactitud sus palabras dirigidas al interlocutor del teléfono, solamente alguna articulación de sonidos como “sí, sí” o “ya, ya” o “voy por ahí” (las interjecciones de la sospecha que nunca tuve).

Al llegar a una calle de poca iluminación, el carro se detuvo. Yo, concentrado en el trayecto, ni siquiera me percaté de nada pues supuse algún rompe muelle o bache de las (des)asfaltadas calles de un Chiclayo bombardeado por sus gobernantes. En un instante, con la velocidad de un rayo del Olimpo, escuché abrirse las puertas de ambos lados. Cuando volteé a la izquierda, con perfecta sincronización me cayeron dos puñetes rotundos que me recordaron al dolor de las trompadas en nombre del fútbol en mi viejo barrio de Ferreñafe. Luego la golpiza fue implacable.

Me cubrieron la cara con un trapo negro como a un sentenciado a punto de fusilar. Tumbaron mi cuerpo al piso del Tico. Tuve que doblar las rodillas para poder caber en ese pequeño espacio que les sirvió como un sarcófago para enterrar al vencido. Después siguió el discurso de la pertinencia: “tápate bien y no me veas la cara”, “si te la das de valiente, te quemo” etc. Todo ello acompañado por mentadas de madre y manotazos que sus acéfalos cuerpos manifestaban como una digna imitación de películas peruanas de delitos y de bajo presupuesto.

“Ya perdiste”, me dijeron, “así que dame la clave de tus dos tarjetas”. ¿Perder? Yo, que iba a ganar una fabulosa historia, y ellos, que solamente iban a cobrar sus servicios por la misma historia, estábamos aparentemente en un nivel de “desiguales”. Pero la verdad histórica solo la sabía yo. Ellos se dispusieron a repetir lo mismo: “perdiste, perdiste”; y sin más rodeos les di mi clave: “2605 en ambas tarjetas”. El chofer que me había recogido bajó del vehículo y partió con rumbo desconocido. Uno de los que ocupaba el asiento de atrás pasó a conducir. Yo, tirado en el piso, asfixiándome por el poco aire que circulaba, le pedí al que me resguardaba que me quitara el trapo y acomodara sus pies, pues mi cabeza estaba adormecida. Él, como un caballero, bajó la luna de su ventanilla, acomodó sus zapatos, subió un poco el trapo negro y terminó preguntándome: “¿así está bien?”. “Gracias”, fue mi respuesta. “¡En la cana es peor!”, me replicó.

El auto seguía su camino entre baches insólitos. Mientras esperábamos la comunicación del otro cómplice, ellos conversaban acerca de su arriesgado trabajo: “esto fue igual que en Piura, muy poca plata”, “ahora los de arriba nos van a pedir más” (¿la policía?), “yo dije que no se arriesgara”, etc. Hasta que el celular le timbró a mi guardián. Era una mujer que le pedía ir a verla. Él dijo estar en un trabajo y que después pasaría por ella. Luego cortó la comunicación.

Empecé a imaginar cómo era esa joven, si tendría una madre humilde que peleaba con ella por sus amistades, o hasta pensé en la propia madre de los secuestradores o en sus hijos o en sus ancianas abuelas que rezaban para que regresen con vida. En toda esa cavilación les pregunté de dónde eran. Ellos respondieron que eran de Trujillo y que iban por ciudades haciendo trabajos. Luego, casi evidenciándose un Síndrome de Estocolmo, empezaron a interrogarme de mis ocupaciones. Les dije que era profesor de Literatura. “¿Dónde trabajas?”, insistieron. “En un colegio en el monte”, respondí con absoluta exactitud. “¿Eres nombrado?”, continuaron. Al decirles que no, en un cinismo usual, me desearon éxitos y la permanencia en ese trabajo. En esa rotunda respuesta percibí su derrota, pues ellos tenían las armas apuntándome a matar, pero yo tenía la vida que ellos hubiesen querido (a mi parecer digna pero no tan deseable). De esa manera, el diálogo fue por caminos insospechados: me confesaron que fueron de la Trinchera Norte, que les gustaba Corazón Serrano, que festejaron el campeonato del equipo de César Vallejo de Trujillo, entre otras elementales anécdotas. Por mi parte, les dije que me habían enseñado algo categórico: los ojos de la muerte.

Entonces conjeturé la poesía que estaba destinado a no escuchar. Seguramente eran las diez de la noche y el recital estaría a punto de terminar. Habían pasado aproximadamente cuarenta minutos desde mi secuestro. Como mis compañeros poetas no sabían que iba a ir, no me extrañaron, sin imaginar la situación límite en la que me encontraba. Y recordé al poeta Javier Heraud, muerto en una balacera en Madre de Dios en nombre de la revolución, para rememorar que las balas me hubiesen quitado la vida pero yo estaría presente en el más humilde de mis poemas; y la existencia estaría justificada. Aunque por otro lado estarían ellos, seres que crecieron en la orfandad de todas las vertientes y ejecutaron su libertad eligiendo lo oscuro, son personas que tendrán tal vez una penosa muerte en el anonimato más absoluto y en la fosa común más negada.

A pesar de la violencia y la contundencia de los actos de esos tres delincuentes, sabía en mi fuero interno —no por soberbio— que no iba a morir. Eso lo confirmé cuando regresó el cómplice con el botín en sus manos, y me dijeron: “Listo; ahora pongo en tu bolsillo tus celulares, tu billetera con tus tarjetas y DNI”. “¡Cuidado se te caigan!”, me aconsejaron, “y abre tu mano, ten diez soles para tu pasaje; te sacaremos el trapo negro e irás por esta calle, no voltees pues te matamos, ¡anda!”. Caminé cinco pasos y luego me volví, y grité: “¡mis lentes, soy ciego!”. Pero ellos ya habían partido y yo estaba en medio de una pampa. Solo me quedaba caminar.


No acudí a la policía. Todo había pasado y nada había pasado. Me quedo con lo que alguna vez el vocalista de Los Mojarras, Cachuca, exaltando una fabulosa verdad y después de recibir una golpiza, ensangrentado, dijo en un canal de televisión: “Eso no se le hace a un poeta”.

martes, 17 de febrero de 2015

"Un mar de libros versus una gota de lectura" - Por: César Boyd Brenis - Diario "La Industria" (08/02/15)

Limpiar mi biblioteca es un placer que realizo en hermoso autismo cada uno o dos años. Es trabajo duro, satisfactorio y asmático. Con una y otra inhalación de Salbutamol, me enrumbo en un preclaro viaje de placer. Terminan doliéndome las manos y sangrándome la nariz por la mucosidad que mi alergia al polvo deja, pero me repongo y el baño final hace célebre la medianoche de verano y, sobretodo, en estas febriles vacaciones.

En medio de la reorganización y el desempolvo de libros, deshojo al azar los poemarios de amigos poetas lambayecanos y de otras zonas hermanas, y encuentro versos tan apasionados como el de Elio Osejo, quien rememora un cuento infantil en su poema Síndrome de Estocolmo (¡formidable título!): “Mi corazón —dijo el lobo— también es lo bastante grande,/ mi pequeña,/ para quererte mejor”. Encuentro además para mi placer y gusto el libro del sanmarquino Winston Orrillo, quien me concedió una entrevista en mi casa en aquel noviembre de 2008; él recordaba con sarcasmo la labor docente: “el/ caso es que las musas/ incomodan/ a un pobre profesor/ de pacotilla/ que tiene un gris/ horario/ que le aprieta/ como aprietan/ zapatos o/ corbatas”.

Otros versos que el azar traía a mí fueron los del poeta Julio Fernández Bartolomé, quien escribió tres libros al hilo y luego tuvo un mortal parón; hace poco tiempo me afirmó que ya nada le inspira. Lo cito: “estoy hecho del tiempo perdido/ y ni siquiera abrigo el consuelo/ de que volverás a mí”. En otro de sus libros diría: “Tengo una extraña sensación de pérdida:/ mi corazón se extravió en el tuyo”.

En aquella lejana presentación de 2003, a la que asistí, Guillermo Ortiz pondría en unos versos de su libro “Esta casa que soy yo”: “Chiclayo sigue siendo una/ ciudad de polvo y ventarrones (…) Me jode, por distintos motivos,/ vivir en una ciudad olvidada” (a nosotros también nos jode, poeta Memo). Por su parte, Carlos Bancayán escribiría en “Pétalo Canario” unos versos con los adjetivos bien puestos: “Porque vienes a veces sin que el/ pulgar te llame,/ cadenciosa,/ y te quedas a solas,/ trémula,/ variable”.

Leí dos buenos poemas de Víctor Contreras, de su libro “Cantos de amor antes que muera la luna”, y recordé que cuando era estudiante universitario escribí para un periódico mural de mi Facultad (FACHSE) una pequeña opinión titulada: “Cantos de amor antes que muera el socialismo”; un año después —para mi sorpresa— lo encontré publicado en un conocido semanario chiclayano, lo curioso fue que no salió con mi nombre sino con el seudónimo gracioso y pretencioso de “Casi humano” (sobrenombre que utilizaba en tiempos de estudiante). Todavía tengo subrayado versos de su poemario que muestran un potente apego al inmortal Vallejo, así como: “tibia sufrida”, “preñada fotosíntesis” o “el nacimiento de los choclos”.

La sonrisa me vino cuando encontré los poemas de humor de Nixa en su libro “La broma de los romances y el soneto”; decía el maestro: “Un saludo, señor mío,/ a nadie le quita brillo;/ ¡quién sabe si saludando/ se mejora el apellido!”. Pero el llanto me brotó —como siempre cada vez que vuelvo a leerlo— cuando fui a la página 80 del libro “Las horas naturales” del cosmonsefuano Alfredo José y me sumergí en el poema “Piedra negra que volverá a ser blanca” (¡Qué soneto tan perfecto!).

Recuerdo que, hace algunos años, esa obra de arte de Delgado Bravo me hizo ganar un amigo. Yo estaba con dos poetas —sentados a una mesa del bar de Percy— hablando de Vallejo, y de súbito se me acerca un hombre, con aspecto retador, y me dijo: “¿o sea que tú conoces de Vallejo?”. “Algo”, le contesté. Entonces prosiguió: “Pero tú no sabes ese poema llamado Piedra blanca que no quiso ser negra”. Había cambiado completamente el título; pero cuando lo corregí con cariño pedagógico y se lo recité de memoria, me dio un abrazo de colega, me invitó una cerveza y, desde ese día, me llama para proponerme trabajos que agradezco con el corazón.

Ubiqué una plaqueta (1998) que tenía en la portada el seudónimo de Carlos Rossi, poeta ferreñafano. Luego supe que el autor, vate y compositor, no mostraba su verdadero nombre por estar preso, purgando sus culpas. Lo cito: “El peñasco del anhelo/ lentamente se fue alejando”. Y también de la tierra de la doble fe, encontré al premiado vate William Piscoya quien escribiría en una antología: “Ahora mismo/ debería convertirme en Watson e ir/ tras un elemental espacio del purgatorio/ sin más ni más”.

Un poeta poco conocido pero que, en mi modesta opinión, tiene una voz rauda y original es Luis Boceli. Conseguí su libro, recogiéndolo en su gigantesca casa de La Victoria. Me lo había enviado por encomienda desde Lima, en donde radica. Su estilo cisneriano es edificante: “Mis primeras bebidas:/ 1. El líquido amniótico,/ 2. La leche materna,/ 3. Pisco sour de sus ósculos oceánicos”. También aquel día, leería del vate Ernesto Facho: “La muñeca suspendida/ ya no sugiere, siquiera,/ otro punto oculto/ en la luminosa entraña”. Y con eso el poeta sentenciaría: “¡Se acabó el poema!”. Su libro “La espada indeleble” es un homenaje a la forma y a la exactitud; me lo dedicaría en aquel 2013 por “esas interminables y adictivas noches de tertulia literaria”.

Encontré un polvoriento ejemplar del libro “Signos”, que Marco Aurelio Denegri tuvo la generosidad de presentar en “La función de la palabra”, dedicándole todo el programa. Ahí encontré los versos de mis más grandes socios de aquellos tiempos, pero que se han esfumado como el humo de los cigarrillos que compartíamos en implacables tertulias. Cito: “Un ruido…/ De pronto abrió el mar/ toda su puerta./ Apareciste tú,/ espuma incoercible” (José Abad). Cromwell Castillo escribiría: “Si estoy aquí/ es por el Agua./ ¿Cómo no/ transfigurarla más/ cuando desciende?”. Y Ronald Calle, a quien Denegri lo catalogó como el autor que había escrito el mejor poema del libro (“Agonía compartida”), diría: “El orbe está sudando su hastío en mi frente/ y su hijo sufre aquí en mi espacio”.


Los libros que no pude revisar —sino pasaba cinco días limpiando— fueron los de Ernesto Zumarán (el mejor poeta que tiene la región), Carlos Becerra (poemario que encontré tirado en la plazuela Elías Aguirre y desde ahí lo respeté), Matilde Granados, Juan José Soto, Stanley Vega (quienes aman tanto la literatura que dan su escaso tiempo para organizar eventos), entre otros amigos pertenecientes a la fauna (según el DRAE, tercera acepción de fauna: “conjunto de gente caracterizada por un comportamiento común”). Creo que es hora de leer. 

"El surrealismo del sicariato (A una víctima inocente de Trujillo)" - Por: César Boyd Brenis - Diario "La Industria" (17/02/15)

Parece una pintura de la realidad, distorsionada por los paliativos del inconsciente. Parece un “Picasso” donde la frase “patas a arriba” es tan natural como un dedo nacido de la frente o de la lengua. Parece una película de Fellini en que la aritmética no sólo sirve para contar los muertos, sino para aumentar en razón geométrica la ineptitud del Estado.

Primero eran los pederastas que violaban, mataban y calcinaban a sus víctimas antes de enterrarlas en una pampa solitaria. Ahora son los ajustes de cuentas que, al mejor estilo de los gánster, nos muestran crímenes brutales. Pero nada se compara con esto: Un miserable dispara en el pecho a un niño de un año. Sí, a una inocente criatura que jamás perturbaría a nadie.

Ese trastornado ni siquiera ofrece piedad. Su crimen es tan brutal como las guerras épicas en donde Aquiles partía en dos a los hijos de Príamo; sin embargo, hasta a ese guerrero impío le vino el llanto cuando el rey troyano fue a reclamar el cuerpo de su hijo Héctor que permanecía insepulto durante doce días. Aquiles se conmovió porque Príamo le recordó a su anciano padre que, allá en la lejana Tesalia, lo esperaba casi sin fe.

Pero el corazón de estos mercenarios modernos no se compadece con nada. Un niño para estos rufianes significa el vacío. No los hace recordar —para dar humanidad a su roñosa existencia— a un hijo que perdieron, ni a un sobrino que dejaron, y ni siquiera a un recuerdo de su propia infancia que, seguramente en sus formas desgraciadas, pudo tener aunque sea un ápice de fantasía y plenitud.

Es la crueldad en niveles surrealistas, la maestría de lo luciferino, la coronación del infierno. No sé a qué círculo dantesco irían estos vándalos, lo que sí es seguro es que este país es su paraíso, y sus actos son bendecidos por los que cobran cupos y se disfrazan de generales, por los que liberan narcos porque los acuerdos del bolsillo son más importantes que los de una nación en ruinas, por los jueces que no se contentan con su abismal sueldo y dialogan bajo la mesa un “cachuelo” para las queridas que vendrán.
 
Herodes arrasó con los inocentes creyendo matar al hijo de Dios para que el rumbo de la historia —profetizada siglos antes— no siga su camino (acto crudelísimo); no obstante, los sicarios matan sin razón aparente. Su fin es una sonrisa de un alto mando que lo utilizará hasta que lo desangre en una fiesta de pollos desplumados.

Ni siquiera su función es ideológica como la de aquellas masas que asesinaron a los niños de la realeza en nombre de la Revolución Francesa (otro acto de suprema crueldad), sino que, como arcángeles malignos, no tienen puntos supremos de trascendencia, sino sólo desean con fervorosa estupidez el cupo diario de un empresario emergente y sueñan con ser los “bad boys” del barrio, y levantar sus casas con pisos pintados de sangre, en nombre de una orgía o de una borrachera entre hampones. 

A propósito de “Charlie Hebdo” - Por: César Boyd Brenis - Diario "La Industria" (25/01/15)

La violencia y la masacre son actos repudiables e injustificables. Pero debemos entender que la única manera de predecir la violencia, de calmarla o —en el mejor de los casos— anularla por completo, es estudiar cada hecho violento con paños fríos —lejos de apasionamientos obcecados—, y analizar las motivaciones y las circunstancias en nombre de una paz definitiva.

La revista “Charlie Hebdo” tenía (tiene) la particularidad de ridiculizar a las tres más grandes religiones monoteístas del mundo: cristianismo, judaísmo e islamismo. Para dicho fin, caricaturizaban líderes religiosos o alguna divinidad, manteniendo un arraigado mensaje homosexual en los personajes que elegían para su escarnio, o colocaban a los creyentes adjetivos como “idiota” (por asumir su fe); todo ello en nombre de la libertad de prensa, más aún avalados por la conducta artística de los dibujantes que, en un supuesto reclamo social, podrían defender su causa con el siguiente principio moral (¿o amoral?): “el arte es libre de decir lo que sea”.

La homosexualidad, ¿la tolero pero la ridiculizo?
En lo antes mencionado, existen varios puntos por analizar. ¿Por qué la homosexualidad sigue siendo tomada por los programas —televisivos o escritos— para hacer reír? En el fondo, el mensaje subliminal que se transmite es el siguiente: el homosexual es en sí un ser ridículo. Ese parentesco con lo irrisorio —como alguna vez lo analizaría un especialista— se lo impone una sociedad machista con sus reglas de “dominio” y “fuerza” como valores supremos. Entonces, desde ese punto de vista, el homosexual es asumido como la ridiculización de la mujer, al cual hay que señalar como “débil” y como alguien que no ha entendido su ser, un personaje extraviado, amorfo y sin identidad.  

Por su parte, los caricaturistas daban un mensaje de libertad sexual y de libre elección de credos; sin embargo, ellos mismos —en escondida contradicción— ridiculizaban a los personajes religiosos, colocándolos como homosexuales, mostrándolos con modales grotescos, estrafalarios y dueños de una “vida alegre” que no sé si les cauce gracia a los de dicho gremio.  

Pero ¿por qué el homosexual no se siente tan afectado? Tal vez sea por lo que alguna vez señaló Fromm en su libro “Psicoanálisis de la sociedad contemporánea”: la abstractificación de la civilización moderna. Así, el filósofo de la Escuela de Frankfurt señalaba que nuestro mundo —en búsqueda de su máxima racionalidad— ha convertido a sus instituciones y a sus personajes en abstracciones, asumiendo una impersonalidad nunca antes vista en la historia. Por ejemplo, el que condena ya no es la voluntad de un monarca concreto, sino una ley abstracta, sin rostro y sin pasiones; otros ejemplos pueden verse en la palabra “clientela” o, incluso, en “dinero” o en “hombre”.

Por todo lo expuesto, si fue ridiculizada la homosexualidad —como subliminalmente lo ha sido en la revista francesa—, no le ha afectado a ningún homosexual en particular; e incluso la gramática ayuda a tal fin: “homosexualidad” es un sustantivo abstracto. En cambio, la ofensa sí es directa cuando se menciona a Mahoma, a Jesucristo o al Papa, pues ellos son representantes de un Dios en la Tierra; son carne del absoluto, y son vistos por los creyentes como la concretización misma de la divinidad.

Todos en el mismo saco
Con la premisa errónea de que todo el que lleva sotana es pederasta u homosexual, los caricaturistas —indirectamente— condenaban todo el credo cristiano; por su parte, también echaban en el mismo saco a los creyentes musulmanes, acusándolos de potenciales suicidas o creados para el terror, desconociendo que los grupos violentistas son un número limitado, y equivocándose al creer que la gran mayoría de mahometanos no desea la paz con occidente —representado por Israel—. Esta reconciliación no se ha logrado por la incapacidad de los políticos tanto de uno como de otro bando, dando pie a que los extremistas tomen más terreno y exhiban la violencia como única solución, violencia que llega también del estado judío.

Por otra parte, luego del injusto asesinato de los caricaturistas, varias mezquitas fueron atacadas en Francia. Este hecho puede ligarse a la idea anterior: una reacción ante lo abstracto; es decir, no reconociendo a los culpables materiales, se traslada la culpabilidad a toda una institución que, en este caso, se convierte en paredes que hay que destruir en nombre de la justicia.

¿Mahoma, el culpable?
¿Hasta dónde puede llegar el error de una visión “abstractificada”? Lo que parece ser posible, según los expertos, es que los terroristas hayan sido los que tomaron la decisión de atacar, es decir, ninguna organización concreta los envió, sino sólo fueron “mártires de Alá”. Sin embargo, uno de los hermanos, Cherif Kouachi, afirmó que Al-Qaeda los había financiado. En concreto, fue lo primero y lo único que dijo, lo cual hace muy sospechosa su actitud. ¿Puede un suicida, fundamentalista, religioso, absolutamente espiritualizado, pensar en la “financiación”, en el dinero, y hacer de esas palabras las únicas y últimas que emite al mundo entero antes de ser “mártir de Alá”? Más bien parece un discurso occidentalizado (mercantil) de un títere sabrá Dios de quién.

En el libro “Israel-Palestina: Paz o guerra santa”, Vargas Llosa cuenta de la primera terrorista palestina, Wafa Idris, enfermera de 29 años. Ella se hizo volar en pedazos en nombre de Alá. Todos los vecinos que la conocieron, y que nuestro Nobel interrogó, afirmaron que nunca vieron en ella una ferviente religiosidad. Entonces, ¿qué pasó con Wafa? Posiblemente, dos situaciones: el rechazo brutal de su marido por no poder darle un hijo o las terribles torturas que padeció su hermano a manos de judíos. ¿Poseen los fanáticos suicidas mentes —no religiosas— sino perturbadas, que son manipuladas por ideas “políticamente contrarias” y que entregan su vida en nombre de un mundo despiadado que les dio la espalda? Ojalá todo cambie. “Ojalá”, por cierto, es una voz árabe (wa-sa Alá) que significa “Y Dios quiera”.

¿El arte es amoral?
Este tema es muy polémico. Hasta donde se puede analizar, el único arte amoral sería el arte abstracto, aquel que no puede ser concebido en un mundo material y concreto, y que está sumergido en innumerables interpretaciones, tan subjetivas como inacabables. Pero ¿y si todo arte es abstracto? Recordemos la canción “Flor de retama” exclamando “¡A pólvora y dinamita!” o también la reciente obra teatral limeña que, supuestamente, hace apología al terrorismo; ¿serán estas obras de arte amorales?


Todo este tema preocupó mucho al maestro Arguedas quien no reconocía un arte sin moral, aún frente a las contundentes explicaciones de semiólogos y hermenéuticos que ponían al arte como un conjunto de signos fuera de este mundo —aunque inspirado en él— con su propia moral y sus propios credos. Es la eterna batalla entre el materialismo y el idealismo.  

"¿Bachiller o Licenciado?" - Por: César Boyd Brenis - Diario "La Industria" (22/01/15)

Hace tres años, en la Escuela de Post-grado de mi Alma Mater, me encontré con una ex compañera de universidad. Ella había solicitado un documento que avalaba sus casi concluidos estudios de maestría; pero se regresaba a hacer un reclamo que, según decía, le causaba indignación.   

En el dichoso papelito le habían colocado que la “Bachiller Tal estaba cruzando estudios…”. “¿La Bachiller?”, me dijo, “¿qué se han creído? ¡Yo soy Licenciada!”. Cuando le dije que también era bachiller, me dio un confuso discurso que no pude entender y, por la magnitud de su cólera, preferí no seguir con esa discrepancia lógica.

Le quise hacer recordar aquella clarísima explicación que nos dio el profesor de Literatura Peruana (allá por el sexto ciclo, creo) acerca de los grados y los títulos, en cuya clase definitivamente ella también estuvo. Pero no. Entonces desde ese tiempo hasta la fecha, todavía puedo encontrar colegas que no tienen muy claro el rumbo de sus estudios y confunden agua con aceite a pesar de bañarse con ambos todos los días. 

Cuando uno cruza los cinco, seis o más años de universidad, termina con una capacidad investigativa determinada, aprendida a lo largo de ese periodo, asimilada en sus cursos teóricos y metodológicos, es decir, concluye con un determinado conocimiento de la ciencia en general y algunos puntos particulares de su aplicación. A ese nivel o grado finiquitado se le llama bachillerato.

Si se quiere seguir por la línea de la investigación, profundizando en el campo científico, —en otras palabras— si se desea subir de grado, para aplicar nuevas teorías o descubrir importantes hipótesis que alimentarán la fuente investigativa, entonces el estudio que se demanda es el de maestría. Y, siguiendo ese camino, el doctorado sería otro grado más en donde —aquí se marca la diferencia— se ostenta una teoría propia (por eso recordemos que no todos los médicos o abogados son doctores y, en su mayoría, ni siquiera magísteres).

En cambio, la licenciatura es el permiso que te brinda el estado de un país para validar tu competencia dentro de tu especialidad, es decir, el visto bueno para saber si estás apto en tu disciplina particular y puedes ir al campo laboral y aplicar los conocimientos de tu específica carrera. Ese permiso o licencia se llama título profesional. Y si se quiere continuar profundizando en una rama mucho más específica de una disciplina, se puede escoger una “segunda especialidad” y así conseguir otro título. Por tal motivo, uno puede ser bachiller y licenciado al mismo tiempo, o tener dos o tres títulos y seguir siendo bachiller.


Por el contrario, cuando se quiere seguir una maestría, importa poco el título, por eso jamás te lo piden y ni siquiera lo mencionan de pasada. Hoy en día, con tantas maestrías en el mercado —y con las menciones más quijotescas— ya hasta se han olvidado de la esencia de seguir estudiando y de la vertiente formal de los procesos académicos. 

"¿Sólo esa tuna universitaria?" - Por: César Boyd Brenis - Diario "La Industria" (15/01/15)

Tal vez me equivoque desde la primera línea, pero hay algo que me lleva a contar lo que vi: la dignidad. No sé si será mejor o peor el trato entre integrantes “tunos” de otras universidades, no sé si se hará diferencia entre instituciones privadas o no; sin embargo, aquella tuna, de esa universidad, de tal tradición, me hizo presenciar —casi como un intruso— un espectáculo tan patético (patético: capaz de mover y agitar el ánimo, DRAE) y tan anecdótico como para tomarlo en cuenta, ¡pero no en serio!

El último sábado del año recién pasado, un amigo me llevó casi a rastras a una fiesta en la “lejana” La Victoria (vivo al otro lado de Chiclayo). Llegamos justo en el punto preciso de esa reunión, en donde la engalanaban señoritas en primera fila, una veintena de jóvenes vestidos de malla negra —cuya euforia era conmovedora—, familiares de la edad precisa para ser “tunos”; en fin, amigos y curiosos completaban ese mediano patio. El maestro de ceremonias comenzó con un protocolo poco usual para los que por primera vez acudíamos a tal evento: las rimas, las coplas, el encanto del verbo se hacía con gritos e invariablemente en distintas partes del local. No eran los poetas anarquistas de Chesterton en “El hombre que fue Jueves” ni los poetas malditos viscerrealistas de “Los detectives salvajes” de Bolaño; ellos eran los quijotes después de un encierro leyendo libros de caballería. Y eso fue positivamente sugestivo.  

Luego, comenzó el centro de la reunión. Premiaron con diplomas que, sorprendentemente, tenían el logo de su universidad —casa de estudios tan nueva, tan céntrica y tan “regionalísima”— y con el símbolo portentoso de la España de alguna época trovera. Los reconocimientos estaban selectamente clasificados: “El borracho del año”, “El mochador del año”, “El sinvergüenza del año”, y disparatadas distinciones por el estilo. En un principio pensé que si en la mayoría de regiones del Perú se juramentan autoridades de pasados cloacales y reconocimientos esperpénticos, entonces no tenía nada de malo el designar con burlesca manera a tantos señores que se enorgullecían de adjetivos tan ilustres.

Cuando llegó el turno de nombrar a los llamados “padrillos” o nuevos integrantes, mi rostro cambió. A los pobres muchachos los sometían a una serie de humillaciones: tirarse al piso, beber como desquiciado, alcanzar objetos, lustrar los zapatos, arrodillarse por tiempo indeterminado, etc. Luego, me puse a pensar que un asunto es una reunión dionisíaca en nombre de la trova y, otro asunto, es amalgamar la risa con un ritual “ciudad-perresco”.

Los novatos de los Maras (las pandillas más terribles de Centroamérica) tenían que resistir una golpiza criminal por un minuto y, si sobrevivían, entonces ya eran del clan. Algunos grupos de pandillas aceptan a sus integrantes cuando han matado a alguien de su familia. Pero de los Maras a una tuna universitaria (repito: universitaria), con integrantes supuestamente de un intelecto superior, con una cierta cultura de la dignidad, pues hay un cosmos de distancia, pero es una realidad que al parecer hoy en día ya ni sorprende.