jueves, 28 de octubre de 2010

"Las designaciones a los que enseñan" - POR César Boyd Brenis - DIARIO "LA INDUSTRIA" (27 DE OCTUBRE DE 2010)

Por una razón clásica, al que transmite un conocimiento, al que forma, al que instruye, le rodea un aire misterioso y señorial. Quizá por ese motivo, nombrar o designar a este noble personaje tenga una dificultad innegable; así, hacerlo depende de la costumbre, el ánimo o hasta cuán majestuoso se le quiera ver. Para muestra, he contado seis formas de etiquetas: profesor, maestro, docente, pedagogo, educador y facilitador. Muchos de estos términos han devenido, no cabe duda, de los vocablos que las corrientes pedagógicas han sugerido. Describámoslos.

Profesor: Término bastante genérico. En casi toda Latinoamérica, este sustantivo se ha empleado tanto en el uso técnico como en el coloquial. Hace varias décadas, en las escuelas de educación se utilizaba para hacer referencia al título académico, sino recordemos lo dicho por Julio Cortázar en una entrevista de 1977, en el contexto argentino de la época: “Terminada la escuela primaria, luego hacías la escuela secundaria. Y en mi caso, yo entré en una Escuela Normal, que a los 18 años me dio un título de Maestro Normal, y luego tres años más de profesorado, que me dio un título de Profesor”. En la actualidad se ha perdido dicho sentido.

Maestro: En ocasiones, esta palabra tiene un romanticismo adherido, ya que se suele enfatizar con agudeza: “cualquiera es profesor, pero pocos son maestros”. En algunos países, caso Venezuela, se le llama así al que labora sólo en el nivel primario. Para los otros niveles es “profesor” el término utilizado. Por el contrario, en México, “maestro” se usa para generalizar a todo aquel que enseña, no importando el nivel escolar. Algunas veces en ese país centroamericano, también se le suele llamar “licenciado”. En el Perú y en otros países, la palabra posee una simbología sentimental, un ejemplo de ello es estipular un día del año especialmente para ellos, llamado el Día del Maestro. Antiguamente, “Maestro” también era un título que lo podías obtener a los 18 años al egresar de una Escuela Normal, tal como lo refirió anteriormente el autor de “Rayuela”.

Docente: A pesar que el diccionario lo toma como meramente un adjetivo (por ejemplo, “plana docente”), el uso lo ha impuesto como un sustantivo. Esta designación es altamente técnica. El sentido que también posee tiene que ver con la idea de un profesor en actividad; es decir, que un recién egresado de la facultad de educación, que aún no consigue trabajo, no puede ser un “docente”.

Pedagogo: Es aquel que está inmiscuido en las ciencias de la educación. Es decir, un pedagogo es netamente un científico. Este término tiene un sentido de realce y magnificencia académica.

Educador: De un tiempo a esta parte, este término ha ido estableciéndose tal vez con la idea de acabar con la dificultad de designación. Por un lado, tiene un sentido abarcativo, o sea se refiere sencillamente al maestro con título profesional y punto, no importando que labore o no, que se especialice o no, o que sea bueno o malo. Además, tiene una acepción técnica, y posee un sabor a solemnidad posmoderna, muy de este tiempo.

Facilitador: Esta palabra fue instituida por el constructivismo (corriente pedagógica que tiene como principio fundamental la idea de que son los estudiantes los que elaboran o construyen su propio conocimiento, donde el profesor sólo les facilita los recursos o los textos que serán asimilados subjetivamente). Casi nadie emplea esta palabra.

A pesar que hay una línea transversal que une a todos estos términos, el contexto se encarga de guiar las intenciones. Así, puedo decir: fui educado por profesores estrictos, por maestros apostólicos, por docentes humildes, por pedagogos eruditos, por educadores titulados y por facilitadores inocentes. Y también, fui educado en las calles y en las bibliotecas por amautas invisibles y divinos, y el producto fue un maestro.

jueves, 14 de octubre de 2010

“El grupo Signos y la Universidad” – POR César Boyd Brenis – DIARIO LA INDUSTRIA (14 DE OCTUBRE DE 2010)


En general, se pueden distinguir dos tipos de estudiantes universitarios. Están aquellos que realizan actividades diversas, ya sean artísticas, académicas, políticas, o la combinación de éstas, según sean las inclinaciones. Y por otro lado, están aquellos cuya inactividad tiene sólo como resultado –después de cinco años—un título, para todos cada vez más devaluado. Entre tanto, en las aulas de la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo, el 17 de febrero de 2006, desde los pabellones de la facultad de Ciencias Histórico-Sociales y Educación, nació un colectivo de los del primer bloque de estudiantes: el Grupo Literario “Signos”.

Me honra ser uno de sus fundadores. En aquel año, éramos cinco integrantes (Cromwell Castillo, Luis Sánchez, José Abad, Ronald Calle y yo). Sin embargo, los dos primeros partieron por motivos de aquella incompatibilidad que condena a muchos grupos al fracaso y, posteriormente, a su desaparición y olvido. Mas la tarea literaria nunca se detuvo. Recitales, publicaciones de libros grupales, de manifiestos literarios, y viajes llevando nuestra poesía a muchos lugares del Perú, eran algunas de nuestras tareas constantes.

El día 18 del mes recién pasado, en el auditorio de un conocido hotel chiclayano, hubo un relanzamiento formal del grupo, con nueve integrantes más: Ricardo Musse (Piura), Erika Madrid (Argentina), Ronal Pérez (Tarapoto), Hazzel Yen (México), Anita Ramos (Lambayeque), Wilfredo Gonzáles (Lambayeque), Gisella Limo (Lambayeque), Mario Morquencho (Lima) y Harold Castillo (Lambayeque).

La propuesta de esta nueva etapa en “Signos” puede simplificarse en la Introducción de nuestro manifiesto literario: “El lenguaje como instrumento de vida nos facilita los efectos de todo cuanto hacemos o deshacemos. Por ello es la hora de ser fulminante en todo momento. No hay tiempo para la lástima de sí mismo: Signos sueña con todos sus ojos abiertos, para que el idioma latinoamericano que nos define, se una en la misma respiración. La Literatura no salva al mundo pero puede animarlo, perseguirlo, enfrentarlo. Signos acopla la contundencia de las voces donde el español, como lengua de nuestro mundo latino, es el eje del habitar estético”.

El grupo ha entendido la importancia de aquella clásica idea de unión de nuestros países, pero con un nuevo remezón literario: “El reducto de nuestra entrega total está en esa masa que se ha constituido en Signos. Nos hemos juntado para que nuestra voz se asocie al grito, y Latinoamérica sea el espacio donde retumben los sonidos más armónicos”.

“Despiertos todo el tiempo, repudiando la tragedia de nuestros países, las dictaduras y la corrupción, la historia que siempre es de sangre como una maldición de Dios, perturbadora e injusta; así nos unimos al contrato social indisoluble, así nos ponemos de pie sobre la mesa del planeta, sintiendo que la Literatura es otro de sus pulmones, donde el género humano descansa y se deleita. Por eso cantemos a Latinoamérica en todos sus dialectos: la potencia de nuestro grito intentará alegrarla”.

En este orden, la universidad fue el comienzo. Mas el movimiento que Signos plantea está regido por esa transmisión de fuerza que trasciende a cualquier casa superior, a cualquier etnia, nacionalidad o creencia, pues ya se comienza a dimensionar la vida futura, que cubrirá el ámbito cultural definitivo. La universidad es la vida en acto firme.

No se termina de ser estudiante recibiendo un título. No se deja un círculo intelectual sólo por concluir una etapa. Si existe sinceridad y empeño, tanto uno como otro sólo terminan en la muerte. Y todo eso, en nombre de la existencia y de su sentido más franco para nosotros: la literatura.

sábado, 9 de octubre de 2010

"El pesimismo y la educación" - POR César Boyd Brenis - DIARIO "LA INDUSTRIA" (8 DE JULIO DE 2010)

En honor al 6 de julio ya pasado, Día del Maestro, quise reflexionar sobre dos temas que generalmente, dentro de una realidad de análisis, permanecen disjuntos, pues la “educación” y el “pesimismo”, y aún más las finalidades de dichas nociones, son dos extremos que no pueden y no deben juntarse ni en la acción ni en la idea, y todo esto por el bien del más débil entre ambos, como lo es, la educación.

Profundizar en el tema del pesimismo, en el cual muchos de los seres humanos se ven reflejados, y aún más, muchos de los profesores, es dar algo de luz para evitar actitudes y conductas, y sobre todo ideologías, que no hacen bien a la labor docente en acto.

El pesimismo es una reacción que cualquier ser humano puede llegar a tener en condiciones normales, y cuyo derecho a sentirlo y expresarlo podría ser totalmente legítimo. Sin embargo en la profesión de maestro, al parecer el asunto toma otro sendero, pues si el maestro cae, entonces el mundo cae con él. Y en consecuencia, se cierran las puertas y los ojos de la libertad, del análisis y del progreso, entendido este último como fortalecimiento de las finalidades de cada entidad social.

Pero no se puede olvidar que los batalladores de las aulas son seres humanos de carne y hueso, es decir, hombres y mujeres de conflictos, de decepciones, de miedos, de interioridades sensibles. Por ello los maestros también caemos en contrariedades y disgustos catastrofistas cuando vemos que el mundo nos traiciona, en pocas palabras, caemos en pesimismo ante la vida.

Ser pesimista es concretamente no encontrar ninguna salida para un problema; o es, extensamente, encontrar salidas ineficientes, ralas o inútiles, desde donde parten las concepciones casi entendibles de “patear el tablero”, de maldecir a todos los gobiernos, de reclamarle a Dios por su inercia.

En general, creo que el pesimismo en los maestros puede manifestarse en dos ramas. Una de ellas más vivencial, concreta y personal, y otra rama, más ideológica, intelectual y cultural.

La primera de ellas, se puede identificar y simplificar en la frase: “no puedo pensar en enseñar bien porque mi sueldo ni siquiera me alcanza para comer”. Aquí, el pesimismo está manifestado en la realidad de la vida de un maestro de bajos recursos, que podría ser un profesor de escuela rural (difícil y digna tarea) o alguien que tiene que viajar muchos kilómetros de distancia asumiendo su propio pasaje, y cuya fuerza para el trabajo está debilitada por el trajín. En esas condiciones, el maestro no le queda más remedio que sobrevivir con lo que el estado le ofrece, y con justa razón, quejarse.

La segunda rama es el pesimismo de tipo ideológico, en donde caen muchos maestros. Ellos ven el mundo en pleno, lo analizan, hacen cálculos estadísticos, y sacan conclusiones al estilo sartreano (recordemos que Jean-Paul Sartre fue el pesimista más grande del siglo pasado).

Estas conclusiones están sometidas a la frase: “el mundo es un desastre”. Entonces, descubren todos los males irreversibles que aquejan a la humanidad, es decir, descubren que las ventas y el consumo de drogas en el mundo van en un aumento exponencial; descubren que el ser humano tiene cada vez más enfermedades llamadas “mentales” y serios problemas genéticos; descubren que el sistema es manejado por un grupo de súper poderosos desalmados, inhumanos e invencibles; descubren que la súper población alguna vez nos hará matarnos por comida y por agua; descubren que es posible que Dios no exista (como está escrito en los autobuses londinenses) y que no habrá más justicia que la nuestra, que es la del más fuerte (absurdo descrédito).

Con toda esa masa de pesimismo, a los maestros nos toca gritar a causa de la desesperación y la angustia. Ser expectantes de la desvalorización de absolutamente todo, y junto a ello, rendirnos a los problemas cotidianos.

En estos casos, es cuando traemos nuestras antiguas ideas románticas, nos empapamos de la herencia de pensamientos que nos han dejado los escritores no realistas, encontramos en el acto de enseñar un valor absoluto, disfrutamos de las ideas de libertad, de patria y de amor, que la literatura de Bécquer o de Goethe nos ha dejado, para justo en momentos como estos, en tiempos de Apocalipsis, emerjan como lo único que nos salva en este mundo de guerras y mercado.

En el Día del maestro, recordemos lo que nos hablaba Aristóteles sobre la “Teoría del justo medio”, donde planteaba el peligro de los extremos. Por eso el sueño diurno del amor ensimismado podría ser tan terrible como ver la realidad tan radicalmente exacta para maldecirla. Aún así, quedan en el aire tantas incógnitas. Educación, ¿quo vadis?

"Elogio a la coincidencia" - POR César Boyd Brenis - DIARIO "LA INDUSTRIA" (30 DE JUNIO DE 2010)

El 29 de junio de este año se conmemoran 110 años del nacimiento del francés Antoine de Saint-Exupery, autor de “El Principito”, un clásico de la literatura universal.
Este relato posee como uno de sus mayores logros ser el segundo libro más leído del mundo después de La Biblia. Y se corresponde con su autor, por haber creado una de las leyendas urbanas más bellas y románticas de la literatura y de la vida, pues tanto el autor como el personaje fueron dos aviadores perdidos que nunca regresaron a casa después de un accidente aéreo.

Pero no es la primera vez que la obra (realidad ficticia) y la vida (realidad real) se encuentran en una extraña coexistencia.

En la novela de Edgar Allan Poe titulada “Las aventuras de Arthur Gordon Pym” (1837), cuatro náufragos practicaron actos de canibalismo después de pasar necesidades de hambre en medio del océano; devoraron al de menor edad, llamado en la novela Richard Parker. Medio siglo después en el Atlántico Sur, en la vida real, en las mismas circunstancias de naufragio, cuatro hombres desesperados devoran al menor entre ellos, el cual tenía como nombre Richard Parker.

Las coincidencias de la obra de Poe como la de Saint-Exupery, no son las únicas, pero tal vez sí las más sorprendentes dentro del ámbito de la literatura.
Sin embargo, “El Principito” no tiene como valía tan sólo este raro detalle de la interconexión de sucesos.

A pesar que parte de la crítica ha nombrado la obra como perteneciente a la “literatura infantil”, no tendría por qué quedarse en ese sector tan limitado, en el sentido de la designación de un público. Tanto jóvenes como adultos pueden encontrar con fascinación en sus páginas diálogos contundentes, ironías finas, persecuciones bien puestas, ideas profundas que pueden llevar a plantear filosofías de la existencia.

Además en el análisis, tampoco sólo nos podríamos abocar al universo construido dentro de la novela, sino ampliar los móviles y las categorías a la fuerte amenaza que vivía la sociedad en esa época y en la que el autor fue partícipe.

Parte de esa vida, la constituye la pasión incontrolada de Saint-Exupery: los aviones. Y tuvo con ellos varias anécdotas en las cuales la vida se exponía al peligro, en el extremo justo donde los apasionados disfrutan. Una de ellas, sucedió en el desierto del Sahara, donde un aterrizaje forzoso hizo que su copiloto y él sufrieran de una fuerte deshidratación por cuatro días. Un hombre en camello los salvó.

Otra de las anécdotas, y la más triste de todas, por ser la última y la que lo llevó a ser una leyenda, sucedió en 1944 en una misión al sur de Francia. De súbito mientras volaba, los radares dejaron de detectar su avión. Fue un gran misterio durante décadas, no obstante este al parecer hace pocos años fue resuelto, cuando un anciano alemán confesó haber derribado un aparato de las mismas descripciones del de Saint-Exupery. El hombre lo dijo absolutamente arrepentido pues admiraba grandemente al escritor.

Tal vez después de su desaparición, en el mar o donde el destino lo haya colocado, Antoine de Saint-Exupery se habrá encontrado con el principito para contestarle las preguntas que jamás pudo en la obra como aviador perdido, aquellas que los niños hacen pero que ni los más sabios pueden contestar con plenitud: ¿Para qué existimos? ¿O acaso somos sólo una coincidencia?

"Sartre, un simpático enrevesado" - POR César Boyd Brenis - DIARIO "LA INDUSTRIA" (23 DE JUNIO DE 2010)

Cuando al filósofo Bernard-Henri Lévy le preguntaron en una entrevista televisiva quién era Sartre para él, indicó sin detenerse a pensar: “¡El siglo XX!”. Para este estudioso, todos los caminos del siglo pasado conducían a Jean-Paul Sartre (Francia, 21 de junio de 1905 – 15 abril de 1980), y no se equivocó.

De niño, geniecillo en evolución y huérfano de padre. Este simbólico episodio de muerte a su corta edad, hizo cumplir la idea que algunos teólogos tienen: “si no ha tenido un padre, es probable que nunca vea a Dios como tal”. Y así fue. Sartre se convirtió en un no creyente famoso, el más conocido ateo de su época. Tal vez la ausencia de la imagen paternal, adherido a su complejo de fealdad, hayan hecho de él, el gran pesimista que fue.

Él planteó una filosofía donde más precauciones hay que tener al leérsela. Para él no funcionaba la frase platónica: “La verdad es bella y sencilla”. Su verdad tenía enredos que llevaban a reflexiones de gran fortaleza filosófica y no pocas contradicciones.

Un ejemplo de ello es la idea de la imposibilidad de deducir la libertad del otro, contrapuesta con la libertad planteada por el comunismo, al que él se adscribió y también defendía. ¿Cómo se entienden estas contrapartes?

En su frase “el hombre está condenado a ser libre”, Sartre establece que el ser humano al ser absolutamente conciente de todos sus actos, tiene la responsabilidad directa de lo que hace y dice. Cada uno de los seres concientes, tendrá que vérselas consigo mismo en las fronteras de su libertad. Es decir, nadie puede saber cómo el otro define su libertad en el mundo. Así lo apuntó en su novela La Náusea: “Un existente no puede deducir a otro existente”.

No obstante, renueva sus conceptos cuando se hace parte del marxismo, pues como se sabe, esta corriente tiene una idea distinta sobre el acto libre. Este último, se puede concebir en dos partes generales.

La primera, cuando el ser humano se encuentra en una fase de alienación, que es un estado de inconciencia pura, de acciones impuestas por los medios de producción. La segunda fase, es el estado de conciencia, donde se adquiere la legítima libertad y donde se ha vencido al sistema. En conclusión, Sartre acepta la libertad individual y la libertad colectiva, sabiendo de su absoluto antagonismo.

Para Bernard-Henri Lévy, Sartre era el siglo XX justamente por ser la unión de dos contrarios. Era todo lo bueno y todo lo malo, donde a pesar de que la tecnología iba en aumento y la ciencia alcanzaba fortaleza, llegaron las dos catástrofes mundiales de 1914 y 1936, el holocausto, la bomba atómica y la desacreditación del llamado progreso, que daría paso a la discutible postmodernidad.

En 1964, rechaza el Premio Nobel de Literatura por considerarlo burgués. Contra esta clase social pelearía el resto de su vida (siendo él parte de ella), apoyando causas históricas como el Mayo del 68 o la independencia argelina. Hasta ahora, Sartre aún tiene adeptos, tanto en la Web como en la vida, tanto ateos como creyentes.

"El hombre que imaginó la ceguera blanca" - POR César Boyd Brenis - DIARIO "LA INDUSTRIA" (20 DE JUNIO DE 2010)

Ayer, en medio de un partido mundialista madrugador y aburrido, llegó a mis oídos la lamentable noticia de la muerte del Premio Nobel de Literatura José Saramago.

Fueron 87 años de fervor social y pronunciamientos lúcidos. Falleció en su casa de Lanzarote (España) acompañado de su familia, de la cual se despidió con la pasividad que lo caracterizaba.

Al enterarme, y correr a deshojar un libro suyo, una lágrima rodó por mi mejilla hasta humedecer una de las páginas de “Ensayo sobre la ceguera”, su novela maestra.

Se fue dejando el ardid de los que siempre hacen lo que dicen, asunto difícil para las mayorías. Nunca quiso congraciarse con nadie. Su forma pertinaz de defender su ideología lo mantuvo en enfrentamientos constantes; acaso intuyendo que después de la muerte siempre se recuerdan sólo las palabras actuadas.

Siempre escuchó atento lo que su anciano abuelo, por allá en la niñez, le aconsejaba. Por ello afirmaría, en señal al profundo respeto que le prodigaba: “El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía ni leer ni escribir”.

Estas últimas palabras fueron el despegue de su discurso de la aceptación del Premio Nobel, en 1998. Palabras que, saboreándolas en el análisis, sólo dejan en sus fuegos la idea que el verdadero valor está en la sabiduría, mas no en la cantidad de conocimientos rimbombantes que el ser humano pueda llegar a tener.

Y es en ese ser humano en el que pensaba Saramago cada día, y en toda su obra siempre su cauce lo llevaba al recurso de la parábola, es decir, la mejor manera de sensibilizar al hombre, explicando todo con “la sencillez de las verdades eternas”, como sentenciaría un griego.

Su mejor, digámosle, parábola, la desarrolló en su novela fundamental “Ensayo sobre la ceguera”, donde trata una epidemia de ceguera blanca, la cual se apodera de todos los pobladores de un lugar. Esta tenía la particularidad de ser contagiosa, tal como las pérdidas de la vista de casi todos los seres humanos ante el desparpajo tiránico del mundo.

Pero no se le piense a Saramago como un hombre de carácter cáustico. Él enviaba su mensaje para quitarles a los seres humanos su adormecimiento, su desinterés, su ceguera blanca, todo ello, más contagioso que el sida.

Hacia el cielo más limpio ha partido su alma. Aquí en la tierra, deja un diagnóstico crucial, una esperanza permitida y un sitio vacío.

"Las personalidades múltiples de Pessoa" - POR César Boyd Brenis - DIARIO "LA INDUSTRIA" (14 DE JUNIO DE 2010)

El 13 de junio de 1888, se alumbró al mejor poeta que ha tenido Portugal en el siglo XX. Su verso posee una dinamita de razonamientos y conjuga silogismos e inferencias que ramifican la mente del lector.

Fernando Pessoa nació cinco veces el mismo día. Ingeniosamente, junto con él (y dentro de él) surgieron Ricardo Reis, Álvaro de Campos, Alberto Caeiro y Bernardo Soares, todos ellos los distintos heterónimos de su variado espíritu.

Los heterónimos daban la idea de posicionamientos, de personalidades dentro de un solo cuerpo, y junto a todas esas variantes, existían distintos nombres, filosofías, estéticas y éticas.
La heteronimia de Pessoa está de acuerdo con una frase feliz que afirma: “sólo las grandes inteligencias se contradicen mucho”. En ese camino, el poeta desde muy niño fue creando personalidades que en sus juegos infantiles iban colocando la base para lo que sería su extraordinaria obra poética.

Sin embargo, el nacimiento de sus heterónimos lo dio concientemente en el transcurrir de sus años. Empezó a darles nombres, actividades laborales, gestos y ritos.

A los cinco años perdió a su padre. Su madre contrajo segundas nupcias con un cónsul de Sudáfrica, a donde se trasladó el poeta. Ahí aprendió el inglés como segunda lengua, lo cual le ayudaría más adelante a trabajar como traductor; oficio que le daba el tiempo suficiente para la escritura, la lectura y la bohemia.

Las personas cercanas a él, contaban de sus transformaciones súbitas de personalidad, que eran como el primer paso para escribir. Asumía el aura de un determinado heterónimo, y posteriormente, le daba un estilo, un espíritu, un sentido de la vida, y escribía. Tenía en sí un sistema caótico de personalidades que avalaban su creación.

Pessoa era un fingidor. Así lo representa en los versos: “El poeta es un fingidor. /Finge tan completamente /que hasta finge que es dolor /el dolor que en verdad siente”.

Sin embargo, sus versos geniales sin duda los hizo en el extraordinario poema “Tabaquería”, el cual pertenecía al heterónimo Álvaro de Campos. En esa obra maestra del estilo y el razonamiento, se explota el absurdo, el existencialismo más recalcitrante, la duda destinada a ser eterna, por ello dice: “Hoy estoy vencido, como si supiera la verdad. /Hoy estoy lúcido, como si estuviese a punto de morirme, /y no tuviese otra fraternidad con las cosas /que una despedida”.
Todos sus heterónimos murieron con él en noviembre de 1935, sin embargo uno de ellos, Bernardo Soares (Pessoa lo llamó su semi-heterónimo), publicaría una obra póstuma: “El libro del desasosiego”. Según los expertos, es la mejor obra que se ha escrito en habla portuguesa.

"El poeta español más popular del Siglo XX" - POR César Boyd Brenis - DIARIO "LA INDUSTRIA" (5 de junio de 2010)

El cinco de junio es un día de remembranzas: las hay ecológicas, conflictivas, patrióticas, y entre una normal diversidad, las hay también poéticas. Por un lado, es Día del Medio Ambiente Humano, por otro (y tal vez en el “mismo” lado), se cumple un año exactamente de los acontecimientos de Bagua, y por coincidencia el cinco de este mes fue cuando el Coronel Bolognesi afirmaba enérgico (1880): “Tengo deberes sagrados y los cumpliré hasta quemar el último cartucho”. También es un día de letras eternas, cuando en 1898 nace el poeta y dramaturgo más compenetrado con la España del siglo recién pasado: Federico García Lorca.

Sea por su asesinato a manos de una cuadrilla franquista, sea por su abertura inverosímil para la época, o por cualquier drama expuesto a la indignación de los moralistas, su popularidad es indiscutible en la Península y sus versos son memorizados a carta cabal por toda mente que alguna vez sintió el dolor de la tragedia.

Su más conocido biógrafo, Edwin Honig, lo retrata delineadamente con un lápiz filoso y limpio de toda transgresión. Es difícil pensar que la potencia de la pluma lorquiana pudo salir de un cuerpo cuya fragilidad la traía desde la infancia. Pues fue hasta los cuatro años cuando el poeta pudo dar sus primeros pasos: la fuerza de sus piernas era inversamente proporcional a su inteligencia. Sin embrago, fue desde los dos años cuando demostró amplia habilidad para memorizar versos, especialmente canciones populares que formaban su espíritu desde sus años en Granada.

Este compatriota de Cervantes y uno de los más asiduos lectores de El Manco de Lepanto, estudió algo que jamás iba a ejercer: la abogacía. Su vocación literaria lo llevó a conducir una compañía estatal de teatro y dejar las leyes judiciales para dedicarse a las leyes pasionales. Fueron estas últimas las promotoras de las más grandes obras de teatro escritas en español en el siglo XX.

Definía a la poesía entre la metáfora y el símil, muy certero y rotundo: “es la unión de dos palabras que uno nunca supuso que pudieran juntarse, y que forman algo así como un misterio”. Al igual que toda su generación, mantuvo un equilibrio entre intelecto y sentimiento; el mencionado misterio estaba contenido en esto último, que lo moderaba de las redes de la razón y la lógica de los pensadores natos.

La poesía lo llevó a ser el máximo representante de la Generación del 27. Los críticos hablan de una época de juventud y una de plenitud, es en esta última donde aparecerían sus dos grandes monumentos artísticos: Romancero gitano y Poeta en Nueva York.

El primero toca temas tan universales como la muerte y la vida, y también se pasea por el mundo de lo bucólico, en mención a la luna, el cielo y la noche; mezcla en su estilo dotes cultos y un sabor popular.

El segundo de sus libros, es la constatación de un profundo dolor que lo venía arrastrando desde España, y en su llegada a Nueva York en 1929, se concentraría en el libro revelador de su intimismo y su penuria. Su homosexualidad lo llevaba por los rumbos del desencanto, adherido eso a la profunda decepción que sentiría al ver una modernidad explotadora e inhumana.

En el Perú, en la asignatura de Literatura Española de la secundaria, se nos presenta formalmente un Lorca que recuerdan muchos, pero que otros olvidan, tal vez porque como diría él en una sentencia que cae como un meteorito sobre las cabezas: “La poesía no quiere adeptos, quiere amantes”. ¡Feliz día, poeta!

viernes, 8 de octubre de 2010

"Como pez en el agua blanquirroja" - POR César Boyd Brenis - DIARIO "LA INDUSTRIA" (9 DE OCTUBRE DE 2010)


De los escombros de un país convulsionado por las protestas, del fondo de las gargantas que transportan las voces inseguras, de los grupos llenos de esperanzas casi perdidas, resplandeció la vida: “el fuego de la literatura”. Frase aquella que acuñara Vargas Llosa sin saber que, años después, él sería la misma literatura: las letras de un continente, el fuego de un país, la reputación de un Perú creciendo.

No hay mejor momento como este --como decía el poeta Jorge Donayre-- “para tirar un carajo por mi patria”. Pareciera que toda la historia literaria de este suelo se concentrara en nuestro recipiente del tiempo, en este minúsculo tramo de alegría insurrecta. Pareciera que Macchu Pichu y la gastronomía peruana hubiesen puesto el pie de apoyo para el salto que sería un premio de este orden. Y con ello se ha dado, espero, el comienzo de una secuencia creciente de “autoestima literaria”.

Ahora, Perú entra al listado de los pocos países, de este lado del mundo, con representantes ganadores de dicho galardón literario. No hay todavía tiempo ni para emocionarse mejor. La noticia llegó de golpe, como llegan sonando las campanas de todas las catedrales de nuestro suelo patrio. El siete de octubre, muy temprano, se anunció el rompimiento de esa mala racha que año a año acompañaba a Varquitas. Si no era por sus opiniones políticas medio complacientes, era por las metidas de pata en temas de economía; sin embargo, le cayó excelente la renuncia pública en rechazo a ese extraño decreto ministerial que a cualquiera llenaría de duda. Él fue sincero con lo que predicaba.

Cuando visitó la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo, para brindar la Conferencia Magistral “La Literatura y la Vida”, sentimos la fortuna de aquellos pocos privilegiados del mundo que tienen al frente a un verdadero ejemplo de dedicación. Aquel día diría: “La literatura es una vocación, una pasión; también una disciplina y un trabajo. Pero antes que nada, primeramente, la literatura es un placer”.

Según los académicos encargados de la designación, Vargas Llosa es galardonado “por su cartografía de las estructuras del poder y sus imágenes mordaces de la resistencia del individuo, su rebelión y su derrota”. En efecto, el tópico del dictador fue brillantemente desarrollado con una seguridad grandilocuente. Experimentó con sus personajes en un hondo desafío de vida, y la manera cómo iban siendo derrotados después de una lid de esperanza. Reprodujo el lado oscuro de los militares, sus angustias, sus delirios y sus perradas (recuerdo aquella gran frase: “Más fácil sería resucitar al cadete Arana que convencer al ejército de que ha cometido un error”). El colegio, el cafetín, la celda, la cama, el estrado, el mancebillo, todos fueron sus espacios tocados por el poder de su pluma, ahora legendaria y mística.

Llorar de alegría. Llorar con un poder de las entrañas y el espasmo. Llorar por el Perú que acelera la justicia, o que la contradice, o que la ignora. El premio es de esta tierra en todas sus significaciones y definiciones. ¿En qué momento mejoró el Perú?

lunes, 27 de septiembre de 2010

"César Boyd, ¿por quién votarás?" - Reflexión antes del 3 de octubre

Valgan verdades. En torno al tema de los sufragios, tenemos el derecho de criticar con decepción a los políticos o, por el contrario, de congraciarse con alguna cofradía; pero jamás se puede ignorar --por deber intrínseco-- los procesos electorales. Punto. En todo lo anterior, se resume el eje de la “correcta” conducta ciudadana. Valgan verdades (como decía): no me emocionan las próximas elecciones. La emoción es hija legítima de la verdad. Y en los últimos tiempos, las competencias electorales --y muchos gobiernos-- han sido vástagos de lo falso, fundidos con lo infame, decepciones que crecen exponencialmente. Pero tenemos una obligación que fundamenta el sistema democrático, y hay que cumplirla con el voto.

Por ello, una de mis mejores excusas para visitar Ferreñafe (mi tierra natal) es el sufragio. Cuando me uno a la fila de los impacientes votantes, aguardo, incólume, para marcar la alternativa que creo es la mejor. Pero ¿cómo sé que es la mejor? Para encontrar el camino de la respuesta, he puesto a prueba mi capacidad de análisis. Así, creo que las profesiones de los candidatos no bastan; aunque para muchos, hasta sobran. La ideología, las propuestas y la capacidad de liderazgo interesan más. Respecto a estos temas, se puede encontrar algunos datos en la página Web del “Voto informado”: http://www.votoinformado.pe/. Esta bitácora ha sido mi fuente para englobar mi decisión. La recomiendo en absoluto.

“César, ¿por quién votarás?”, es la pregunta que muchos me hacen en un afán espontáneo y con una perspectiva democrática. Ante ello, no me queda otra alternativa que responder a secas: “votaré por el más inteligente”. Listo. Pero aquí me creo un problema, pues lo que entiendo por inteligencia no deja de ser una visión abstracta de la realidad, y hasta encierra una palabra que mueve mis anhelos futuros. Desde mi enfoque del mundo, y tal vez le pasa a todos, no sabríamos con exactitud qué significa ser “inteligente” y, aún más, elegir a alguien que utilice dicha capacidad para gobernar mejor. Y lo peor de todo es que la inteligencia es difícil de encontrar, es decir, no es tan “democrática”.

En la Grecia clásica se anhelaba que los filósofos sean reyes. Hoy, podríamos aspirar a tener como gobernante a una persona al menos medianamente informada, honesta en su fundamento de vida, jamás manipulable, con compromiso de líder, rindiendo cuentas de sus acciones. Para tales fines, en Ferreñafe, existen siete listas de candidatos, siete aspirantes a un puesto de trabajo estatal, siete cabezas funcionando al unísono para el triunfo. Me asusta el enigmático número siete, pero me aterroriza más la idea de elegir a un inepto. Como sabemos, casi el 50% de los candidatos en esta localidad ya han sido alcaldes. Tal vez ellos tengan una cierta ventaja ante los demás, pues la capacidad de liderazgo requiere de la experiencia para fortalecerse. Sin embargo, las huellas de alguna incompetencia --en su primer periodo-- puede costarles la elección. En esos casos, la balanza del elector se pone a prueba.

Un tema importante en el perfil del candidato es la ideología. Pero ese rasgo casi no se siente en nadie, pues las candidaturas son algo tan “Light” que hasta parecen inseguras de sí mismas. Las propuestas que constan en Internet carecen de originalidad. Claro está, nadie pretende encontrar a un Jesucristo de la política, sino a alguien que explique cómo hará lo que plantea. El “cómo” --incluso en la ciencia-- es más importante que el “qué” y el “por qué”. De ahí se deben sostener las propuestas.

Por último, la rigurosidad para el análisis de los candidatos, debe tomar en cuenta los nombres que acompañan a la cabeza. En las listas, existen desde adolescentes o jóvenes de diecinueve, veinte y veintiún años (se espera que mentalmente maduros), hasta personas que merecen la admiración de cualquiera por su intachable trayectoria. Conocidos, desconocidos, “buenas gentes”, “malas gentes”, se encuentran asumiendo su derecho de poner su rostro frente al papel del elector y prometer el buen gobierno que Ferreñafe merece. ¡Elijan con inteligencia!


César Boyd Brenis

viernes, 10 de septiembre de 2010

“Rarezas de los escritores” – POR José Luis Díaz-Granados

Una pequeña referencia


Al no encontrarle título a este buen artículo de Díaz-Granados, me tomé la libertad de colocarle “Rarezas de los escritores”; pido disculpas al maestro, finalista del Premio Rómulo Gallegos, por tremenda falta de respeto.

Yo no soy genio ni seré Premio Nobel, pero hay veces que uno tiene que compartir sus “rarezas” por un asunto de catarsis, o simplemente para ver si es una conducta general o tal vez una exageración mía. ¡Qué se yo! Pero las hago públicas también porque estas particularidades han influido en mis escritos o al menos en mis estados de ánimo para escribir, y con estos episodios se puede dar un poco de luz a mis libros, si es que algo de luz tienen o merecen. Aquí un ejemplo fidedigno:

Tengo una excelente memoria para acordarme de episodios de mi niñez, y tengo una obsesión rotunda por esa etapa. Pero trato de evitar todo lo que venga de ella, porque esa es una de las pocas cosas (tal vez la única) que me hace llorar a mares. Me acuerdo de momentos precisos de felicidad, de secuencias inalterables que se van sucediendo paso a paso. Recuerdo mi primer añito: el llanto en la piñata, la foto con una princesa hermosa, mi tía alzándome, etc.

Desde mi adolescencia hasta ahora, no puedo asociar nada con mi niñez que no me “quiebre” (como se dice). Ni los comerciales de televisión, ni los relatos, ni las historias, ni las canciones, etc. Todo colabora a mi nostalgia y mi desplome si se menciona un niño.

Por ello uno de mis libros lo dediqué así: “A mí mismo cuando era niño”. ¿Acaso alguien tiene esta particularidad? Si es así, le envío un abrazo desde esta tribuna.

Después de este preludio, los dejo con este excelente reporte.



Rarezas de los escritores


POR José Luis Díaz-Granados

No solamente Franz Kafka se despertaba en el pellejo de Gregorio Samsa, con la sensación de haberse convertido en un gigantesco escarabajo, debido a la monumental presión de poderes omnipotentes y negativos sobre su endeble sensibilidad. Son muchos los artistas y escritores de su talento que se han sentido alguna vez o durante toda la vida aplastados por el peso de una alteración emocional, una debilidad o una incurable fobia o paranoia.

El caso de Kafka es uno de los más conocidos, pero también sobre el que más se ha especulado. En realidad, su complejo de inferioridad se originaba en el autoritarismo de un padre severo e injusto. Todo ello le creaba una incontenible búsqueda de afecto y a la vez una sensación de temor a no poder corresponder a plenitud al ser amado. A todo ello agreguémosle su complejo de sentirse judío en un ambiente de creciente antisemitismo en Europa. Y por contera una permanente incertidumbre acerca de las virtudes de su arte literario. De ahí que no pasara en la vida civil de ser un empleado oscuro y subalterno, con una sensación perpetua de que no merecía el afecto ni la compasión de sus semejantes, como quien dice, se sentía un miserable escarabajo. Por eso, al final de sus días le pidió a su amigo Max Brod que quemara la totalidad de sus manuscritos.

Si miramos unos siglos atrás, Cervantes habla de sí mismo en el prólogo de Persiles y Segismunda, con cierta nostalgia y mucha melancolía, no sólo de su barba de plata “que antaño era de oro” sino de las seis piezas dentales que escondía tras sus labios casi inexistentes, pues ya eran sólo dos líneas. No sólo se solía lamentar por la escasez de dientes, sino porque éstos no encajaban entre sí para masticar y, al igual que confesaba después James Joyce, tenía que ejecutar incontables malabares dentro de su boca para desmenuzar las bolitas de pan mojadas en el chocolate. Pero paradójicamente, el autor del Quijote enarbolaba con orgullo el muñón de su mano izquierda, por haber obtenido esa herida en la gloriosa batalla de Lepanto.

Charles Baudelaire estuvo dominado durante sus 46 años de vida por la intransigente personalidad de su madre, a veces arbitraria y siempre severa, que para colmos, luego de enviudar del anciano padre del poeta, había contraído matrimonio con Aupick, un rígido oficial del Ejército francés. Baudelaire sufrió innumerables complejos de castración (y de Edipo, desde luego) y al final sólo se sentía realizado en compañía de mujeres esperpénticas, inválidas, jorobadas o perversas. Su más grande amor, la mulata Jeanne Duval, era una actriz de ínfima categoría de los bajos fondos de París, quien no sólo le era infiel sino que lo trataba con despotismo.

Tennessee Williams, el genial dramaturgo de El zoológico de cristal, Un tranvía llamado deseo y La gata sobre el tejado caliente, confesó en sus memorias que siempre fue muy tímido, “salvo cuando había bebido”. Sintió mucho miedo cuando en La Habana lo llevaron al “Floridita” a conocer a Hemingway: “Yo esperaba encontrarme con un supermacho y malhablado, y fue todo lo contrario: me pareció un caballero y un hombre dotado de una timidez enternecedora”. También, en la capital cubana, conoció a Sartre y a Simone de Beauvoir, junto a la piscina del Hotel Nacional. Muerto de vergüenza se acercó a ellos y se presentó a la pareja. Él, amable; ella, glacial.

Williams era propenso al insomnio y a la claustrofobia; sufría ataques de pánico y tenía agudos períodos de alcoholismo. Tomaba pastillas de seconal y fumaba varias cajetillas de cigarrillos al día. Siendo varón sufrió cáncer de mama y vivía en perpetua lucha contra la locura. Al final, autodestructivo que era, se suicidó.

Faulkner tenía una permanente expresión de melancolía. Quienes lo conocieron lo señalan como un hombre muy triste, con ojos de torturado. En la película de la entrega del Premio Nobel aparece impecable, vestido de smoking. Un instante antes de darle la mano al rey de Suecia, hace una venia de granjero tímido y se seca o se limpia la mano en el pantalón. Nadie ha podido saber si se trataba de un gesto de humildad o de ironía.

Neruda ya había ganado todos los honores y glorias de este mundo cuando declaró: “Todavía me ocurre que cuando llego a una recepción, me parece que el camarero me va a decir: haga el favor de salir. Usted no ha sido invitado”. Y García Márquez confesó en una entrevista radial hace pocos años: “Durante mucho tiempo tuve la sensación de que yo sobraba en todas partes”.

El guatemalteco Augusto Monterroso no sólo ha confesado sus miedos y paranoias en ensayos y artículos, sino en el más famoso de sus cuentos (o mejor, de sus líneas): “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. En México, cuando le presentaron al poeta surrealista peruano César Moro en la librería donde éste trabajaba, se dio cuenta que los escritores famosos le producían miedo, hasta el punto que huía de ellos en sus mismas caras.

Por lo demás, Dostoievski le tenía horror a la oscuridad; Alfredo de Musset a que lo sepultaran vivo; Djuna Barnes, a que alguien hiciera su apología; por el contrario, le atraía aquella persona que la atacaba o injuriaba; Somerset Maugham se volvió homosexual al no encontrar una mujer que igualara en belleza y personalidad a su madre; Proust temía a la asfixia, por eso escribía sin cesar, pensando que sólo así evitaba un ataque de asma; Rulfo sufría de “miedo escénico”: le tenía terror a hablar en público; Hemingway y Henry Miller manifestaban públicamente el odio por sus madres; Amiel se decepcionaba de una mujer por sólo verla comiendo; Balzac sufría delirios de persecución y Vicente Aleixandre sufría de agorafobia, “terror a los espacios abiertos”.
Quizá el mayor de los temores de un escritor sea el temor a no poder escribir. Pero esto es otro paseo. Otro cuento.

miércoles, 25 de agosto de 2010

"El legado vivencial de un escritor de culto" - POR César Boyd Brenis - DIARIO "LA INDUSTRIA" (29 DE MAYO DE 2010)


Imagínense la escena. Juan Carlos Onetti ficticiamente enfermo sobre su cama, con un whisky brutal a la mano y un hedor todopoderoso, recibe a un periodista que le había seguido los pasos durante mucho tiempo para entrevistarlo. Este último al sentir el ambiente pestilente se le refleja un gesto de desaprobación en el rostro. Y Onetti, en su ingenio, en su testarudez espontánea, en su afán de excusarse, le afirma: “Disculpe, señor periodista, yo sufro de… ¡literatosis!”. Poco tiempo después el gran escritor uruguayo fallece, sin ningún remedio para su vida intensa de ficción. Un día como hoy del año 1994 la literatura se vistió de luto con su partida.
Un escritor de culto es aquel que es leído por un sector generalmente reducido de personas, las cuales irradian un respeto inconmensurable por la obra en un afán casi idolátrico. Sin embargo, jamás un escritor de esas características ha sido Best-Sellers y no lo será tampoco (felizmente).
Un escritor de culto es aquel con el cual nos gustaría quedarnos siempre, así las modas y las críticas especializadas muestren caminos distintos. Por lo general después de muertos les conceden el valor altamente merecido que no tuvieron en el tiempo justo.
Un escritor de culto es Onetti porque su estilo hermético y su poetizante lenguaje favorecen a las preferencias distinguidas, a gustos muy particulares, para quienes se enraízan las leyendas más sinuosas de su forma de escribir, de su vida diaria, de su conducta autodestructiva.
Uno de los pocos peruanos que conoce a profundidad la obra de Onetti es Mario Vargas Llosa. En su ensayo El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti, redacta en once partes la obra y la vida del escritor uruguayo, e informa de una manera entretenida la potencia existencial de Onetti.
En sus últimos días en Madrid su esposa Dolly lo acompañó presta siempre a servirlo. Con esa enfermedad de la literatosis, Onetti creaba con su propio cuerpo las exageraciones de los personajes, y esta fiel compañera avalaba con ternura las fuentes de su ponderación.
“La vejez ablandó su hosquedad”, dice Vargas Llosa al referirse al mejoramiento de los modales perturbadores que lo habían caracterizado en tiempos pasados. En esa habitación madrileña había descubierto ciertas cortesías que fueron su gran exageración hacia los últimos días de su vida.
Como aquellos escritores que han vivido “poéticamente”, gustaba decir que iba a quitarse la vida en cuanto pudiera, encerrado sin actividad alguna y adherido a una irrealidad de maldito. Pero eran crisis pasajeras, reyertas con la propia existencia en momentos de pesadillas en vigilia. No le gustaba cambiar de sueño, Onetti era fiel a su sensibilidad en cualquier caso y en cualquier tiempo.
Antes que su alma abandone su cuerpo, sobre una cama de hospital, había sujetado un libro en la mano con el amor enfermizo de los bibliófilos. En su última respiración lo apretó fuerte como queriendo hacer que su alma fugitiva salga por la mano y se instale en aquel papel; luego lo soltó con suavidad en un acto de conmiseración. El gran escritor había partido.
Los homenajes a lo largo de Latinoamérica y España son cuantiosos. Desde esta tribuna se le rinde el honor merecido, por contagiar la literatosis a los cuerpos que esperan la totalidad de la Fuerza y el germen de la inspiración.

"La familia etimológica de Dante" - POR César Boyd Brenis - DIARIO "LA INDUSTRIA" (21 DE MAYO DE 2010)


Son pocos los que agregan a la lengua palabras cuya raíz etimológica es su propio nombre. Son pocos los que nunca aburren. Son pocos los que forman parte de todos los tiempos porque hasta parecen la propia sombra de los siglos.
Veintiuno – mayo – mil doscientos sesenta y cinco: Fue el día elegido por Dios para el nacimiento de un nombre destinado a ser de la etimología: Dante Alighieri. (Hagamos la precisión del significado de etimología: “origen de las palabras, razón de su existencia, de su significado y de su forma”.)
Este italiano es esa sensación del no transcurrir, del estarse quieto como un clásico indudable. Con él se ha llegado a engrandecer el idioma y a pensar una familia de signos lingüísticos (palabras) pertenecientes a su esencia y contundencia, y cuya utilización en el hablar perdurará hasta el reducto más lejano del tiempo. Para muestra bastan las siguientes categorías gramaticales, cuyos significados me he tomado la libertad de reproducir y/o agregar y/o trasgredir.
1. Dante: sustantivo propio; poeta, escritor, pensador político y filósofo nacido en Florencia, conocido como “il Sommo Poeta” (El poeta supremo).
2. Dantesco: adjetivo; perteneciente o relativo a Dante o a su obra. Ejemplo a la palestra: La guerra interna de los ochenta y la dictadura fujimorista llegan a nuestra memoria como episodios dantescos.
3. Dantear: verbo en infinitivo; acción de hablar sobre Dante o su pensamiento; se conjuga como el verbo fantasear. Ejemplo: En los reclamos y en las batallas, los peruanos danteamos dirigiéndonos al triunfo.
De dicho verbo se pueden extraer el gerundio “danteando”, el participio “danteado” y el adverbio “dantescamente”.
Para el primero, el ejemplo es el siguiente (a modo de alegoría): En la sierra central danteando van los policías hacia los infiernos senderistas. Para el segundo (a modo de esperanza): Se ha danteado suficiente, la realidad del país está girando. Y para el tercero: En el último libro de su vida, César Vallejo describe a España dantescamente.
Existe además el indefinido “dantidad”, que aparte de ser una palabra de una sonoridad notoria, es símbolo exclusivo de la contundencia de este poeta italiano, fiel a su frase: “Sé firme como una torre, cuya cúspide no se doblega jamás al embate de los tiempos”. De esa manera, La Dantidad (así, con mayúsculas) es lo que nos ha dejado en el devenir esa semilla de su Poesía (también con mayúscula) donde los sensibles habitamos.
Pero ¿qué sentido tiene lo dantesco? Gran parte del pensamiento de Dante consta en su monumental obra La Divina Comedia, en donde el personaje recorre infierno, purgatorio y cielo en busca de Beatriz. Dicho pensamiento se puede tomar en dos sentidos casi antagónicos.
El primero, es la odiseaca búsqueda del hombre cuyos sufrimientos se multiplican en el transcurrir de la existencia; hay un sentido de emotividad, de pasión, de irracionalidad.
El segundo, es la victoria total, el internamiento en lo sagrado, la paz perpetua; pues el encuentro con Beatriz (símbolo de fe) es el clímax de su obra, tanto como la cúspide de la vida.
Por lo tanto, “lo dantesco” posee un contenido semántico (significado) que puede ir por dos vías distintas: el dolor pasional y, por el contrario, la posesión celestial. De esa forma, sólo podemos dejar que los contextos del habla diaria pongan su cuota de sentido para entender lo que rodea a Dante y su pensamiento.
Por otro lado, algo seguro es que el Perú es dantesco, pero no se sabe en qué forma ni sentido; no se sabe si es el infierno o el cielo, se desconoce si estamos subiendo al desarrollo o cayendo a la inmoralidad y la inconsciencia. Ya nadie conoce el camino, en contraposición directa a la frase de Dante: “Quien sabe de dolor, lo sabe todo”.

"El giro reivindicativo de Cela" - POR César Boyd Brenis - DIARIO "LA INDUSTRIA" (11 DE MAYO DE 2010)


Lejos de la mala reputación de los gallegos, lejos de la injusta y macabra adjetivación a sus capacidades mentales, muy entre ellos, entres sus romerías y sus credos, nació Camilo José Cela, un gallego prolífico que con sus logros desagravió la fama de la localidad de Padrón, provincia de La Coruña, para que nadie más pueda volver a verla con ojos indiferentes: un Premio Nobel había surgido entre sus linderos.
Su nombre completo tendría que leerse en varios tiempos de descanso, como una lista de colegio: Camilo José María Manuel Juan Ramón Francisco Javier de Jerónimo Cela Trulock.
Huraño, antojadizo e inagotable; era un niño grande cargado de hormonas superpuestas, a quien le daba lo mismo poder recibir a los periodistas en el baño o en un salón elegante. Irreverente hasta el hartazgo y lúcido en su senectud terminal. Hoy habría cumplido 94 años, mas se quedó en los 85; la misma edad que tuvieron en la hora de la última partida el filósofo griego Teofrasto, el venezolano Rómulo Gallegos y, el autor de El lobo estepario, Hermann Hesse.
Los homenajes nunca le serán ajenos, tampoco las abominaciones. Hace algunos años salieron algunos documentos que relacionaban a Cela con el franquismo. Lo colocaban como el único intelectual delator de la historia de España. Todavía existe la polémica de la autenticidad de esos archivos, mostrando en resumen la supuesta doble cara del escritor.
Su vida fue una gran novela gallega. Utilizó la tuberculosis que contrajo a muy temprana edad para internarse en un sanatorio y leer sin descanso a todo autor del canon literario español y sobre todo la obra de Ortega y Gasset.
Como es común entre los grandes, no todos lo veían con buenas vibras. El chileno Roberto Bolaño detestaba a Cela, igual o mucho más que a Octavio Paz. “Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela”, afirmaba el autor de Los detectives salvajes en su cuarto mandamiento del escritor.
Hermoso es imaginar que La familia de Pascual Duarte, su gran novela tremendista, la elaboró mientras trabajaba en una industria textil. Galicia (o Galiza) estaba dejando de ser tierra plenamente destinada a la agricultura y la pesca, que la tradición avalaba, y el sector industrial emprendía vuelo como también la literatura galaica (adjetivo poco usado, pero sonoro y correcto).
Por otro lado, la editorial Alfaguara le debe a Cela su nacimiento en 1964. En ella publicó muchos de sus libros que acompañaron a los de otros autores de la vida cultural española que era, como diría Cela, carpetovetónica.
El Premio Nobel de Literatura de 1989 fue su máxima conquista, y los campesinos, pescadores e industriales gallegos se ponían de pie ante el venturoso laurel, que en cierta medida, era también de ellos.
En 1994 fue acusado de plagio por su obra que conquistó el Premio Planeta, La cruz de San Andrés. El juicio se archivaba y se reabría, hasta que Cela salió libre de todo pecado que su trayectoria jamás hubiese permitido, y sus seguidores, tampoco perdonado.
Por una coincidencia trágica, muere el mismo día en que su hijo cumplía años en el 2002, teniendo como últimas palabras: “¡Viva Iria Flavia!”, ciudad de Padrón, el mismo terruño que realzó para que el mundo entero, cuando piense en un gallego, piense en Cela sin complejos ni prejuicios.

"Lo maquiavélico en la sociedad actual" - POR César Boyd Brenis - DIARIO "LA INDUSTRIA" (4 DE MAYO DE 2010)


En el tercer día de este quinto mes del año, aunque de 1469, nació Nicolás Maquiavelo en la histórica Florencia (a finales del medioevo, territorio tan engalanado como tiránico). Más de cinco siglos después su legado es ineludible. Nuestro país se baña en maquiavelismo a diario como una legitimación de su propio rostro, aunque muchas veces sin saberlo ni querer saberlo, reafirmando la doctrina que el sistema empuja.
En las avenidas accidentadas, en los jirones empedrados, en la palestra conocida, Maquiavelo es el hondo señor gobernante. Todo cuanto nace y cuanto crece en el insondable vivir se asemeja de sobremanera a los inmortales apotegmas que alguna vez construyó este personaje, por allá en el siglo donde terminaría la Edad Media, y donde comenzaría a brotar el humanismo como síndrome de individualidad y antropocentrismo.
“El fin justifica los medios”, frase que resume su pensamiento aunque según estudiosos nunca aparece en ninguna de sus obras. Sin embargo, latirá fuerte en los tiempos futuros a su propagación. Sin duda alguna en esta época de crisis y antivalores, todo es tan “en sí”, tan individual y hasta egoísta, que las luchas más indignas son justificadas por un fin pedante y pretencioso. Desde arriba y desde abajo la mirada es la misma. Los diarios muestran padres de la patria (no se sabe de cuál patria) en contundentes actos maquiavélicos. Y aunque todo el mundo intuye lo que un candidato es en potencia, pocos deducen que es el legado de este brillante florentino lo que anda como un fantasma que recorre el mundo, y se apodera de los hombres.
En una sociedad democrática, el maquiavelismo en su vertiente más repudiable se adjudica un sinnúmero de nombres: se le llama corrupción, “faenón”, nepotismo, aprovechamiento del cargo, etc.
En las monarquías que reinaban en el medioevo, el maquiavelismo podría confundirse con la “mano dura”, con el “potente gobierno”, con el “calculado régimen”. La forma monárquica de gobierno de esa época apelaba a la justicia con métodos que podían llegar a la crueldad y la tiranía: el maquiavelismo en su forma pura.
Ya lejos de esos contextos repudiables, encontramos el pensamiento de este ilustre florentino en el día a día, en el andar práctico que los hombres afrontan, y eso los hace estar alertas, más alertas de lo normal mientras pasa el tiempo. Eso se refleja cuando encontramos cámaras de seguridad en los grandes mercados, en los postes elegidos, en los edificios distinguidos, pues un ojo siempre debe estar presente ante un enemigo invisible que es el propio hombre, la propia verdad ocultada en muchas mentiras: como se lo escribiría Maquiavelo alguna vez en una carta a su amigo Francesco Guicciardini en mayo de 1521.
Los estudiosos de Maquiavelo siempre han interpretado sus dos grandes libros, “El Príncipe” y “Discursos sobre la primera década de Tito Livio”, como dos formas contrarias (que no es lo mismo que contradictorias) de ver el mundo político-social de su época. Y si vemos con lupa nuestra sociedad actual, las formas contrarias del comportamiento de los ciudadanos y de los gobernantes son pan de cada día, como una certificación de las importantes deducciones del italiano.
Y para dar algunas luces tenemos lo siguiente, apuntando a los de arriba. Maquiavelismo literal: promesas de los candidatos. Maquiavelismo contrario: gobernantes insufribles. Maquiavelismo literal: evasión de impuestos. Maquiavelismo contrario: corrupción de funcionarios. Y si lo vemos desde la óptica de los ciudadanos de a pie tenemos lo siguiente. Maquiavelismo literal: robo en los supermercados. Maquiavelismo contrario: cámaras de seguridad cómplices o incumplidas. Maquiavelismo literal: infracciones de tránsito. Maquiavelismo contrario: coima. Etc.
Después de más de 540 años no hay punto de quiebre. Si en los sueños de las sociedades se encuentra cierta caridad hacia el mundo, Maquiavelo la descompuso e inventó la mano que nos desenmascara. Si no hay cambio, nuestros hijos cantarán los mismos himnos sin sentirlos. Y si en una suprema victoria existe el cambio, tal vez podremos contar con lo siguiente. Maquiavelismo literal: la justicia obligatoria. Maquiavelismo contrario: la libertad insurgente.


sábado, 21 de agosto de 2010

"Obstinación -El paciente inglés-". Dedicado al poeta Ernesto Zumarán.


Aunque en algún momento no entendía su estrecha vinculación con el aislamiento, luego pude darme cuenta de su identidad poética. Nunca le hace daño a nadie. Habla con la filantropía de los grandes místicos, y ríe tímidamente como buscando algo de razón para la vida. Condena y reprueba mis pensamientos absurdos (que son la mayoría), pero los olvida y me da un chance de corrección como un padre en busca de un orgullo. A veces yo, como un adolescente enfadado lo he retado y tal vez hasta herido (mil disculpas por tanta palabra malsonante que alguna vez te dije, Ernesto). Por todas las frases de aliento, quiero dedicar este poema a esta gran persona, quien es sin duda alguna el mejor poeta de la Región Lambayeque de todos los tiempos. Para ti "Obstinación", amigo, sé que te gustan sus modestísimas líneas. Ahora es tuyo.


Obstinación
- El paciente inglés -

A Ernesto Zumarán

Lo artificial perdura nítidamente
en la claridad de alguna fiesta que Romeo busca
para otra alteración del ser.
Las golfas de piel intacta
se reparten por igual en salones uniformes.
La luz escarpada corresponde a una maldición de plenilunio.
La luz en las alturas absorbe a cada noctámbulo
como una esperanza, como aguardar la esperanza
con el cigarrillo en los labios,
desde el humo diluyendo espectros
que el vino ayuda a deformar
hasta el origen de Luciérnagas en confusión con los ojos
de alicaídos caminantes,
hasta estampidas de hacedores de estética silvestre al bailar,
hasta puertas que se cierran con golpes tan fuertes
como la muerte y el amor por Julieta.

La música desvía el trastorno contenido de un bostezo
encarnado en la huella de este día ineludible.
La concepción de una tragedia no es siniestra:
se ama totalmente. Entonces
se esparcen los orígenes del hielo hacia los cuerpos,
se involucran bocetos de jolgorio, también contrastes:
aceleraciones y témpanos en los rincones.
Romeo ríe todavía, ríe
porque el amor le absuelve el vértigo al suspirar.

Los faros callejeros hacia él lo remontan a los dramas
(nunca en la pista menos agreste que conduce a verla).
Ahí sus intentos de caminar se yerguen
como un hito final de los ojos.
La noche se prolonga con escenografía de princesa.
Princesas duermen.
Y como secuelas de un grito borboritante,
el nombre de Julieta por los aires y Romeo
colmado de vocablos.
Sus palabras se han encendido con la lámpara.
Es el vino blanco lo blanco en sus palabras.
Una tormenta se aproxima de súbito presagio y fragor
hacia este mundo rígido de vidas paralelas.

Es la hojarasca en sus rodillas como espejo de otoño,
resonando demasiado.
Alrededor de él
un búho extiende revelaciones correspondidas
cuando Julieta evoca sus palabras:
no te amo, comprende, no te amo.
¡Si tan sólo las maldiciones de los búhos fuesen mentira
como la mentira del amor de los balcones!
¡Si tan sólo brillasen aureolas para salvar esta historia
como salvan a los santos paranoicos!
¡Si tan sólo el amor existiera en los bares
como existe en los manicomios!

Persiste el enigma de las coexistencias,
la sutil pregunta del amor desordenado:
se ausenta el limbo de los sueños.
Despierta un relámpago fijado en una apariencia
entre pistas inhóspitas y lo amorfo.
Se mojan los techos desgarrados: la luna pasa
al corazón de otra estancia.
Para Romeo, llueve y autollueve.
Sus párpados se adaptan al transcurso,
a la representación de un rastro y otro albor
se percibe por los callejones de las lágrimas siguientes.
Los gatos se dispersan entre falsos monstruos y Dios
existe menos.

Entonces, las alucinaciones toman la figura de un hombre
en trajines que corresponden a extravíos,
y en respuesta a la oscuridad, Romeo vuelve
al silencio de la historia o al monólogo interior más bello
o al verdadero idealismo.
El semáforo cambia para nadie. Y en él se suceden
todos los posibles pasos que no andan satisfechos.
Después de esta noche, se aguarda el cielo si es que alguien
lo recuerda entre la nada: lo común
en lo extraordinario.

Aún confundido,
busca la Luna de otro tiempo y articular en otro tiempo poemas
en la boca y el espacio, pues retornan castos.
La vereda resbala como el rocío en aquella hoja que cayó.
Romeo ha vuelto a un bar, otra vez hostilizado por sí mismo,
para despertar de nuevo a sus múltiples maneras de olvidarla:
historia cercenada por la madrugada esculpida para el llanto.
Historia descrita por los grillos e indigentes:
narradores fieles de la ciudad perdida
en las riberas de las vías nocturnas.
Él pierde lo estricto de una dulzura que falla,
pierde la contemplación de Julieta cuando transcurre el tiempo
y no hay salidas transparentes
excepto el vino blanco de las lejanías sin ella.

Ni con la paciencia sutil de una garúa ni con la impaciencia,
Romeo consigue inspirar su ser,
mientras el vino ausenta la razón de estar vivo.
Las caravanas multiformes se agitan
sobre las limitaciones de sus piernas.
La música regresa el aire esclavo de estas paredes sin infancia
como descubrir que no hubo vida, más que la de otros.
En el canto se deshace el aliento de los ebrios
y puede Romeo devolverse el contenido,
conversar con su otro yo,
con el ser del augurio soberano o de las mitologías.

Entre cantos mañaneros que disuelven los sentidos
cabe ese especial origen de otro día,
mientras él intenta estrujar la copa sin romperla dos veces;
la copa coronada con el último sorbo, excepto
la última alucinación,
en esta contorción por la mañana sobre la cual se vence
porque los espejos en los muros son definitivos
y no hay golfas.
La estridencia, el desplomo de la madrugada, lo nebuloso,
confunden que frente a la mesa casi vacía
está Julieta, hermosa, no debilitada,
articulando: ya vamos, ya vamos
con una actitud de amor que Romeo suele extrañar
cuando amanece.
César Boyd Brenis
Poema aparecido en el libro "Heterónimos frente al espejo"
del poemario colectivo SIGNOS (2006).