
No
más arreglé los asuntos que implican el establecimiento de la familia, reuní a
los apasionados amigos de la poesía para llevar a cabo lo que desde meses antes
ya estaba planeado: arribar al lugar donde las estatuas de los poetas ostentan perfección
y, al pie de ellas, recitar los versos que alguna vez salieron de las manos
purificadas de aquellos vates.
La
faena debía ser sacrificada aparte de satisfactoria. ¡Debíamos caminar en el
sol de las doce del mediodía en este verano ardiente! Así fue. La plenitud de
la luz simbolizaba la contemplación de la poesía ante nuestros ojos; y la sed,
la necesidad de arte ante un mundo indiferente. Nada es tan poético como la
resistencia de un cuerpo cansado.

Llegamos
al parque Nicanor de la Fuente “Nixa”, quien dijo con inspiración instantánea
en el día de la inauguración del lugar, casi veinte años atrás: “Ahora ya puedo
decir cuando me pregunten dónde está mi casa: queda frente al parque Nixa; y si
insisten en preguntar dónde queda el parque Nixa, les diré: frente a mi casa”. Así
hablaba el ingenioso poeta.
Zumarán
abrió el libro “3 poemas” y, frente a la estatua del Amauta, emitió primero las
palabras más espléndidamente reivindicativas, luego leyó a Nixa en una
espontánea manifestación de entusiasmo: “Un día de estos, sábelo Dios,
Chiclayo, te lo digo / en confianza; a todo sol, a todo cielo y panorama, / te
inventaré una calle más…”.
Tejiendo
un nuevo camino, nos dirigimos a la estatua de José Eufemio Lora y Lora, al
lado de la biblioteca nombrada en homenaje a él. La placa solo ostentaba un
título: Poeta. Solo una palabra debajo de su nombre resumía el universo de su
condición. Me tocó leer con mi voz que pretendía vencer el ruido de la hora
punta del tráfico, y creo que lo logré.

Nuestros
pasos nos llevaron al Ministerio de Cultura para encontrarnos con la estatua de
Max Dextre. Sin embargo, solo nos permitieron ingresar hasta la parte frontal,
estando el poeta Dextre al fondo de la vieja casona. Además, al encargado le
preguntamos por la estatua de Delgado Bravo, y nos aseguró que solo en Monsefú
había una. Fracasamos.
Avanzada
la tarde, la poesía calaba como un calor de deferencia. Seguimos por la avenida
Bolognesi para voltear en la calle 7 de enero. Hablábamos de Borges y su
complejidad ostentosa, de Harold Bloom y su entrevero conceptual, de los
surrealistas, la poesía underground y el amor, mientras el joven poeta Vladimir
Bances (19) lo apuntaba todo.

Wagner
Jiménez se acomodó junto al bronce caliente de Juan José Lora, abrió una
hermosa antología que consiguió en Lima deshojando con ternura las páginas
hasta llegar a la 91, y empezó: “Antes que la muerte Dios hizo la vida / y,
antes que la vida, Dios hizo el amor. / ¡Oh, mozo que quieres forjar tu
universo / aprende a ser Dios! (…)”.
Ser Dios como
exigencia infinita nos reveló el gran poeta. Los vates de esta bella tierra o
prestados de otras latitudes aprendimos de versos chiclayanos, aprendimos a ser
Dios, es decir, a intentar forjar un universo: el nuestro; pero más allá de
todo, solo es aprender y aprender cuando las caminatas nos
enseñen, los emblemas se recuerden y la esperanza renazca en la poesía para
divisar, ya lejanos, los universos de los más grandes.
Interesante, no pude leerlo en el diario, pero es gratificante saber que se vive y aún se respira poesía entre los jóvenes de nuestros días.
ResponderEliminarGracias, amigo Marcos, por las palabras. Un abrazo.
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