La
noche del viernes 4 de julio no cené con mi madre por su cumpleaños, pues debía
abordar un ómnibus que me llevaría a uno de los paseos más maravillosos y
apasionantes que he tenido hasta ahora, en mis treinta y dos años de
existencia. Acompañado de cuarenta y seis colegas cargados de variados ímpetus,
íbamos con dirección a un rumbo desconocido que en el transcurso de doce horas
fue realidad soñada: la presencia de Huaraz.
Pero
las doce horas pasaron lentas. Luego de una cena reconfortante cerca de
Trujillo, cuyo restaurante ofrecía, no un caldo de gallina “viagra” como lo
publicitan ciertos locales chiclayanos, sino un modesto plato de esencias de
alas; digo que luego de esa cena, el sueño se apoderó de los cuerpos plácidos
que durmieron silenciosos o emitiendo ruidos como de autos averiados que se
unían al del ómnibus amagando curvas o deteniéndose en accidentados caminos.
Todos durmieron apaciblemente, menos yo; pues traía detrás de mí un aparatoso dolor
de columna que las faenas de corrector de libros por diez horas diarias, sentado,
agravaron hace años. Todo el dolor importó poco cuando vimos, a las 6:30 de la
mañana del sábado 5, la ciudad a través de los vidrios absolutamente
humedecidos por el frío serrano de un día esencial. Habíamos llegado vivos.
No
vi profesor que se resistiera a tomar fotografías de esos momentos, pues reflejaban
la emoción de la primera impresión o del primer soroche pasajero. Luego de
acomodarnos en las habitaciones y del desayuno tardío, nos enrumbamos a nuestro
primer destino: la laguna de Chinancocha a 3850 msnm. Sin embargo, camino a
ésta pasamos por una serie de acogedoras ciudades, cuyos nombres no retiene la
memoria con excepción de uno: Yungay.
Después
de una breve parada en una calurosa ciudad, cuya atracción era su iglesia
colonial y sus helados de ron y cerveza, pasamos al Campo Santo de Yungay. A
partir de ese momento, sentí que mi vida ya no sería la misma. Era la primera
vez que estaba frente a una catástrofe que en mi imaginación se tornaba
imperecedera y que reconstruirla resultó una caída emocional agravada por un
hecho que me saltó a la vista: el negocio de la tragedia.
Me
pasmó apreciar el inmenso Huascarán que, hace cuarenta y cuatro años, con el
furor de un gigante intenso, desprendió miles de toneladas de hielo y lodo que
chocaron contra las montañas inferiores, ocasionando el desprendimiento de más rocas
gigantescas que sepultaron en cinco minutos la historia de un pueblo. Era un
poblado de 25 mil habitantes que, en la frialdad del tiempo, se diría que
pudieron ser más; pero acercándonos al hecho con la pasión por la vida, podemos
indicar que los seres humanos nunca serán números, sino almas que las tragedias
del mundo recogen para ser prototipos de finitud.
Yungay
fue una lección para los que todavía quedamos en el mundo, y sus 393
sobrevivientes, que tal vez sonríen con más calma después de tantos años, son
las almas que han tejido las realidades más concretamente ciertas de aquella
ciudad; pues a través de la tragedia también se han tejido las leyendas que dan
un condimento fundamental para entender cómo el ser humano siempre ha sentido
pánico por la desaparición física; y es en ese contexto en donde el negocio de
la exageración asoma para tocar el corazón de los turistas, sin ser tal vez
ninguna exageración: bestial paradoja que nos permite seguir creyendo en que estamos
andando seguros de nuestra condición de vivos.
Fue
precisamente ese estado de placidez por la vida que nos permitió continuar,
dejando atrás aquella ciudad en donde sólo una parte del arco de su iglesia
comprobaba el horror de aquel terremoto del 29 de mayo de 1970.
El
almuerzo fue acompañado de un licor fuerte para la digestión —tal vez para el
pésame tardío—. Luego, las curvas del camino nos guiaron a Chinancocha, cuyas celestes
aguas nos aplacaron la sed de la corta caminata. La filtración natural de la
montaña nos estaba regalando una vista sorprendente: una laguna extensa en
cuyas aguas navegamos en canoas, no sin antes cubriéndonos con flotadores
condicionados a cuerpos de todas las anchuras. En esos instantes de navegación,
era imposible no pensar que el Perú es el centro de Sudamérica, aunque parezca
—al decir de César Hildebrandt— huachafa la expresión.
Al
pasar por Caraz degustamos el dulce típico, producto de manos expertas, que
regocijaba el paladar. La compra masiva de tarros que contenían el sabroso
manjar pasó a ser —en la mente de cada colega— la promesa de alegría de sus
hijos para que pueda aplacar, de cierta forma, el pequeño dolor por la ausencia
paterna de tres días. Terminado el dulce episodio, regresamos a Huaraz, pues la
noche naciente esperaba nuestra visita a la ciudad.
Después
de una cena fortificante y varias copas de trago fuerte que serenaron el frío, caminamos
por las calles llenas de un movimiento usual de sábado por la noche, y contemplamos
la amplitud de una ciudad luminosa, el comercio de sus cueros o sus artesanías,
la venta de guantes y chalinas de lana, la variedad de sus restaurantes típicos
y atípicos, las mujeres hermosas de mejillas sonrosadas, el andar expectante de
rubios desorbitados, el rock fortísimo de sus bares y los sonámbulos crecientes
que retaban a la madrugada.
El
Día del Maestro comenzó con la primera misa en una capilla a tres cuadras del
hotel. La homilía sobre la soberbia humana fue certera para lo que vendría:
casi el tocamiento del cielo. Luego, enrumbamos a la parte más alta de nuestro
viaje y, dos horas y media después, estábamos en uno de los túneles más altos
del Perú, a un poco menos de 5000 msnm. Respetando la altura que, en dos
compañeros, hizo devolver por la boca lo que alguna vez fue comida, fuimos
bajando hasta llegar al Templo Chavín, cuya fabulosa construcción hidráulica dejó
pasmado a un ex estudiante de ingeniería, como lo fui yo antes de abandonar
todo por la literatura.

Cuando
el guía nos dijo que esta construcción —en su estado original— era más
impresionante que la de Machu Picchu, me sentí orgulloso de pisar ese suelo. Pero
¿por qué no es considerada? Este Templo fue arruinado por un terremoto que hizo
caer parte de la montaña y, como en Yungay, sepultó un gran segmento de su
estructura. Desde entonces muchos arqueólogos, incluido Julio C. Tello, han
puesto empeño en los trabajos para develar las maravillas de una de las más
impresionantes obras de la historia del Perú y del mundo. Y como toda
maravilla, tiene decenas de preguntas sin contestar, como la forma de cómo
trasladaron las piedras tan pesadas de lugares increíblemente lejanos; cómo la
medición del tiempo fue tan exacta que, cada vez que el guía describía una
nueva manifestación del ingenio Chavín, llegaba a mi mente esas historias de
extraterrestres o de semidioses que ayudaban a la construcción de edificios tan
bien alineados con el universo y todas sus fases y constelaciones.
El
punto álgido fue cuando se narró la notable influencia del número siete en cada
una de las zonas clave del Templo (plaza, lanzón monolítico, figuras, parques
menores, etc.), incluso en la chacana, símbolo de dicha cultura. Por su parte,
en el recorrido divisamos una sola cabeza clava que, en su solitaria espera, era
el centro de atención de las cámaras que en todas las posiciones, incluso
inverosímiles, completaban su labor reproductora: fotografías sosteniendo la
cabeza en el aire, besándola, lamiéndola, golpeándola y otras formas simples
que mi ojo ya no pudo advertir.
En
todo el recorrido siempre nos acompañaba, como una música natural, el ruido
portentoso del río que, como nos contaba el guía, en la época Chavín pasaba por
los acueductos y canales establecidos con una precisión quirúrgica para poder
reproducir un sonido ensordecedor de jaguar o cocodrilo y, de esa forma,
atemorizar a los foráneos visitantes del templo.
Quizá
sea inútil mencionar las medidas, las formas o los contornos exactos de cada
parte del Templo, lo que sí se puede describir —en parte— es el latido del
corazón en un acto simbólico al ingresar a los pasadizos laberínticos que
llegaban al Lanzón monolítico y cuya dimensión divina no podíamos contemplar;
pues un vidrio protector y un callejón estrecho impedía la fluidez de la
visión.
Al
dirigirnos a un restaurante, percibimos en éste unos adornos que simulaban
collares de pared a pared, collares donde colgaban un centenar de bolsas de
bodoques llenas de agua (secreto para espantar las moscas). Terminado el
almuerzo y tarareando todavía el último vals clásico que tocaron en el
restaurante, nos dirigimos al museo, en donde decenas de cabezas clavas nos
esperaban para sorprendernos más.
Con las fotografías
prohibidas, decomisaron las cámaras y las filmadoras por si hubiera algún
intruso aprovechador de la soledad para retratar lo censurado. En estas
circunstancias, sólo el ojo y la memoria pudieron percibir y retener los huacos
antropomórficos decapitados, los aparatos que utilizaban los chavines para
drogarse con el san Pedro, las réplicas de cerámicas que partieron a museos del
mundo, el preponderante Lanzón clavado sobre una roca enorme, las piedras
talladas con humanoides mágicos o embrujados, las arrugas de las cabezas de
piedra que apilaban el paso de los años, los instrumentos de viento que fueron
testigos de las ceremonias de agradecimiento a los dioses de la tierra y el
cielo, y una serie de tesoros que la memoria terminó olvidando.