domingo, 1 de mayo de 2016

"Los Tamayo y yo" - Por: César Boyd Brenis - Diario La Industria (01/05/16)

En mis años universitarios, no había mejor libro para los enfoques biografistas que Literatura Peruana (Volumen I y II) del crítico Augusto Tamayo Vargas. El texto era citado con gloria por algunos profesores que —según afirmaban los posmodernos— aún no asimilaban “la muerte del autor” ni la inutilidad de la biografía para entender la literatura. 

Por ello aquellos dos tomos que hube comprado en “Bazar suelo” de Alfonso Ugarte me parecieron innecesarios en un ambiente de abstracciones de lectores “implícitos”, “implicados” o lo que sea, pues nada más pareció que hubo de caber en mi retina de estudiante y aspirante a poeta (“siempre, mucho siempre”: Vallejo), digo, nada más pareció entrometerse con mi legítima cultura, las denostaciones más intrépidas y exaltar —como punto de análisis— al lector, al texto o al intérprete; creando así un respeto casi dogmático por la estética de la recepción, la semiótica o la hermenéutica, respectivamente.

Sin embargo, me es grato enterarme que los nuevos estudios literarios del siglo XXI, sobre todo desde la filosofía del español Gustavo Bueno y de su discípulo Jesús González Maestro, tratan de reivindicar al autor en sintonía con los demás materiales literarios, es decir, con el texto, el lector y el intérprete; de esa manera, no caer en una amputación que pueda limitar la verdad que la ciencia literaria busca o la creación de ideas que la crítica organiza a partir de las verdades o categorías que la misma ciencia perenniza.

Ante esto, nada más favorable para tomar los libros de Augusto Tamayo Vargas (por cierto, alguna vez pretendiente de la mamá de Vargas Llosa) como punto de partida para un estudio más completo, pues desde la categorización histórica y biográfica, resulta fundamental ahora conocer el entorno que nutrió a los autores de la literatura peruana.

Viviendo esta reivindicación, cuyos proyectos de estudio aún son mínimos, se cruzó en mi vida —y no es coincidencia— un descendiente de Augusto. Me refiero al sacerdote Manuel Tamayo Pinto-Bazurco, sobrino del crítico literario, y también poeta, polemista de gran altura, autor de un sinnúmero de libros y reparador de almas cabizbajas como a veces la mía (“perdonen la tristeza”: otra vez Vallejo).

No solo su mirada penetrante, defendida por dos cejas pobladas y gesto robusto, podía mantenernos en estado de curiosidad por este poeta de Dios, sino también su cordialidad y buen tino para decir directamente frases como: “César, nunca nos hemos reunido”. Y recibiendo una verdad mía, casi absoluta, y subido en su auto que me evitaría el kilómetro de carretera de todos los días: “Padre, hoy soñé que es el día”. Era cierto. Durante casi dos años me crucé con él por los pasadizos llenos de alumnos, por los jardines no colgantes de una Babilonia inexistente, por la casa de oración y de perdón; pero solo tuvimos la oportunidad —hace menos de un año— de estrecharnos la mano y preguntarle en esa ocasión por Augusto Tamayo, para que él me pueda compartir su parentesco y dicha.

No obstante, la semana pasada, después de la primera parte de esa reunión pactada a plazos, me dijo con un tono predicativo: “Perdón, solo he hablado de mí”. Es que era imposible no hablar de la familia Tamayo cuando mis preguntas se iban hilando como cadenas fortalecidas por la admiración y el sabor literario y pedagógico que se respiraba. “Usted necesitaba una catarsis”, le animé. Pues estaba frente al doctor en Teología y Ciencias de la educación, estaba frente al hombre que recordaba sus momentos más gratos en sus estudios en Roma y España, estaba frente al profesor de Jaime Bayle que alguna vez entrevistó (cuya “cura es tan imposible”), y encontraba arqueologías que me permitirían reestructurar el apellido Tamayo, y traer otra vez ese recuerdo a la actualidad que se merece.
 
Los poetas, los cineastas, la cultura, los libros, el ingenio, los errores, la inteligencia, todo ello era tema para aplacar mi curiosidad por su extensa familia. Todo era un pergamino que contenía una oda reivindicativa que se recitaba en un Do sostenido y perenne. Sin embargo, en la segunda parte de nuestro encuentro, él me escuchó con atención, y yo proclamé ante él todo el bulto que sostenía, un peso que se calla y —al expulsarlo— deshidrata, no porque fueran solo mis angustias y enmiendas, sino porque eran las cabalgaduras de un docente, aquel ser humano que la sociedad ve con recelo. ¿Acaso no es visto el profesor como un apóstol sin errores?

Al día siguiente, a primera hora, llevó a mi mesa dos regalos que solamente el sobrino de Augusto Tamayo Vargas puede ofrecer con tanta bondad: libros. “Nuri”, un cuento extenso que trata sobre un burrito que emprende el reto de cambiar el mundo, había sido tomado por mi hijo de seis años como un interesante objeto para colorear. Ese libro, como afirma el prólogo, “es un cuento filosófico y pedagógico (…) para la recuperación de los valores antiguos”.

Esta última parte, rememora la idea optimista que lo de antes siempre fue mejor y más puro, aquel pensamiento que tomó el Quijote para armarse caballero e ir a cambiar un mundo que no le gusta, esa virtud que el romanticismo literario exaltó y que en la posmodernidad solo podría tomarse como una brutal ingenuidad y locura. Así, en nuestro ameno diálogo, le refería al padre Tamayo la imposibilidad del pesimismo en un docente, y él me contestaría, con una sabiduría mortal: “Hasta en medio de feroces guerras hay optimismo”.

Su libro “Educar para comunicar”, con prólogo del doctor Francisco Miro Quesada Rada, evidencia un combate a muerte con dos males de la sociedad contemporánea: el relativismo y la permisividad. De esa forma, reflexiona sobre temas importantes y asume que la independencia de la persona es un espejismo (¡lo sabremos los peruanos!), que la libertad absoluta es un error; además, trata asuntos como: el reemplazo de la piñata por la “hora loca” (el rompimiento de la norma), el miedo a la vida por el desconocimiento de la verdad, educar para ganar un sueldo y no para trasmitir amor, entre otros.

El padre Tamayo me brindó una hora de entusiasmo que agradezco, y ya lo veo en el confesionario, escuchando con alegría o pena tanta palabra humana, pensando en un verso nuevo, repensando un párrafo de su nuevo libro de amor por el hombre, reviviendo un momento de gracia; ya lo veo acomodándose la sotana para seguir en su más alta entrega: el sacerdocio. Y diciéndome para comprometerme ardorosamente: “Reza por mí, por favor”.

sábado, 23 de abril de 2016

"Otra vez, Andrés (Díaz Núñez)" - Por: César Boyd Brenis - Diario "La Industria" (24/04/16)


 Con el mismo paso apurado que lo conocí en la universidad, cuando me dictaba Literatura Peruana, pero con más de setenta calendarios encima, lo encontré en la calle Lora y Cordero, a pocas puertas de la casa del poeta Prieto Soberón (cuyas conversaciones sobre Nietzsche y Los enanitos verdes me dejaran perplejo en el año 99). Lo encontré al escritor ensimismado de estos tiempos para devolver a mi memoria al profesor emblemático que solía ser en los tiempos de la intensidad lectora de la Pedro Ruiz Gallo.


Andrés Díaz Núñez caminaba la vereda más accidentada del mundo, pasando la esquina de Alfonso Ugarte y Lora y Cordero (por la ex casa de otra poeta: Estrella Mora), para toparse conmigo y decirme sin tantos rodeos y saludos predeterminados: “¡Poeta Boyd, leí tu artículo!”. Le pregunté cuál para darme un respiro jactancioso, pero yo sabía cuál era, pues las publicaciones y la escritura me han sido esquivas desde que la vida me ha impuesto el trabajo de las veinticinco horas y ha alejado los impulsos benditos de la literatura. Y a pesar mío. Lo dejé que me explicara que mi artículo había sido un texto acerca de la lectura y que lo había tomado como referencia auténtica en un reciente evento.

Todavía escribía y leía en ese orden flamígero de los apasionados. Recordó que hace unos días una conocida universidad, la cual bordea el cementerio Jardines de la Paz, lo invitó para hablar de la lectura, de “esa cosa que creen que termina en la universidad”, así les dijo a los estudiantes que seguramente, intrigados, hubieron creído que se refería a las maestrías y diplomados en serie geométrica que proliferan y se adquieren para atesorar un puñado de papeles en la pared del olvido. También me refirió que su última compra había sido el Corán, libro del cual se decepcionó grandemente por su fetichismo en el número de esposas para los profetas preferidos de Alá: “¡Nada se compara a la Biblia!”, me dijo, aunque después bromeó: “¡Mejor no hablo de los musulmanes porque vaya a explotar una bomba en mi casa!”.   

Las canas del profesor Andrés se veían más peinadas y más lícitas para simbolizar la verdad traducida en palabras. Y me venía a la mente aquellos poemas sociales de “Piedra dura, corazón sensible”, libro que sus amigos de esos tiempos lo acusaron de pleonásmico; pero que con la ironía que ha caracterizado a sus obras posteriores Andrés les hubo de responder: “Es simplemente poesía”. Su sensibilidad adquirida desde las profundidades de Chames y luego de Chota, lo habrían puesto en un lugar privilegiado. Fue un lector temprano de Javier Heraud —cuando a este vate ya lo habían acribillado en Madre de Dios en nombre de esa utopía socialista—, y esa visita a su “poesía reunida” lo habría hecho escribir, con ese orden y sencillez, su primer libro que, como me contó en el 2008, nunca lo convenció. Pero para mí ha sido la mejor manifestación poética de aquel profesor que alguna vez me dijo en clase: “¡Vallejo es para pocos!”.

Cuando le conté que su inminente retiro de la Pedro había llegado a mis oídos hace algunos meses por el poeta Ernesto Facho, me contestó que estuvo tres meses fuera de las aulas de nuestra facultad (FACHSE), pero que con una acción de amparo había vuelto, aunque, por supuesto, con la firme mentalidad de retirarse muy pronto.

Sus obras no han sido necesariamente bien recibidas. Rememoro aquella anécdota que me comentó mi gran amigo José Abad (cofundador del Grupo Literario Signos) y colega a rajatabla: una profesora tenía que dictar la unidad de Literatura Regional en un conocido colegio de monjas; entonces, para su finalidad pedagógica, había pedido comprar dos novelas de Andrés Díaz Núñez. La sorpresa fue grande cuando una semana después llegaron decenas de madres de familia a las puertas de la dirección, con obras en mano, para reclamar que cómo es posible que un colegio tan prestigioso pudiera amparar semejantes adjetivos y lisuras. Como era de esperarse, la profesora escapó antes del linchamiento, y las obras de Andrés Díaz fueron incineradas en un acto que al autor lo volvió inmortal.

La ligera croprolalia de alguno de sus libros ha creado una reputación de escritor obsceno. Pero no. Quien haya leído su obra completa (todos sus libros publicados, digo, pues tiene deseos de seguir editando) podrá distinguir el sonido difuso de una lisura en el contexto definido de un rotundo desamparo (como en la novela “Rastros sangrantes”) o en la situación de “racismo genético” (como en “Los hombres que parecen sombras”). Pero me quedo con esos cuentos tan bien distribuidos que forman el libro “Paredes de viento”, que quienes aman las novedades finitas de Paulo Coelho y los compromisos agnósticos de Brown, jamás podrán notar que de esa mano blanca y pura nace una prosa preciosa y trabajada, creando realidades desde el alejamiento del mito moderno del progreso y de la retahíla de loas a lo políticamente correcto.

Con tantos homenajes públicos que ha recibido (por municipalidades, universidades, centros culturales, bibliotecas, gobiernos regionales, etc.), Andrés Díaz Núñez tiene un lugar seguro en la historia de nuestra región y un sitio determinado en el corazón de todos sus alumnos. Siempre me sentiré culpable por aquel reclamo justo que me hizo cuando todavía bordeaba la mitad de mi carrera: “¡Has firmado un documento que me saca del curso! Lo hubiese esperado de otros pero no de ti”. Cuando me explicó que por razones políticas se habían estado maquinando argucias para darle menos horas de trabajo, me sentí sucio y repugnante, porque había firmado un papel sin haberlo comprendido bien, una hoja de estercolero  que, con el mejor estilo de estratagema oriental, recomendaba a otro profesor para un curso del ciclo venidero. En aquel tiempo me odié a mí mismo con la misma intensidad que ahora proclamo el nombre del maestro Andrés, para poner un poco de justicia en este mundo de fantasía, cuyo arte ha embellecido hasta lo más indigno por embellecer.

sábado, 16 de abril de 2016

"2015: Crónica de libros y oficios" - Por: César Boyd Brenis - Diario "La Industria" (24/01/16)

El 2015, profético y violento, ha sido especialmente duro. Para un lector casi patológico, era una necesidad imperativa abrir espacios forzados para poder acalorarme con las páginas de un libro. Desde las seis y treinta de la mañana cuando salía de casa, hasta las siete de la noche cuando regresaba a ella, los espacios no eran muchos: la combi de ida, la hora del Plan lector, la caminata al trabajo, la sobremesa del almuerzo, las dos combis de vuelta, el merecido receso, la espera de la siguiente clase en el instituto, la noche del brindis, etc. Todo era válido para la nutrición libresca.

El año comenzó con un reto que no cumplí para no volverme loco: leer un libro diario en las vacaciones. El primer día del año devoré de un tirón “Otra vuelta de tuerca” de Henry James, y descubrí cómo una historia se enlaza a otra historia de tal manera que pasa desapercibida. Salí a la calle a ver la juramentación del alcalde con una expectativa casi nula, portando “Israel-Palestina” de Vargas Llosa, libro que terminaría dos días después para rescatar en él la idea de que los islámicos suicidas son un sector reducidísimo, cuya explicación hay que buscarla no tanto en la religión sino en la desesperación de gente atrapada en el hambre o en el dolor de la orfandad.

El cuatro de enero terminé en casa de mamá “El hombre que fue Jueves” de Chesterton, una novela de intriga perfecta, en donde se busca con denuedo una conspiración que no existe, y que en medio de esos trances está el poeta, del cual se dice: “tiene que andar descontento aun por las calles del cielo: el poeta es el sublevado sempiterno”. Un día después, terminé “El gran Gatsby” de Fitzgerald mientras hacía cola en el Banco de la Nación. Esas largas filas de centenares de personas me producen una alegría sin igual, pues me dan tiempo para leer. En la obra de Fitzgerald puede notarse el divorcio entre la riqueza extravagante y la verdadera amistad. Gatsby, con fortuna dudosa, muere acompañado por una o dos personas; y aquella gente que compartió tantas “noches de febril desvelo” e incansable juerga, desaparecen totalmente en su velorio y entierro.

Al finalizar una obra siempre queda una sensación extraña de nostalgia. Todavía en la cola del banco, comencé con “Trópico de cáncer” de Henry Miller, que solo en las primeras páginas me dejó hecho trizas y la nostalgia mencionada se fue de inmediato. Lo concluí el ocho de enero en la Biblioteca Municipal. Hace tanto tiempo que no había subrayado y sumillado tanto. Las ocurrencias de Miller daban en el blanco casi siempre: “No tengo dinero, ni recursos, ni esperanza. Soy el hombre más feliz del mundo. Hace un año, hace seis meses, creía que era un artista. Ya no lo pienso, lo soy”.  

El 18 de enero concluí “Un mundo feliz” de Huxley y daba pie a completar esa trilogía de las sociedades perfectas que hube comenzado a leer en diciembre de 2008 con la novela “1984” de George Orwell, en donde se mostraban las terroríficas instituciones como la Policía del Pensamiento o el Ministerio de la Verdad. “Rebelión en la granja” de Orwell completa esa serie de libros que nos proyectan a los totalitarimos del siglo XX; al leer el párrafo final, me brotó una lágrima por saber cuán “cerdos” (personajes que gobernaban la granja) pueden ser los hombres con sus semejantes. Todo ello me llevó a pensar que es preferible una democracia colmada de mentiras que una tiranía llena de certezas.

En febrero mi viaje a Piura por estudios me arrinconó a dos libros. El “Diario de Irak” de Vargas Llosa fue terminado en la soledad de un hotel. El Nobel dejó clara su astucia al decir que no es justificable la invasión a los países, aunque después afirma que Irak era un caso especial. El otro libro fue “Reflexiones sobre los ismos”, que tuve la buena suerte de encontrar en la Universidad de Piura. El texto estaba basado en la tendencia “enfermiza” de la utilización del “-ismo” en el arte y en la filosofía, cuya explicación al parecer se encuentra en la sectarización o en la parcialización de la realidad, todo ello avalado por el positivismo del siglo XIX.

El mes de marzo fue un mes de silencio. El comienzo de clases impidió mi secuencia de lecturas. Pero parecía necesario un descanso. En abril me sumergí a dos novelas de Ribeyro, “Crónica de San Gabriel”, cuyo protagonista, un alter ego del autor, exclamaría: “Me di cuenta de que el trabajo podía asumir la forma de un vicio, de una espantosa droga”; además me obnubilé con “Los geniecillos dominicales”, cuya explicación de por qué “geniecillos” aparece exactamente en la mitad de la novela (página 100) cuando Segismundo afirma: “Quiero conocer a los geniecillos”, refiriéndose a los estudiantes de San Marcos, quienes llevaban en la boca los nombres de Heidegger, Camus, Moravia, Ortega; era “el desván de las ideas hechas y de las inquietudes atrofiadas”. En mayo hice una pausa que solo consistía en leer periódicos los días domingos y artículos de escritores.

El mes de junio me llevó a Trujillo. Fue un martes de encargos institucionales, aunque al final de esa tarde me enrolé con mis amigos poetas en un conversatorio descomunal, y leí de un tirón en el ómnibus de regreso a Chiclayo el poemario, obsequiado, de Carlos Santa María, titulado “El libro de las gestas”, cuyo primer poema me mató: “Me recuerdo a los diez años intentando/ leer Ivanhoe// mi hermana escuchaba música/ mi padre observaba televisión…// —¡Hijo!—se oyó entonces la voz del destino// tú que no estás haciendo nada/ ven ayúdame a cargar estas cosas”. El mes concluyó con “Los extraordinarios casos de Monsieur Dupin” de Poe, para bendecir con razones perfectas mi odio por el ajedrez.

“Orgullo y prejuicio” de Austen fue la novela del mes de julio. La fotografía de esa alta sociedad y del surgimiento de sus amores, se me reveló en la respuesta de Isabel al ser interrogada por su hermana Juana (“¿desde cuándo le quieres?”): “Creo que data de la primera vez que vi sus hermosas posesiones de Pemberley”. El amor y el dinero jamás podrán separarse. En agosto, leí el Nuevo Testamento y “El superhombre y la voluntad de poder (Nietzsche)” de Toni Llácer, e hice un equilibrio que luego rompí, pues me sumergí en una incontrolable oración durante varias semanas, que no podía detener. Creo que en ese mes he tenido el acercamiento más infinito a ese Dios que todo lo puede. Fueron las semanas que menos le fallé en toda mi vida y serán tal vez los días que menos le fallaré en el futuro.

Los meses fueron llegando con Séneca (“De la brevedad de la vida”), Dal Maschio (“Platón”), Umberto Eco (“El nombre de la rosa”), Tolstoi (“Ana Karenina”), Kundera (“La ignorancia”), Frankl (“El hombre en busca de sentido”), Salinger (“El guardián entre el centeno”). Todos estos títulos fueron llenando la hambruna de libros que padezco. El año no termina y aún tengo tres libros por la mitad. Al respecto, Borges tiene una ética estupenda: “Que otros se jacten de lo que han escrito, yo me enorgullezco de lo que he leído”.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

"Papá, quiero ser escritor" - Por: César Boyd Brenis - Diario "La Industria" (06/12/15)

En la época de “la muerte de la familia” (a decir de David Cooper en el libro del mismo nombre), tener un hogar en donde comuniques a tus padres tu decisión de querer ser escritor está dentro de lo insólito, como lo está el concepto de cultura, “los proyectos modernos” o las ciencias críticas (más insólito todavía).

Al respecto, en estos días recibí una noticia que me hizo paralizar, no tanto por su poca frecuencia, sino por lo que arrastró en sus determinaciones. Me comunicaron que uno de los estudiantes de quinto de secundaria, a las puertas del fin de una etapa llena de lecturas, quería ser escritor y vivir “bohemiamente” (con lo poco y mal que se entiende por ese término).

Como era de esperarse, la “pésima influencia” habría circundado en las clases de Literatura, en donde al alumno le habrían invadido los sesos —hasta conquistarlos— las conductas desaforadas de Edgar Allan Poe, los poetas malditos franceses o los ultrarrealistas mexicanos; desconociendo los finales terribles de estos “buitres” —a decir de Poe—, de los cuales nadie con dos dedos de frente puede desear para sí.

Lejos de haber entendido el trauma psiquiátrico de muchos de los personajes de la literatura, que alejados de sólidas familias, vivían en la ruina mental y en la más brutal neurosis, este buen alumno mío se había concebido a sí mismo como un poeta total (valiente decisión aunque mal enfocada).

Apoyado en su talento, su indiscutible ingenio para ordenar palabras, construir oraciones y evidenciar lirismo, con una temeridad de hierro, dijo a su padre que no quería estudiar en la universidad, sino ser escritor y vivir de las migajas que muchas veces da el arte (salvo que estés con el poder, por supuesto), fumando el cigarrillo de los desadaptados y bebiendo el licor de los escribas perniciosos.

De todo este delicado acontecimiento, la manifestación sincera del alumno (frente a un padre sorprendido y preocupado) se debe reestructurar. En una desesperada lucha por un puesto en el mundo académico, por desempeñar el papel de universitario, este inquieto joven quiere purgar esas presiones y catapultar un sinnúmero de oportunidades que, sin darse cuenta, pueden alejarlo de su propia pasión: las letras. Pues las ventajas que posee para escribir y leer compulsivamente, lo podrían colocar en un puesto privilegiado. Y eso desata una evidente preocupación en unos padres que han puesto sus ojos en su mejor futuro, que ahora puede hechar a perder. Al parecer, no se da cuenta de algo trascendental: la familia, esa riqueza tan destruida en estos tiempos, ese digno ambiente que los más grandes genios de las artes hubiesen deseado para ellos.

Muchos hombres de letras ni siquiera tuvieron familia, y si pertenecían a una, estaban lejos de lo que sin duda ellos hubiesen querido tener. O eran huérfanos (como Edgar Allan Poe), o venían de matrimonios hecho pedazos (como Arthur Rimbaud), o golpeados brutalmente por su padre (como Charles Bukowski), o atormentados con las figuras maternas (como Ernest Hemingway), o en la más absoluta orfandad (como Leopoldo María Panero).

Tal vez el caso más enigmático fue el de Kafka, cuya relación con su progenitor estuvo siempre marcada por el abismo de la lejanía y el pánico. En su “Carta al padre”, que nunca llegó a su destino, sostuvo el infeliz estado de un hijo artista y sensible frente al reprochable trato e incomprensión de un hombre renegado.

Sin embargo, en estos tiempos, los hijos manifiestan a sus padres lo que quieren ser, lo que piensan de sus proyectos, lo que necesitan o lo que desprecian. Aunque en la decisión gallarda de ser escritor, muchas veces existe la confusión de que este oficio colinda con la ociosidad o la mataperrada. No acordándose de dos puntos básicos. El primero es que se necesita una clara disciplina y un perfeccionamiento que muchas veces puede llevarte a la desesperación. El segundo es que la carrera de las letras jamás es opuesta a otros estudios paralelos. Recordemos que el gran Ernesto Sábato fue físico puro, Vargas Llosa se doctoró en la Complutense de Madrid y Julio Ramón Ribeyro se tituló en Derecho en la Universidad Católica del Perú.

Lejos de las posibles caricaturas que han surgido acerca de la figura del escritor, dedicarse a las letras (en cualquiera de sus géneros) emprende una dura lucha y una rotunda constancia: esa es la única varita mágica que toca el cuerpo y la mente, y vuelve a los que se entregan a esta pasión un conmovedor recluso de un mundo postergado por la indiferencia.   

Del desarrollo del oficio de escritor se ha escrito mucho. Para mí ha sido el escritor Stephen Vizinczey un amigo tutelar de los que se vuelve con frecuencia. Él escribió en su libro “Verdades y mentiras en Literatura” lo que llamó “Los diez mandamientos del escritor”. En primera fila reza la orden siguiente: “No beberás, ni fumarás, ni te drogarás: para ser escritor necesitas todo el cerebro que tienes”.

La ingeniosa forma de sopesar las actividades humanas y resaltar la verdadera materia prima que necesita el escritor, ha hecho de Vizinczey un Moisés pagano pero inquietante dentro de la ética tan diversa que asume el escritor. Dicho conflicto moral ha llevado a tantos a dividir conductas ideales, como a Sartre a hablar de un “escritor comprometido” o a los contrarios para resaltar la “poesía pura” (sin “contaminación” social). Pero en toda concepción que se tiene del oficio de las letras, existe el precio del sacrificio y de la predisposición absoluta, que en sí mismo constituye el eje de un sentido, de una forma de vida, de un eterno eslabón entre la sangre derramada y la última versión de una obra inédita.

Por ello, si se cree que asumir la literatura es un camino en donde las rosas rodean las riberas, pues no; se deberá pensar siempre en los grandes que menospreciaron la literatura a pesar del talento incomparable que alcanzaron. Roberto Bolaño, el más importante escritor post-Boom, decía en una entrevista que si su hijo decidiera ser escritor, no estaría de acuerdo porque nadie quiere ver a un ser querido sufriendo. Porque en la ética de Bolaño está el siguiente toque manifiesto: “la poesía para mí es un gesto, más que un acto, de adolescente, del adolescente frágil, inerme, que apuesta lo poco que tiene por algo que no se sabe muy bien qué es, y generalmente pierde”. Pues en la pérdida está la poesía, y el que no pierde, no escribe.

Hay que pensar en Borges, que casi al final de sus días se quejaba que había cometido el más grande pecado que puede cometer un hombre: no había sido feliz. Y en armonía con el autor de “Ficciones”, García Márquez afirmó que si hubiese sido juez de Aracataca no habría conseguido nada, pero hubiese conocido la felicidad. Entonces, ¿qué quiere el ser humano con la literatura?

"Nos visita un Pablo Neruda" - Por: César Boyd Brenis - Diario "La Industria" (27/11/15)

No conozco al gran poeta Víctor Hugo Díaz (Santiago de Chile, 1965). Esa condición de lejanía se revertirá este viernes y sábado (27 y 28 de noviembre), cuando el mencionado vate visite Chiclayo, el lugar de su fin de semana, antes de enrumbar por varios países de Latinoamérica. Su paradero estará en el Festival del Diantre, una celebración de la poesía que año a año ha ido calando en la tradición cultural de nuestra ciudad, y que este 2015 cumple su séptimo aniversario (número cabalístico), para lo cual sus organizadores han traído a un sureño que promete exorcizarnos con su pluma.

En el 2004, Víctor Hugo Díaz ganó el Premio Pablo Neruda de Poesía Joven, galardón conseguido también por Raúl Zurita, otro distinguido poeta de las letras chilenas. Este premio es otorgado a un autor menor de cuarenta años en plena producción, que aparte de ofrecer sus buenos miles de dolares, brinda una medalla (“¿en qué se gasta varios miles de dólares un poeta?”, esa es una pregunta obligatoria para Víctor Hugo). Ha publicado “La comarca de los senos caídos” (1987), “Doble vida” (1989), “Lugares de uso” (2000) y “No tocar” (2003).

Tal vez ya en el Chiclayo de todos nuestros días, en su hotel de refugiado, dirá como en su segundo libro: “La noche era el obscuro escenario/ sobre estos barrios/ A través del rectángulo de la ventana/ solo la visión detenida… parabrisas sucio/ ante el paso de los vivos”.

El poeta Juan José Soto, organizador del evento, me cuenta que el invitado chileno estará en el festival compartiendo mesa con Cromwell Castillo (vate que alguna vez me refirió que mover la pluma era más trascendental que mover “el cuerpo sobrante”). Esa dupla, sin duda, fortalecerán los oídos de los invitados, tanto que los anularán, en nombre de un silencio estruendoso que es la reflexión.
 
Víctor Hugo, aún libre de nuestra cercanía poética, quizá arribe a la Ciudad de la Amistad, ironizando con sus versos de La invención de los amigos: “Los extraños que conocemos/ son cada vez más jóvenes// Es igual para todos, una calle lateral/ batiendo los brazos a distintas velocidades/ pero siempre cuesta abajo/ Afluentes de una misma inundación”.

La inundación de la poesía se sentirá en Chiclayo con varios representantes del verso local, así como Raúl Ramírez Soto, Jorge Fernández, Javier Villegas, Marino Camacho, Stanley Vega, Matilde Granados, Joaquín Huamán, Mariana Llano, Marie Linares, Ernesto Facho; y la incertidumbre contundente o esquiva del poeta Ernesto Zumarán, la cual da la pincelada de la presencia o ausencia de su ser fulminate. Con ello, la fiesta del Diantre está pagada.

El poeta Víctor Hugo escribiría, presagiando el viaje: “Una larga lágrima en el vidrio/ divide estas calles entre un signo y otro/ Allí tarareamos viejas canciones/ tendidos la cabeza en blanco ni mácula/ Un rumor doméstico surca el precipicio…”. Un poeta total.

Entrevista a César Boyd Brenis - Por: Cromwell Castillo - Diario "La Industria" (22/11/15)

Hace unos meses, el poeta Cromwell Castillo me hizo una llamada para saludarme e invitarme a una entrevista. Me alegró que después de un buen tiempo saliera a la luz. Cuando la releo me pregunto si aún conservo algunas de las opiniones que aquí aparecen. Pero siempre la sinceridad queda plasmada, así las palabras puedan parecer de una humildad latente. Gracias, Cromwell, por la consideración. Por los viejos tiempos de Signos. 

César Boyd Brenis: "La poesía crea identidad"








César Boyd Brenis es un educador

y poeta ferreñafano radicado
en Chiclayo. En el
2006, junto a los compañeros
universitarios Ronald Calle y
José Abad, fundamos el Grupo
Literario "Signos", de cuya
etapa nos quedaron los libros
colectivos "Signos" (2007) y
"Demolición de los reinos"
(2010). Boyd es un ávido lector,
y como artista es autocrítico;
lo seduce la literatura de
Fernando Pessoa, Leopoldo
María Panero, Heinrich Böll,
Derek Walcott y Charles
Bukowski; además de la filosofía
existencialista de Jean
Paul Sartre. A la fecha tiene
cinco libros publicados y ha
sido incluido en cuatro antologías.
¿César, qué importancia tiene
para el ciudadano leer poesía?
Si me preguntas por el "ciudadano",
te diría que no tiene
ninguna importancia que lea
poesía. La visión del ciudadano
es práctica. El "ciudadano"
debe sobrevivir en un mundo
con escaso empleo y desbordante
delincuencia; y sobrevivir
es asumir el terrible entorno,
disfrazarse, desvirtuarse o
enfurecerse…

Entonces los conceptos "ciudadano"
y "ser humano" no se
rigen bajo un mismo orden de
conducta…
Si me preguntas por el "ser
humano", entonces hay un
giro que, no sabiendo de dónde
viene, me distancia de todo
y hace que ese o aquel hombre
se vuelvan yo, se refleje en
lo mismo que en mí vive. Entonces
la poesía adquiere otro
matiz, algo más trascendental,
y ahí sí podría decir que tiene
una importancia de ensimismamiento,
de reconocimiento
del propio ser.
¿Y acaso no es necesario ese
"reconocimiento" en el ciudadano?
Sí, en el ciudadano tanto "ser
humano", es decir, tanto se
una a mí en causa común.
Pero la practicidad de la vida
diaria hace el desmadre de lo
real, hace que prevalezca la
extraversión y el interés egoísta.
Date cuenta que los sicarios
y los corruptos también
son ciudadanos, pero sería
muy difícil pensar -en tanto
ejercicio- que están unidos a
mí y se conmueven al leer
"Campos de Castilla" de Machado,
por ejemplo. Todo
esto te lo digo con mucha
pena, incluso hasta las lágrimas.

Tú eres educador, ¿eso no es
caer en aquello que llaman
"pesimismo docente"?
El pesimismo docente no existe.
La educación tiene que enfrentarse
con el tema de la libertad.
Yo les digo a los estudiantes,
sobre todo a los adolescentes:
"tú puedes no presentarme
la tarea, pero el precio
de eso no sólo será la mala
nota, sino el castigo de tus
padres a los que informaré
debidamente". Si uno hace o
deja de hacer algo, tendrá que
ser enfrentándose con el efecto.
El ejercicio de leer poesía
crea "seres humanos", cuyo
efecto será enfrentarse a sí
mismos en libertad. El ejercicio
del ciudadano, en general,
es sobrevivir, digamos, con la
"materia" (en términos marxistas),
y la poesía es la espiritualidad
de alguien que no
conocemos pero que quiere
ser nosotros. Viéndolo bien, es
difícil unir una y otra cosa a
pesar que es el mismo sujeto
de análisis.
¿Cómo puede influir la poesía
en la sociedad?
Las sociedades del mundo se
crearon sin poesía, y podrían
vivir sin ella. Sartre dice que
tal vez sería mejor vivir sin ella,
pero creo que en esa circunstancia
no se experimentaría la
creatividad como lo único que
no pertenece a la "estructura"
que nos gobierna como ciudadanos,
como población que
necesita ser ordenada. La educación
necesita ayudar a ese
fin, en los que crean en ella,
pero como se está en libertad,
los ciudadanos también tienen
derecho a no creer en el hecho
educativo y mucho menos
en la poesía. Pero hay algo que
es importante decir y es que
las sociedades crean cierta
identidad con la poesía, es
decir, posibilitan su asentamiento,
tal vez por ahí vaya su
importancia; aunque la identidad
es uno de los temas más
complejos, y sería imposible
separar dichos fenómenos en
su naturaleza.
César, algunas de las cosas
que más conversábamos con
los demás Signos era sobre los
tópicos y categorías poéticas.
Y en algo estábamos de acuerdo…
¿Sigues sosteniendo que
la poesía tiene dimensión social,
que es social en sí misma?
La poesía siempre es social.
Te hablaba de la identidad y
la poesía, y cabe resaltar ante
eso, que la identidad siempre
se construye en sociedad. La
poesía que habla de una piedra
tirada en el camino de
otro cosmos, representa en el
fondo algo que no está claro
como mensaje lingüístico,
pero que indiscutiblemente es
algo que pertenece al enfrentamiento
del ser humano con
este mundo, y eso es un hecho
social; incluso querer
destruir la sociedad con un
poema es social. Otro asunto
es la poesía política, y en ella
siempre hay un rasgo interesante
de ideología más cuadriculada,
aunque respetable.
Me parece no adecuada pero
no incorrecta.

sábado, 18 de julio de 2015

"Historia de un secuestro" - Por: César Boyd Brenis - Diario "La Industria" (14/06/15)

Hay una maldición china que padece el país: ¡los tiempos interesantes! (Para los antiguos chinos, eran épocas referidas a las más duras hambrunas, guerras, epidemias, etc.) En ese contexto de maldición rutinaria y común, sucedió mi secuestro.

Hace unas semanas, salí de mi casa rumbo al recital poético organizado por el vate Juan José Soto. Tomé el taxi más sospechoso del mundo, y lo hice con alegría pues la confianza en el ser humano es natural antes de un encuentro con la poesía. Era un Tico rasgado por el tiempo y quizá por la agresividad de los choferes. Su carcasa seguramente cubría a un humilde trabajador de las pistas.

Me ofreció el cobro de una cantidad que nadie hubiese podido rechazar. Abordé la nave amarilla en el asiento de atrás, justo en medio, para seguir el camino nocturno en la luna frontal del vehículo. Se habló poco durante el trayecto, pues el celular en la oreja del taxista hacía que interrumpiera alguna respuesta esperada por mí. No recuerdo con exactitud sus palabras dirigidas al interlocutor del teléfono, solamente alguna articulación de sonidos como “sí, sí” o “ya, ya” o “voy por ahí” (las interjecciones de la sospecha que nunca tuve).

Al llegar a una calle de poca iluminación, el carro se detuvo. Yo, concentrado en el trayecto, ni siquiera me percaté de nada pues supuse algún rompe muelle o bache de las (des)asfaltadas calles de un Chiclayo bombardeado por sus gobernantes. En un instante, con la velocidad de un rayo del Olimpo, escuché abrirse las puertas de ambos lados. Cuando volteé a la izquierda, con perfecta sincronización me cayeron dos puñetes rotundos que me recordaron al dolor de las trompadas en nombre del fútbol en mi viejo barrio de Ferreñafe. Luego la golpiza fue implacable.

Me cubrieron la cara con un trapo negro como a un sentenciado a punto de fusilar. Tumbaron mi cuerpo al piso del Tico. Tuve que doblar las rodillas para poder caber en ese pequeño espacio que les sirvió como un sarcófago para enterrar al vencido. Después siguió el discurso de la pertinencia: “tápate bien y no me veas la cara”, “si te la das de valiente, te quemo” etc. Todo ello acompañado por mentadas de madre y manotazos que sus acéfalos cuerpos manifestaban como una digna imitación de películas peruanas de delitos y de bajo presupuesto.

“Ya perdiste”, me dijeron, “así que dame la clave de tus dos tarjetas”. ¿Perder? Yo, que iba a ganar una fabulosa historia, y ellos, que solamente iban a cobrar sus servicios por la misma historia, estábamos aparentemente en un nivel de “desiguales”. Pero la verdad histórica solo la sabía yo. Ellos se dispusieron a repetir lo mismo: “perdiste, perdiste”; y sin más rodeos les di mi clave: “2605 en ambas tarjetas”. El chofer que me había recogido bajó del vehículo y partió con rumbo desconocido. Uno de los que ocupaba el asiento de atrás pasó a conducir. Yo, tirado en el piso, asfixiándome por el poco aire que circulaba, le pedí al que me resguardaba que me quitara el trapo y acomodara sus pies, pues mi cabeza estaba adormecida. Él, como un caballero, bajó la luna de su ventanilla, acomodó sus zapatos, subió un poco el trapo negro y terminó preguntándome: “¿así está bien?”. “Gracias”, fue mi respuesta. “¡En la cana es peor!”, me replicó.

El auto seguía su camino entre baches insólitos. Mientras esperábamos la comunicación del otro cómplice, ellos conversaban acerca de su arriesgado trabajo: “esto fue igual que en Piura, muy poca plata”, “ahora los de arriba nos van a pedir más” (¿la policía?), “yo dije que no se arriesgara”, etc. Hasta que el celular le timbró a mi guardián. Era una mujer que le pedía ir a verla. Él dijo estar en un trabajo y que después pasaría por ella. Luego cortó la comunicación.

Empecé a imaginar cómo era esa joven, si tendría una madre humilde que peleaba con ella por sus amistades, o hasta pensé en la propia madre de los secuestradores o en sus hijos o en sus ancianas abuelas que rezaban para que regresen con vida. En toda esa cavilación les pregunté de dónde eran. Ellos respondieron que eran de Trujillo y que iban por ciudades haciendo trabajos. Luego, casi evidenciándose un Síndrome de Estocolmo, empezaron a interrogarme de mis ocupaciones. Les dije que era profesor de Literatura. “¿Dónde trabajas?”, insistieron. “En un colegio en el monte”, respondí con absoluta exactitud. “¿Eres nombrado?”, continuaron. Al decirles que no, en un cinismo usual, me desearon éxitos y la permanencia en ese trabajo. En esa rotunda respuesta percibí su derrota, pues ellos tenían las armas apuntándome a matar, pero yo tenía la vida que ellos hubiesen querido (a mi parecer digna pero no tan deseable). De esa manera, el diálogo fue por caminos insospechados: me confesaron que fueron de la Trinchera Norte, que les gustaba Corazón Serrano, que festejaron el campeonato del equipo de César Vallejo de Trujillo, entre otras elementales anécdotas. Por mi parte, les dije que me habían enseñado algo categórico: los ojos de la muerte.

Entonces conjeturé la poesía que estaba destinado a no escuchar. Seguramente eran las diez de la noche y el recital estaría a punto de terminar. Habían pasado aproximadamente cuarenta minutos desde mi secuestro. Como mis compañeros poetas no sabían que iba a ir, no me extrañaron, sin imaginar la situación límite en la que me encontraba. Y recordé al poeta Javier Heraud, muerto en una balacera en Madre de Dios en nombre de la revolución, para rememorar que las balas me hubiesen quitado la vida pero yo estaría presente en el más humilde de mis poemas; y la existencia estaría justificada. Aunque por otro lado estarían ellos, seres que crecieron en la orfandad de todas las vertientes y ejecutaron su libertad eligiendo lo oscuro, son personas que tendrán tal vez una penosa muerte en el anonimato más absoluto y en la fosa común más negada.

A pesar de la violencia y la contundencia de los actos de esos tres delincuentes, sabía en mi fuero interno —no por soberbio— que no iba a morir. Eso lo confirmé cuando regresó el cómplice con el botín en sus manos, y me dijeron: “Listo; ahora pongo en tu bolsillo tus celulares, tu billetera con tus tarjetas y DNI”. “¡Cuidado se te caigan!”, me aconsejaron, “y abre tu mano, ten diez soles para tu pasaje; te sacaremos el trapo negro e irás por esta calle, no voltees pues te matamos, ¡anda!”. Caminé cinco pasos y luego me volví, y grité: “¡mis lentes, soy ciego!”. Pero ellos ya habían partido y yo estaba en medio de una pampa. Solo me quedaba caminar.


No acudí a la policía. Todo había pasado y nada había pasado. Me quedo con lo que alguna vez el vocalista de Los Mojarras, Cachuca, exaltando una fabulosa verdad y después de recibir una golpiza, ensangrentado, dijo en un canal de televisión: “Eso no se le hace a un poeta”.