
¿Cuál
es el criterio más exacto para otorgar el Premio Nobel de Literatura? Esa
pregunta ha ido dilucidándose de generación en generación para llegar a
concluir enfáticamente en algo que más linda con la magia que con la ciencia:
el misterio. Pues sí. En el mundo de las letras existen tantos buenos
escritores que sólo con un pacto con no se sabe muy bien quién, se pondrán en
la cima y recibirán el dinero. No hay otra forma ni criterio.
Para
compararlo con la ficción: ¿Recuerdan la mejor película del 2001? Estas son
unas palabras del protagonista: “solo en las misteriosas ecuaciones del amor
puede uno encontrar lógica o razón”, esto lo dijo John Nash en el film “Una mente
brillante”. Justamente era su discurso del Premio Nobel. Exaltaba su locura y
justificaba el psicologismo, pues su “razón” yacía en el “misterio”. En fin, si
Hollywood lo dice, algo de cierto habrá.

Si
aguardamos tanto el premio es porque algo de esperanza nos brinda. Incluso los
más escépticos están atentos a cualquier noticia por los días del veredicto.
Mirando bien el asunto, la academia sueca solamente con nominar a alguien ya lo
da como posible ganador. Y, llegando al punto del Nobel 2016, Bob Dylan ha sido
nominado por muchos años, incluso ya se había llevado el Premio Príncipe de
Asturias de las Artes, el Premio Polar Prize (el “Nobel” de Música), entre
tantos otros reconocimientos. Es un “Nobel de tribuna”, como diría un poeta
peruano, y sí, nosotros estamos asistiendo a un partido de fútbol, aunque
viéndolo bien es un concierto de rock; en este contexto, prefiero esto último
que lo primero.
Ya
nos hemos olvidado lo que dijo Jean-Paul Sartre hace tantas décadas: “el Nobel
es un premio político”. Y con todo lo que ese aspecto implica (“la organización
del poder y la administración de la libertad”), estamos “condenados a ser
libres” para confiar, pero no en un fallo, sino en una justicia, una pericia,
una posible sinceridad de la Academia. Aunque suene a lugar común, todos los
nominados ya son ganadores (si es que algo vale eso). Solamente el veredicto
sirve para saber quién recibe el millón. Nada más.

Por
otro lado, muchos dieron con palo a Bob. Uno de ellos fue el español Jesús G.
Maestro (al que considero un genio y mi guía académico), quien publicaría en su
cuenta de Facebook: “Aunque la mona se vista de Nobel, mona se queda”. Otros,
por su parte, se mostraron conformes con la asignación a Dylan porque el hijo
predilecto de Minnesota unía música y poesía. Salieron varios autores del canon
literario peruano y de otros horizontes para defender ese hecho, afirmando que
el ser músico no desmerece el galardón. Pero creo que el asunto no debe tomar
ese rumbo ni debemos empantanarnos con las descripciones sobre la historia de
los Cancioneros de los poetas o rememorar que La Ilíada y La Odisea fueron
cantadas, sino mostrar cuánta musicalidad poética tienen las canciones de Bob;
pues a mi entender, si acompaña una guitarra a un poema, entonces las palabras
sin “musicalidad” pueden ser elevadas para mantener un sentido rítmico que sin
el instrumento no tendría. Un ejemplo claro es Arjona, el cual imposta palabras
altisonantes y maltrechas que hace pasar por “poéticas”, porque están ayudadas
por periferias técnicas o instrumentales. Ahí está el asunto de fondo.

Las llamadas telefónicas
de la Academia han sido rechazadas. Ese hecho hace crecer más el mito de Bob
Dylan. Al parecer no quiere saber nada con los casi 900 mil euros que se
llevaría en diciembre. Ya sería el tercero de la lista de los disidentes. Tal vez
a él mismo le podamos preguntar, parafraseando su mejor canción, “Like a
Rolling Stone”: ¿cómo se siente?, ¿cómo se siente rechazar el Nobel y seguir como
una piedra que rueda?