domingo, 28 de agosto de 2016

"El Presbítero Maestro: En búsqueda de los que no mueren" - Por: César Boyd Brenis - Diario "La Industria" (28/08/16)

La fascinación por los cementerios me surgió en la niñez. Los veía como casas encantadoras y tenebrosas. Cuando tenía seis años visité por primera vez el cementerio “El Carmen” de Ferreñafe para el entierro de mi abuela materna. En ese momento, mi contacto con la muerte se volvió más estrecho y potente. Por ello a veces con algunos amigos de la primaria nos íbamos a recorrer los pasadizos silenciosos y a contar historias de terror, y estaba el comentario de alguno de ellos, con sabiduría popular: “A los cementerios no hay que tenerles miedo, sino a las iglesias, porque es ahí donde van las almas a pedir perdón por sus pecados”.

Al atravesar las criptas, éramos testigos de la mortalidad, del fin de una historia, de lo que termina en polvo. Las estructuras polvorientas eran prueba del olvido, que en la mayoría de casos acompaña a la muerte. El olvido es una realidad que casi todos los seres humanos experimentarán para sí mismos, pues el mundo siempre ha abandonado a los que pasaron por sus caminos sin saber por qué. La historia posee una memoria corta y selectiva.   

Cuando la literatura tomó mi vida, supe que la única inmortalidad estaba en los libros, y que los autores más insignes habían habitado entre nosotros. La fascinación por buscar sus tumbas llegó a poseerme. Imaginar la tumba de Edgar Allan Poe —en Baltimore— y ver la media botella de coñac y la rosa roja que aparece misteriosamente en cada cumpleaños de este genio del terror. Algún admirador le deja en secreto ese significativo regalo, recordando su adicción a la bebida que lo llevó a la muerte. Por otro lado, me viene a la memoria el arrebato de mi amigo poeta Miguel Ildefonso (sin duda, el mejor del Perú de las últimas décadas), bebiendo vino en la tumba de Balzac, en París.
 
En mi adolescencia supe por un documental que los grandes escritores peruanos estaban en un cementerio emblemático: El Presbítero Maestro. Desde esa fecha tuve el deseo imperecedero de visitar sus pabellones y sus monumentos, pero siendo yo un menor de edad, no podía cumplir ese sueño por mí mismo. Los años fueron pasando y viajar a la capital se había convertido, según las opiniones de la familia, en algo sumamente peligroso por todo lo que se escucha en los noticieros. Tuvieron que pasar quince años, para poder abrirme un espacio en mi horario y acondicionar un viaje exclusivamente para cumplir el cometido.  

Mi esposa Janet y yo nos enrumbamos a “La Horrible”, como la catalogaría Sebastián Salazar Bondy a Lima. Al llegar, el poeta Harold Alva me recomendó los servicios de un amigo taxista, para poder aventurarme a Barrios Altos con la seguridad que el caso merecía. Era 28 de Julio y no había atención en el Presbítero. Tuve que sobornar al portero para que me deje entrar. “Le hubieses dado más”, me dijo Janet, “para que se justifique el riesgo”. Entonces ahí estaba yo, viendo las tumbas de tantos hombres que han hecho la historia del Perú. Pero me sentí perdido, veía los apellidos tan conocidos por los libros de historia, mas no podía saber con exactitud lo que estaba buscando. Entre una cripta, aparece un anciano que pasaba un trapo por una estructura de mármol, y me dijo: “Te he visto que has pasado por la tumba de Antonio Raymondi y de Henry Meiggs y no te has dado cuenta”. Desde ahí ya me tenía pasmado.

Le pedí que me señale dónde podría yo conseguir un guía para que me traslade por ese laberinto interminable. Y me respondió orgulloso: “¡Yo soy guía! Pero no hay atención”. Le relaté la historia de mi niñez y adolescencia y mi sueño dorado de pisar ese lugar, y tuvo que verme la angustia para por fin decirme: “Esta bien, vamos”. Y así empezó todo. Me dijo que el cementerio estaba dividido en cuatro sectores. Las historias que me iba relatando de cada presidente, sabio, escritor, me fue conduciendo a una levitación esplendorosa.

Mis primeras tomas fotográficas fueron con “El bibliotecario mendigo”, Ricardo Palma. Un alto relieve de bronce hacía más imponente su tumba. Traje a mi memoria una de sus tradiciones y el guía me relató otra, con la pasividad de un sabio. Me advirtió: “Hay que ir memorizando todo lo que digo porque al final yo hago preguntas”. Puso a prueba mi buena memoria y no lo decepcioné. Fuimos a la tumba de un presidente militar cuyo nombre no quiero acordarme (como diría Cervantes), pero que sorprendía por sus figuras de mármol, llenas de aristocracia y opulencia.

La cripta de Larco Herrera yacía sucia, un hombre que donó tanto para los pobres. Daniel Alcides Carrión tenía una pequeña pero llamativa forma de color blanco con su imagen en el centro y rodeado por unas pequeñas rejas. La lápida de Ciro Alegría tenía una bella inscripción: “Aquí yace Ciro Alegría, el primer novelista clásico del Perú, lo mejor de su vida pertenece a la tierra y a los hijos de la tierra, invictos a pesar de todo”. Luego nos topamos con una impresionante tumba que decía: “Manuel María Ízaga”, y me sentí más cercano a mi tierra adoptiva, Chiclayo, y profundicé lo que este insigne chiclayano realizó en favor de los más necesitados. Pero mi acercamiento al norte fue más vivencial cuando me topé con la cripta de Genaro Barragán, un paisano ferreñafano cuyas haciendas suyas fueron expropiadas por Velasco.

La tumba del presidente Juan Antonio Pezet, el comprador del Huáscar, tenía unas largas palabras, de las cuales se resalta la frase: “Jamás manchó su nombre ni su espada, dejándolos inmaculados”. Las tumbas de los presidentes Piérola y Leguía, casi juntas. Santiago Antúnez de Mayolo ostentaba una bella piedra con su nombre. Luego en otro pabellón, yacía imponente una gigantesca roca, tallada con la inscripción: “Manuel González Prada 1848-1918”. Entonces recordé Triolet, el tan adecuado poema para ese momento memorable: “Para verme con los muertos/ ya no voy al campo santo,/ busco plazas, no desiertos/ para verme con los muertos”.  

El guía nos dijo: “En el pabellón donde vamos a entrar, les dolerá la cabeza”. Nosotros nos miramos asombrados, pero lo entendimos después cuando llegamos al Pabellón de los Suicidas. Nos detuvimos en una tumba en particular, José Nevares Monsante, muerto en 1910. Su historia fue increíble. Era un inteligentísimo muchacho que estudio Medicina en San Marcos y se graduó con honores. Nunca dejó de ocupar el primer puesto. Pero él había seguido esa carrera a escondidas de su padre, que pensaba que estudiaba Derecho, la carrera familiar. Cuando el padre se entera, tuvo una discusión con su hijo. Luego, en esa misma noche, se pega un tiro en la sien. A esas alturas, el dolor de cabeza ya me había atrapado.
Gracias a que conocí la tumba de Daniel Hernández, el gran pintor, pude investigar más su obra. Y habíamos llegado a la Cripta de los Héroes, que es lo más impresionante de todo el Cementerio, digno de Miguel Grau, Francisco Bolognesi, Alfonso Ugarte, entre otros. Una humilde tumba tenía el cuerpo de Mercedes Cabello de Carbonera, tan modesta como las tumbas de Manuel Asencio Segura y José María Eguren. Felipe Pinglo tenía una tumba nada plebeya, digna de este gran músico, y saqueada en una madrugada de descuido: las letras de su tradicional vals, hechas de bronce. Llegamos a un pequeño cuadrado en el suelo, cuya inscripción decía: “Aquí/ enterrado de pie como el quisiera/ está el más frondoso árbol de la poesía castellana/ el poeta peruano José Santos Chocano”.

Ahora faltaba lo que había estado esperando durante años: conocer la tumba del poeta Abraham Valdelomar. Era una modesta estructura de color cemento. Solo decía su nombre y la fecha de su muerte. Unas marchitadas rosas colgaban en su pequeño obelisco. No pude contener las lágrimas al recitar de memoria su poema “Tristitia” (“tristeza” en italiano), o acordarme de los personajes de “El vuelo de los cóndores” o “El caballero Carmelo”. Las punzadas en el corazón no se detenían. Mi esposa me miraba sorprendida y, creo, avergonzada. Abracé su tumba como agradeciéndole por tanto y consolándolo porque “la alegría nadie se la supo enseñar”. Ese era el último tramo del viaje. Ahora mi infancia ya no sería “dulce, serena, triste y sola”.

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