jueves, 22 de marzo de 2012

Algunos poemas de "Dos mil doce y otros poemas terminales" (2012) - Último poemario de César Boyd

DOS MIL DOCE Y OTROS POEMAS TERMINALES


César Boyd Brenis



Huellas dactilares

(Prólogo no aparecido en el libro por motivos de descoordinación)


Este libro consta de textos que creí perdidos en un laberinto de archivos. Junté todo un bloque de concreto y comencé a darle forma mientras iba encontrando a mi paso la materia prima que ahora se condensa aquí. Hice lo que un padre haría con sus hijos: mostrarles la libertad poco a poco, hasta acostumbrar a cada poema a la independencia. Los resultados han sido las manifestaciones de estilos de distintos tiempos que se han confundido en mi sola corta vida.


El título del libro se relaciona con su designio, que es un poco también el mío. Por ello, estos poemas sucumben como el año misterioso del Calendario Maya: el 2012. Sus muertes han estado contenidas, pues corresponden a una etapa final de mi existencia como poeta. Y aunque pueda resultar polémico el tratar de explicar si se puede dejar de ser lo que se ha sido, lo que sí es un hecho, es que escribir poesía para mí ha terminado, lo que será sin duda un alivio para el mundo. Sin embargo, a propósito del apocalíptico título, cabe mencionar qué ha sido para mi experiencia este arte inmovilizador.


Nunca fue un placer idílico escribir poesía. Desde mi adolescencia, en la búsqueda de una rima más o menos decente o, ya en la juventud, hallando musicalidades o aforismos, siempre me ha resultado angustiante el enfrentarme con ese extraño arte. Los motivos de esa desdicha los he buscado en mi interior sin éxito; por lo que no podría confiar en una hipótesis emitida, pero sí podría describir con detalle cuáles han sido las sensaciones más cercanas de esa angustia.


A la poesía la he sentido absolutamente asfixiante. Incluso antes de publicar mi primer libro en el 2002, me había llegado su imagen de una manera poco probable. Desde mis primeros años de poeta, siempre la he visto con desmesura, como algo exclusivo y excluyente. La he percibido con esa carga emocional paranoica. Es decir, desde el primer momento en que decidí seguir esta carrera sin título, escribir poesía ha sido presión pura, ¡presión pura!


Para mí nunca la poesía fue un desahogo, una catarsis, una utilidad, nunca fue un elemento con el cual se puede vivir con tranquilidad, nunca. Vivir como poeta era leer a cada instante (en los buses, en la calle, en mi cuarto), era encerrarse días escribiendo desenfrenadamente, sin ducharme, sin salir de casa, sin comunicarme con nadie, comiendo poco; vivir como poeta era también reunirme con mis amigos hablando de literatura por horas hasta el amanecer, con una potente euforia que el alcohol a veces elevaba; vivir como poeta era nunca comprar nada que no sean libros, decenas, cientos, sin reparar en gastos (en diez años nunca compré algo que no se relacionara a la poesía como ente de angustia, lo que a veces me merecía el rechazo de algunos familiares, que aconsejaban a mi madre mi inmediato internamiento en un centro de reposo); vivir como poeta era saber de todos los temas, buscar nuevos tópicos, existir en la filosofía más compleja; vivir como poeta era llorar a cada instante por mis fracasos, por mis delirios, por mis lecturas, y escribir de eso, o no escribir nada de eso, sino solamente presionarme y presionarme para conseguir un poema, un solo poema, y luego otro, y otro, hasta el infinito; vivir como poeta era no creer en un Dios que interfiriera con la escritura y la desmesura; vivir como poeta era patear todos los tableros, menos el de la poesía porque en ella estaba la salvación más absoluta. En conclusión, la poesía jamás para mí ha sido un arte, como se le conoce al “arte”, sino una forma de vida, un cuerpo compacto con venas y testículos.El número diez siempre me resultó enigmático. Y fueron diez años en los que le di todo a la poesía, todo: las noches de insomnio, las amanecidas de lectura, las correcciones enfermizas, las conversaciones insufribles. Y aunque sé que lo que he escrito no tiene mucho valor, mi decisión va por el lado de mi sosiego; pues el arte es respiración, guerra, sangre, y a mis treinta años, tengo una vida en la cual otras experiencias se me abren. Ya me siento realizado, y Dos mil doce y otros poemas terminales es el fin de esa otra vida aventurera.



Mi cueva

1

Mi cuarto se parece
a una cueva oscura que se queda sola
cuando salgo a cazar bestias;
y las piedras suaves
y el polvo negro de la última fogata
pueden advertirlo.
Mi cuarto no posee otros accesos
más que mi rastro de siempre,
porque todos los hombres
saben traspasar su halo
y dejar la leña
y prender el fuego
que alumbra la cueva oscura
y al único fantasma que ven siempre,
fantasma que va y viene
para que no le arrebaten su espíritu.
Mi cuarto no sólo es mío,
lo comparten las hormigas,
a las que les ayudo
a cargar su rama seca;
y ellas, en un favor siempre previsto,
me arrullan y me cubren
con sus brazos gigantes.
También hay murciélagos que se unen
a formar un solo sueño
y un solo mundo
al que nadie renuncia.
Mi cuarto se parece
a una cueva oscura que se queda sola
cuando salgo a cazar bestias,
y cuando regreso
otra vez me acaricio con el fuego
hasta ver mi mejor sombra
en mi roca preferida.
Mi cuarto de poeta no es tan seguro,
a veces una piedra tapa su entrada
y el aire me falta, me hace razonar demasiado.
Entonces escucho una voz que me despierta
y que me dice:
tienes que intentar salvarte ahora,
tienes que crear tus orificios.

2

Los seres humanos se aburren
cuando todas sus preguntas se les responden.
Por eso, como reacción,
se vuelven poetas,
filósofos, científicos, enciclopedistas.
Y en sus palabras, forman belleza,
morales, poderes, autoridades.
Y de eso también se aburren.
Entonces, hay dialéctica en sus corazones,
hay luchas de clases,
hay supersticiones maravillosas.
Los seres humanos se aburren
y beben y encuentran más preguntas
que también se les responden.
Otra reacción es el suicidio
y otra, el manicomio.
Ambos casos, no necesitan preguntas
porque su aburrimiento
tiene otra fuente,
de la que beben también los sabios,

de la que pocos llegan a entender.


La poesía es…

La poesía es
lo que no sabemos que es,
porque ahora nada se sabe
a menos que el poder (el gran poder) lo decida,
a menos que, por piedad,
hagamos que se aclare el alma humana,
porque ahora se conoce sólo un poco
de lo que se debiera conocer
hasta el tuétano.
Porque en el tuétano reposa la poesía
y en el microcosmos de un intento

por volvernos poderosos.


Profecías

1

¿Recuerdo quién soy sobre el barro húmedo? ¿Recuerdo, yo, que me olvidaba de limpiar los puertos, el embarque del pensamiento, el silencio de los libros? ¿Recuerdo, ahora que soy feliz, que dicen que lo soy, “Las elegías de Duino”, “Una temporada en el Infierno”, “Cantos de Maldoror”? ¿Recuerdo que me untaba de barro para refugiarme en mi sombra? ¿En mi sombra del ayer? ¿En mi peligrosa y lúcida razón?

¿Tuve una razón en mi conformidad?

¿Tuve razón de tolerar las decepciones que enfriaban? ¿Tuve que abrazar los límites? ¿Tuve que competir con el cieno? ¿Tuve que cantar de pie en la ventana? ¿Tuve que celebrar mi propia misa sin invitados? ¿Tuve que callar un recuerdo que se volvió reliquia? ¿Tuve que romper al enemigo para quedarme con su mente? ¿Tuve que crearme enemigos sacados de las cantinas del saber?
¿En verdad recuerdo quién soy en esta felicidad piadosa? ¿Recuerdo que me reventé la tapa de los sesos antes de ser firme?

Poema del militante

Nos han suplicado la creencia
y me ampararon las fuerzas de un nuevo fuego.
Nos han besado en serio, junto a la chimenea.
Pero nos han cortado la trocha del mejor romance.
Contraje la epidemia.
Cientos de mundos fracasaban, cientos de cánticos
y un solo aliado: yo mismo
en medio de la fogata, a punto de quemarme
sin sentir las poderosas razones del fuego,
y de otra fracción del yo-temblando,
del yo-creyente.

Ecología

7
(DEL MEJOR CUENTO DE ANDERSEN)

El efecto de sus alas es circunstancia de amor.
El agua recrea una cristalina deidad y agita su consuelo.
Desde su historia despide sonidos que duelen,
distanciamientos de hijo impródigo.
Debiera su reflejo devolverle placer en la laguna
y la laguna
cambiarle el nombre como un pozo mágico,
para que los pájaros canten reyertas desnudas. Y lo hacen.
Él las recibe a cambio
del inerte desvelo.
Es el centro de todo rumor, el fantasma de la ópera
del bosque.
Las voces sórdidas le niegan su condición originaria.
Ni los depredadores lo pretenden en sus maleficios de muerte.
Se culpa con un heroísmo perverso:
su alma ya está sosegada y su alivio va delante.
Limpia su cuerpo antisocial bajo la fiel catarata que lo moja,
ahora ya entre cisnes, entre gloriosas zambullidas de victoria.

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