
El
extraordinario novelista peruano-español edita cada cierto tiempo algo
relacionado con la “realidad”. Deja de publicar “mentiras” —como él le hubo
llamado a la literatura—, y emprende trabajos arriesgados de Política y
Economía. En estos ensayos, busca siempre legitimar racionalmente el “capitalismo”
y a sus autores. Racionalmente lo hace muy bien, pero acríticamente lo hace
mejor.
Por
esa visión parcialmente “acrítica” del orden establecido —detalle poco visto,
casi ignorado y mejor callado por los colaboracionistas—, el autor de “La
fiesta del Chivo” crea sin proponérselo dos vertientes. Unos se limitan a un
besamanos imperecedero que, por una parte, puede ser legítimo; mientras otros,
en el extremo opuesto, lo llenan de insultos perversos. Se tratará de apuntar
mejor contra las ideas del Nobel.
LOS MITOS DE LA
CULTURA
Por
lo menos, el autor menciona en el libro sesenta y ocho veces la palabra cultura
(o sus variantes “incultura”, “culto”, “cultural”, etc.) para referirse a un
conjunto de “algo” extremadamente amplio, inexacto o metafísico. Ese defecto de
apariencia inofensiva perjudica de manera radical el entendimiento del término;
es decir, alimenta lo que el filósofo Gustavo Bueno Martínez ha llamado “el
mito de la cultura”.
Vargas
Llosa utiliza la palabra de forma maniática, en contextos innecesarios, donde pudiendo
evitar el término, lo agrega forzadamente para dar un supuesto realce que llega
a lo peripatético. Uno de muchos ejemplos: “…las ideas que están cambiando la
civilización no conocen fronteras y valen por igual en distintas culturas y
geografías” (p. 88). ¿Acaso no era suficiente “geografías”?
El
término se vuelve más oscuro en construcciones como “la cultura de la libertad”
(p. 84), “la cultura de nuestro tiempo”, “la cultura de Cervantes, Quevedo y
Góngora”, “la doctrina liberal es una cultura” (p. 63). No solo hay pequeños
párrafos donde la palabra “cultura” es utilizada en una seguidilla insoportable
sino que cada término obedece a acepciones tan lejanas como incoherentes.
Así,
las equivalencias de la palabra “cultura” están utilizadas en una desquiciada
amalgama polisémica: cultura como geografía, cultura como religión, cultura
como país, cultura como conocimiento, cultura como política, cultura como
convicción, cultura como sentimiento, cultura como sociedad, cultura como
comunidad, cultura como doctrina, cultura como psicologismo, entre tantas otras
acepciones injustificadas.
El
ateo Vargas Llosa temblaría al saber que su indefinición de “cultura” es
explicada por un hombre de izquierdas en el libro “El mito de la cultura”
(Gustavo Bueno, 1996) y cuya tesis central es aquella “según la cual, la idea
moderna del Reino de la Cultura es una transformación o inversión teológica de la idea medieval del Reino de la Gracia”, y
cuyo punto de partida es el idealismo alemán. ¿Leerá nuestro Nobel a alguien de
izquierdas?
LA FILOSOFÍA DE
LOS CIENTÍFICOS
El
biólogo Richard Dawkins y el físico Stephen Hawking han sido los más conocidos científicos
que en sus discursos han desbordado sus categorías —sus campos de acción—para hacer
filosofía sin saberlo. Desde el pensamiento de Gustavo Bueno, esa actitud se
denomina “filosofía espontánea de los científicos”. Estos muchas veces
filosofan sin un sistema determinado o cambian de sistema filosófico cuando
piensan que les cuadra.
Mario
también los confunde como filósofos a varios autores de su libro. Un ejemplo
entre muchos: afirma que Popper, Hayek y Berlín fueron sus mejores hallazgos
cuando buscaba “filosofías de la libertad” en un tiempo de “sofismas del
socialismo” (p. 65). Lo que encontró el Nobel fueron fundamentos ideológicos
para su posición liberal, desde la Ciencia Económica y Política.
Los
importantes aportes de los liberales al campo económico no los hace filósofos.
En todo caso, son “filósofos espontáneos”, pues son científicos. Vargas Llosa reafirma las citas que sus autores hacen
de Platón, Aristóteles, Hegel, etc., sin notar que bordean la ingenuidad. Para un
análisis del tema, se debe leer el “Ensayo sobre las categorías de la Economía
Política” de Bueno, y complementar con el conversatorio “¿Qué es esa cosa
llamada Economía?” (YouTube).
RELIGIONES VS.
RACIONALIDAD
En
muchas partes del libro, Vargas Llosa les imputa a las religiones ser
irracionales y tribales, porque él confunde racionalidad con crítica. Para el
autor —por ejemplo— pertenecer a una iglesia te vuelve irracional. No todas las
religiones son iguales. Existen religiones con un altísimo grado de racionalidad,
como la Iglesia Católica. Para profundizar en este punto, se debe consultar
obligatoriamente “El animal divino” (1996).
La
animadversión del Nobel por las religiones hace que oponga las “maravillas” del
liberalismo con las “irracionalidades” y atrasos de la religión. Otra vez se
despista. La religión ha jugado un papel importante en la formación del
capitalismo; sobre todo la religión protestante para fortalecer el imperio
económico inglés. Es importante el conversatorio anteriormente mencionado (YouTube)
para dar luces a estos puntos.
IMPRESIÓN
GENERAL
Vargas
Llosa es un gran novelista. No puede evitar narrar o recrear a como dé lugar
algún dato del que pueda sacar partido. El libro está más cerca de una crónica
de lecturas que de un ensayo, es decir, se ajusta más a una mixtura entre
ficción e historia que a una sistematización de un tratado de Economía. Así lo
ha querido el propio autor.
“No
lo parece, pero se trata de un libro autobiográfico”, dice Vargas Llosa en su
prólogo. Pues le diré a nuestro respetado Nobel que sí lo parece, y lo parece
bastante. Los chismes certeros, las anécdotas coloradas, las sexualidades
ocultas, los sendos cuernos, los hábitos extraños, las peleas indiscretas, las
conversaciones de café, los almuerzos con la élite, son un indicio de las
impresiones y matices que las lecturas y las vivencias pueden formar en un
escritor de su talla.
“La llamada de la
tribu” me servirá, y esto desde mi pequeño psicologismo, para soltar algún dato
rebuscado —en alguna fiesta entre amigos— de los personajes de la Economía de
todos los tiempos. Con eso haremos parte de justicia al libro.