
La noticia me produjo un impacto desgarrador.
Llamé a mi hermano que se encontraba en el segundo piso de aquella casa donde
vivíamos y, con voz temblorosa, le dije: “¡Mira!”. El homenaje aún continuaba.
El periodista seguía hablando de la vida y obra de Ramírez Ruiz, y también
algunos poetas daban su testimonio. Al ver eso, mi hermano recordó aquella sola
noche cuando conversamos con él. Los tres. Ni una vez más lo volvimos a ver
desde aquel 2006 (aproximadamente). No hubo despedida en ese momento ni
después, no hubo un extraño presentimiento ni un pensamiento pesimista ante su
estado de salud. Nada de ese tipo. Solo surgió una leyenda que rondó nuestra
joven mente desde aquel ya lejano día.
Si solo una vez en mi vida me topé con la
persona de Juan Ramírez Ruiz, no puedo decir lo mismo de su obra. Encontré dos
libros de él en la Biblioteca Municipal de Chiclayo: “Un par de vueltas por la
realidad” y “Las armas molidas”. Me sorprendió encontrar dos buenos libros
—entre otros títulos de autores europeos— en medio de textos obsoletos que aún
se guardan en los antiguos estantes. Ese fue el primer contacto que tuve con el
poeta. Al leerlo me iba llevando por caminos oscuros, por surrealismos tal vez
condicionados por su inspiración, por lenguajes mochicas que hacían más difícil
penetrar en los tentáculos de sus versos, por resonancias encriptadas que
devoraban la propia existencia del poema. Pero también me llevaba por poemas
coloquiales e intensos como su propio júbilo. Nadie podía suponer que ese fue el
comienzo de un acercamiento estético que tiempo después personifiqué en una
circunstancia del azar.
Al quedarnos solos con JRR, me sorprendió su
silencio y sus respuestas dadas en interjecciones. Sin embargo, hablamos de los
poetas limeños que él había conocido. Me escuchó con una atención halagadora un
poema de Leopoldo María Panero: “Canción del Croupier del Mississipi”. Mientras
yo iba entonando cada verso de ese poema largo, intenso y rotundo; él iba golpeando el asta de la bandera a un ritmo galopante, íbamos gozando el poema de Panero con la musicalidad intensa que Ramírez Ruiz impregnaba en el fierro que nos acompañaba con su sonido, y con una risa ronca de un Papa Noel chiclayano.
A pesar que se decían
que era violento con todos, ese primer y único día que lo vimos nos pareció un
jovencito más, como nosotros, alguien que exige una buena compañía sin
distinciones ni prejuicios: un poeta total. Tal vez en esos instantes de
desvelo y bohemia, con una paráfrasis de por medio, podamos enmarcar que ese era
su júbilo, “esa abundancia, ese relumbre / que dejó caer sin recogerlo, ese era
su júbilo, / reconócelo, Elfina, ese era su júbilo”.