Entre los muchachos de las redes sociales —y no tan
muchachos—, tal vez influenciados por lo que la televisión muestra, se pone de
manifiesto la recurrencia a expresiones como “me siento feliz” (frente a un
refresco), “feliz por mi título” (mostrando algún lauro), “felicidad es estar
contigo” (abrazado con alguien) o, en el caso más lacónico, “¡feliz!” (en torno
a cualquier visita de fin de semana o de vacaciones). Como se evidencia, estas
manifestaciones ya no tienen tanto que ver con los mecanismos de defensa a los que
acuden “famosos” para evitar una vergüenza pública, sino en la simple
repetición recurrente y pueril de generalizar un momentáneo estado de ánimo.
Ahora bien, ¿qué ha dicho el filósofo más reconocido de la Península Ibérica con
respecto a este tema tan mencionado por todos, pero poco analizado?
La Introducción gratuita y virtual del libro “El
mito de la felicidad”, que apenas consta de treinta y un páginas (el texto
completo tiene un precio en euros), ya nos conduce a la tesis en la que se
mueve el autor, el español Gustavo Bueno. Él enmarca la idea de felicidad en lo
que llama “literatura de la felicidad”. Además, propone un “Principio de
felicidad”, sin el cual este tema no se podría ubicar en un lugar apropiado
filosóficamente hablando, dado que por fuerza es muy variado y, en la
actualidad, desvirtuado por el comercio y la retórica.

El trato que normalmente se le da a la literatura de
la felicidad —aparte del Principio de felicidad establecido por Bueno— tiene numerosos
criterios para los propagandistas y escritores. Uno de estos es el idioma. Con
este paradigma, los autores enumeran cómo se dice “felicidad” en las lenguas más
conocidas y difundidas por la historia y la tradición, y a partir de ello
deducen que todos los idiomas poseen una “idea de felicidad”, dando un carácter
universal al “hecho feliz”. Esa contemplación para el autor es gratuita y
metafísica, es una ingenuidad o una impostura. Pues no puede concluirse
apresuradamente que la “idea de felicidad” tenga un valor universal como lo
tiene la definición de triángulo (“polígono de tres lados”). No puede ser
universal dada su naturaleza en el desarrollo plural de las diferentes
sociedades que solo editorialmente han llegado a confluir en ciertas
características que jamás podrían ser universales.
En segundo lugar, el trato del tema se da con respecto
al criterio de la “autoayuda”, en donde los autores centran sus expectativas en
generar en el lector un cambio sobre la base de consejos y proverbios. En este
terreno encontramos a pensadores de la talla de Fichte, Russell y Julián Marías,
cuyas formaciones en el campo de la filosofía no han impedido realizar —por
confesión de ellos mismos— una “autoayuda” con respecto de la felicidad; y
junto con ellos están un sinnúmero de personajes cuyos nombres están en las
listas de los más vendidos (“vendidos”, dicho sin la figura de metonimia). Para
Gustavo Bueno, este “rosario de recetas” solamente podría valer para pasar un
buen momento, tal vez un rato ameno deshojando un libro y rememorando las
circunstancias alegres de fortalezas y oportunidades impresionistas de una vida
aislada.

Otro fundamento que toman los partidarios del
“Supuesto de felicidad” está relacionado con la ciencia genética o con la
estadística, para darle cierto “prestigio argumentativo” a expresiones como las
siguientes: “estamos determinados genéticamente para ser felices” o “tal
porcentaje de los ciudadanos afirman ser felices”. Estos análisis son
calificados por Bueno como “ramplones” y “ridículos”, en tanto que se toman
“democráticamente” discursos de este o de aquel sin ningún fundamento real. El autor
trata este tema en otro trabajo titulado “Fundamentalismo científico”, donde
desmonta el armazón construido sobre “la ciencia” como una diosa y una infalible
unidad. Entonces, se burla de discursos deterministas como “la ciencia lo
dice”, “la ciencia lo ha demostrado”, “la ciencia ya lo superó”, etc. En
realidad no existe una ciencia, sino muchas, y cada una con su desarrollo y
proyección; es decir, las ciencias siempre son plurales en su naturaleza misma,
y el que diga lo contrario está utilizando la ideología en el conocimiento
científico, o sea se está volviendo fundamentalista (Bueno utiliza argumentos
de raíces platónicas). En este caso en particular, ¿no es acaso absurdo
utilizar el método científico de la Estadística en conclusiones doctrinales de
“felicidad”?
El Principio débil de la felicidad está tratado por
Bueno más complejamente, y es una invitación a revisarlo y entenderlo. Aristóteles
pasa a ser un filósofo importante para sustentar esta parte, que implica la
fase álgida del tratado. El autor concluye: “El objetivo de este libro es demostrar,
por tanto, que la cuestión de la felicidad no puede seguir siendo considerada
como la cuestión fundamental de la filosofía, o si se quiere, de la
Antropología filosófica, y quienes así lo mantienen son ideólogos, meros
creyentes, o impostores”.
Las reflexiones de Gustavo Bueno acerca de la
democracia, la política, la ciencia y, claro está, la felicidad, tienen un carácter
absolutamente original. Y el sarcasmo que a veces desprende cuando recuerda a
algunos filósofos ayuda a hacer su palabra más entretenida, es el caso del
cierre de esta Introducción cuando cita una feliz
ocurrencia de Goethe: “La felicidad es de plebeyos”.