
Desde
el inicio de la peste —desde el primer mes de un periodo que quiso ser eterno—
ya se notaba esa epidemia que iba creciendo sin control: los culpables más
débiles iban a las mazmorras para ser juzgados: chivos expiatorios de la
decadencia. Por su parte, la novela retrata en las ratas el símbolo de la
desgracia, así el viejo español le diría al doctor Rieux: “Salen muchas, se las
ve en todos los basureros, ¡es el hambre!”. Sí, era el hambre de las ratas las
que hizo su destino y su espectáculo espantoso. El riesgo de la ilegalidad se hace
más tentador en un pueblo en donde la impunidad acaba por malgastar las
esperanzas más firmes.

En
todo este embrollo de la perdición, hay personas en el pueblo que pueden
encontrar positiva a la peste. Cuando Rieux al cruzar la escalera se encuentra
con Jean Tarrou, le dice que el asunto de las ratas “va terminando por ser
irritante”. El joven Jean le contesta mientras miraba una rata agonizando: “En
cierto sentido, doctor, sólo en cierto sentido. No habíamos visto nunca nada
semejante, esto es todo. Pero yo lo encuentro interesante, sí, positivamente
interesante”. Como dentro de las rarezas humanas se instala el raudo
masoquismo, la insana persecución, las míseras hambrunas, la detestable
violencia; así también a veces esos golpes a la dignidad se aceptan, como una
maldición china, para ser más “interesante” la existencia: el mundo acaba por
romperse.
Pero
hay momentos como estos, de una luna clara, de una justicia alentadora, en
donde cualquiera de nosotros puede ser un personaje principal, como el doctor
Rieux, y hacer propia aquella frase que también ha rugido como un corazón
premonitorio: “En la desgracia había una parte de abstracción y de irrealidad.
Pero cuando la abstracción se pone a matarle a uno, es preciso que uno se ocupe
de la abstracción”. Nos están matando, es una muerte lenta, una epidemia a la
que se le puede quitar los autos, el dinero, las joyas, los licores finos y
penetrar en sus fauces inaccesibles, pero que todavía no manejamos, porque en la
abstracción nos perdemos, porque no ubicamos el rigor de la cólera y, entre
tanta catástrofe, desmerecemos un ideal. No estamos preparados, pero hay que
intentar algo y no dejarnos apabullar por esa frase que reluce un pesimismo
existencialista en el libro: “Pero ¿qué quiere decir la peste? Es la vida y
nada más”. ¿Es la vida y nada más?
El último párrafo del
libro es tan contundente que el comentario resulta innecesario: “Oyendo los
gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta
alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa
ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere
ni desaparece jamás (…) y que puede llegar un día en que la peste, para
desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir
en una ciudad dichosa”. Esperemos que la ciudad jamás vuelva a ser esta.