
Hasta
ese momento, yo aún sabía poco de su peregrinaje a los 14 años desde la remota sierra
hasta nuestra región. Pero con el tiempo llegaron a mis oídos los
acontecimientos más disímiles y rudos de un personaje contrariado por las
circunstancias, aunque con el triunfo que pocos podrían presumir: 99 años de
vida y una salud intacta.
Dos
años después de acabada la Primera Guerra Mundial, una joven de nombre Dominga Gallardo
alumbró a un menudo niño quien se convertiría en el tronco de varias
generaciones. Lo llamaron Abel. Era el 17 de junio de 1920 en aquel distrito de
la provincia de Chota (Chiguirip). El presidente Augusto B. Leguía pretendía
modernizar el Perú a punta de deuda externa, y solo habían pasado unos meses de
la prematura muerte de Abraham Valdelomar. Eran otros tiempos.
El
dolor persiguió a don Abel desde su más tierna mocedad. A los tres años de edad
perdió a su padre, don Javier Guevara, quien fue asesinado de una ráfaga
mortal. Debido a ello, desde muy niño emprendió un destino de trabajo y fatiga
que bordeaba el extremo. La explotación que sufría de algunos parientes lo iba
convenciendo que debía dejar su tierra y partir lejos.
Fue
antes de cumplir los 15 que llegó a Chiclayo, como un Cid Campeador que
desconoce los territorios que conquistará y a los cuales había sido desterrado.
Estando entre las plantaciones de caña en Capote, trabajando como lo hacen los
incansables, iba perdonando poco a poco a aquellos que le habían robado la
niñez, quienes le impidieron estudiar y jugar, y convirtieron su mundo en el
infierno tan temido.

Sirvió
en el Ejército Peruano una temporada y luego conoció a la que sería su segunda
esposa. Transcurría una vida calma y feliz. Hasta que por esa época lo
apresaron por un “lío de faldas” y estuvo un poco más de un año en una fría
prisión purgando sus culpas. Encerrado recibe dos noticias que removieron más
su existencia. Un mal fulminante acababa con la vida de su segunda esposa y,
poco tiempo después, recibe la noticia del fallecimiento de su madre. Él, sin
poder asistir a ambos entierros, le quedó encomendar a Dios aquellas dos almas
que en ese momento eran las más importantes de su vida.
Al
regresar a la sierra a los 36 años, conoce a una bella jovencita que impactaría
en su vida rotundamente y que se convertiría en la madre de sus diez hijos
venideros. Ella, de nombre Anilda, veía en él no solo la fortaleza sino la
experiencia que los peregrinajes y el trabajo pueden formar en un hombre.
Juntos levantaron unas parcelas y subsistieron de lo que la generosidad de la
tierra les daba.
Los
hijos nacían fuertes y crecían en la unidad familiar. Nueve de ellos vieron la
luz por primera vez en aquel lejano distrito de la sierra que otra vez había
albergado a don Abel después de su intempestivo destierro. Pero el destino de
su familia no estaría ahí. Luego que su noveno hijo muriera muy pequeñito,
enrumbaron a Chiclayo y todos juntos levantaron varios negocios que fueron
sustento y protección.
Al
cabo de un tiempo, don Abel no dejaría la oportunidad de tener un hijo más.
Doña Anilda salió en estado de gestación, y un 23 de setiembre de 1982 apareció
su última hija: Janet, quien después de 26 años de esa fecha se convertiría en
mi esposa y madre de mis dos hijos.
Fue Janet la que en
aquel abril de 2009 me llevara a la casa de su padre para estrechar la mano de
aquel hombre que aún canta los huaynos más tristes, ordena lentamente su ropa
y, para maravilla de todos, juega, juega con sus dedos, sus manos o con
curiosos objetos, es decir, vuelve dentro de su imaginación a ser un niño, a ver
otra vez el mundo que le quitaron a la fuerza. Ahora se venga de la vida con la
salud perfecta, una amplia descendencia que lo adora y el orgullo de casi un
siglo.